Archive | noviembre, 2012

Poratti, nuestra fiesta

28 Nov

Y tuvimos nuestra fiesta. La Fiesta. Las Fiestas Mayas.

Escuché o leí estos días que las últimas Fiestas Mayas, con baile en la plaza, banderas y cintas por todas partes, guitarras y vino en las pulperías, fue en 1813. Y que luego Mayo fue hecho derivar hacia la celebración, la conmemoración, el acto oficial, el acto escolar, todo lo que solemniza y aleja del pueblo vivo. No sé si estos datos son precisos; en todo caso, ni en mi memoria, que ya es larga, ni en la de mis padres o abuelos, estaba registrada la Fiesta.

No fue una fiesta porteña. El interior había traído tantos o más que los que se fueron. El conurbano y los barrios se volcaron en el centro. Todo el centro de Buenos Aires, calles y avenidas, fue, durante estos días, ámbito de fiesta, estuvo tomado por la fiesta. La Fiesta, claro, es alegre, es pacífica, es cosa de hermanos, de amigos y de amantes, y es así como festejamos, sin violencia, sin un robo (¿y la inseguridad? ¿o también los pibes chorros entendieron la fiesta?), sin uno solo, pero ni un solo hecho que perturbara el canto, el baile y las lágrimas felices bajo la llovizna y bajo ese glorioso sol del 25 que vino a consagrar nuestra propia celebración y la celebración de lo que nos transciende.

¿Qué pasó? Los días anteriores oía decir: Para qué todo este caos, al fin y al cabo la gente se va, no va a quedar nadie. Y es cierto. No había gente en Buenos Aires. La gente se fue, se había ido toda la gente. Y quedó el Pueblo.

Por debajo de la Gente estaba el Pueblo. Ese pueblo que a veces temimos que desapareciera en la marginalidad y que nos traducían como masa lastimosa y clientelar. Estaba y está. Sólo hizo falta que se fuera la gente, con su crispación, con su resentimiento, con su histeria, para que el pueblo apareciera por debajo, con su alegría, con su decencia, con su trabajo, ganara las calles en oleadas e hiciera la Fiesta.

¿Qué desearle a nuestra patria en este nuevo siglo? Lo que vivimos nos hace pensar en una alternativa, con un camino triste y otro feliz. El camino triste, sería desear que la Gente se vaya, pero para siempre, con sus valijas cargadas de odio, de frustraciones y de sueños de Miami, y deje solo en la patria al Pueblo. El otro camino, muy difícil, pero el mejor, el óptimo, el único verdaderamente deseable, sería -y así lo deseamos- que la Gente se convierta en Pueblo.

Que así sea. ¡Viva la Patria!

Poratti, la comunidad organizada

28 Nov

Perón sabía qué es el poder, cómo y sobre todo para qué hay que usarlo. Por eso mismo sabía, en un sentido profundo, qué es la filosofía, y para qué sirve. Porque que sirve (y esto es un secreto profesional), no hay duda. Sabía que la labor intelectual profunda es artillería de largo alcance, y que solamente esa comprensión permite modificar auténticamente la realidad. A ese nivel podemos hablar de filósofos, y no de meros intelectuales. En la universidad de los 70 se propuso alguna vez la lectura de los documentos de los próceres —de los próceres americanos— como filosofía, y alguna vez valdría la pena encararla en serio.

En la Comunidad Organizada, se sostiene la originalidad de la doctrina, la “tercera posición”, cuya base filosófica se expone. Un verso latino, convertido en proverbio, dice que los libros tienen su destino. Esto vale para la conferencia de 1949, de donde surge el texto de La Comunidad Organizada. Es un texto curioso: por un lado, es punto de partida obligado de una lectura de la obra, que siempre estuvo entre sus textos fundamentales. Pero tiene declaradas intenciones de ser algo así como un texto de filosofía, y como tal resulta insatisfactorio, para los legos, abrumados por la acumulación de citas y referencias, y para el especialista, que las ve innecesarias y parte de un estilo demasiado pomposo.

