Archivo | abril, 2012

Guillermo Cichello, “Cuero-camiseta”

25 Abr


Y.P.F. y una mínima organización del campo de juego

 
Fútbol. Éramos un grupo más o menos grande de pibes, amigos del barrio y compañeros de colegio, que nos juntábamos los sábados a jugar al fútbol. Salvo la continuidad, no había nada formal en esos encuentros: ni réferi ni equipos estables ni camisetas. Los equipos variaban sábado a sábado, de acuerdo a los presentes o al azar o la astucia de quienes elegían a los jugadores. De modo que para solucionar tanta variabilidad y para tener una visión clara del juego –consecuencia primaria de identificar en la ocasión a los compañeros y a los rivales- apelábamos al recurso simple y conocidísimo pero eficaz de acordar que un equipo jugara con la camiseta puesta y el otro no. Esta sencilla disposición (“cuero-camiseta”) nos permitía, a un primer vistazo, reconocer a los nuestros, no entregarle –por confusión- la pelota a los rivales, situarnos correctamente en  la cancha, en fin: establecía un orden muy elemental a partir del cual el juego podía desarrollarse. Esto parece una obviedad, una perogrullada, pero es vital: para sostener cualquier aspiración de triunfo debemos saber para qué equipo jugamos y contra quiénes, cuáles son nuestros intereses y nuestros compañeros, qué nos conviene o nos perjudica, para dónde patear. De ahí a ganar hay un trecho, pero se carece de toda posibilidad si no se establece esta primordial identificación de los grupos. Si advirtiéramos que el que nos aconseja no marcar al número 9, no desplegar a la ofensiva a los marcadores de punta o dejar en el banco a nuestro mejor hombre, es el entrenador del equipo contrario… -bueno- a ese le diríamos, a lo Roberto Arlt: rajá, turrito, rajá ¿o te pensás que soy un otario?
La 125. Las consecuencias a priori impensadas del conflicto “del campo” fueron vastísimas, pero considero la más decisiva la delimitación clara de los intereses en juego y de los sujetos de carne y hueso que los expresaban. Así, a medida que progresaba el conflicto se fueron revelando sus caras, sus deseos, su programa ideológico, su modelo de país. El “campo” –ese significante tan vago y encubridor- se fue desenmascarando y subió a escena con su verdadero rostro: el de la representación de las potentes corporaciones exportadoras de granos que luchaban por imponer el tipo tradicional de país agrícola que ocupa su puesto en la división mundial del trabajo como productor de materias primas. Con tanta brutalidad llevaron adelante medidas de fuerza, con tan torpe vehemencia defendieron sus intereses, que los hicieron evidentes. De ese modo perdieron. Victoria pírrica es una expresión que se usa para designar aquella que se logra a costa de una pérdida inmensa. Así ganaron las patronales agro-exportadoras cuando lograron trabar la sanción de la ley que gravaba la renta agraria. Pero perdieron porque se hicieron visibles como representantes de su propio interés, quedando ligados sus enunciados a un particular lugar de enunciación: el de la Sociedad Rural, los poderosos y transnacionales pooles de siembra, la aristocracia con olor a bosta de vaca –como decía Sarmiento-. Ese conflicto que se ganó cuando se perdía, fue seguido dramáticamente por la mayoría de la población, y volcó a un importante sector hacia la participación y a la militancia política. Su mérito fue develar intereses, establecer alianzas, evidenciar deseos contrapuestos. Cuero-camiseta.
Maniqueo. Un tópico usual de las buenas conciencias argentinas es aborrecer las divisiones maniqueas. Se considera de muy buen tono maldecir las postulaciones binarias, las dicotomías, el mundo blanco o negro. Ni que hablar que alguien diga que fulano es un enemigo político. Eso es tremendo. El que habla en esos términos rudos directamente es un dictador, un mesiánico, un fundamentalista. Resulta que no hay enemigos políticos. Cuando un conflicto progresa hasta el punto exacto en que pueden reconocerse los intereses en pugna, los que pretenden mantener el statu quo apelan santamente a la paz, al diálogo que se mantiene en los “países serios” –un lugar que no tiene otra localización que no sea la fantasía idealizada de quienes lo postulan- y al expediente de disimular sus pretensiones, diluyéndolas en generalidades, confundiéndolas con totalidades. De esa manera se habló de “el campo”, como se habla de “el país” o de “la prensa” o de “la gente”, como se vitupera a “la política” o a “los políticos”. La función retórica que tienen semejantes abstracciones es la mistificación de sus reales posiciones desiderativas, de ahí que les sea altamente conveniente descalificar el supuesto maniqueísmo. “Caballeros ¡por favor!” –dice uno de ellos-, “que el mundo no es un campo de batalla…”. Su triunfo es disimular su dominación. Si no hay enemigos políticos,  si todo el mundo tira para el mismo lado, ahí es cuando viene el entrenador del equipo contrario a aconsejarnos que dejemos en el banco a nuestro mejor jugador, etc. Ahí es cuando viene Robert Zoellick -el presidente del Banco Mundial- a decir que es “un error” y un “un síntoma que vamos a tener que vigilar” que los países opten “por políticas nacionales, autárquicas”. Ese es el momento en que sale a escenael comisario europeo de comercio, el belga Karel De Gucht a decir que “este es exactamente el tipo de medidas que tiene que evitarse”.  Este, el instante en que entra a los empellones Mario Vargas Llosa a  maldecir el “patrioterismo nacionalista”. Lejos de la falsa armonía, si no reconocemos en qué equipo juegan estos fulanos, para nosotros es un caos o el directo desastre. Cuero-camiseta, otra vez, en cambio, un principio de orden.
YPF.  Tras la expropiación de las acciones pertenecientes a Repsol en la empresa YPF., -de eso hablaba el bueno de Zoellick el 18 de abril último al abrir la asamblea semestral del Banco Mundial- una de las mistificaciones que por estos días nos asolan es que la Argentina le ha cerrado las puertas al mundo. “El mundo ha hecho saber públicamente, con menor o con mayor intensidad, su rechazo a la expropiación de YPF” (Joaquín Morales Solá), “la expropiación nos endeuda y nos aleja del mundo” (Mauricio Macri), “la confiscación de Repsol-YPF ha lesionado gravemente la credibilidad argentina frente al mundo” (Mariano Grondona), “Argentina tiene un problema de conducta en su relacionamiento con el resto del mundo que ha ido agravándose en los últimos años” (Emilio Cárdenas), “la decisión tomada por el gobierno somete a la Argentina a un escenario de cuestionamiento general (…) Los argentinos deben entender que hace años que generamos desconfianza. Todo esto genera una imagen de la Argentina complejísima” (Alberto Fernández), “el gobierno argentino ha quebrado la confianza de la comunidad internacional” (José Manuel García-Margallo y Marfil), “las políticas basadas en el nacionalismo, expropiación o el estatismo son tan dañinos porque alejan a las inversiones” (Felipe Calderón). Cito algunos, entre tantos dolorosamente ofendidos por la decisión estatal sobre YPF.
            La pregunta que puede ordenar el campo de juego es si esa supuesta totalidad, si ese “mundo” es el nuestro. Las respuestas provienen de la determinación de los intereses que motivan, que nutren los enunciados, del lugar que no es general, sino muy particular desde el que enuncian. A poco que se repare que José Manuel García-Margallo y Marfil es el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación del gobierno español, que Alberto Fernández es consultor externo de Repsol, que Emilio Cárdenas fundó un estudio de abogados que asesoraba a las empresas extranjeras en materia de transacciones comerciales internacionales, petróleo y gas y que fue funcionario del gobierno argentino que impulsó la privatización de YPF., que Joaquín Morales Solá percibe de Repsol una importante suma como pauta publicitaria de su programa, que Felipe Calderón es el presidente de México, cuya empresa petrolera PEMEX es socia de Repsol y que las declaraciones citadas las realizó en la sexta edición de la Cátedra Kissinger de la Biblioteca del Congreso de los  Estados Unidos de Norteamérica, que Mariano Grondona… bueno, es Mariano Grondona…, a poco que se repare –decía- desde qué lugar enuncian, se deduce cuál es su mundo, qué cosas son exitosas para ellos y ante qué otras se escandalizan.
            Sería ingenuo pedirles que no sostuvieran esas posiciones, que no hicieran lo que está a su alcance por imponerlas, tanto como esperar que el equipo contrario nos hiciera el favor de no patear muy fuerte los penales. Pero sería desastroso que los confundiéramos con los nuestros, que nos engañáramos creyéndolos buenos consejeros, que desconociéramos que nosotros jugamos en cuero y ellos con camiseta.

