Vasallo, la división no dialéctica

27 Jun


La división de la división de Agamben puede ser calificada, pues, de topológica, solamente en la medida en que ningún tercer término conciliador podrá evitar que los términos contrarios se entrelacen dentro de un goce irreductible, entre-matándose o conciliándose en forma alternada. Su lógica se parece muchísimo a la que preside La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona: sería falso, en efecto, pensar que la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres constituyen dos entidades separadas; por el contrario, están tan íntimamente enlazadas y de un modo tal que Agustín de Hipona no puede nombrar ni distinguir el resto entre ambas (es decir, en su lenguaje, los justos). Éstos solo serán diferenciados y nombrados como tales en el Juicio eterno, veredicto absolutamente imprevisible e ignorado por la Historia. Y como ni siquiera el más perfeccionado microscopio humano podrá distinguir al justo entre los pecadores, es incluso posible, para el mismo teólogo, que el considerado como justo en una época pueda resurgir en otra, como impío…
Esta inversión de un término en su contrario, acarreada por un resto invisible de orden lógico, nos retrotrae a nuestro cuestionamiento inicial, a saber: ¿si hubiera en la neutralización topológica del sentido operada por el psicoanálisis lacaniano, la presencia latente de una posición subjetiva particular (la misma que Agamben trae a colación para elaborar su concepto de resto)? Más aún: el problema que se resuelve por su no-solución, o por un núcleo insoluble encerrado de entrada en la pregunta por la solución (ejemplificado en la botella de Klein), ¿no dicen en su lógica propia algo que la tradición cultural-religiosa en que el propio Lacan está inscripto, había articulado en otro lenguaje? Lo probaría, si es que estamos en lo cierto, un pasaje del último curso del Seminario XVIII, que nos refuerza en la idea de que las metáforas (topológicas o lógicas) retoman a su modo viejos impasses del sentido filosófico-teológico: “Si la castración tiene una relación con el falo, Φ de x, no es ahí donde podemos designarlo. En efecto, el pequeño esquema en que el no-todos y no-todas designa cierto tipo de la relación de x con Φ, es, quiérase o no, con toda evidencia, que los elegidos [élus] se relacionan con el Φ de x…”. ¿Qué tienen que ver los “elegidos” con el cuestionamiento que opera este pasaje de la premisa universal del silogismo aristotélico? Lacan no puede referirse a los élus en el sentido corriente que la lengua francesa da a un élu o a les élus, o sea, diputados, senadores, ministros o presidente “elegidos” por los votos. Solo puede referirse a los que el texto bíblico llama elegidos como resto, lugar por excelencia donde se ejerce la arbitrariedad contingente de la voluntad divina, desmentido absoluto de la lógica del todos. Es sabido que el conjunto de argumentos a través de los cuales la teología cristiana, desde sus fuentes hebreas, ha tramado las nociones de elección, vocación, justificación o redención, está regido por una lógica del no-todo. Si el justo resulta imposible de detectar, si se sitúa incluso más allá de las categorías implantadas por una moralina puramente jurídica, es porque se aloja en un resto invisible ajeno a lo visible (es conocida, al respecto, la crítica de Agamben a la tendencia contemporánea a reducir los conceptos éticos a conceptos jurídicos). Así, el concepto de resto es inconcebible fuera de una lógica del algunos y no del todos (el propio Padre eterno es un “por lo menos Uno”, ya que su voluntad, sustraída a la ley de lo universal, es radicalmente arbitraria, como lo sugiere el pasaje de Lacan). Hasta pensadores como Pascal han extraído lógicamente el cristianismo como un resto resultante de las herejías (según el argumento: si todos fueran cristianos, ninguno lo sería…).
Vaciado de su contenido tradicional, el no-todo vuelve a operar en la imposible identificación con el resto que rige, para Agamben, el surgimiento de un nuevo sujeto europeo (en otro orden y con otros fines, es imposible no ver que Lacan elabora, con otro lenguaje, una lógica semejante). La originalidad de Agamben consiste en ajustar sus conceptos a una lógica latente en la teología del pasado. Es obvio que la división “carne/espíritu” que anima la visión paulina, operando la división interna (o división de la división), está definitivamente periclitada desde el punto de vista del sentido. La “división del sujeto” de Lacan, asimismo, conserva una lógica afín, pero desprovista de todo sentido religioso. Pero justamente, no porque se haya dejado ya de adherir a esa visión, es imposible sacar a la superficie, como un iceberg visible, la lógica del no-todo que quedó en las profundidades invisibles. Es más fácil, en efecto, refutar lo visible (transformándolo, por ejemplo, en ideología) que aceptar lo invisible que quedó sumergido. Precisamente por eso, toda conceptualización actual del resto no puede sino echar raíces en esa lógica sumergida y desfigurada que, tal como ocurre en Lacan, se reconoce en la represión/supresión del sentido operada por las figuras de la topología.

* extraído de un precioso texto llamado “Topología, resto y división subjetiva. Nota sobre G. Agamben. Sara Vasallo.

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