La Tercera Posición, propuesta en la conferencia, fue siempre trivializada en el marco de la política internacional de la guerra fría. En cambio, fue una alternativa superadora de las ideologías y formas de vida de uno y otro bloque. Supone la alternativa a la opción individualismo-colectivismo, al capitalismo individualista feroz y al Estado totalizante si no totalitario. Es la realización del individuo en lo colectivo y de la comunidad como la perfección del individuo. Pero esa tercera posición no es tampoco una fórmula que se pueda aplicar sin más.

Para la sociología, comunidad y sociedad resultaron términos opuestos, excluyentes. Pero al contrario, no se excluyen, porque entre sociedad y comunidad hay una continuidad. No se trata de un utópico mundo comunitario. Asimismo, no es posible volver por detrás del capitalismo, y en todo caso se trata de construir una sociedad más justa a partir de sus elementos.

El texto menciona una Norma que puede deducirse de las “grandes verdades”, y que será la clave de la articulación del cuerpo social, justamente de la organización de la comunidad. Pero, mirando más de cerca (y otros textos), esa mayúscula queda cuestionada. No es una verdad eterna manifestada de una vez para siempre sino que va siendo entrevista no solamente por el filósofo sino por el conductor, en el oficio mismo de conducir. Habla de una norma entendida como una pauta última, que “articula al cuerpo social y corrige sus desviaciones”, basada en una verdad entendida como sólida, que regula y orienta la vida social y la operatividad política del conductor. Pero, aunque se trate de una pauta última y permanente, resulta que no puede ser un tradicionalismo, un querer resucitar tradiciones muertas, una actitud políticamente reaccionaria.

La postulación de una filosofía perenne, que aparece en un momento pero permanece luego por encima de la historia, y por lo tanto de una verdad eterna ya manifestada y de la normativa que se deduce de ella, es típica de posiciones de derecha, especialmente del tradicionalismo católico, filosófico y político. Un problema con esto es que inevitablemente va a parar a una política elitista, porque si la verdad ya está dada, sólo pueden gobernar la élite que la conoce. Más grave aún, se niega la posibilidad de que aparezca históricamente la novedad. De que haya en la historia fuerzas en juego con capacidad creadora de verdades nuevas, la fecundidad creadora del pueblo. Eso lo hace incompatible con cualquier tradicionalismo, aunque eventualmente pueda recuperar tradiciones que se considere dignas de ser recuperadas.

Esto es decisivo. El primer ejemplo de organización del pueblo ha sido el sindicalismo. Muchas veces se habló del sindicalismo peronista como una organización fascista. Pero justamente, el fascismo organizó los sindicatos de arriba abajo, desde el Estado. Y aun si, erróneamente, se quiere adjudicar algo así al primer gobierno peronista, basta observar que el gran desarrollo del sindicalismo argentino –y una creación como las obras sociales- se produce justamente de la dictadura del 55 en adelante, no solamente sin el Estado, sino con el Estado en contra.

Esto es lo que va a diferenciar definitivamente al peronismo del fascismo y de cualquier esquema de origen europeo, porque además es un rasgo profundamente americano, latinoamericano, que es la confianza en la espontaneidad creativa y la capacidad de organización del pueblo, la “creatividad inmanente del pueblo”.

El mejoramiento material del nivel de vida de la población, objetivo sincero o mentido de variadas políticas, no es siquiera concebible sin una comprensión de la dignidad del hombre, ejercida en concreto. O sea, que no basta con distribuir o redistribuir las riquezas. Esto, en un contexto de miseria, puede ser mero asistencialismo, y en el caso de los países de la tierra considerados felices, puede llevar a una existencia vacía e insatisfactoria. Aunque el contexto de desastre en el que estamos es tan apremiante que lo podemos olvidar.

Finalizando podemos decir que en la Argentina –cuando todos los cañones apuntaron a destruir el proyecto de comunidad organizada– nos redujeron a un estado de naturaleza hobbesiano, de miseria y de miedo. Solamente que no es de “naturaleza”, hubo que establecerlo por el terror y el hambre, y de ese modo la vida de la comunidad nacional, sus organizaciones, sus redes solidarias, fueron destruidas y se crearon individuos que tratan de sobrevivir, en la marginación o en el miedo a caer en ella. El pueblo se convirtió en “la gente”, y la gente en “la población”. Y fíjense que aun así, en los peores momentos de la crisis vuelven a aparecer espontáneamente formas de organización y de solidaridad.

