Archivo | junio, 2011

González, política y filiación

29 Jun

Filiaciones argentinas
Por Horacio González *

No sólo en momentos excepcionales ocurre que la política de un país se relacione o superponga tan íntimamente con los lazos de parentesco sanguíneos o con la creación política de nuevos parentescos. Es que ellos son la materia simbólica de una organización invisible de la sociedad, que la antropología del siglo XX estudió bajo diversos nombres, entre otros, el de “estructuras de parentesco”. En cambio, los folletines del siglo anterior habían descubierto lo provechosos que podían ser esos grandes temas, como el de los hijos negados, ilegítimos, abandonados, falsos o desconocidos herederos, con identidades trastrocadas o bien lanzados como una maldición del destino para que encontrasen afinidades opuestas a las que indicaba su nacimiento. Edipo, antes y ahora, resulta siempre ejemplar. La literatura de todas las épocas supo vulgarizar estas torsiones del destino. La gran fábula de Ciniras y Mirra en la Metamorfosis de Ovidio, entre tantas otras obras sustanciales, revela también la fuerza atractiva del incesto y, a través de ella, de los arcanos de la configuración familiar.

El pensamiento antiguo jamás abandonó la consideración sobre los lazos de sangre, pero los consideró destinados a un drama esencial. No establecían el conocimiento y el respeto, sino el peligro y la violencia. En vez de ser lo que conocemos y dominamos, serían lo desconocido o lo que nos vulnera. No es de ahora que la teoría política siente un desgarrón insoluble, cual es el de recalar muy fácilmente en las relaciones entre Estado y sociedad civil, en el mismo momento en que no puede omitir otra insondable esfera, intermediaria entre ambas o que directamente las desacomoda radicalmente: la de la familia. No son tres estadios que se suceden armoniosamente –familia, sociedad, Estado–, sino que están siempre entrelazados en combinaciones diversas y contradictorias, ya sea que las filiaciones sanguíneas se ubiquen dentro del Estado –asegurando sucesiones dinásticas y otras formas de construcción de linajes– o que ciertos tipos de Estado surjan directamente de las prácticas totémicas de los grupos familiares arcaicos o modernos.

Los esfuerzos del pensamiento histórico para imaginar un itinerario de la cultura cada vez más desprendido de las bases biológicas, y por lo tanto proponer formas familiares sustitutas a las que provee la genealogía, son la utopía política más sorprendente y más laboriosa por lo menos desde la crisis general del positivismo científico, ocurrida a mediados del siglo pasado. Una obra tan estremecedora como la del antropólogo Lévi-Strauss terminó de situarse a contramano de la cultura general de nuestro tiempo cuando llamó a estudiar los planteles biológicos de la historia, que emanaban de la prohibición del incesto, lo que podía ser visto tanto como la creación de la sociedad a partir de neutralizar el intercambio sexual intrafamiliar como un indispensable tabique construido por la civilización, aunque siempre amenazado por el sustrato biológico de la vida. El mundo contemporáneo, con su llamado a considerar el tema de las familias como un orden no biológico a ser replanteado por medios espirituales profundos, se convierte en un ensayo fundamental de nueva sociabilidad, desafiando a la razón política una vez más. Si por un lado las revoluciones contemporáneas se consideran obligadas a rever el orden doméstico tradicional –recuérdense los ensayos soviéticos a este respecto–, por otro lado recrudecen las necesidades de afirmar filiaciones como forma de recobrar la dimensión de “verdad, memoria y justicia”, tal como ocurre en el caso argentino. Estos tres valores trascendentales siempre estuvieron ligados a la libertad de interpretación filosófica, pero la forma que adquirió el terrorismo de Estado los religó a una nueva literalidad, obligada entre otras cosas a estudiar con instrumentos científicos la cuestión general de la filiación.

Marx decía en su famoso 18 Brumario que el falaz Napoleón Tercero había encontrado su destino político en la prohibición del código francés de investigar las paternidades y procedencias familiares. Una bella sociedad apócrifa. Es evidente que una sociedad que vive bajo libertad filiatoria (no hay obsesión por las identidades) puede ser políticamente más creativa que una que vive bajo el canon de las estructuras de parentesco visibles y certificadas. Pero la situación se invierte cuando existe un poder criminal que proyecta una reconstrucción filiatoria (como la dictadura terrorista argentina) incautando a recién nacidos para darles una desmentida biológica a los que definía como enemigos políticos, designándolos en el papelerío oficial como “banda de delincuentes”. Era un siniestro acto refundacional de familias, fuerza biopolítica de extremo reaccionarismo pues significaba concebir aquellos actos políticos insurgentes como un “germen vivo” que captado en su inicio “hereditario” era posible desviar culturalmente. Era el culturalismo sustituto de los poderes estatales despóticos y más que eso, capaces además de dar muerte extirpando el nombre. Es aquí que se imponen políticas de investigación de las filiaciones como formas elementales de la reconstrucción social; es decir, saber la forma última de la verdad, que en este caso es la verdad genealógica.

