Archivo | junio, 2010

Deseo materno, primer no-lugar

24 Jun

La chica que no tomaba la medicación contra el VIH
Una niña se deja morir
Por Andrea Homene

Intentar practicar el psicoanálisis en el marco de la urgencia es siempre un desafío. Más aún cuando dicha urgencia está determinada por la posibilidad del deterioro físico o muerte del paciente. Si a eso le sumamos que el paciente tiene apenas 14 años, la tarea, imposible desde Freud, adquiere una dimensión vertiginosa. Sin embargo aquí estamos, trabajando con la niña E. Llegó a la consulta luego de un año de tratamiento con una colega que intentó vanamente que E. tomara los medicamentos antirretrovirales para fortalecer su sistema inmunológico jaqueado por el VIH, que contrajo por vía perinatal. Es la mayor de seis hermanos y la única infectada por el virus. Su madre nunca tomó las precauciones necesarias para reducir el riesgo de transmisión, a pesar de conocer su condición de VIH positiva. El padre, fallecido hace seis años, alcohólico y adicto, es para E. un vago recuerdo. Apenas lo evoca para decir que “él no tomó nunca la medicación y se murió”.

Cuenta que en su anterior tratamiento no tenía espacio para hablar, ya que la pregunta acerca de si había cumplido con la indicación médica la silenciaba y la referencia a la inminencia de la muerte, “consecuencia de su capricho”, no hacía más que cristalizar su férrea oposición a cualquier tratamiento. “Si no tomás los remedios te vas a morir”, “Si te querés morir para qué venís”, “Te vamos a internar en un instituto de menores; allí, cuando te cagues y mees encima, nadie te va a limpiar”, eran algunas de las intervenciones “terapéuticas” a las que E. estaba acostumbrada. Afortunadamente E. comenzó a angustiarse frente a estas intervenciones y a negarse a concurrir al centro asistencial.

Fue así como su madre acudió, en compañía de su nueva pareja, al consultorio de infectología en el hospital donde yo trabajaba. Desesperada, comentaba que no sabía qué hacer con E.: “No le encuentro la vuelta, no entiendo por qué mi hija se quiere dejar morir”. Interrogada acerca de su tratamiento, estalló en llanto y balbuceó que nunca se trató “porque si no lo hago es como que no estoy infectada”. Con su nueva pareja ya tuvo dos niños, lo que evidencia que tampoco él toma precaución alguna para evitar un contagio. Le indico que debe consultar al médico y a un psicólogo y acepto entrevistar a E.

Llega extenuada a la primera entrevista. La falta de dinero obligó a la niña a caminar bajo la lluvia 25 cuadras para llegar al hospital. Pero quiso concurrir. La escucho, a pesar de que es muy difícil dejar de mirarla, ya que su cuerpo se empeña en desmentir su edad. La malnutrición crónica estacionó su crecimiento, siendo su aspecto el de una niña de ocho o nueve años. Pero además saco cuentas, y ésa era la edad que E. tenía cuando murió su padre. Primera pregunta que me formulo: ¿cuánto de E. se fue con él?

E. se interroga acerca de la razón por la que ella se contagió y sus hermanos no y critica a su madre por la falta de cuidados. Le pregunto por sus planes, dice que quiere ser arquitecta; su abuelo le dijo que hay que estudiar mucho pero a ella le encanta estudiar. Dice que cree que tiene que hacer tratamiento para tomar las pastillas. Señalo que el tratamiento es para que pueda ser arquitecta. Sonríe y responde: “Me gustó hablar con usted. Nadie me habló así”.

A partir de ese primer encuentro se suceden las entrevistas, que invariablemente comienzan con E. apesadumbrada, temerosa, confesando que no tomó los medicamentos. Le pregunto por qué me lo dice y contesta que supone que es lo que quiero saber. Reduciendo el deseo a la demanda, supone que es “eso” lo que quiero de ella. Me encojo de hombros, se reinstala el enigma. Pretendo correr el eje de la cuestión e indagar acerca de los motivos que conducen a E. a esta especie de anorexia medicamentosa.

En sus relatos E. critica duramente a su madre, a quien le supone interés por sus dos hijos pequeños e indiferencia por los demás, ella incluida. La acusa de privarla, de no ocuparse de su comida, de castigarla con penitencias absurdas, de no amarla. E. no está tan errada: su madre confiesa que trata de ocuparse de sus hijos pero: “No logro sentir nada por ellos”. Se declara cansada e impotente. Reconoce que utiliza la negativa de E. a tomar los medicamentos como argumento para justificar todo aquello que no está dispuesta a hacer por ella: festejarle el cumpleaños, ir a verla al acto escolar, permitirle asistir a los bailes con sus compañeros, etcétera. Este engaño parece ser el cimiento sobre el que se construye la creencia de E.: los medicamentos son el instrumento para agujerear a una madre que no la aloja en su deseo. Supone que eso, que los tome, “le hace falta” a la madre. Cree, lo dice, que si muere le va a provocar dolor, que la madre la va a extrañar. Procura vanamente una sustracción al goce materno.

Parece decidida a ofrendarse sacrificialmente en el intento de ser su falta.

En procura de hacer vacilar su certeza, le señalo esta posición y desaliento su ilusión: lo que la madre no puede no tiene arreglo y su desafío es sostenerse prescindiendo de ella. Advierto que hago una fuerte apuesta a la transferencia, confiando en que ésta va a evitar el acting-out (conducta impulsiva, en la que el sujeto actúa en lugar de recordar), posible consecuencia de una intervención que devela la imposibilidad de hacerse alojar en el campo del deseo materno.

Es en este punto donde la urgencia precipita una maniobra, por cierto plagada de riesgos, que en otras circunstancias habría sido demorada o evitada. Los tiempos del cuerpo son mucho más breves y acotados que los tiempos subjetivos. Cada día que pasa, la carga viral aumenta, las defensas disminuyen, las enfermedades oportunistas aparecen –la niña padece neumonía–. Le comento que evaluamos con la pediatra la posibilidad de internarla, dado el avance de su enfermedad, y le reitero nuestra firme decisión de garantizar sus tratamientos.

Luego de esa entrevista, E. comenta que desde hace unos días está en casa de una tía, quien se había ofrecido a llevarla con ella. Describe con entusiasmo su nueva habitación, refiere como novedad: “Ahora como todos los días y empecé a tomar los medicamentos”. La pediatra me comenta que está evolucionando favorablemente.

La madre me dice que ella no quiere que yo piense que se la sacó de encima. No pienso. No juzgo. No hay manera de crear lo que no existe, no es posible inventar el deseo. Sólo intento que no impida que E. se procure otros recursos.