Lo que quiero subrayar es la aparición, sobre el final del texto, de la alegría, dos veces en una sola página, “alegría de ser”, “régimen de alegría”. Por sobre el rostro ceñudo y muchas veces horrible, y cada vez más horrible de la historia y la política imperial contemporáneas, que los maquillajes postmodernos no pudieron disimular, Perón sigue proponiendo una comunidad coronada casi como un regalo por la alegría, es más, en la cual la alegría es la sangre misma. Y que no eran frases nos consta, sea que porque nos acordamos de la primera etapa de nuestras vidas, sea que lo sepamos por tradición oral.

* Versión reducida de la ponencia del doctor Armando Poratti presentada en la Cátedra Libre Juan Domingo Perón (ISO-SUTERH).

 

Poratti, Perón filósofo

28 Nov

A muchos puede sonarles absurda la idea de un Perón filósofo.

Ha sido un lugar común la descalificación del texto filosófico del General, la conferencia leída en el I congreso nacional de filosofía de 1949, conocida como la Comunidad Organizada. En un extenso prólogo a la edición de Oscar Castelluci de este texto, tratamos de relevar sus condiciones e importancia, en primer lugar su carácter de gesto fundacional y cimentador de una filosofía nacional. En esta nota quisiéramos recordar las condiciones que hacen a la idea misma de una filosofía americana en su relación esencial con la política, y también, en alguna medida, señalar algunos de los ejes filosóficos que recorren el pensamiento de Perón a lo largo de su actuación, y que sería tarea pendiente relevar y continuar.

La imbricación de filosofía y acción resulta en nuestra América de su mismo carácter esencial de mestizaje. Fue el único lugar donde la expansión europea mezcló su sangre con las etnias nativas, a lo que agregaron los africanos y otras fuentes múltiples. El mestizo es en sí mismo una resultante no dialéctica, una unidad de diferencias reales y tal vez contrarias. La tarea de pensar nuestro continente no podía ser hecha desde afuera por la filosofía occidental, cuyo aparataje conceptual no estaba en condiciones de captar ni las profundidades originarias ni las peculiares contradicciones americanas. Pero tampoco por las sabidurías de los pueblos originarios, ajenas a la dinámica europea que también constituye al mestizo, y cuya alta cultura, por lo demás, la conquista había en buena medida anulado. Lo cual significa, inmediatamente, que no pueden excluirse ni las categorías filosóficas occidentales ni los saberes ancestrales, ni, puede agregarse, la resultante de los complejos saberes étnicos y populares que han confluido en nuestras tierras.

América no permite, pues, un lugar claro desde el que se la pueda “contemplar”, esto es, hacer “teoría” sobre ella. Se la entiende en la acción que al mismo tiempo la va creando, en el trato con los elementos y conflictos profundos que la constituyen.

Por ello aquí se dio el caso casi inédito de que el pensador ha sido el hombre de acción, el hombre que hacía la historia. Entre nosotros -en un horizonte continental dominado, también en lo intelectual, por las figuras de los libertadores-, las generaciones que marcaron el rumbo nacional -la generación independentista y de las guerras civiles, la del 37, la del 80- ejercieron la acción pensada, dejando un corpus de lo que dio en llamarse “pensamiento argentino”. Luego, con la organización desde el Estado de la vida nacional, pensamiento y acción tendieron, en cierta medida, a separarse, y las instituciones estatales “normales” dieron lugar al surgimiento de la filosofía académica, que en rasgos generales, pero no absolutos, tendió a importar el pensamiento europeo. Hasta la generación del 45, que por un lado recoge con Forja el hilo yrigoyenista, pero también, con Astrada y su círculo, pone al pensamiento nacional en el máximo nivel académico y en diálogo de pares con Europa.