Los pensamientos revolucionarios siempre apostaron (“proustianamente”) a ser hijos de una época antes que de las familias. Y a formar familias alternativas cuyo lazo superior estaba fundado en la emoción histórica, en los nuevos apellidos que ofrecía en su bitácora de adopciones el libre tiempo nuevo. Pero éste es un sentimiento extendido en toda colectividad militante. Entendida en todo su poder de designación, ella establece nuevas familias que aspiran a una superioridad ética respecto de la familia burguesa, que se forja a través de la propiedad, el secreto y una forma menoscabada de la clandestinidad pulsional. Todo esto protege o le da un encuadre verosímil a las luchas por la herencia (concepto que el anarquismo quiso eliminar de la legislación, opinando que era la piedra basal del capitalismo). El peronismo llegó a llamar la atención de los jóvenes existencialistas de fines de los años ’50, que en su entusiasmo copiativo quisieron ver a Perón y Evita como personajes sartreanos, con potencialidad socialmente transformadora debido a los rasgos de bastardía en sus linajes familiares, esto es, a través de las transgresoras realidades en su ascendencia. De una manera u otra, el llamado de la política como potencial generador de familias opcionales está en correlación paradójica con el rasgo actual que permite definir una verdad familiar identitaria a través de Bancos de Datos que acumulan señales genéticas.

El caso de la familia Noble Herrera es específico del momento de conmoción que vive la sociedad argentina en relación con las filiaciones. Los desarrollos de la ingeniería genética durante todo el siglo XX pusieron en un lugar predominante al descubrimiento del ADN, molécula vinculada a la transmisión hereditaria celular abarcando secuencias intergeneracionales. La hipótesis de que esas células almacenan “información” no sólo la convierten en un acontecimiento paralelo al desarrollo de las ciencias de la información o a las tecnologías comunicacionales, sino a la investigación de enfermedades e identidades genéticas de los seres vivos. No se puede disimular la radical importancia que tiene esta intervención de la ciencia contemporánea en los más delicados problemas vinculados a un desciframiento social donde verdad, patrimonio y herencia son conceptos que se desplazan desde la biología a la política. Si en el juego político la verdad está en disputa, en su contraparte biológica está fijada en códigos genéticos patrimoniales.

Y si por la cualidad histórica, por inferencias de cuño epocal y la específica naturaleza de los hechos se puede decir que aquellas personas adoptadas son hijos de desaparecidos en los años del terrorismo de Estado, el veredicto científico puede arrojar por muchas razones, tanto esa como otras conclusiones. Por primera vez, un obvio corolario histórico-político podría no ser corroborado por la inevitable –y en este caso saludable, si no se dudara de su motivación profunda– decisión de confiar al aparato de la ciencia más especializado, elementos para un dictamen que encierra una potencial conmoción capaz de arrojar una luz adicional sobre un pasado inmediato, vejatorio de la condición humana.

Por su parte, Hebe de Bonafini, a partir de un razonamiento sobre sus hijos desaparecidos, llevó más lejos que nadie la idea de una familia no sanguínea basada en acciones de reconquista de las conciencias que buscaron en el horror y la desgracia familiar un motivo de inenarrable violencia. O bien, buscando en la estirpe de los desfallecidos, un motivo de nueva filialidad. Eran riesgosas situaciones que pueden conjugar ciertos rasgos de salvacionismo con floraciones profundas del alma colectiva popular, cual es la adopción filial in extremis. A la inversa que los Noble Herrera. Aquí es probable que el gesto adoptivo expresara la supuesta superioridad de un sector social para reconocer, adherir y a la vez desculpabilizarse del horror y carnicería sabidamente producidos en las tinieblas y socavones del país. Había un gesto de aristocrática concesión hacia el otro lado de la frontera, a través del gesto majestático y empresarial de torcer destinos, de inventar vidas sobre las vidas de otros.

En cambio, Hebe arriesga nuevas filialidades arrojando una atrevida mirada sobre todas las grietas de la sociedad, viéndolas como potenciales habitáculos de un crimen primitivo, a redimir. Pensamiento transpolítico o impolítico, que se entremezcla a la difícil coyuntura y mostrando que en los momentos de máxima tensión social, siempre se discute sobre relaciones de parentesco. Amplificadas o metaforizadas, implican proseguir la historia a partir de gestos últimos a ser revelados en una sociedad que intenta exonerarse de un crimen primordial. Hebe jugando en los confines de un difícil rescate. Los otros, promoviendo un folletín que –salvo juicio científico: he aquí lo curioso de la situación–, quiere reproducir el origen oscuro de la propiedad buscando la alteridad de la sangre para reeducarla.