Tertulia con café y pastelitos

25 Abr

 

TERTULIA CON CAFÉ Y PASTELITOS

Miércoles 16 de mayo 20. 15 hs.

Tema de tertulia:
Un Método Peligroso*.

 C. Jung, Sabina Spielrien, Sigmund Freud

*Película dirigida por David Cronenberg; con Keira Knightley, Viggo Mortensen y Michael Fassbender.

En tiempos de  “la seguridad” ¿es el psicoanálisis un peligro? Acaso convendría recuperar el peligro del método sin reducir el amor en psicoanálisis a una psicología de lo políticamente correcto. Las mujeres para la literatura, las ciencias, la filosofía, la política  y la religión ¿Serían peligrosas?

Proponemos  reunirnos a charlar sobre las  preguntas  que nos suscite la película de Cronenberg. Inician el método:

Alex Forster, Alberto Sladogna, Claudia Weiner

Nota: No se proyectará la película en la Tertulia.

No se presentaran trabajos  escritos, pues nos proponemos charlar (¿…un método peligroso?).

Lugar: Escuela de Pastelería Profesional S.T.P.C.P.H.Y.A.

Avda. Corrientes 4367 4to piso. CABA.

La escuela, la dirección del sindicato y sus miembros convidan con café y masitas.

ACTIVIDAD ABIERTA a quienes estén interesados.

elsabersabor@gmail.com

http://www.elsaborsaberdelpsicoanalisis.org/

 

 

 