Esta situación, cuyo punto inicial y culminante es el congreso del 49, está legitimada por el gesto de Perón, que con su conferencia inaugural pone a la filosofía como base teórica de un proyecto nacional, y ese gesto y esa legitimación repercutirán, más allá de la caída del primer peronismo, en el trabajo de los intelectuales nacionales de las décadas siguientes.

Perón mismo, sin embargo, tiene aportes fundamentales para lo que es una comprensión filosófica de nuestra realidad. No sólo con la idea de Tercera posición, que lejos de ser, como se dijo, una posición táctica, es una antropología con bases metafísicas, expresada -en forma no del todo satisfactoria- en la conferencia del 49. Quisiéramos subrayar -entre otras posibles- dos líneas que creemos fundamentales.

Una, las nociones correlativas e inescindibles de organización y conducción, que contienen una filosofía del poder -una profundísima concepción humanista y democrática del poder, fuera de línea con las concepciones del poder como “nuevo absoluto” del pensamiento tardomoderno. La conducción supone la organización: no se puede conducir lo inorgánico, aunque sí se lo puede manipular con el engaño, con la fuerza o con la mera publicidad. La conducción es la teoría y práctica del poder como persuasión y pedagogía, con la que se organiza lo desorganizado, sacándolo del estado de masa amorfa. La conducción tiene como condición de posibilidad no el individualismo sino la autonomía de los conducidos, que sólo pueden serlo si son capaces de conducirse a sí mismos. La conducción / organización supone la idea positiva de un poder que apela a la responsabilidad tanto del conductor como de los conducidos -a su vez conductores-, y que en buena medida ha estado vigente en lo mejor de la práctica política y sindical peronista.

La conducción es la mayor parte de las veces entendida como un movimiento desde arriba hacia abajo, que -cuando no es mero mando- opera la organización desde el exterior. Pero la idea decisiva de Perón es que la organización, en último término, parte del pueblo mismo. Esto es lo que va a diferenciar desde el vamos y de raíz al peronismo de cualquier fascismo, y también de cualquier vanguardia que proponga un encuadramiento desde el exterior y desde arriba de un pueblo concebido en último término como pasivo. Éstas son concepciones europeas del poder; en Perón está ese rasgo profundamente americano que es la confianza en la espontaneidad creativa y la capacidad de organización del pueblo, lo que el viejo Perón llamó la “creatividad inmanente del pueblo”.

En segundo lugar, Perón esbozó una filosofía de la historia sobre el concepto central de evolución y de la (limitada) capacidad humana para influir en ese proceso que veía como necesario. No se subraya lo suficiente cómo la realidad americana de estos años, con la creciente integración y unidad regional en pos de un proyecto que recupera las mejores tradiciones libertadoras, había sido anticipada por Perón décadas atrás, con la idea del ineluctable universalismo, al que había que llegar por el continentalismo. Si el año 2000, en la célebre alternativa, nos encontró dominados y con el rumbo perdido en un universalismo convertido en globalización, los años siguientes parecen corregir el camino en el sentido virtuoso apuntado por el General.

Estamos, afortunadamente, en plena discusión de los proyectos de país. Cerramos recordando que sin tener presente el Modelo argentino para el proyecto nacional, difícilmente se pueda saber de qué se está hablando.