No hay que olvidar que E. contrajo el virus en el vientre materno, trasmisión de baja probabilidad en madres que efectúan tratamiento durante el embarazo, pero de alta probabilidad si la madre no se trata. Si esta madre rechazó la posibilidad de disminuir el riesgo de contagio a sus hijos, la libidinización de los mismos está puesta en cuestión desde el principio. El fracaso de los tratamientos anteriores se centra a mi entender en dos aspectos fundamentales: por una parte, en el hecho de no poder escuchar a E., probablemente ensordecidos por la desesperación que el paso del tiempo provoca en los casos en los que, como en éste, es la vida misma la que está en juego; y, por otra parte, en la condena a la desatención materna, como si partieran del supuesto de que, si hay un niño, hay una madre.

El psicoanálisis advierte que nada de esto se produce naturalmente, que la posibilidad de existencia de una madre deseante escapa por completo a las leyes de la biología y la genética. Sabemos que la constitución de ese espacio en el campo del deseo depende de la intervención del significante del Nombre-del-Padre en la madre. Esta madre, precariamente constituida, sólo puede hacerles lugar a sus dos hijos más pequeños, en la medida en que el padre de éstos está presente. Los cuatro restantes quedan por fuera de su deseo, lo cual es advertido por ellos, que pugnan por cambiarse el apellido adoptando el de la nueva pareja de la madre. Por otra parte, estos niños nunca fueron reconocidos por su padre biológico, a pesar de que éste estaba casado legalmente con la madre de E., cuya familia nunca lo aceptó.

Es en este contexto que E. goza más de lo que desea, se aferra a la enfermedad como último bastión en su batalla a muerte. Sostiene al padre por la vía de la identificación con el objeto perdido, reconociéndolo en sus propios actos y recordándoselo a la madre al mostrarle su deterioro y su negativa a tratarse.

Melancolizada, poco le importa vivir. Sólo a partir de la intervención de un Otro que la aloja puede, apenas, ingerir sus medicamentos, pero su modo de instalación resulta tan precario que cualquier muestra de desamor puede volver a arrojarla fuera de la escena, y dejarla una vez más al borde de un abismo del que le es muy difícil escapar

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Elliot, esquema para pensar

17 Jun


No cesaremos de explorar
y el final de toda nuestra exploración
será llegar a dónde partimos
y conocer el lugar por primera vez.
No estás aquí para verificar,
instruirte, dar forma a tu curiosidad
o llevar algún mensaje. Estás aquí para arrodillarte
dónde la oración ha sido válida.
La ceniza en el hombro de un anciano
es toda la ceniza que dejan las rosas quemadas.

Forn, singularidades apátridas

17 Jun

El huevo de la serpiente
Por Juan Forn

Una mañana de 1918, un hombre se presentó en la puerta del soviet de Petrogrado y dijo: “Soy Malinovski, el provocador. Le ruego arrestarme”. Era el tremendo Año Uno de la Revolución Rusa: guerra civil, sabotajes, complots, atentados contra Lenin, ejecuciones y fusilamientos diarios. Y aquel desconocido que pedía ser arrestado encarnaba en sí mismo toda esa vorágine: Rodino Malinovski había sido el principal representante bolchevique en la Duma (Parlamento zarista), el hombre que transmitía en Rusia las palabras desde el exilio de Lenin, el militante de impecable trayectoria, iniciada cuando purgó cárcel de jovencito y coronada fuera de presidio, cuando fue enviado a la conferencia bolchevique de Praga en 1912, accedió luego al Comité Central del partido y finalmente ocupó su banca en la Duma. El pequeño detalle es que Malinovski era a la vez agente de la Ojrana, la policía secreta zarista, que llegó a tener 40 mil agentes en su filas, entre infiltrados, espías, soplones y vigilantes. De hecho, fue la colaboración en las sombras de la Ojrana lo que permitió a Malinovski acceder a la Duma, quien para entonces ya había logrado entregar a Miliutin, a Noguin, a María Smidovich y hasta al propio Stalin a sus empleadores, y cuando creyó que estaba por ser descubierto se esfumó en la guerra (debidamente recompensado por la Ojrana). Capturado por los alemanes, recuperó su ardor revolucionario en el campo de prisioneros y, cuando fue liberado, retornó a Rusia, no para sumarse a la revolución sino para que la revolución lo juzgara, lo condenara y lo ejecutara. “He sufrido enormemente con mi existencia dual. No comprendí cabalmente la revolución, me dejé ganar por la ambición, merezco ser fusilado. Pero con la revolución en mi corazón”, dijo en el estrado. El tribunal le concedió su pedido: lo condenó a muerte. Pero esa noche, cuando era trasladado por los pasillos del Kremlin, Malinovski cayó muerto de un balazo en la nuca. No por condenarlo a muerte iban a darle el gusto de fusilarlo: lo mataron por la espalda, la muerte que merecían los agentes provocadores.

El caso de Salomón Ryss es su contracara: Ryss organizó un grupo terrorista sumamente audaz por órdenes expresas de la Ojrana. Tan literal fue en el cumplimiento de sus órdenes que terminó realizando verdaderos atentados antizaristas, que adjudicaba a otros grupos cuando informaba de ellos a la Ojrana. Lo insólito del caso es que la Ojrana lo valoraba tanto que, cuando Ryss cayó en una redada, organizó su evasión de la cárcel, ordenando a dos gendarmes que colaboraran (quienes luego fueron llevados a consejo de guerra y condenados a trabajos forzados). Ryss fue finalmente capturado en el sur de Rusia, cuando ya sus propios compañeros terroristas desconfiaban de él. Fue juzgado y condenado a muerte por la Justicia del zar al mismo tiempo que, in absentia, era condenado a muerte por su grupo revolucionario. A diferencia de Malinovski, Ryss sí fue fusilado: tuvo una muerte revolucionaria.

Víctor Serge descubrió estas historias cuando, en aquel frenético Año Uno de la Revolución, se sumergió en los archivos de la Ojrana con orden de “informar públicamente al pueblo soviético” sobre lo que hallara en las entrañas de la bestia. En 1921, Serge publicó en el Boletín Comunista un informe titulado “Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión”, hoy un clásico en los estudios de redes sociales. Contaba allí que los funcionarios de la Ojrana redactaban un informe pormenorizado de cada uno de sus casos, que se hacían imprimir en ediciones de únicamente dos ejemplares: uno era para el zar, el otro quedaba en “el gabinete negro”, una sala secreta de la Ojrana que contenía aquella biblioteca de ejemplares únicos. Tan únicos eran aquellos informes que, en manos revolucionarias, anunciaba Serge al público soviético en 1921, podrían servir para reconstruir la historia del movimiento anarquista en Rusia, “algo extraordinariamente difícil, a causa de la dispersión e insularidad de los grupos anarquistas y de las pérdidas inauditas que sufrió el movimiento hasta su desintegración”.

Aún eran tiempos en que los que habían dado su vida por la revolución eran héroes y el propio Serge era todavía apreciado por el régimen a pesar de su pasado anarquista. Década y media después, acusado de disolvente y contrarrevolucionario, sufriría cárcel y exilio en Siberia, hasta que el clamor europeo por su liberación agotó a Stalin (Serge había nacido en Bélgica, de padres rusos exiliados, y había militado en Francia, Holanda y Alemania, donde sufrió cárcel, antes de llegar a Rusia). De todo esto, desde su niñez proletaria en Bruselas hasta sus solitarios años finales de exiliado en México, donde murió en 1947, habla Serge en sus Memorias de un revolucionario, hoy un clásico de la literatura de disidentes.