24 Abr

Althusser, vocación conceptual

22 Abr

La publicación, entre 1965 y 1967, de Pour Marx y de Lire le capital, supuso la irrupción en el ámbito del pensamiento marxista de una fuente de actividad teórica que venía a revolucionar radicalmente la manera de enfrentarse a los textos y a los conceptos más propios de la tradición comunista. Louis Althusser, en el tiempo en el que coagulan las grandes convulsiones sociales que estallarán en torno al referente del 1968, ha venido a construir una lectura de la tradición comunista que, rompiendo tanto con el código de la ortodoxia como con las lecturas humanistas o dialécticas intentadas en su contra, no ha dejado de reivindicar la potencia de afirmación liberadora del pensamiento marxista. El artículo que publicó en 1970 en La Pensée , Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado , venía a confirmar la fortaleza conceptual y la vocación polémica de un pensamiento que, lejos de enmudecer tras el Mayo, desplegaba una escritura abierta a la investigación en los mecanismos del control sobre la subjetividad individual y colectiva, y que proponía, además, elementos desde los que conceptualizar las nuevas formas de una revolución posible.Y sin embargo, apenas una década después, mucho antes incluso del fatídico día en que su nombre apareció en las páginas de sucesos, su actividad teórica se ha visto, de algún modo,condenada al silencio: en un mundo, en el que los discursos de la tradición comunista entran en crisis (tanto por los sucesos que en el seno de esa misma tradición convulsionan violentamente la conciencia de los militantes, como por las modificaciones estructurales que cristalizan en torno a las nuevas formas de dominio y a las nuevas formas de resistencia), Althusser parece dedicar sus obras, tan sólo, a la defensa de laposición teórica que en años anteriores ha establecido. Pero en esa trinchera epistemológica-marxista hay más de lo que parece.

Posporno, o sexualizar la ética

21 Abr

Sexo de terror

“Afuera hay una guerra”, declara el manifiesto pornoterrorista que suscribe Diana J. Torres: una guerra contra el orden sexual y la imposición del género en la que sólo se gana batallando con igual virulencia que el enemigo. La performer española, además de decir esto y mucho más en su libro Pornoterrorismo, pone el cuerpo para quien quiera verlo y también para quien no.

Por Laura Milano y Nico Hache

Diana pone su cuerpo como arma de batalla en cada una de sus performances, muchas veces el público es convocado para intervenir en las escenas.
Desde Barcelona
La mujer desnuda con pasamontañas en la cabeza y granada-dildo en mano no duda en afirmar que “cuando no hay con quién dialogar del otro lado, lo que queda es el terrorismo. El pornoterrorismo ataca la violencia hacia lo que se sale de la norma. Es decir, pone en escena –como toda la pospornografía– sexualidades subversivas. Esto es terrorista”. Ella es Diana Pornoterrorista, un monstruo sexual maravilloso e inquietante de pies a cabeza (o mejor dicho, de borcegos a cresta). Su trabajo como artista performer comenzó hace diez años en su Madrid natal junto al grupo de cabaret gore-porno-trash Shock Value y hoy es una de las referentes de la movida posporno en España. En la actualidad, reside en la ciudad de Barcelona, desde donde articula su centro de operaciones posporno y de activismo queer junto a un colectivo de artistas locales.

Diana es una guerrera curtida en los márgenes del género, una mujer que gusta pensarse como construida en la periferia de lo que es el prototipo de mujer (y de hombre también). Es una confesa exhibicionista, que se planta en el escenario para recitar sus poemas al ritmo de aterradores orgasmos. Un cuerpo y una voz entregados a batallar en pos de la liberación de los cuerpos, de su reapropiación y del rescate de sus profundos deseos.

¿Qué papel tiene el cuerpo en el pornoterrorismo?

–Es el alma. No se puede prescindir del cuerpo en el pornoterrorismo. Esta es una política del cuerpo y de hecho no considero ninguna otra forma de hacer política. Nuestros cuerpos no normativos están visibilizando que existen otras opciones y también están aterrorizando un poco. Por eso molestan.

¿Por qué elegiste trabajar desde la performance y la poesía?

–Arriba del escenario me siento segura, sin miedo a nada. Y me parece muy valiosa la posibilidad de dar la cara. Me siento más insegura escribiendo un post en mi blog, detrás de la pantalla. Lo mismo ocurrió cuando escribí el libro, Pornoterrorismo; disfruté mucho haciéndolo, pero definitivamente me siento más cómoda viendo las reacciones de la gente en simultáneo a lo que voy haciendo.

En tus presentaciones siempre hay elementos de S/M, fist-fucking, squirting. ¿Por qué estas prácticas sexuales son terroristas para vos?

–Al fist-fucking no lo considero subversivo porque no es doloroso. Aunque lo parezca y visualmente sea fuerte, no duele. El BDSM, en cambio, sí es terrorista, subversivo, porque pone en juego el dolor como placer.

Pero no necesariamente hay dolor en las prácticas BDSM.

–Es cierto, pero siempre hay una situación de dominación. Y poner eso en cuestión es subversivo. Allí no importan cuestiones económicas, étnicas, culturales ni nada. Cualquiera puede dominar a cualquiera, se transforman las relaciones de poder establecidas. El dolor normalmente es un castigo; transformar eso en un premio, en placer, es subversivo. El squirting también es terrorista, y lo utilizo para mostrar el orgasmo femenino, negado por la medicina y también por el porno. Lo que no se ve no existe.

EL CUERPO ES EL MENSAJE

Ingresa al escenario una persona enyesada de pies a cabeza, a paso muy lento. En su cuerpo pueden leerse insultos que el público ha escrito a pedido de la performer. El silencio tenso que envuelve la sala es abruptamente interrumpido por el sonido de los furiosos azotes que recibe este cuerpo-yeso. Grita, vocifera los insultos impresos en su cuerpo, se deja caer al suelo mientras se rompe las vendas e invita al público a quitarse la ropa. Luego recita sus poesías, se quita las agujas clavadas en la frente, lame la sangre que cae de las heridas, se deja penetrar por el puño de alguna colaboradora. Diana pone su cuerpo como arma de batalla en cada una de sus performances, no sólo como medio sino como un fin en sí mismo.