Poratti, proyecto de la sumisión incondicionada al norte imperial y globalizador

28 Nov


Partimos del final, estuvo a mi cargo el más aciago de los períodos, el antiproyecto, porque de algún modo lo trataré de explicar porque es el lugar desde el cual puede verse en forma negativa la totalidad de la historia.
El descubrimiento de América por los europeos, como tuvimos oportunidad de recordar aquí en una ocasión anterior, fue llamado el descubrimiento del Nuevo Mundo, pero en realidad, como dijo la filósofa Amelia Podetti, fue para todos, europeos y americanos, descubrimiento del mundo.
Un mundo geográfica e históricamente totalizado con la circunnavegación del globo.
América es un fenómeno histórico único porque a diferencia de las culturas de Asia o África no permaneció en su misma esencia por debajo de la dominación colonial sino que fue escenario de un complejo de mezcla de sangres y de culturas.
Esto se traduce en la complejidad de proyectos que entretejen la historia, muchas veces equívocos con respecto a su carácter positivo y al destino de nuestras patrias y de la Patria Americana, que por ser común, nos hace compartir muchos tramos de historia: el estar de los primeros habitantes, el proyecto hispánico, el jesuítico, el independentista, y ahora, desde fines
del S. XX, en desarrollos peculiares pero semejantes, un antiproyecto de sumisión que tuvo inclusive estructuras represivas comunes…en primer lugar el Plan Cóndor.
Es un Proyecto de sumisión incondicionada al peor vector a que fue a parar la configuración del poder mundial que amanece con el descubrimiento y que termina hoy presentándose como una estructura global financiera y comunicacional.
Hemos conocido proyectos dependientes, pero el Antiproyecto es la negación de la posibilidad misma de proyectar, sin la cual, por supuesto, es imposible vivir, porque careceríamos de argumentos de vida.
Un antiproyecto es la negatividad misma. En ese sentido no tiende a la dependencia, ni siquiera en realidad a la sumisión, sino a la anulación. De cumplirse hasta el final lleva a la disolución con que se ha amenazado a algunos de nuestros países y que en la Argentina en la crisis del 2001/2002 estuvo a punto de consumarse. El antiproyecto tuvo muy marcadamente en nuestro país pero con paralelos en otras naciones, dos momentos muy definidos: el primero, el de la violencia militar traducida en terrorismo de estado. Pero la insistencia necesaria en este rostro siniestro no debe hacernos olvidar que no fue más que el instrumento de un pacto-proyecto de sometimiento cuyo argumento ha sido la violencia económica que signó en exclusividad el
segundo período del antiproyecto llevado a cabo en aparente paz y democracia. La etapa económica no fue en realidad menos violenta que la anterior, y tal vez en un sentido lo haya sido aún más. La violencia económica que mediante la eliminación progresiva de la capacidad productiva nacional, la desarticulación de la realización laboral y la concentración de la riqueza,
fue arrojando segmentos crecientes de la población activa a la precarización, la subocupación y la desocupación, hasta caer en la miseria y la marginalidad. Así como el terrorismo de estado produjo desaparecidos físicos, una enorme franja pasó a la categoría de desaparecidos sociales, sin contar que, ausentes de las estadísticas, las víctimas físicas de este proceso han sido sin dudas superiores a las de la violencia anterior. Los campos de exterminio económico son homologables a los que impuso la metodología del terror militar. Su existencia fue silenciada y ocultada bajo el ruido mediático. Paralelo al ocultamiento por el silencio del período anterior.