En el informe publicado en 1921 en el Boletín Comunista, Serge se refería a la Ojrana del zar casi en los mismos términos en que veinte años después, en sus Memorias, hablaría de la Cheka, la policía secreta soviética creada por el incorruptible e implacable Félix Dzerzhinsky, que con el tiempo se convirtió en el GPU, luego en NKVD y finalmente en KGB. Cuenta Norman Mailer en El fantasma de Harlot que los primeros agentes de la CIA estudiaban a Dzerzhinsky en su curso de ingreso a la agencia. Algo sugestivamente similar cuenta Víctor Serge sobre la Ojrana en su informe de 1921: que sus funcionarios enseñaban y tomaban examen a sus agentes sobre teoría e historia revolucionaria, antes de soltarlos en las calles. Completemos la escena con lo que ocurría en las cárceles siberianas: como bien se sabe, los presos revolucionarios decían que las cárceles eran sus universidades; y lo decían porque en los pabellones carcelarios, en las horas muertas de encierro, los más veteranos transmitían a los novatos sus lecciones sobre marxismo y bolchevismo, historia y praxis de la revolución, casi con las mismas palabras que usaban los jefes de la Ojrana para desasnar a sus agentes, en los sótanos del edificio de Fontanka 16, Petrogrado.

En el final de su informe de 1921, Serge adjudica a la creación de la Ojrana y su posterior crecimiento la caída final del zar. Veinticinco años después, en el final de sus memorias, afirma que una de las causas del fracaso de la revolución en Rusia fue la creación de la Cheka. La Cheka fue, como la Ojrana, “un Estado dentro del Estado, resguardado por el secreto de guerra”. La Cheka fue “un organismo enfermo desde su inicio” porque se construyó sobre las ruinas de la Ojrana. Recordémoslo siempre, es bien sencillo de recordar: la Cheka se basó en la Ojrana, y la CIA se basó en la Cheka, igual que la KGB. Y recordemos, también, a Víctor Serge, a quien ningún país europeo quiso dar pasaporte cuando Stalin lo expulsó de Rusia en 1937, y por eso murió apátrida, y por eso sigue apátrida hasta el día de hoy: porque nadie lo reclama como propio, a pesar de su singularidad, o por culpa de ella.

Trías, metafísica y límite

14 Jun


“Pero lo que intento decir y enunciar no es una referencia a límites y a horizontes tan antigua como la propia filosofía, y que ya en Pitágoras, Platón o en Aristóteles hallamos una y otra vez. Intento una vuelta de tuerca muy peculiar y específica que afecta a nuestra ontología, o a lo que tradicionalmente se llamaba metafísica. Intento decir que el ser, eso que así se llamó por vez primera en el Poema de Parménides, es, de ser algo, ser del límite. Un ser del que tenemos experiencia por la sencilla razón de descubrirnos existiendo, o habitando en ese ser que, a modo de regalo envenenado, se nos da (como donación o don, afortunado o aciago). Pero esa existencia se nos revela puesta e incardinada en el límite; en el límite en relación a lo que deniega el ser, y es nada, o nonada, como decía con genial alegría léxica la gran Teresa de Avila”

Bradbury, pensar hoy

13 Jun

No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado ¡Al diablo con ello!

Antisionismo no es antisemitismo y basta de argucias

11 Jun

¿Qué es antisemitismo?
Por: Michael Neumann (*)
12 de febrero del 2009

De vez en cuando, algún escritor judío de izquierdas suspira, abre su generoso gran corazón y nos dice que la crítica a Israel o al sionismo no es antisemitismo. En silencio se felicita por su coraje. Suprime con un pequeño suspiro cualquier punzada de inquietud causada por el hecho de que puede ser que a los goyim [N. del T. denominación judía para los gentiles] – y no digamos a los árabes – no se les pueda confiar este peligroso conocimiento.

A veces este cometido lo llevan a cabo aduladores gentiles, cuya idiosincrasia, ya que no su identidad, aspira al carácter judaico. Pero con vistas a no parecer demasiado atrevidos, se apresuran a recordarnos que, no obstante, hay que tomarse muy en serio el antisemitismo. Con mayor motivo debemos estar en guardia cuando da la casualidad de que Israel, respaldado por una pronunciada mayoría de judíos, está haciendo una guerra de raza contra los palestinos. ¿Quién sabe? ¡Podría ser que generase algún resentimiento!

Yo lo veo de otra forma. Yo creo que casi nunca deberíamos tomarnos en serio el antisemitismo, y pienso que quizá debiéramos reírnos un poco de él. Pienso que es particularmente irrelevante en relación con el conflicto Israel-Palestina, excepto quizá como distracción respecto de los problemas reales. Argumentaré la verdad de estas afirmaciones; también defiendo su conveniencia. No creo que hacerlas sea equiparable a arrancarles las alas a las moscas.

“Antisemitismo”, hablando con propiedad y en sentido estricto, no significa odio a los semitas; eso es confundir la etimología con la definición. Significa odio a los judíos. Pero aquí, de inmediato, nos tropezamos con la venerable artimaña de la identidad judía: “¡Mira, somos una religión! ¡No, una raza! ¡No, una identidad cultural! ¡Perdón… una religión!” Y cuando nos cansamos de este jueguecito, nos vemos envueltos en otro: “¡El antisionismo es antisemitismo!”, que rápidamente se alterna con este otro: “¡No hay que confundir el sionismo con el judaísmo! ¡Cómo se atreve, antisemita!”.

Bien, seamos buenos chicos. Tratemos de definir el antisemitismo de un modo tan amplio como quiera cualquier defensor de Israel: el antisemitismo puede ser odio hacia la raza, la cultura, o la religión judía, u odio al sionismo. Odio, o aversión, u oposición, o ligera hostilidad.

Pero los defensores de Israel no encontrarán este juego tan divertido como esperan. Inflar el significado del término ‘antisemitismo’ para incluir todo aquello que pueda ser políticamente perjudicial para Israel es una espada de doble filo. Puede ser que sea útil para golpear a sus enemigos, pero el problema es que la inflación de las definiciones, como cualquier inflación, abarata la moneda. Cuantas más cosas lleguen a contarse como antisemíticas, menos terrible sonará el antisemitismo. Esto ocurre porque, si bien nadie puede impedirle inflar las definiciones, ello no quiere decir que controle los hechos. En particular, ninguna definición de ‘antisemitismo’ va a erradicar la versión sustancialmente pro palestina de los hechos a la cual yo me adhiero, como también lo hace la mayoría en Europa, muchos israelíes y un creciente número de norteamericanos.