Alguna vez sugeriste que usabas el placer como caballo de Troya para lanzar el mensaje. ¿Cuál es este mensaje? ¿El placer es sólo el gancho?

–No es que sólo sea el gancho, el placer es parte de ese mensaje. Cuando unas personas están sentadas delante de un escenario viendo un espectáculo que saben que se llama Pornoterrorismo, algunas ya van abiertas a la propuesta. Pero otras van sólo por la palabra “porno”, no por la palabra “terrorismo”, ¿entiendes? Y algunas personas van porque saben que va a haber tetas, culos y sexo en vivo. Entonces, me parece que el placer es un anzuelo para que cuando el pececito muerda y esté bien apretado allí en el teatro pueda soltarle todo lo demás.

¿Y qué es eso que quieres soltarle al espectador?

–Eso es la violencia que nos comemos cada día en el noticiero, la que nos rodea. En la última performance había algunos bloques muy violentos, como el número de los pecados de la Iglesia donde hago una recopilación de sus pecados, que también podrían ser llamados crímenes. Y son temas que la gente no se traga muy fácil. Por eso creo que ir con una predisposición a la excitación sexual te pone en un estado vulnerable. Esto lo deduje una vez que estábamos viendo el noticiero cuando empezó la guerra en Irak: era todo una sangría. Y empecé a pensar que no es fortuito que los noticieros se emitan a la hora de la comida, sino que los transmiten justo en ese momento en el que te tragas todo. Entonces pensé ¿por qué no usar estas estrategias –que son de manipulación– para mi propio mensaje?

¿Qué repercusiones crees que generan tus performances en el público?

–Yo espero contribuir a que la gente que vea mi trabajo acceda a otras formas de su sexualidad. Elegí no trabajar ocho horas por día para poder dedicar todo mi tiempo a estudiar esto. Leo mucho, lo pienso y luego lo entrego masticado y fácil de entender. Hay intelectuales que trabajan en este campo desde otra perspectiva, leen a Judith Butler y luego explican la teoría de género, pero muy pocos los entienden. Yo intento –en cambio–- hacerlo accesible a todo el mundo, y aquí, claro, se produce a veces una cierta discriminación intelectual, donde el discurso académico pretende legitimarse por sobre otras formas de abordar la sexualidad.

En tu libro decís que “descubrir la propia sexualidad es también descubrir hasta qué punto nuestro sexo no nos pertenece en absoluto”. ¿Quién nos ha arrebatado nuestra sexualidad? ¿Cómo es posible recuperar el dominio de nuestros cuerpos y placeres?

–En primer lugar, el patriarcado. Luego la Iglesia. Después la ciencia, con la medicina como herramienta. Y finalmente el capitalismo. Esa es la cadena de instituciones que han intentado aplicar un control sobre el cuerpo y la sexualidad. Y debemos salirnos de eso, tenemos que poder follar por el culo sin tener al cura en la habitación diciéndonos que eso está mal. No es fácil, porque es algo que tenemos muy incorporado desde pequeños, desde que nos asignan un biogénero. Pero se logra con activismo, con una vida activa basada en el trabajo sobre el cuerpo.

En relación con ese activismo, ¿ves en el feminismo un camino correcto para la liberación del cuerpo y la sexualidad?

–No, porque en muchos casos el feminismo es reaccionario y excluyente; yo misma me siento excluida del feminismo, en sus categorías no hay sitio para mí. El feminismo está por la liberación femenina, pero rechaza la prostitución, el porno, el sado, por considerarlas formas de violencia hacia la mujer. Yo estoy a favor de la prostitución y del sado y hago porno. Rechazo también al feminismo porque deja afuera a hombres y trans. Frente al rechazo de lo masculino, por ejemplo, propongo la reapropiación del falo, el empoderamiento de los símbolos del patriarcado en lugar de su destrucción.

¿Por qué te identificas con el transfeminismo? ¿Qué desafíos implica la ética transfeminista frente al orden sexual normativo?

–La sexualidad, el género, las representaciones del cuerpo, no pueden aislarse del entramado global, económico, político e institucional en que se despliegan. Y este marco es el capitalismo. El transfeminismo implica una coherencia con la lucha anticapitalista. Me planto contra el feminismo que proclama la liberación de la mujer, pero al mismo tiempo utiliza Windows en vez de software libre. Las luchas que se establecen en el terreno de la sexualidad no pueden desvincularse de la batalla contra el capitalismo, es necesaria una coherencia en ese punto. Y lo mismo ocurre en sentido inverso, cuando el activismo anticapitalista no contempla el trabajo sobre el cuerpo. Es lo que ocurre con el movimiento 15-M aquí en España, los indignados que quieren hacer la revolución, pero luego vuelven a casa y no saben follar más que en la postura del misionero. Sin una política del cuerpo y el género no hay revolución posible, así como tampoco tiene sentido la subversión sexual desvinculada de la lucha contra el capitalismo.

¿Qué acciones concretas pueden realizarse para aplicar una política del cuerpo y el género?

–Desde el transfeminismo, por ejemplo, llevamos adelante la campaña Stop Transpatologización, desde la que reclamamos que la transexualidad sea quitada del DSM IV y de otros manuales internacionales de diagnóstico de enfermedades. Allí la transexualidad está señalada como un trastorno de la personalidad. Recientemente hemos revisado el nuevo borrador y ya no aparece, lo han quitado, pero en cambio han incluido el síndrome premenstrual como un trastorno temporal. Imagínate, una vez al mes todas las mujeres estamos trastornadas.