El consumismo y la frivolidad, exacerbados entre los sectores que permanecieron a flote, y la vasta operación mediática que impuso un cambio de paradigma en la mentalidad general, lograron que pese a la obscena exhibición de sus lacras, este estado de cosas fuera aceptado por una
parte importante de la sociedad.
Si el antiproyecto que padeció el argentino, padece, no es en definitiva sino un dispositivo dentro de la configuración mundial de los mercados financieros- especulativos que van en detrimento inclusive del propio capitalismo productivo, el enemigo último de este antiproyecto, lo que necesariamente debe destruir no será por supuesto lo que se dijo “la subversión, el
comunismo” como decía la doctrina de la seguridad nacional, sino aquello que es lo diametralmente opuesto a la especulación: esto es el trabajo. El trabajo ha sido el gran desaparecido. En realidad, tocamos fondo aquí porque el trabajo y la conciencia de la muerte son las dos notas antropológicas últimas. La destrucción del trabajador da como resultado por un lado, los grandes sectores marginados o sumergidos. Y por el otro, los sectores cuya permanencia en la superficie está marcada no por su capacidad de producir sino por su mayor o menor capacidad de consumo.
Es de notar que los sectores marginales también consumen…y el consumo se convierte así en la única marca antropológica, identificatoria del tipo de humanidad que implantan las fuerzas que actúan por detrás del antiproyecto. La humanidad misma resulta así puesta en el mercado.
A falta de la politización auténtica que solo se produce en el mundo del trabajo, la ciudadanía política pasa a ser un elemento puramente formal y devaluado que se maneja con el mercado publicitario; la cultura por su parte se resuelve en los medios masivos. Los medios permiten manejar a los individuos en forma masiva pero, valga el oxímoron, individual e individualista sin reunirlo físico ni ideológicamente en un espacio público, cada uno frente a su televisor, en un
conjunto manejable por la política mediática de las campañas publicitarias y su producción de identificaciones ilusorias.
La desorganización de la subjetividad que produce a la vez la desocupación y el consumo, se traduce en una desorganización del tiempo. Paradójicamente el antiproyecto es así el primer intento coherente de asumir la totalidad de la historia pero en forma negativa.
El octavo proyecto debería asumir esa misma totalidad de los proyectos anteriores…en forma positiva. Y este asumir la totalidad de los proyectos, en este caso de la Nación Argentina, nos pone de nuevo frente al gran proyecto del cual estamos a punto de celebrar el bicentenario, aunque reflejado en una pluralidad de bicentenarios: el primero este año, con el bicentenario de la
Rebelión de Chuquisaca, que el 22 de julio de 1809 instaura la junta representativa intuitiva de los derechos del pueblo…primer intento de gobierno americano. Por si hacía falta recordárnoslo, el antiproyecto nos ha puesto de nuevo en la dimensión continental como única posibilidad de salida.
Y nos vuelve a remitir al siempre postergado proyecto de la patria grande, el de Bolívar y San Martín, que puede y debe tender, además, un puente hacia nuestros pueblos de la América del Norte y enlazar con el proyecto de Morelos.

Todo proyecto genera movimientos demográficos. El antiproyecto expulsó población con el exilio político y con el exilio social. Con signo inverso, los nuevos movimientos migratorios que ponen en circulación no solo bienes económicos sino, sobre todo, personas y rasgos culturales, a cada momento desmienten con su fluir silencioso, cualquier ilusión de aislamiento nacional.
El momento actual es doblemente auspicioso y peligroso, porque con los pasos dados recientemente y las instituciones continentales creadas y proyectadas, hace muchísimo que no nos veíamos tan cerca de una integración. No solo económica sino política y cultural, y donde el trabajo de los pueblos americanos debe ser también puesto en común. Pero por ello mismo es
necesario afianzarla y protegerla, pues son de esperar, y las hemos visto, las reacciones en todos los frentes. Pero es necesario tomar conciencia pese a las dificultades que hace un momento recordaba el señor Vicecanciller, de que estamos en camino hacia un nuevo proyecto, que para la Argentina sería el octavo, pero que es en realidad el viejo proyecto americano.

Poratti, el trabajo en el antiproyecto

28 Nov

A partir de 1976 -por cierto, con antecedentes- vivimos lo que, siguiendo a Gustavo Cirigliano, denominamos el Antiproyecto de la sumisión incondicionada. Antiproyecto, porque, a diferencia de lo que sucede en un proyecto dependiente, en que la Nación resigna resortes esenciales pero conserva otros, en un antiproyecto sucede la entrega lisa y llana a un sujeto ajeno, en una situación equivalente a la esclavitud individual.

El antiproyecto se delinea sobre el horizonte mundial del capitalismo financiero y la globalización, con su avanzada en las dictaduras del Cono Sur. El sujeto no es ya una potencia determinada, sino esa nebuolosa de poder, con sus brazos financiero, militar y comunicacional, cuya doctrina de choque fue y es el neoliberalismo. El Antiproyecto tuvo dos momentos: el del terrorismo de Estado y el del terrorismo económico. Es bien visible el horror del primero, pero no fue sino la preparación del segundo, que dejó también innumerables víctimas, incluso físicas. (¿Cuántos niños, viejos, hombres y mujeres humildes no habrán muerto gracias a las virtudes de la “economía”?} Pero el grueso de las víctimas fueron los vastos sectores sociales que, a través de la desocupación, cayeron en la marginalidad; verdaderos desaparecidos sociales, en paralelo con los desaparecidos del terrorismo de Estado.