¿Qué diferencia supone eso? Supongan, por ejemplo, que un derechista israelí dice que los asentamientos representan la búsqueda de aspiraciones fundamentales para el pueblo judío, y que oponerse a ellos es antisemitismo. Podría ser que tuviésemos que aceptar esta afirmación que desde luego es difícil de rebatir. Pero tampoco podemos abandonar la creencia fundamentada de que los asentamientos ahogan a la población palestina y suprimen toda esperanza de paz. Así que la acrobacia con las definiciones no sirve para nada: solo podemos decir, ¡que les den a las aspiraciones fundamentales del pueblo judío; los asentamientos son un error! Debemos añadir que, puesto que nos vemos obligados a oponernos a los asentamientos, nos obligan a ser antisemitas. Mediante la inflación de la definición, cierta forma de ‘antisemitismo’ se ha convertido en una obligación moral.

La cosa empeora si decimos que el antisionismo es antisemítico, puesto que los asentamientos, aunque no representen aspiraciones fundamentales del pueblo judío, son una extensión enteramente plausible del sionismo. Oponerse a ellos es, de hecho, ser antisionista y, por tanto, por la definición ampliada, antisemita. Cuanto más se amplía el término antisemitismo para incluir la oposición a las políticas de Israel, mejor apariencia tiene. Dados los crímenes atribuibles al sionismo, hay otro silogismo muy sencillo: el antisionismo es una obligación moral, así que, si el antisionismo es antisemitismo, el antisemitismo es una obligación moral.

¿Que qué crímenes? Incluso la mayoría de los apólogos de Israel han renunciado a negarlos y solo insinúan que fijarse en ellos es un poco antisemítico. Después de todo, Israel no es peor que cualquier otro. En primer lugar, ¿y qué? A los seis años ya sabemos que “todo el mundo lo hace” no es excusa; ¿nos hemos olvidado? En segundo lugar, todos los crímenes son iguales solamente si se los separa de su propósito. Sí, otros han matado a civiles, los han visto morir por falta de atención médica, han destruido sus casas, arruinado sus cosechas y los han utilizado como escudos humanos. Pero Israel hace estas cosas para corregir la inexactitud de la afirmación de Israel Zangwill, en 1901, de que “Palestina es una tierra sin pueblo; los judíos son un pueblo sin tierra”. Espera crear una tierra completamente libre de gentiles, una Arabia deserta en la cual los niños judíos puedan reír y jugar por todas partes en un erial llamado paz.

Mucho antes de la época de Hitler, los sionistas recorrieron miles de millas para desahuciar a personas que nunca les habían causado el menor daño, y se las arreglaron para ignorar su misma existencia. Las atrocidades sionistas no formaban parte del plan inicial. Emergieron a medida que el olvido racista de un pueblo perseguido florecía en la forma de la ideología partidaria de la supremacía racial de uno que persigue. A ello se debe que los comandantes que dirigieron las violaciones, mutilaciones y asesinatos de niños de Deir Yassin se convirtieran en primeros ministros de Israel, pero estos crímenes no fueron suficientes. Hoy, cuando Israel podría tener la paz si la quisiese, lleva a cabo otra ronda de desahucio, volviendo Palestina lenta y deliberadamente inhabitable para los palestinos y habitable para los judíos. Su propósito no es defender el orden público, sino la extinción de un pueblo. Cierto es que Israel tiene el suficiente desparpajo en las relaciones públicas para eliminarlo con un nivel de violencia más estadounidense que hitleriano. Éste es un genocidio más benigno, más blando, que representa a sus autores como víctimas.

Israel está construyendo un estado racial, no religioso. Como mis padres, siempre he sido ateo. Por la biología de mi nacimiento tengo derecho a la ciudadanía israelí; usted puede ser el más fervoroso creyente en el judaísmo, pero no lo tiene. Los palestinos están siendo oprimidos y asesinados por mí, no por usted. Han de ser empujados a Jordania para que perezcan en una guerra civil. Así que no, disparar a civiles palestinos no es como disparar a civiles vietnamitas o chechenios. Los palestinos no son un ‘daño colateral’ en una guerra contra fuerzas separatistas o comunistas bien armadas. Se les está disparando porque Israel piensa que todos los palestinos deberían desaparecer o morir, para que gente que tiene un abuelo judío pueda construir subdivisiones sobre los escombros de sus casas. Éste no es el maldito error de una torpe superpotencia, sino un mal emergente, la estrategia deliberada de un estado, concebida en y dedicada a un nacionalismo étnico cada vez más cruel. Tiene relativamente pocos cadáveres en su cuenta hasta el momento, pero sus armas nucleares pueden matar quizá a 25 millones de personas en pocas horas.

¿Queremos decir que es antisemítico acusar, no ya solo a los israelíes, sino a los judíos en general, de complicidad con estos crímenes contra la humanidad? De nuevo, puede que no, porque hay argumentos bastante razonables para dichas afirmaciones. Compárelas, por ejemplo, con la afirmación de que los alemanes en general fueron cómplices de tales crímenes. Ello nunca quiso decir que hasta el último alemán, hombre, mujer, idiota o niño, fuesen culpables. Significaba que muchos alemanes lo fueron. Su culpa, por supuesto, no consistió en empujar a prisioneros desnudos a las cámaras de gas. Consistió en apoyar a la gente que planeó tales actos, o -como muchos textos moralistas judíos se lo dirán- por negar el horror que se extendía a su alrededor, por no ser capaces de denunciarlo y resistir, por consentir pasivamente. Nótese que el extremo peligro revestido por cualquier tipo de resistencia activa no debería ser una excusa en este caso. Prácticamente ningún judío corre peligro alguno por denunciar los hechos. Y denunciarlos es la única resistencia necesaria. Si muchos judíos lo hiciesen tendría un efecto enorme. Pero la aplastante mayoría de los judíos no lo hace y, en la amplia mayoría de los casos, es porque apoyan a Israel. Ahora bien, quizá debería descartarse por completo la noción de responsabilidad colectiva; quizá alguien inteligente nos convenza de que debemos hacerlo. Pero en este momento, los argumentos para la responsabilidad judía parecen bastante más fuertes que los argumentos para la complicidad alemana. Así que si no es racista, al contrario, es razonable, decir que los alemanes fueron cómplices de crímenes contra la humanidad, tampoco es racista, y también es razonable, decir lo mismo de los judíos. Y si se descartase la idea de la responsabilidad colectiva, todavía sería razonable decir que muchos, quizá la mayoría de los individuos judíos adultos, apoyan a un estado que comete crímenes de guerra, porque eso es sencillamente cierto. Así que si decir estas cosas es antisemítico, quizás sea razonable ser antisemita.

En otras palabras, hay que tomar una decisión. Se puede utilizar el ‘antisemitismo’ para que encaje con nuestra agenda política, o como término de condena, pero no se pueden hacer ambas cosas a la vez. Si el antisemitismo debe dejar de resultar razonable o moral, ha de ser definido de un modo estricto, no polémico. Sería seguro restringir el antisemitismo al odio explícitamente racial hacia los judíos, a atacar a la gente sencillamente por haber nacido judía. Pero sería inútilmente seguro: ni siquiera los Nazis pretendían odiar a nadie por haber nacido judío. Afirmaban odiar a los judíos porque lo que estos buscaban era dominar a los arios. Está claro que semejante postura debe ser calificada de antisemítica, pertenezca a los cínicos racistas que la inventaron o a los bobos que se la tragaron.