En Argentina hay ahora mismo un debate abierto sobre la Ley de Identidad de Género, que permitirá a las personas trans cambiar oficialmente su nombre y género sin necesidad de dar explicaciones.

–Pues están más adelantados que nosotros. Para eso aquí aún tienes que pasar por un proceso médico-psiquiátrico de dos años, tras el cual la institución médica decide si estás o no apta para tomar esa decisión.

LA RED POSPORNO

Si el posporno funciona fundamentalmente a partir de los colectivos y la autogestión en las producciones, el trabajo de Diana funciona como un hilo más de esa red de voluntades interesadas en crear nuevas y subversivas representaciones de la sexualidad. En esta línea, la propuesta pornoterrorista encuentra en el posporno su marco de acción y su red de alianzas desde el cual disparar contra la pornografía mainstream de un modo creativo, transfeminista y fuera de la lógica comercial. Una de esas líneas de acción y trabajo colectivo se sintetiza en la Muestra Marrana, un festival de cine porno no convencional autogestionado y organizado por Diana, Claudia Ossandón y Lucía Egaña que se realiza cada verano en la ciudad de Barcelona. El objetivo del festival no es sólo mostrar producciones audiovisuales relacionadas con el posporno sino también crear un espacio de intercambio y debate acerca de las multiplicidades sexuales subversivas y las prácticas que se encuentran en los márgenes del sistema heteronormativo. “La pornografía está hecha para vender ciertas prácticas y ciertos cuerpos. La diferencia básica es que en el posporno puede incluirse todo, cualquier práctica. Si te calienta ponerte una fresa en el culo o si te comes una banana y tienes un orgasmo, bienvenido sea. Para la pornografía eso sería una aberración o una de esas prácticas que se ponen en el canal de ‘crazy and funny’. Y lo más importante del posporno es que incluye a las mujeres como productoras, directoras, actrices”, asegura Diana. Pensando en esto último, la pregunta por el ausente es inevitable.

¿Dónde están los hombres en el posporno?

–Realmente no lo sé. Estamos esperándolos. Yo no tengo ningún problema en juntarme en talleres con chicos, hacer posporno o lo que sea. Pero es que no vienen. Hay mucho más miedo en los chicos en general y también existe el condicionante de que las mujeres u hombres que se van a encontrar no son los que les gustan, porque somos cuerpos poco normativos. Yo los estoy esperando, me encantaría ahora jugar con más hombres, pero es muy difícil. La última vez que jugué con hombres fueron seres completamente impenetrables, cargados de miedos y frustraciones. En este caso creo que la pornografía ha hecho mucho daño a los hombres, sobre todo daño interno. Muchas mujeres no han visto porno nunca en sus vidas, en cambio es casi una enseñanza cultural el hecho de que los chicos vean porno. Y eso se te queda ahí dentro. Entonces de repente se encuentran con estas prácticas del posporno que son distintas de lo que ven en el porno, que no valoran aquello que supuestamente era tan importante y claro, se quedan como desnudos.

En ese sentido, los hombres tenemos mucho más trabajo por realizar. No es que no hablemos de sexo, sino que lo hacemos de otra manera.

–Es cierto, la pornografía y la forma de culturizar la sexualidad masculina son frustrantes porque no son reales. Ni tu cuerpo es así ni tus prácticas son así ni lo que te gusta es así. Eso debería impulsar a los hombres a hacer posporno, pero no es el caso. Tienen miedo de que venga una punky con cresta a follarlos por el culo.

Pareciera que todo contacto con el culo del hombre, cualquier tipo de penetración remite a una identidad homosexual.

–Claro, eso parte de la premisa de que las mujeres no penetran y que los hombres no son penetrados. Así que si te penetran y encima lo hace una mujer, dejas de ser un hombre y te vuelves un maricón. Es como una regla de tres super básica que todos se han creído y que es como un fantasma que va planeando sobre los ojetes de medio mundo. Hay un texto muy interesante de Beatriz Preciado que se llama Terror Anal, que habla sobre estos miedos a la analidad y la penetración.

¿Qué creés que falta en materia de posporno?

–Ser considerado una forma de representación artística sobre la sexualidad, pero no comercial. En síntesis, ser considerado como un movimiento. Porque al final resulta que somos como ratitas, siempre trabajando en los márgenes. Sería bueno que existiera un reconocimiento a la gente que viene trabajando hace años en esto. Yo hace diez años que trabajo como artista y hasta ahora no he visto ningún fruto a nivel institucional-artístico o del público sin más.

Este reconocimiento que vos decís suele venir de la mano del ingreso al circuito artístico institucional. ¿Creés que una ampliación del territorio de influencia del posporno implicaría una pérdida de su potencia subversiva?

–A mí me encantaría vender mi arte a los museos, pero no creo que se pueda. Siempre que eso no me implique una autocensura, no veo mal llegar a más gente y sacar dinero al Estado. El año pasado, por ejemplo, hicimos en el Museo Reina Sofía de Madrid un evento llamado La internacional cuir, donde hicimos nuestras presentaciones. Pero es una excepción, porque por lo general no lo compran. El posporno y el pornoterrorismo son periféricos, marginales.

Entonces, ¿qué se ha conseguido hasta ahora con el posporno?