Se desea ahora dar un golpe mortal al gobierno hablando de aciaga cooptación, la facultad de traer hacia sí al que estaba destinado a otra cosa, por medio de un poder ilícito que alteraría lo virtuoso. ¿Cómo así? ¿No es que la cooptación es un caso de construcción asociativa artificial que exige el secreto de un procedimiento antes que la módica astucia de los convocantes? ¿No se ve que este mal concepto para entender lo que pasa está en un lugar en el que debería haber una consideración profunda sobre una sociedad que llegó al difícil punto de tener que pasar a través de la verdad de la ciencia, para perfeccionar su conocimiento de la verdad? ¿No son los que parecen almas libres, errantes en sus pobres certezas, los que no saben que están cooptados? Definición para esta actualidad en curso: la política, entendida como autónomas filiaciones electivas, es lo contrario a la cooptación.

* Director de la Biblioteca Nacional.

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Cichello, contra la violencia de los de siempre

28 Jun

La Nación (instrucciones para su uso)
por Guillermo Cichello

“…desalojar a los malos elementos para detener el avance de las teorías disolventes…”
La Nación, 28 de agosto de 1921

Alguna vez David Viñas dijo que le gustaría escribir un libro que llevara este título, resultado de sus lecturas del diario de los Mitre (parafraseaba, así, un lúcido texto de Ramón Alcalde). Particularmente creo que es útil hoy seguir de cerca lo que desde allí se está escribiendo, de cara a lo que puede ser el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, máxime cuando lo que promete ser una holgada victoria frente a una oposición desarticulada, podría implicar una subestimación del adversario.
Si uno lee la nota de este domingo 26 de junio que escribe la acendrada pluma de Mariano Grondona, advierte no sólo el conocido programa ideológico del diario –con la caracterización del proceso político inaugurado en 2003-, sino una peligrosa advertencia de lo que implicaría el triunfo re-eleccionario. Dejando de lado sutilezas, Grondona dispara en el título: “Cristina Kirchner, ¿es democrática o monárquica?”. “¿Qué clase de gobernante es, entonces, -se pregunta- Cristina Kirchner? ¿Una presidenta republicana o una reina absoluta?”. A continuación –y después del remanido recurso a la profesoral y berreta apelación a la etimología griega (“monarquía, del griego mon, etc.” y la mención, como al paso nomás, de Luis XIV y “el Estado soy yo”, ¡fíjense que cuerda está pulsando, en qué conjunto de gente desea colocar a Cristina Fernández!)-, nos dice que “si uno se pone a inventariar los rasgos del poder que hoy ejerce Cristina Kirchner, se encuentra con que, mientras varios de estos rasgos corresponden al despotismo de las monarquías absolutas, algún otro encaja todavía en la democracia”. El todavía es sólo un llamamiento a la defensa frente al porvenir, la invocación a alistar las tropas (veremos si en sentido figurado), la señal de alarma ante el futuro inmediato que no tarda en describir. El todavía alerta desesperadamente sobre la evolución del kirchnerismo hacia la monarquía absoluta con sus correspondientes “rasgos despóticos y dinásticos” –Grondona dixit-. Y mantiene la expectativa sobre ese vuelco funesto para las instituciones y la República en las puertas de lo que define como un “dilema”. Lo presenta así: “La Argentina enfrenta un profundo dilema institucional. Si de aquí a octubre gana la democracia, el despotismo kirchnerista se desvanecerá. En caso contrario, enfermo o no, Chávez nos visitará. Este dilema confiere a las próximas elecciones un doble carácter. De un lado, se elegirá a los funcionarios que habrán de gobernarnos. Este es el aspecto supuestamente “normal” de lo que ocurrirá en los próximos meses. Del otro lado, empero, el pueblo decidirá cuál de los dos principios que están en pugna, la democracia y el despotismo, prevalecerá porque, en tanto la derrota de Cristina traería consigo la plena restauración de la república democrática, su victoria reabriría de inmediato la propuesta (…) de una “Cristina eterna” mediante plebiscito (…) ¿Qué tendremos, entonces, por delante? ¿Una “presidenta Cristina”, en el tramo final de su ciclo republicano, o una “reina Cristina”, dinástica y sin plazos?”.
En criollo: si gana la oposición, restauración democrática; si gana el Frente para la Victoria, despotismo.