Solo hay una forma de garantizar que el término “antisemitismo” englobe todas aquellas malas acciones o actitudes hacia los judíos, y solamente esas. Hemos de comenzar por aquellas que podemos estar de acuerdo en que forman parte de ese grupo y ver que el término las engloba todas, y sólo esas. Probablemente compartamos la suficiente moralidad para hacerlo.

Por ejemplo, compartimos la suficiente moralidad para decir que todos los actos y odios que tienen un origen racial son malos, así que podemos contarlos con certeza como antisemíticos. Pero no toda ‘hostilidad hacia los judíos’, incluso si ello significa hostilidad hacia la mayoría aplastante de los judíos, debería contarse como antisemítica. Tampoco debería serlo toda hostilidad hacia el Judaísmo, o hacia la cultura judía.

Yo, por ejemplo, crecí en la cultura judía y, como cualquier persona que crece en una cultura, he llegado a tenerle aversión. Pero es imprudente considerar mi aversión como antisemítica, no porque sea judío, sino porque es inofensiva. Quizás no completamente inofensiva: puede ser que, en algún minúsculo grado, fomente de algún modo los actos y actitudes dañinas que quisiéramos calificar de antisemíticas. Pero, ¿y qué? El filosemitismo exagerado, que considera a todos los judíos como santos ingeniosos, amables y brillantes, podría tener el mismo efecto. Los peligros que representa mi aversión son demasiado pequeños para tener importancia. Incluso un odio colectivo generalizado hacia una cultura es normalmente inofensivo. Al parecer, por ejemplo, en Norteamérica se siente una amplia aversión por la cultura francesa y nadie, incluyendo a los franceses, considera que ello constituya algún tipo de crimen racial.

Ni siquiera todos los actos y actitudes perjudiciales para los judíos en general deberían ser considerados antisemíticos. A mucha gente no le gusta la cultura estadounidense; algunas personas incluso boicotean los productos estadounidenses. Tanto la actitud como los actos podrían perjudicar a los estadounidenses en general, pero ninguno de ellos es moralmente objetable. Definir estos actos como antiyanquismo solo significaría que cierto tipo de antiyanquismo es perfectamente aceptable. Si califica a la oposición a las políticas israelíes como antisemítica basándose en que dicha oposición perjudica a los judíos en general, solo significará que cierto antisemitismo es igualmente aceptable.

Si el antisemitismo va a ser un término de condena, debería ser aplicado más allá de los actos, pensamientos o sentimientos explícitamente racistas. Pero no puede aplicarse más allá de la hostilidad claramente injustificada y grave hacia los judíos. Los Nazis inventaron fantasías históricas para justificar sus ataques; al igual que lo hace el antisemitismo moderno que confía en los Protocolos de los Ancianos de Sión. Al igual que lo hacen los racistas de armario que se quejan del dominio judío de la economía. Esto es antisemitismo en el sentido estricto y negativo de la palabra. Es una acción o propaganda diseñada para perjudicar a los judíos, no por algo que podrían evitar hacer sino por ser lo que son. También es aplicable a las actitudes que la propaganda trata de inculcar. Aunque no siempre explícitamente racista, implica motivos racistas y la intención de causar un daño real. Una oposición razonablemente bien fundamentada a las políticas israelíes, incluso si tal oposición resulta perjudicial para todos los judíos, no se ajusta a esta definición, como tampoco lo hace la simple e inofensiva aversión por lo judío.

Hasta ahora, he sugerido que es mejor restringir la definición del antisemitismo para que ningún acto pueda ser a la vez antisemítico y aceptable. Pero se puede ir más lejos aún. Ahora que estamos metidos en materia, vamos a interrogarnos acerca del papel que juega el antisemitismo *auténtico* y malo en el conflicto entre Israel y Palestina, y en el mundo en general.

Es indudable que hay una parte de antisemitismo auténtico en el mundo árabe: la distribución de los Protocolos de los Ancianos de Sión, los mitos sobre el robo de la sangre de los bebés gentiles. Es totalmente imperdonable. También lo es el que no fuese capaz de contestar a la última carta de su tía Bee. En otras palabras, es algo que hay que decir: sencillamente debe aceptar que el antisemitismo es malo; hacer otra cosa es situarse fuera de nuestra moralidad. Pero otra cosa muy distinta es tener a alguien tratando de intimidarle para que proclame que el antisemitismo es el mal de males. No somos niños que estén aprendiendo moralidad; es nuestra responsabilidad establecer nuestras propias prioridades morales. No podemos hacerlo contemplando imágenes horribles de 1945 o escuchando los gritos angustiados de columnistas que sufren. Hemos de preguntar cuanto daño está causando, o es probable que cause, el antisemitismo, no en el pasado, sino hoy en día. Y debemos preguntar dónde podría causar tal daño y por qué.

Según cabe suponer, hay un gran riesgo de antisemitismo en el mundo árabe. Pero el antisemitismo árabe no es la causa de la hostilidad árabe hacia Israel o incluso hacia los judíos, sino un efecto. Su evolución se ajusta muy bien a la evolución de la usurpación y de las atrocidades judías. Ello no debe excusar un antisemitismo real, sino quitarle importancia. Éste llegó a Oriente Medio con el sionismo y cesará cuando el sionismo deje de ser una amenaza expansionista. De hecho, su causa principal no es la propaganda antisemítica, sino los esfuerzos sistemáticos e implacables llevados a cabo durante décadas por Israel para implicar a todos los judíos en sus crímenes. Si el antisemitismo árabe persiste después de un acuerdo de paz, entonces podremos reunirnos y hablar de ello, pero aun así no perjudicaría realmente tanto a los judíos. Los gobiernos árabes solo podrían salir perjudicados si permitiesen ataques contra sus ciudadanos judíos; hacerlo induciría la intervención israelí. Y hay pocos motivos para esperar que tales ataques se produzcan: si los horrores de las recientes campañas de Israel no los han provocado, es difícil imaginar qué podría hacerlo. Probablemente tendría que producirse alguna acción israelí tan horrible y criminal que ensombrecería a los ataques mismos.