–Ha conseguido que el feminismo sea más divertido y cachondo que antes, que sea también menos discriminatorio y más inclusivo. Creo que es uno de los mejores logros del posporno: convertir el feminismo en una cosa sexy. A nivel artístico también es muy importante, de hecho el posporno está modificando el mundo del arte. En síntesis, los logros son sexualizar el feminismo y sexualizar el mundo del arte. Y hacerlo de una forma política, ética.

http://www.pornoterrorismo.com

“Todo el mundo se acuesta con todo el mundo”

20 Abr

El amor en la época del “todo el mundo se acuesta con todo el mundo”
El saber de Christophe Honoré

“Todo el mundo se acuesta con todo el mundo”, es una fórmula extraída del discurso analizante que caracteriza la vida sexual en el siglo XXI, organizado por las webs de encuentros que le han dado una nueva fórmula, mucho mas allá de su estricta utilización. La lógica del consumo se ha impuesto y con ella la que conlleva todo producto: competencia, categorizaciones (por género, edades, características físicas y psíquicas, fantasmas de sí mismo y/o del partenaire), etiquetas, fecha de vencimiento, búsqueda loca del producto ideal, caída en el olvido, saldos, buenas ofertas, reciclado. Seudónimos y, en consecuencia, anonimato son la regla, lo mismo que la detección de productos fraudulentos.

Este pasaje del orden familiar o de vecindad, que hasta ahora hacía posibles los encuentros, al orden mercantil y al sistema internet global, no constituye en sí una revolución. Siempre hubo un mercado del sexo, aunque confinado y limitado. Pero la puesta al desnudo de sus coordenadas y el dominio de la cuantificación han producido una transformación cualitativa del encuentro sexual. La banalización, la legislación y la legitimación de la homosexualidad, la mutación de los modos de procreación operada por la ciencia, hoy cada vez más radicalmente distinta de la vida sexual, como también el desarrollo de gran envergadura de una imaginería sexual accesible a todos en la web, ha tenido una cuádruple consecuencia.

1/ La vida sexual está para la mayoría totalmente liberada de los lazos sociales tradicionales que la contenían, en consecuencia liberada del discurso, salvo el del capitalismo.

2/ Por el contrario, cada vez está más correlacionada a lo imaginario en el sentido propio, es decir, a la imagen del cuerpo mas que al decir. Es el caso por ejemplo de la sexualidad gay en los back room que moviliza las pantallas para difundir los videos porno y que proscribe la palabra entre los agentes: casos extremos ciertamente, pero que acentúa solamente una tendencia que opera en todas las otras formas de encuentro.

3/ Cada vez está más cerca de la perversión, en el sentido que tenía el término en el siglo XIX. La expresión de Freud sobre la sexualidad infantil « perversa polimorfa» vale a partir de ahora para la sexualidad adulta que le agrega la dimensión de acto –sexual- que la caracteriza. Si la sexualidad siempre estuvo organizada por el fantasma, en sí mismo perverso, hoy declara sus prácticas sin represión en el Otro y se afirma en este polimorfismo.

4/ Podemos ver en esto una extensión del dominio del pasaje al acto. En este nuevo contexto, en donde el goce esta liberado de la creencia en la relación, ¿que ha devenido la dialéctica del deseo y del amor?

El cine francés conoce en este momento una renovación notable en diferentes géneros. Dos autores se imponen por la obra que a lo largo de los años han desarrollado. Uno es Desplechin, nacido en 1960 y el otro es Christophe Honoré nacido en 1970. Este ultimo, diez años mas joven, hombre de teatro, escritor y cineasta ofrece a lo largo de sus películas una enseñanza estricta y seria sobre esta cuestión que el discurso analítico empuja a tratar a partir de la presencia de estos nuevos modos de goce en la palabra y el decir de los analizantes. En el contexto de “todo el mundo se acuesta con todo el mundo”, ¿qué deviene el amor? Es esta enseñanza que deseo sacar a la luz.

La producción cinematográfica de Honoré va desde el 2001 al 2011 con 11 películas. Yo voy a retener 6: Ma mère, según G. Bataille (2004), Dans Paris (2006), según Franny et Zooey de J.D. Salinger, Les chansons d’amour (2007), La Belle personne (2008), según La Princesse de Clèves, L’homme au bain (2010) y Les Biens-aimés (2011). Los actores son generalmente los mismos de un film al otro, en especial Louis Garrel, encarnando la masculinidad de este inicio de siglo XXI.

Ma Mère reinterpreta a Bataille, inscribiéndolo en un marco muy preciso, un condominio de vacaciones en España, y despliega las vías perversas de la sexualidad, de manera bastante clásica. Se hace escuchar un eco de La filosofía en el tocador, siendo la iniciación no de una muchachita sino de un joven adolescente consagrado a su madre, haciendo ella misma el rol de iniciadora. La frase de Lacan concluyendo Kant con Sade se verifica “Sea como sea, se ve que no se ha ganado nada con reemplazar aquí a Diótima por Domancé, persona a la que la vía ordinaria parece asustar mas de lo que es conveniente y que, ¿lo ha visto Sade? concluye el asunto con un Noli tangere matrem. V…ada y cosido, la madre sigue estando prohibida. Queda confirmado nuestro veredicto sobre la sumisión de Sade a la Ley. [1]” El final del film responde a la misma prohibición: el hijo no se acostara con la madre; se masturbará en su proximidad, en el mismo momento en que ella se quita la vida y una vez más, última, al lado de su ataúd.