Creo que es un planteo serio, una afirmación muy grave por las consecuencias que puede engendrar tomando en cuenta la gente que lo dice –expresión clara de los designios de una clase-. Demás está decir que las afirmaciones de este domingo no constituyen una demostración aislada, un exabrupto del profesor que ya considera una obviedad que el kirchnerismo es “la izquierda autoritaria”. Está en línea con lo que metódica e insidiosamente el diario pretende instalar: el ejercicio del poder del FPV. no es democrático. Así, “La Presidenta debería dar el ejemplo y ser la primera en cumplir con la ley. Sin embargo, no duda en violarla “(Editorial del 23 de junio de 2011); Carlos Pagni, en su nota del 22 de junio de 2011 califica el gobierno de CFK. como una “república caudillesca” que aspira a la reelección indefinida; “…debemos preguntarnos si estamos entrando en el camino de una reversión autoritaria (…) Se trata de una versión sesgadamente cesarista de la tradición nacional-popular (El riesgo de caer en una reversión autoritaria, Sergio Berensztein, 5 de marzo de 2010); “La Argentina camina derecho hacia el autoritarismo, perversión política de la que creyó haber salido para siempre hace casi 28 años (…) un pequeño grupo de personas violentas y vandálicas, protegidas por un Estado autoritario (…) ¿Cuánto tiempo durará en un país donde la policía es sólo un testigo privilegiado, inmóvil e impotente, de las peores violaciones de las leyes? (…) un poder político sin medidas ni límites. Ya se ha hecho habitual, de todos modos, que el gobierno kirchnerista no cumpla con las órdenes de la Justicia (Un país que camina hacia el autoritarismo, Joaquín Morales Solá, 28 de marzo de 2011); “para sostenerse en el poder, los gobiernos populistas necesitan ignorar la división de poderes y silenciar voces opositoras (…) Para el kirchnerismo, no existe un gobierno limitado subordinado a la división de poderes, sino un poder ilimitado que, supuestamente, se fundamenta en los votos obtenidos. Algo que equivale al aniquilamiento de los principios republicanos “(Editorial del 15 de junio de 2011: Creciente autoritarismo kirchnerista); Todos los derechos están en riesgo (clama, asustadísimo desde el otro lado del río, Julio María Sanguinetti, 28 de marzo de 2011)…
En fin, podría aburrir con citas, pero creo que en este puñado tomado casi al azar la idea está clara: el gobierno que ejerce CFK. se ubica por fuera de los parámetros democráticos.
Ahora bien, ¿qué consecuencias derivarían del triunfo de esta idea? No sólo el debilitamiento de FPV. de cara a las próximas elecciones, sino la aceptación de que si esto no es una democracia, un golpe de Estado no será un golpe de Estado –revista este ataque la formas que revista-. Puede parecer alarmista este planteo sólo si se subestima a los señores que emiten el mensaje, expresión de una “clase que está temperamentalmente inclinada al asesinato; connotación importante que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella” .
No sólo debemos recordar, entonces, la posición del diario ante los golpes de Estado de 1955 y 1976, sino –más reciente (señal de la perseverancia de sus intereses y su modo de defenderlos)- la nota con la que el 13 de abril del 2002 La Nación editorializó el fallido golpe de Estado al presidente venezolano: “La ruidosa caída del gobierno de Chávez tiene un significado aleccionador: confirma cuál suele ser la suerte final de quienes asumen la conducción de un país adoptando actitudes mesiánicas y comportándose como supuestos líderes providenciales (…) El resultado fue el súbito desbaratamiento de una curiosa experiencia política, fundada en un liderazgo grandilocuente y ostentoso, que llevaba en sus entrañas la semilla de su propia destrucción”.
Llamar a un golpe de Estado “súbito desbaratamiento de una curiosa experiencia política” no es sólo un eufemismo; es una advertencia que se debe sopesar convenientemente para tener bien en claro qué tipo de adversario enfrenta el FPV. y la función encubridora de su propia violencia que cumplen las alusiones a la República, las Instituciones, la División de Poderes, la Libertad de Prensa y otras opulentas palabras (a esto David Viñas le dedicó su obra entera) escritas con plumas cargadas con restos de sangre.

2.Rodolfo Walsh, Retrato de la oligarquía dominante, 1969.