Si es probable que el antisemitismo tenga efectos horribles en algún sitio, es muchísimo más probable que sea en Europa occidental. Allí, el resurgimiento neofascista es real. ¿Pero representa un peligro para los judíos? No hay duda de que LePen, por ejemplo, es antisemita. Tampoco hay ninguna evidencia de que pretenda hacer algo al respecto. Al contrario, no ahorra esfuerzos en apaciguar a los judíos y, quizás, incluso en conseguir su ayuda contra sus objetivos reales, los ‘árabes’. No sería él el primer personaje político que se aliase con gente a la que le tiene aversión. Pero que tuviese algún plan ultrasecreto contra los judíos *sería* inusual: tanto Hitler como los manifestantes antisemitas rusos eran maravillosamente sinceros en cuanto a sus intenciones y no solicitaron el apoyo judío. Y es un hecho que algunos judíos franceses ven a LePen como un avance positivo o incluso como un aliado (véase, por ejemplo, “LePen is good for us, Jewish supporter says “, (“LePen es bueno para nosotros, dice un partidario judío”) aparecido en Ha’aretz el 4 de mayo de 2002, así como los comentarios del 23 de abril del Sr. Goldenburg en France TV.)

Desde luego, hay motivos históricos para temer un ataque horrible contra judíos. Y todo es posible: mañana podría haber en París una masacre de judíos, o de argelinos. ¿Cuál de ellas es más probable? Si hay alguna lección que se ha aprendido de la historia, debe aplicarse en circunstancias similares. La Europa de hoy se parece muy poco a la Europa de 1933. Y también hay posibilidades positivas. ¿Por qué es mayor la probabilidad de un pogromo que la probabilidad de que el antisemitismo se convierta poco a poco en un rencor ineficaz? Toda preocupación legítima debe descansar sobre alguna evidencia de que realmente existe un peligro.

La incidencia de los ataques antisemíticos podría proporcionar tal evidencia, pero esta evidencia no tiene consistencia: no se hace distinción alguna entre ataques contra monumentos y símbolos judíos y ataques contra judíos. Además, se da tanta importancia al aumento de la frecuencia de los ataques, que el bajísimo número absoluto de ataques pasa inadvertido. En efecto, los ataques simbólicos han crecido hasta alcanzar un número considerable. Los ataques físicos no (*). Lo que es más importante, la mayoría de dichos ataques fueron llevados a cabo por residentes musulmanes: en otras palabras, vienen de una minoría perseguida, intensamente vigilada por la policía y ampliamente odiada que no tiene la más mínima oportunidad de llevar a cabo una campaña grave de violencia contra judíos.

Es muy desagradable que aproximadamente media docena de judíos hayan tenido que ser hospitalizados -ninguno asesinado- debido a los ataques recientes en Europa, pero quien convierta esto en uno de los graves problemas del mundo sencillamente no le ha echado un vistazo al mundo. Estos ataques son un asunto policial, no un motivo para que debamos vigilarnos a nosotros mismos y a los demás para combatir un mal espiritual mortal. Ese tipo de reacción es apropiado solamente cuando los ataques racistas tienen lugar en sociedades indiferentes u hostiles a la minoría atacada. Aquellos que realmente se preocupan por el Nazismo recurrente, por ejemplo, deberían reservar su angustiada preocupación para los ataques muchísimo más sangrientos y ampliamente tolerados contra los gitanos, cuya historia de persecución es perfectamente comparable con el pasado judío. La situación de los judíos es mucho más parecida a la de los blancos, quienes, desde luego, también son víctimas de ataques racistas.

No hay duda de que mucha gente rechaza este tipo de cálculo insensible. Dirán que, con el pasado que nos amenaza, incluso una sola mancha antisemítica es algo terrible, y que su gravedad no ha de medirse por el número de cadáveres. Pero si adoptamos una perspectiva más amplia, el antisemitismo se vuelve menos importante, no más. El considerar cualquier derramamiento de sangre judía como una calamidad de suma importancia, que escapa a toda medida y comparación, es racismo, puro y duro; la valoración de la sangre de una raza por encima de todas las demás. El hecho de que los judíos hayan sido perseguidos durante siglos y que hayan sufrido terriblemente hace cincuenta años, no borra el hecho de que en Europa, hoy en día, los judíos son parte integrante de la sociedad, con mucho menos que sufrir y temer que otros grupos étnicos. Seguramente, los ataques contra una minoría rica son tan malos como los ataques contra una minoría pobre e indefensa. Pero atacantes igualmente malos no conducen a ataques igualmente preocupantes.

No son los judíos quienes más viven a la sombra del campo de concentración. Los ‘campos de tránsito’ de LePen son para ‘los árabes’, no para los judíos. Y, aunque hay varios partidos políticos significantes que tienen en sus filas a muchos antisemitas, ninguno de ellos muestra síntomas de estar articulando, ni mucho menos ejecutando, una agenda antisemítica. Tampoco hay razones para suponer que una vez en el poder cambiarán de actitud. El Austria de Haider no se considera peligrosa para los judíos; tampoco se consideraba así la Croacia de Tudjman. Y en caso de que hubiese tal peligro, hay un estado judío con armamento nuclear dispuesto a dar la bienvenida a cualquier refugiado, como lo están los Estados Unidos y el Canadá. Y el decir que no existen peligros reales en la actualidad no quiere decir que debamos ignorar cualquier peligro que pudiera aparecer. Si en Francia, por ejemplo, el Frente Nacional comenzase a recomendar campos de tránsito para los judíos, o pusiese en práctica políticas de inmigración antijudías, deberíamos alarmarnos, pero no deberíamos hacerlo porque sea posible que algo alarmante llegue a suceder: ¡ocurren muchas cosas mucho más alarmantes que eso!

Se podría contestar que, si las cosas no son más alarmantes es porque los judíos y otros han estado muy alerta combatiendo el antisemitismo, pero no es convincente. En primer lugar, la vigilancia del antisemitismo es una especie de visión de túnel: como están aprendiendo los neofascistas, pueden pasar inadvertidos si evitan hablar de los judíos. Por otra parte, no hubo ningún gran peligro para los judíos, ni siquiera en países tradicionalmente antisemíticos donde el mundo *no* está alerta, como Croacia y Ucrania. Los países a los que se presta poca atención no parecen más peligrosos que aquellos a los que se dedica mucha. En lo referente a la vigorosa reacción a LePen en Francia, parece que tiene mucho más que ver con la repugnancia francesa por el neofascismo que con las reprimendas de la Liga Antidifamación. Suponer que las organizaciones y los más serios columnistas judíos que se abalanzan sobre el antisemitismo están salvando al mundo del desastre es como afirmar que Bertrand Russel y los cuáqueros fueron lo único que nos salvó de una guerra nuclear.

Ahora bien, se podría decir: independientemente de los peligros verdaderos, estos hechos realmente atormentan a los judíos y traen a la memoria recuerdos insoportablemente dolorosos. Ello podría ser cierto para los poquísimos que todavía tienen esos recuerdos; no es cierto para los judíos en general. Soy un judío alemán, y tengo derecho justificado a la calidad de víctima, de tercera mano y segunda generación. Los incidentes antisemíticos y el clima de creciente antisemitismo no me importan gran cosa. Me asustan mucho más las situaciones que representan un peligro real, como el conducir. Además, ni siquiera los recuerdos dolorosos y las preocupaciones tienen un gran peso frente al sufrimiento físico real infligido por la discriminación a muchos no judíos.