El antiproyecto se justificó en su origen construyendo un enemigo, “la subversión”. Pero su enemigo real fue y es el trabajo, que fue el gran Desaparecido del período. La destrucción del aparato productivo y la industria nacional se aseguró poniendo a obreros, delegados y comisiones internas como víctimas preferenciales del terrorismo de Estado. Con una sociedad ya domesticada y atomizada por el terror, resultó fácil luego desguazar el Estado (cumplida su función terrorista, se pasó a un terrorismo contra el Estado), anular los derechos laborales, y, como la destrucción del trabajo es la destrucción de los vínculos humanos solidarios, convertir a las personas en individuos. (El individuo no es nunca, como suponían las filosofías políticas modernas, el elemento último de la sociedad, sino siempre el resultado de una destrucción social.)

Pero el trabajo es, en último término, insuprimible. Por eso lo que subsiste de él es envilecido y sometido a constante riesgo (¿cómo olvidar el eufemismo de la “flexibilización laboral”?). Se produce así un ejército de desocupados que asegura este envilecimiento y se logra un disciplinamiento social que por primera vez atraviesa todas las clases: ya no es sólo el obrero el que teme por su puesto de trabajo, sino, también, los sectores medios y los niveles gerenciales. En este estado de cosas, todos somos desocupados, al menos en potencia. El país, lo que había sido la patria, estaba listo para ser entregado al sujeto del antiproyecto, la nebulosa de las finanzas internacionales.

Lo que las fuerzas globales se proponen es ni más ni menos que una redefinición de lo humano. Somos humanos porque tenemos consciencia de la muerte y porque trabajamos. Ningún otro ser sabe que va a morir, y ningún otro hace su vida modificando conscientemente la naturaleza, esto es, trabajando. Al destituir al hombre de su condición de trabajador, el poder global deja en su lugar dos categorías de seres: el desocupado, cuyo destino último es el marginal, y el consumidor. El marginal se convierte en desecho social, pero no les va mejor a los que creen salvarse, reconvertidos en pasivos consumidores, víctimas de lo que ya no es un consumo de necesidades, ni siquiera de representación o apariencia, sino de alucinaciones: el consumidor ya no consume objetos, sino símbolos obsolescentes que lo dejan siempre a la zaga. En ambos se produce una destrucción del tiempo, la reducción a un presente sin horizonte, donde no se puede proyectar la vida; y esto es la esencia de un antiproyecto.     También la consciencia de la muerte es manipulada. Está exacerbada en el marginal, para quien ni la vida propia ni la ajena valen nada. Y está ocultada por el consumo de evasión, que generaliza la función que cumple el “consumo” por antonomasia, la droga.

Y también se da en ambos una destitución de la subjetividad. El consumidor es materia inerte para que las fuerzas del poder lo dirijan a su antojo. Y no olvidar que también la información entra en la lógica del consumo. El marginal, expulsado del pacto social, parece convertirse en sub-hombre. Y sin embargo, cuando se fue precipitando la crisis del antiproyecto, los trabajadores desocupados, que no aceptaron la condición de desechos, fueron la avanzada en los movimientos de reorganización de sectores sociales. Sin embargo, al manifestar que seguían existiendo, pasaron a ocupar el papel que antes desempeñara el “subversivo”: para quienes habían quedado a flote, “la gente”, el “piquetero” se convirtió en enemigo.

La crisis del 2001 fue el punto de inflexión del antiproyecto. Las transiciones nunca son repentinas, y sus resabios siguen estando entre nosotros. Cuesta reparar el tejido social, grupos poderosos mantienen resortes fundamentales de las finanzas y la comunicación, el individualismo y el lucro como valor único no han desaparecido, los criterios de rentabilidad empresaria como único programa siguen apareciendo en propuestas políticas. Sin embargo, mientras el “primer mundo” vive su 2001, parece que aquí estamos girando nuevamente de las finanzas y la especulación a una economía de producción, y con ella, a una nueva valoración del trabajo. Que es y seguirá siendo el estado de salud, social y humano.

Poratti pensador

27 Nov

Poratti pensador

27 Nov