Vasallo, la división no dialéctica

27 Jun


La división de la división de Agamben puede ser calificada, pues, de topológica, solamente en la medida en que ningún tercer término conciliador podrá evitar que los términos contrarios se entrelacen dentro de un goce irreductible, entre-matándose o conciliándose en forma alternada. Su lógica se parece muchísimo a la que preside La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona: sería falso, en efecto, pensar que la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres constituyen dos entidades separadas; por el contrario, están tan íntimamente enlazadas y de un modo tal que Agustín de Hipona no puede nombrar ni distinguir el resto entre ambas (es decir, en su lenguaje, los justos). Éstos solo serán diferenciados y nombrados como tales en el Juicio eterno, veredicto absolutamente imprevisible e ignorado por la Historia. Y como ni siquiera el más perfeccionado microscopio humano podrá distinguir al justo entre los pecadores, es incluso posible, para el mismo teólogo, que el considerado como justo en una época pueda resurgir en otra, como impío…
Esta inversión de un término en su contrario, acarreada por un resto invisible de orden lógico, nos retrotrae a nuestro cuestionamiento inicial, a saber: ¿si hubiera en la neutralización topológica del sentido operada por el psicoanálisis lacaniano, la presencia latente de una posición subjetiva particular (la misma que Agamben trae a colación para elaborar su concepto de resto)? Más aún: el problema que se resuelve por su no-solución, o por un núcleo insoluble encerrado de entrada en la pregunta por la solución (ejemplificado en la botella de Klein), ¿no dicen en su lógica propia algo que la tradición cultural-religiosa en que el propio Lacan está inscripto, había articulado en otro lenguaje? Lo probaría, si es que estamos en lo cierto, un pasaje del último curso del Seminario XVIII, que nos refuerza en la idea de que las metáforas (topológicas o lógicas) retoman a su modo viejos impasses del sentido filosófico-teológico: “Si la castración tiene una relación con el falo, Φ de x, no es ahí donde podemos designarlo. En efecto, el pequeño esquema en que el no-todos y no-todas designa cierto tipo de la relación de x con Φ, es, quiérase o no, con toda evidencia, que los elegidos [élus] se relacionan con el Φ de x…”. ¿Qué tienen que ver los “elegidos” con el cuestionamiento que opera este pasaje de la premisa universal del silogismo aristotélico? Lacan no puede referirse a los élus en el sentido corriente que la lengua francesa da a un élu o a les élus, o sea, diputados, senadores, ministros o presidente “elegidos” por los votos. Solo puede referirse a los que el texto bíblico llama elegidos como resto, lugar por excelencia donde se ejerce la arbitrariedad contingente de la voluntad divina, desmentido absoluto de la lógica del todos. Es sabido que el conjunto de argumentos a través de los cuales la teología cristiana, desde sus fuentes hebreas, ha tramado las nociones de elección, vocación, justificación o redención, está regido por una lógica del no-todo. Si el justo resulta imposible de detectar, si se sitúa incluso más allá de las categorías implantadas por una moralina puramente jurídica, es porque se aloja en un resto invisible ajeno a lo visible (es conocida, al respecto, la crítica de Agamben a la tendencia contemporánea a reducir los conceptos éticos a conceptos jurídicos). Así, el concepto de resto es inconcebible fuera de una lógica del algunos y no del todos (el propio Padre eterno es un “por lo menos Uno”, ya que su voluntad, sustraída a la ley de lo universal, es radicalmente arbitraria, como lo sugiere el pasaje de Lacan). Hasta pensadores como Pascal han extraído lógicamente el cristianismo como un resto resultante de las herejías (según el argumento: si todos fueran cristianos, ninguno lo sería…).
Vaciado de su contenido tradicional, el no-todo vuelve a operar en la imposible identificación con el resto que rige, para Agamben, el surgimiento de un nuevo sujeto europeo (en otro orden y con otros fines, es imposible no ver que Lacan elabora, con otro lenguaje, una lógica semejante). La originalidad de Agamben consiste en ajustar sus conceptos a una lógica latente en la teología del pasado. Es obvio que la división “carne/espíritu” que anima la visión paulina, operando la división interna (o división de la división), está definitivamente periclitada desde el punto de vista del sentido. La “división del sujeto” de Lacan, asimismo, conserva una lógica afín, pero desprovista de todo sentido religioso. Pero justamente, no porque se haya dejado ya de adherir a esa visión, es imposible sacar a la superficie, como un iceberg visible, la lógica del no-todo que quedó en las profundidades invisibles. Es más fácil, en efecto, refutar lo visible (transformándolo, por ejemplo, en ideología) que aceptar lo invisible que quedó sumergido. Precisamente por eso, toda conceptualización actual del resto no puede sino echar raíces en esa lógica sumergida y desfigurada que, tal como ocurre en Lacan, se reconoce en la represión/supresión del sentido operada por las figuras de la topología.

* extraído de un precioso texto llamado “Topología, resto y división subjetiva. Nota sobre G. Agamben. Sara Vasallo.

Gelman, belleza

27 Jun


Qué hermosa eras en tu desolación,
te parecías a
la palabra que no alcanzo a decir,
la línea negra de la pureza
que nadie sabe cruzar.