Con esto no pretendo menospreciar todo antisemitismo, se dé donde se dé. A menudo se oye hablar de crueles antisemitas en Rusia o Polonia, tanto en las calles como en el gobierno. Pero, si bien ello puede ser alarmante, también es inmune a la influencia de los conflictos entre Israel y Palestina, y es sumamente improbable que dichos conflictos le afecten de una manera u otra. Además, que yo sepa, en ningún sitio hay tanta violencia contra los judíos como contra ‘los árabes’. Así que, incluso si el antisemitismo es un asunto catastróficamente grave, solamente podemos concluir que el sentimiento antiárabe es mucho más grave todavía. Y puesto que todo grupo antisemita es en mayor medida contrario a la inmigración y antiárabe, se puede combatir a estos grupos, no en nombre del antisemitismo, sino en defensa de los árabes y los inmigrantes. Así que la amenaza antisemita que representan estos grupos no debería hacernos siquiera querer centrarnos en el antisemitismo: se los combate igualmente bien en nombre de los inmigrantes y los árabes.

Brevemente, el verdadero escándalo hoy en día no es el antisemitismo, sino la importancia que se le concede. Israel ha cometido crímenes de guerra. Ha comprometido a los judíos en general en dichos crímenes, y los judíos generalmente se han apresurado a implicarse ellos mismos. Esto ha provocado odio hacia los judíos. ¿Por qué no habría de ser así? Parte de este odio es racista, parte no lo es, pero ¿a quién le importa? ¿Por qué deberíamos prestarle a este asunto alguna atención en absoluto? ¿Tiene alguna importancia el hecho de que la guerra racial israelí haya provocado una amarga cólera, al margen de la guerra en sí? ¿Tiene alguna importancia la remota posibilidad de que en algún lugar, en algún momento, de algún modo, este odio pudiese, en teoría, llegar a ocasionar la muerte a algunos judíos, al lado de la persecución física real, brutal, que sufren los palestinos y de los cientos de miles de votos a favor de que los árabes sean agrupados en campos de tránsito? Vaya, pero lo olvidaba. Déjelo. Alguien hizo una pintada con consignas antisemíticas en una sinagoga.

* Michael Neumann es profesor de filosofía en la Universidad Trent en Ontario, Canadá.

Ritvo, contra la pendiente

6 Jun

Una perspectiva psicoanalítica
Matrimonio homosexual
Por Juan Bautista Ritvo *


Apremia diferenciar planos del debate sobre el matrimonio homosexual, que sólo parece haberse tramado en torno de derechos y de intereses jurídicamente protegidos. Este plano existe, sin duda, y es uno de los ejes mayores de la actual tradición republicana. Hay, empero, otro plano, que es el del inconsciente, que poco se presta a discusiones parlamentarias, a lo mejor porque conmueve las bases mismas de la sociedad civil en el particular ligamen del erotismo con la muerte. Es un nivel de análisis donde impera la interpretación de lo actual (no necesariamente de la actualidad 1) y no el dictamen del jurado o el acto de gobierno.

Desde el punto de vista de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, fundamento del derecho natural democrático y moderno, que en su primer artículo consagra la igualdad de todos los hombres ante la ley y la Justicia, no hay mucho que debatir, salvo que el contrincante pertenezca a la derecha autoritaria y eclesiástica. ¿Qué razones habría para negarles el matrimonio y el derecho a tener hijos? Desde luego, aquí empieza el debate en un terreno menos formal: se invoca la tradición multisecular, jurídica y religiosa, que consagra la heterosexualidad; se recuerdan los sufrimientos e inhibiciones que padecen y padecerán los hijos de homosexuales por la segregación silenciosa, nunca más punzante que cuando se viste de tolerancia; se pone el acento en la confusión de roles y de figuras que proviene de una igualdad sin diferencias sexuales.

Ahora bien, quienes invocan estos argumentos parecen ignorar sobre qué suelo se apoyan: la institución matrimonial que Occidente cimienta en preceptos religiosos claramente incestuosos 2 –“Seréis una sola carne…”– es quizá tan inevitable como potencialmente monstruosa: el “nido” (palabra que evoca sofocación y acumulación de basura) deriva en los abusos a que se somete al inocente. Y si se me dice que no se puede confundir a los pedófilos y sodomitas con las familias, digamos, normales, contestaría que sí, que es así; mas, he aquí el reverso, las fantasías y fantasmas perversos surgen, de improviso, en cualquiera: ¿quién no ha experimentado un malestar y un vértigo inmediatamente censurado, al pensar que ese crío que tiene en brazos podría caer y morir?

¿Se debería reclamar que la patria potestad de los matrimonios formalmente heterosexuales sea sometida a control estricto por parte del Estado?

Voy a cambiar, ahora explícitamente, el nivel de análisis. El psicoanálisis se establece en la premisa de que entre los sexos hay un vínculo antisimétrico cuyo núcleo, enigmático, es inconmensurable; núcleo que metaforizamos de diversas maneras porque no podemos decirlo de una; de aquí nace lo que existe de indomesticable, de ingobernable en la sexualidad; de aquí también brota esa alianza entre el erotismo y la muerte que es prenda de intensidad y de riesgo, de una proliferación sin duda jerarquizada de deseos y de goces, pero que carece de centro y que jamás podrá ser naturalizada y sobre todo vuelta transparente. Desde el punto de vista de la sexualidad, la transparencia es reaccionaria; lo cual no quiere decir que exista un progresismo sexual.

La pretensión de algunos de que florezcan nuevas sexualidades, como florecen nuevos injertos, sólo puede sostenerse al precio de eludir lo que nos muestra la psicopatología de la vida cotidiana, en la que el clamor de la arenga pública se desvanece y se transforma en algo muy distinto, en algo que circula espiraladamente, desde el júbilo y la creación, hasta el sufrimiento, el silencio y la muerte.

Freud, recordemos su palabra sin volverla intocable, sostuvo, en la vigésima de las Conferencias de introducción al psicoanálisis, que la elección de objeto homosexual es una “ramificación regular” de la vida amorosa. Y, en un célebre pasaje de Psicología de las masas y análisis del yo, que la homosexualidad masculina, idealizada3, es uno de los pilares de la organización social. Allí donde falta la mujer, como objeto o como agente, incluso allí donde la mujer imita hasta la caricatura las funciones denominadas masculinas, aparece el cortejo de solidaridad, sacrificio, abnegación, pero asimismo, y en la misma escala, la exaltación feroz de las virtudes viriles y sus consecuencias, que no necesito describir aquí; me basta remitirme a las dos masas “artificiales” tal y como las designó Freud: la Iglesia y el Ejército. La exaltación masculina y la homosexualidad se juntan como la flecha y el blanco.

Señalemos algunos parámetros elementales:

1. La homosexualidad, la masculina tanto como la femenina4, es una conducta sintomática, no una estructura patológica.

2. Salvo en una pequeña fracción, perversa o psicótica, que, por razones distintas pero concurrentes, no anhelan ni publicidad ni estado público, la mayoría de los homosexuales son, para retomar la expresión freudiana, una ramificación regular de la vida amorosa de los neuróticos, con sus mismos componentes y sus mismas renuncias; aquí tampoco hay progreso, aunque el progreso civil propio de la tolerancia es indudablemente un valor cívico5.