El film esta muy cerca de la referencia a Bataille, aún si algunos elementos anuncian los temas que la continuación de la obra va a desarrollar: importancia del masoquismo, presencia fundamental de la muerte, y trío de un nuevo género. Por otro lado surge un estilo, hecho de una mirada atenta y neutra sobre la cotidianeidad, es decir a la vez sobre los objetos, las palabras de todos los días, los significantes y la lengua de una generación, los lugares contemporáneos. Hecho también de una extrema precisión de los diálogos. Una escena de Isabelle Huppert en el balcón evoca a Buñuel y Deneuve en Tristana: Siempre hay referencias cinematográficas que abren líneas de fuga y enracinan esta modernidad bruta en las obras pasadas, modernidad que las aclara en tanto ellas la esclarecen. También es un método de prácticar el décalage propia del arte contemporáneo: podemos pensar en “For the love of God” de Damien Hurst: Interpretación real, como la definió Jacques-Alain Miller.

Con Dans Paris, concebida al mismo tiempo que Les Chansons d’amour, comienzan verdaderamente las cosas serias. La pareja parental: separados, la madre se ha ido para rehacer su vida, es bella, es una mujer deseante. El padre, se queda solo y en la casa hace de madre. Compra el árbol de Navidad, hace las compras, solo tiene como pobre arma contra la angustia de los hijos la sopa de legumbres y el pescado á la meunière: que coman, que no salten por la ventana. Fracasa en el sofá-cama pidiéndole a su hijo menor que cumpla su rol ante el mayor. Llama a la madre para que lo ayude. Ella sabrá hacerlos hablar del mal que los corroe: mal de amor imposible, en gran parte debido a ellos. Se llama a la madre pero es la mujer perdida que llega y que se vuelve a ir golpeando la puerta « ¿Alguna vez escuchaste a mamá partir sin golpear la puerta? » dice el más joven de los hijos al mayor. El padre esta viejo, jubilado, en todos los sentidos. En este piso tan familiar, él se enraíza en los gestos cotidianos y los objetos útiles. Observa, impotente ante el dolor. La función paterna, si aún se puede utilizar ese término, se ha refugiado en un duelo: une muchacha, una hermana, que se mató a los 17 años y cuyo lugar vacío ordena en cada uno un desorden que le es propio.

El niño muerto, en Les Chansons d’amour y los Biens-aimés, la muerte en La Belle personne, funcionan como eje: un mundo en duelo para siempre, muerte fuera de sentido y por lo tanto verdadero límite a la continuidad estúpida de la existencia. Los hijos están obsesionados por el ser del amor, que Dans Paris esta reducido a la siguiente pregunta: es verdad que tirarse de un puente a la noche, después de haberse quitado cuidadosamente sus vestimentas y sus zapatos en el agua negra y glacial, es la prueba de que se ama? ¿Se puede ser capaz de eso? O, aún, en La Belle personne, tirarse en el vacío del patio de la escuela es la prueba que se amaba? Y también en Les Bien-aimés, tragarse medicamentos para morir solo en la promiscuidad de un bar de hotel es el signo del amor imposible de vivir? La respuesta es no. Después de tirarse del puente, solo se tiene frío, si uno esta vivo, uno no es más que un poco de sangre que barre la portera del edificio, si uno está muerto. La vida continúa, un poco agujereada. No hay prueba de la existencia de un sentido para el amor.

¿Y el deseo? Es diferente: eso tira o no, eso enreda o no. El problema, se sabe desde siempre es que eso no dura mas allá de la satisfacción de los cuerpos, además no importa cuáles, porque están fragmentados en tantos pedazos fetichizados un instante; ahí el sentido es evanescente, évane-sens. Solo se encuentra la vanidad de la carne, que el hombre de placer del fin de siglo 16 y del 17, tan caóticos, habían llevado a sus últimas consecuencias. La vanidad del placer reenvía irresistiblemente a la cuestión del amor. La diferencia con las soluciones de los siglos pasados esta ahí. La muerte signaba lo serio del amor, haciendo real la relación sexual ilusoria. No es el caso ahora. La muerte no lleva a cabo ya nada, ni el amor ni otra cosa.

¿Qué queda de este mundo devastado?

Forn, nombrado a los “polacos”

13 Abr

Para decir yo en polaco

Por Juan Forn

En 1939, en el Teatro de la Opera de Posnan, un bailarín remató su solo con dos vibrantes taconazos (la música era una czarda) y para su estupor vio que la gente huía despavorida de la sala mientras el suelo temblaba y los vidrios se hacían añicos. Era un gran bailarín, y lo sabía, pero incluso a él mismo lo sorprendió su fuerza, hasta que cayó en la cuenta de que estaban cayendo las primeras bombas alemanas sobre Polonia.

A los polacos siempre les ha sido difícil diferenciar los hechos individuales y los hechos colectivos en su país. Durante mucho tiempo se dijo que en Polonia no tenían todos los tornillos en la cabeza, pero sí tenían un tornillo extra: el reflejo colectivo de autodefensa como sentimiento patrio nacional. “Vivo en un país que fue inventado hace mil años por los alemanes como un tapón, una muralla de defensa que los protegiera de Rusia. Ese muro se hizo reversible y eso determinó nuestro futuro. No tenemos identidad; tenemos sólo ese reflejo. Ninguno de nosotros ha sabido ser otra cosa que Polonia. Este país no olvida nunca su historia, pero la mayoría de las veces no la entiende”, escribió Kazimierz Brandys en 1975, en extrañas circunstancias. Después de haber participado en la Resistencia durante la guerra, cuando era jovencito, y de apoyar el gobierno comunista posterior, Brandys fue alcanzando la madurez de desilusión en desilusión, como muchos de sus camaradas, o no tantos, ya que la gran mayoría de ellos se fue acomodando con los años en el sistema. Después de la experiencia de la clandestinidad, donde había conocido la distancia mínima que hay entre el heroísmo y la traición, Brandys contempló en la posguerra que las almas se vendían baratas y sin regatear, así se fue edificando en Polonia, ladrillo a ladrillo, el fenómeno colectivo de la desaprobación de uno mismo: “Uno sentía que no había cumplido su deber respecto a la realidad, que no participaba en ella con todo el espíritu. Déjenme dar un ejemplo. El año pasado, en la pensión donde estaba, le robaron a alguien un anillo. Mi primera reacción fue cerrar con doble llave mi puerta. No por el temor de que me robaran algo sino de que alguien dejara el anillo robado en mi cuarto. Se puede vivir así. Sería una exageración decir que vivíamos desesperados. Se vive en la miseria de la imaginación, el propio destino nos aburre como una novela mediocre y ya leída”.