Heidegger, anacronismos políticos

25 Jun

Friburgo, Zähringen
Rötebuck 47

10 de enero de 1969

Muy estimado señor Palmier:

Le ruego, me disculpe por agradecerle recién ahora por el envío de su libro. Otros trabajos derivados de mi agenda me impidieron leerlo inmediatamente. Le agradezco muy particularmente su amable dedicatoria que me demuestra de paso la intención amistosa de su escrito. Es un trabajo valiente que se esfuerza por obrar en el sentido de la verdadera objetividad. Este libro da muestras de una gran capacidad de trabajo y permite esperar que deberán tomarse en consideración confrontaciones sustanciales ulteriores con problemas filosóficos viniendo de vuestra pluma.

No me es posible naturalmente extenderme con respecto a todos los detalles de vuestro trabajo. Permítame hacer solamente algunas observaciones.

Lo que me incitó en esa época a aceptar la elección unánime como rector por parte de mis colegas, no era solamente la esperanza en Hitler que debía ser tan cruelmente decepcionada más tarde. Fue asimismo determinante la perspectiva de que había que convencer al cuerpo profesoral de la Universidad para contribuir a hacer que el nacionalsocialismo se desarrollara en la dirección de un socialismo nacional, de modo de volver efectivas las potencialidades espirituales que había en él. Pero esta expectativa tampoco fue cumplida. La Universidad permaneció paralizada y sin consideraciones hacia la situación mundial. Hoy en día las cosas son semejantes. Gran cantidad de reivindicaciones actuales que en todas partes son planteadas por los estudiantes fueron ya formuladas en 1933 por la juventud estudiantil.

En vuestro texto se encuentra cierta cantidad de inexactitudes. Estas son algunas de ellas:

p. 41: Natorp no era judío.

p. 47: Husserl fue jubilado en 1928 como era normal, a consecuencia de haber alcanzado el límite de edad. En esa época los nacional-socialistas no estaban en el poder.

p. 167: No hice un seminario para los estudiantes sobre Ernst Jünger, sino simplemente un grupo de trabajo con colegas y amigos que, a pesar de su carácter privado, provocó la ira del partido.

p. 173: Ernst Jünger nació en 1895.

Para la generación actual es muy dificil representarse la situación mundial y la de las universidades alemanas en esa época, tanto más cuanto que esta situación era extremadamente diferente según los lugares dijo representárselas de manera realista.

Se juzga el Nacional socialismo a partir de una perspectiva posterior a 1937 mirando hacia 1933. El hecho de que en esa época, el nuevo gobierno en Alemania haya sido inmediatamente reconocido por los otros Estados e incluso que la invitación a los Juegos Olímpicos de 1936 no haya dado lugar a ningún rechazo, este hecho es raramente mencionado. Mediante estas observaciones, no quiero embellecer o debilitar nada, ya que de todos modos la enumeración de los diversos hechos no aporta nada en tanto falten los horizontes que convienen a la cosa misma. Hacer perceptibles y más legibles estos horizontes, esto tiene que estar reservado a una escritura ulterior de la historia.

No puedo, al agradecerle sus esfuerzos más que expresarle mis más sinceros deseos para usted y para su trabajo.

Su Martin Heidegger

Las neuronas espejo y el Otro

23 Jun

¿Cuáles son las neuronas más bellas?
Por Marcelo Rodriguez


Se dice que el descubrimiento de los sistemas de neuronas en espejo posibilita el viejo sueño de “leer la mente”, lo cual en rigor no es cierto, pero amenaza serlo a fuerza de tanta repetición. Afinando un poco la puntería, el conocimiento actual sobre estas redes neuronales –descubiertas por un grupo de neurocientíficos italianos de la Universidad de Parma en la década de 1980, pero cuyo estudio está cobrando interés más general recién ahora– dice que muchos mamíferos (y los humanos entre ellos) están biológicamente condicionados para identificarse con ciertas acciones de sus congéneres.

A la luz de la resonancia magnética funcional –esas imágenes en las que el cerebro aparece coloreado en diferentes tonos según el grado de actividad en cada área– se ve que los grupos de neuronas que se activan en un primate cuando realiza un movimiento o acción sencilla (tomar una manzana, por ejemplo) también se activan simultáneamente en otro que simplemente observa esa misma acción. Esa suerte de “reflejo” de la propia acción en el otro (y viceversa: del otro en uno) es obviamente lo que llevó a categorizar su funcionamiento como “en espejo”. Pero la cosa fue mucho más allá de la observación de un fenómeno aislado y anecdótico en monos de laboratorio.

GOODBYE, COMPUTER

Primero fue el cerebro, después la computadora. Pero cuando la revolución microelectrónica permitió construir máquinas de cálculo más potentes y precisas, la ambición de obtener un cerebro artificial fue tal que los términos se invirtieron: el cerebro pasó a ser “la mejor computadora”, y su imperfección en tanto sistema informático, lo que nos hace humanos. Bien: es hora de desandar el camino.