3. La ramificación sintomatiza el rechazo a la diferencia de los sexos que es propia de la neurosis, es decir, del malestar de la cultura. A la vez, este rechazo –rechazo que no tiene nada de lineal porque, en uno y el mismo movimiento, acepta lo que rechaza– toma muy diversas formas, que no se agotan en los mecanismos de defensa de la histeria o de la neurosis obsesiva. Se sabe: nos defendemos neuróticamente de la castración desconociendo hasta qué punto ella es un límite; y el desconocimiento reconoce aquello que rechaza. De la castración, esa falta simbólica cuyo objeto no es especularizable, ese “juicio de imposibilidad”6 que limita y articula el discurso, correlato de un imaginario sin imágenes, no tenemos otra experiencia que la del neurótico.

La homosexualidad, como cualquier posición sexual, es impensable bajo la categoría de la elección; se pueden elegir muchas cosas, menos justamente ésa, aunque el ser sexuado sea responsable de la posición que tenga. Tanto para la mujer como para el hombre homosexuales, el falo está en el centro de la escena: para la mujer, es preciso desconectar al falo del órgano masculino, otra mujer podrá encarnarlo para ella; para el hombre, que el partenaire tenga su misma anatomía lo salva de la angustia que le produce el cuerpo femenino, habitado simultáneamente por una privación intolerable y un exceso de potencia que siempre pone a cuenta de la madre. Claro está: estos rasgos no son ajenos al malestar en la cultura. ¿Qué obsesivo no se ampara en rituales fetichistas para mantener a distancia la invasión femenina? ¿Qué histérica no cesa de rendir homenaje a la Otra, símbolo de perfección inalcanzable?

En este punto estamos tentados por una doble aunque opuesta simplificación: o decimos que neurosis y homosexualidad se equivalen desde todo punto de vista, o bien marcamos una diferencia global entre neuróticos y homosexuales, como si los primeros estuvieran masivamente mejor ubicados.

Ni una ni otra. En un nuevo eco de Aristóteles, diré que tanto la neurosis como la homosexualidad se dicen de varias maneras; aunque ciertamente, al menos como mera cualidad potencial, la neurosis esté más abierta, sea menos rígida, en lo que respecta a la castración. En nuestros análisis de homosexuales, invariablemente nos topamos con un núcleo absolutamente impermeable y congelado, a veces tras una máscara de indiferencia, otras –las más favorables a la cura– en el centro de una angustia que provoca la huida.

Pero, ¿qué decir de aquellos neuróticos cercanos a la denominada caracteropatía? ¿No sabemos, acaso, que la convivencia cotidiana y aparentemente pacífica entre un hombre y una mujer suele ser una manera radical de expulsar la diferencia de los sexos?

Realidad miserable, complementaria del que finge aristocráticamente una movilidad libérrima y sin trabas para gozar del sexo: en psicoanálisis, la valoración libidinal es indiscernible del cuestionamiento de la propia posición sexual. Todo ser sexuado reclama la interdicción del incesto para gozar; todo ser sexuado encuentra a sus objetos marcados por ese núcleo imposible, que no cesa de fascinar. No hay genio del sexo –a pesar de la imaginería neurótica que lo supone–, pero sí hay intensidades y gratificaciones que se alcanzan, exclusivamente, por medio de la inteligencia aguzada por la angustia y por la angustia que se abre al desamparo; el que puede, a veces, iluminarnos.

Puedo decir, provisoriamente, que ciertos neuróticos están eventualmente mejor posicionados que muchos homosexuales (adviértase la particularización que elude la masividad) para acceder al horizonte que inaugura el juicio de imposibilidad. Y al revés, ciertos homosexuales han efectuado un trayecto –el que suele no ser ajeno a la sublimación– en dirección a semejante juicio, que está vedado a la masa neurótica. Lo que no quiere decir que tales “ciertos”, que ambas particularidades, se equivalgan, precisamente porque, si lo pensáramos así, estaríamos borrando los datos del problema, los que, sin duda, enraízan en la estructura misma que establece una diferencia modal de la constelación fálico-narcisista de ambas patologías7.

De todas maneras, y para finalizar por el momento, es preciso reconocer que la movilización homosexual, con su reclamo insistente de estado público, tiene un valor intrínseco que no podemos dejar de escuchar –y de interpretar–. Agrego, una vez más, interpretar no es juzgar, sino leer lo que retorna en los intersticios de lo reprimido.

1 Lo actual, que es lo que la actualidad reprime, puede ser perfectamente anacrónico.

2 Es cierto: el liberalismo quiso y quiere volver laico al matrimonio; ese laicismo es una distancia sin duda valiosa pero frágil, con la constricción religiosa que remite patéticamente a “hasta que la muerte nos separe”. El divorcio, vivido con culpabilidad, apenas roza este pacto mortífero.

3 Conviene reiterar que “idealizar” no es “sublimar”. Lo menos que puede decirse de la idealización es que siempre fracasa en su impulso a descorporalizarse. Es más, los ideales del yo, necesarios por estructura, son el complemento de una sexualidad sojuzgada, en los bordes mismos de la avaricia libidinal, que a veces explota en forma aberrante.

4 Si aclaro “tanto masculina como femenina” es porque la homosexualidad masculina suele ocupar el primer plano, espectacular. Los hombres, intolerantes ante la masculina, se muestran comprensivos y hasta cómplices de la femenina: por varias razones, algunas evidentes, las otras no tanto. De entre estas últimas, menciono una nada desdeñable: cuando una mujer ama a otra, a la vez que rinde homenaje al falo que desespera de poder encarnar, le garantiza al hombre que por lo menos una no va a desearlo; el obsesivo, agradecido. ¿Quién dijo que los hombres deseamos que la Otra nos desee?

5 Los politólogos tienen la tendencia a considerar la vida política como el centro de la vida humana. ¿Necesito aclarar que esta vida carece de centro y que es preciso estar atento al nivel en el que nos ubicamos?

6 La expresión, tomada de sus Estudios sobre el Edipo, le pertenece a Moustapha Safouan.

7 No quiero salir del paso con fórmulas rápidas, pero el espacio y el tiempo y, sobre todo, la oportunidad, me obligan a utilizar algunas expresiones sintéticas, sin de- sarrollo. Como indicación, diré lo siguiente: en la pareja heterosexual, el misterio del Otro sexo, de manera particularísima el femenino, enigmático incluso para la mujer, ofrece una barrera a la pendiente encerrante, asfixiante, de la identidad.

* Anticipo del trabajo que, bajo el título “Matrimonio homosexual y neurosis: ¿Hay progreso sexual?”, se publicará en el número 140 de la revista Imago-Agenda (ed. Letra Viva), de próxima aparición.

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http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/psicologia/9-146843-2010-06-06.html