Brandys pertenecía al mundo del teatro. En ese mundo había cumplido sus actividades para la Resistencia y en ese mundo se quedó después de la guerra, relegado a teatros y escuelas de provincia por su falta de empatía con el espíritu colectivo, con el régimen. Devino disidente casi sin proponérselo, hasta él mismo se había olvidado de él cuando se le avisó, en 1975, que había sido invitado a Oslo, a unas jornadas docentes teatrales, una invitación tan menor que el régimen le permitía ir. Al llegar a aquel congreso le pidieron, como a los demás participantes, que llenara un cuestionario de 25 preguntas, que debía funcionar como un curriculum vitae comentado. Era un mero formulario, pero Brandys se tomó cada pregunta del cuestionario al pie de la letra y se puso a contestarlas como si fuera descubriendo, a medida que escribía, por qué había hecho lo que había hecho en cada instante de su vida.

En septiembre de 1943, el joven Brandys hizo entrar a una muchacha en la Resistencia. La chica era una aspirante a actriz que trabajaba en el famoso café Melpómene. Unas semanas antes, un familiar de ella había muerto en Auschwitz. Ella empezó a beber y a buscar hacer contacto con la Resistencia. Brandys le dijo que podía serles útil aunque él mismo era un perejil, porque la chica no iba a durar mucho si seguía exponiéndose así. Así que le hizo creer que ingresaba a la organización y no le dijo nada a nadie y le dio a ella tareas banales que no implicaran peligro, como llevar una valija a la consigna de una estación de tren cercana a Varsovia. Incluso le dio un nom de guerre para que ella le creyera más: Mewa, que significa gaviota, porque ella amaba a Chejov. Todo era perfectamente inocuo, pero en 1944 comenzaron las suspicacias dentro de la Resistencia entre comunistas y nacionalistas católicos. Corría la voz de que había tribunales secretos y ajustes de cuentas. Brandys recibió en un mismo día la orden de someterse a los nacionalistas católicos y un aviso de Mewa de que estaba embarazada. Por llevarla fuera de la ciudad, con unos parientes que tenía en el campo, Brandys incumplió las órdenes de plegarse a los nacionalistas católicos y sobrevivió de milagro a un ajuste de cuentas, y en el caos del fin de la guerra descubrió que sus problemas no habían terminado, cuando algunos de esos nacionalistas virados a comunistas y comisarios políticos lo convocaron a interrogatorio. Lo liberaron casi un año después. Brandys fue a pie hasta la casa de aquellos parientes en el campo y volvió a pie a Varsovia con una bebé en brazos, que crió como si fuera suya porque a la madre se la habían llevado los alemanes a los campos. Esa hija ya tenía treinta años y estaba casada y era todo lo feliz o infeliz que podía ser una mujer como ella en Polonia cuando Brandys se sentó a contestar aquel cuestionario en Oslo en 1975 y se topó con la pregunta: “¿Tiene hijos?”.

Brandys asistió cada día a las jornadas y volvía de raje a su habitación a pasar las noches en vela contestando febrilmente el cuestionario y, cuando llegó el momento de volver, decidió ocultarlo en un doble fondo de su valija y llevárselo a Polonia. El último día del congreso se le acerca un polaco exiliado, que está en viaje de negocios en Noruega, y que recuerda a Brandys de los tiempos de la guerra, cuando lo veía en el café Melpómene. Le cuenta que le llevó años llegar a Canadá desde los campos, pero lo logró, junto con su mujer, dice, y saca una billetera y muestra una foto de familia: él, dos hijos sonrientes y la mujer, que es Mewa. Brandys recuerda al instante una postal anónima que llegó alguna vez hasta sus manos después de rebotar de dirección en dirección, y que sólo decía: “Estoy viva. Olvídenme”. Eran tantos los que pedían eso en aquellos años posteriores a la guerra, que Brandys había creído que la postal no era para él.

Brandys volvió de Oslo a su departamentucho en Varsovia. De aquel cuestionario hizo un libro. Le puso de título: En Polonia, es decir en ninguna parte (que es la famosa frase con que empieza el Ubú Rey de Jarry). Es la historia de un tipo que contesta un cuestionario en una habitación de hotel: el libro es el cuestionario contestado, es una vida, un país, en doscientas páginas. En un momento estremecedor dice: “No soy ninguna excepción, mucha gente aquí vive y piensa así. Todo lo que dije podría ser dicho en tercera persona y no es improbable que esa persona existiera”. Así son los polacos: hasta cuando hablan en primera persona del singular dicen “Polonia”. Sólo así pueden hablar de sí mismos.

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