¿Qué clase de computadora es ésta que se vale de los mismos dispositivos para realizar una acción y para observarla? (Y para peor, se presume que también para imaginarla).

El enigma desconcertó a quienes pensaban al cerebro como una máquina y fue necesario formular una nueva hipótesis “salvadora”: si es una máquina, pues se trata de una “máquina” con una fabulosa capacidad para imitar. Y aún más: para imitar sin procesos demasiado complicados, porque (una vez más) los sistemas de neuronas en espejo se activan por igual con la acción propia y con la acción ajena. De hecho, estos sistemas –que no están compuestos por neuronas especiales sino que es su función la que las distingue, y que no se encuentran en una sola parte del cerebro sino en varias– recibieron en principio el apodo casi peyorativo de neuronas “mono vemono hace”. Hoy dentro de la psicopedagogía estos “espejitos de colores” están llevando a replantear la importancia de la imitación en el proceso de aprendizaje, y “explican” desde el punto de vista neurobiológico, por ejemplo, la razón por la que los chicos parecen incorporar las actitudes reales que observan en sus mayores, mucho más que lo que éstos pretenden dejarles como enseñanza.

Así, transformados en soporte de una sorprendente capacidad innata para identificarse corporalmente en la acción del otro, las neuronas en espejo se convirtieron de pronto en un argumento capaz de refutar complejas teorías de la mente que, desde el psicoanálisis hasta la perspectiva cognitivoconductual, conciben a la acción como resultado de complejos procesos de interpretación y elucubración psíquica. Y todo será más sencillo aún –dicen– cuando aparezcan fármacos de acción más específica sobre estos nuevos targets neurobiológicos. ¿Será así de sencillo?

PREGUNTAS SIN RESPUESTA

En abril de 2010, en el marco de un programa de investigación financiado por los Institutos Nacionales de la Salud estadounidenses en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), se reportó por primera vez la observación de varios sistemas de neuronas en espejo en el cerebro humano, mediante estimulación magnética transcraneal.

Uno de los integrantes del equipo, el neuropsiquiatra italonorteamericano Marco Iacoboni, visitó a principios de este año la Argentina para un encuentro que organizó el grupo Adineu en la Academia Nacional de Medicina. Allí Iacoboni se manifestó más entusiasmado justamente ante las preguntas que, tal vez por su tufillo “psi”, parecían irritar a una audiencia más amiga de los paradigmas biomédicos: ¿Qué implicaciones tendría este conocimiento en la psicología de las masas? ¿Tendrán que ver con ellas las relaciones de liderazgo o de sometimiento que las personas establecen entre sí? ¿Qué pasa con las neuronas en espejo cuando uno se mira a sí mismo al espejo?

Respuestas, pocas. La posibilidad de controlar conductas “violentas” o “antisociales” está en el foco de interés: “Sería muy complicado, porque hay que admitir que de alguna manera, éstas forman parte de la libertad humana”, fue la respuesta en este punto.

TE ADIVINO LA INTENCION

¿Y lo de “leer la mente”? Iacoboni dijo que hay experimentos cuyos resultados habilitan a pensar que las neuronas en espejo también se activan en procesos de predicción de las intenciones del otro. Fundamentalmente en acciones tendientes a objetivos.

No estamos “condenados” por naturaleza a imitar, lo cual implica la existencia de mecanismos directos de inhibición de estos procesos imitativos. Y éstos responden a la memoria y a la información previa. Las neuronas que se activan al ver un brazo tomar una manzana no lo hacen cuando lo ven hacer el mismo movimiento pero contando con la información previa de que la manzana no está. En resumen: existen neuronas que, contando con cierta información previa, se activan ante la intención del otro, lo que para quienes gustan de títulos rimbombantes, significa que es posible leer el pensamiento.

Pero el panorama es variado: algunas neuronas en espejo sí se activan ante acciones simplemente parecidas a las observadas; otras, en cambio, son más sensibles a las imágenes auditivas. Etcétera.

Resumiendo, una interpretación filosóficamente pesimista de estos fenómenos asignaría a las acciones humanas un grado de automatismo e inconciencia mayor que el tolerable para nuestro orgullo. No un inconsciente con leyes propias y sensible al mito como propuso Freud, ni un inconsciente poético como el del Romanticismo, sino simplemente una imposibilidad (o mejor, una inutilidad) de pensar, porque sería previo a todo pensamiento: surge de mecanismos biológicos que funcionan en otras especies y en bebés con pocas horas de vida. Una interpretación más optimista apuntaría tal vez a la evidencia de que se piensa con todo el cuerpo; que la sede de la conciencia no puede ser sólo un cerebro, sino que es un cuerpo en el mundo, en circunstancias espaciotemporales determinadas y en relación con los demás.

Bender, EEUU sin Otro

20 Jun

Entrevista al historiador Thomas Bender
Por Facundo García

En la actualidad –vía Afganistán, Irak, Yemen, Libia, Pakistán y ese conflicto difuso que los guionistas de la muerte dieron en llamar “Guerra contra el terror”– Estados Unidos tiene asegurada la demanda de armas por lo menos para los próximos diez años. Llegar a ese punto no fue cuestión de azar. Hizo falta un dispositivo simbólico elaborado con paciencia, a lo largo de generaciones, para que la agresión a “los otros” se impregnara en el sentido común. Según Bender, ese comodín es la noción de excepcionalidad. “Allá la historia mundial se enseñó sin mencionar demasiado a los Estados Unidos. E inversamente, la historia estadounidense se ha estudiado sin hablar del contexto mundial. A esto me refiero cuando hablo de excepcionalidad. Desde esta postura, no compartimos el universo con el resto. Somos ‘un fenómeno aparte’.”

–¿Cómo se relaciona esta estructura de pensamiento con el imperialismo?

–Nosotros aceptamos nuestras actividades imperialistas justamente porque nos consideramos “aparte”. Creemos que estamos ayudando a la gente que invadimos. Este excepcionalismo es intrínsecamente contradictorio: no compartimos la historia mundial, pero cualquier historia nacional extranjera nos parece una emulación de la nuestra, como si los demás debieran ir en la misma dirección. Y cuando no lo hacen, nos confundimos. Entonces nuestras intervenciones quedan justificadas porque “los vamos a hacer avanzar” como avanzamos nosotros. El objetivo final sería nuestro modo de vida, o sea “el máximo de evolución.”

Historia de los Estados Unidos aborda los procesos sociopolíticos con un enfoque amplio. En consecuencia, el rumbo de la Guerra de la Independencia se comprende a partir de la enemistad que existía entre las potencias del siglo XVIII, los pensadores “patrióticos” se revelan como lectores atentos a las corrientes teóricas foráneas y la Red Mundial –eso que muchos asocian solamente a Internet– termina siendo la derivación lógica de un extenso proceso de intercomunicación que se inició hace mucho. Nada más alejado del relato simplista que se multiplica en las pantallas.

Y no sólo en las pantallas. Sin desmerecer a los genios que nacieron en la tierra del fast food, la literatura, el cine y las artes en general han estimulado la tergiversación. Bender aclara: “El mayor problema con nuestro excepcionalismo es que al pensar que nuestros actos están motivados exclusivamente por causas nobles, no nos entra en la cabeza que alguien nos perciba como su enemigo”.

Llevando la mirada a un plano más micro, se percibe que el sueño americano se asienta sobre la enclenque silla del heroísmo individual. Al extremo de la zoncera, Estados Unidos sería al planeta lo que John Wayne al desierto de Arizona: solo, grande y pésimo para actuar en las escenas de diálogo. Contra eso lucha Bender. “Tenemos la inclinación, como muchas otras naciones, a celebrar a los héroes en reemplazo de los procesos complejos. Encima nuestros héroes contemporáneos han dejado de ser hombres de estado para convertirse en millonarios, al estilo de Donald Trump”, se lamenta. En la misma tendencia entra la figura del tipo común que avanza por su esfuerzo, un clásico al que siempre se puede echar mano. “Esta celebración del ciudadano promedio ha sido fundamental, aunque cada vez sea menos cierto que en EE.UU. hay más posibilidades de éxito que en otros sitios.”

Planteado el panorama, la propuesta de Bender se acerca al “cosmopolitismo enraizado” que defiende el filósofo ghanés Anthony Appiah. Appiah dice que la ignorancia de los intereses ajenos es un “lujo” de los que tienen suficiente poder y egoísmo como para apalear a los que se opongan a su capricho. Por otro lado, ¿quién podría analizar a un país con semejante gravitación global remitiéndose únicamente a lo que ocurra dentro de sus supuestos límites? “La ideología nacionalista del siglo XIX –agrega el autor– se incorporó desde los albores de la historia como disciplina, pero oscurece la experiencia real de las sociedades e impone una visión parroquial en una época en la que necesitamos adoptar un espíritu mucho más abierto.”

–¿Qué efectos tuvo esta tradición historiográfica en las relaciones internacionales?

–Nos cuesta posicionarnos como uno más entre otros. Estamos convencidos de que nuestra revolución fue singular, y no simplemente una de las tantas que se dieron entre 1776 y 1825. Los norteamericanos se sienten incómodos con la idea de que sus experiencias son meros episodios en procesos globales más grandes, en los que otras naciones tienen su rol.