Archivo | mayo, 2011

Efectos de la gravitación

31 May


“MICROLENTES GRAVITACIONALES”

Y así llegamos a la gran novedad anunciada en estos días. Una novedad que proviene de la estrecha colaboración entre dos equipos científicos de Japón y Nueva Zelanda, liderados por el astrofísico Takahiro Sumi (Universidad de Osaka, Japón). Estamos hablando de OGLE y MOA, respectivamente, dos programas de búsqueda y monitoreo que vienen trabajando desde hace varios años con dos telescopios: uno de 1,3 metro de diámetro, situado en el Observatorio de las Campanas, al norte de Chile, y el otro, de 1,8 metro, en el Observatorio Mount John, en Nueva Zelanda. OGLE y MOA son, en realidad, dos siglas en inglés (Optical Gravitacional Lensing Experiment y Microlensing Observation en Astrophysics) que dan cuenta, justamente, del curiosísimo método de búsqueda utilizado: la detección del fenómeno de “microlentes gravitacionales”. En pocas palabras: si un objeto pasa por delante de una estrella de fondo en nuestra línea visual, su gravedad “torcerá” e incluso “amplificará” su luz. Como una lente. El efecto será mayor o menor, más corto o más largo, según la masa (y gravedad) del objeto que hace las veces de “lente”. O dicho de otro modo: aunque el objeto sea prácticamente invisible, es posible calcular su masa y tamaño a partir de los efectos que induce en la luz estelar. Y si se habla de “microlentes” es porque el fenómeno también se da a gran escala, cuando las involucradas son galaxias, o incluso cúmulos enteros de galaxias, que tuercen y amplifican la luz de otras mucho más distantes, pero en la misma línea visual (en el fondo, todo remite a un fenómeno relativista, ya predicho por Einstein hace casi un siglo: la masa “deforma” el espacio y, en consecuencia, cuando la luz pasa cerca del campo gravitatorio de un cuerpo, cambia de trayectoria).

¡EUREKA!

Aprovechando esta curiosa ayudita de la naturaleza, entre 2006 y 2007, los científicos del OGLE y el MOA se pusieron a buscar mundos a la deriva. O más bien, sus huellas. Sumi y sus colegas monitorearon con ambos telescopios (acoplados a delicados sensores fotométricos) el brillo de 50 millones de estrellas, nada menos. Todas localizadas en la zona central de nuestra galaxia, y a distancias de entre 10 y 20 mil años luz del Sistema Solar. Y tras analizar minuciosamente esta enormidad de observaciones, detectaron casi 500 estrellas que habían mostrado breves aumentos de brillo. Variaciones que, por supuesto, no pudieran atribuirse a las propias estrellas (como lo que ocurre con las famosas “estrellas variables”), sino, justamente, al efecto de microlentes gravitacionales. Según Sumi, casi todos estos episodios duraron varias semanas y fueron provocados por el pasaje de cuerpos relativamente masivos (otras estrellas, o bien, “enanas marrones”). Sin embargo, hubo 10 casos especialmente interesantes, porque fueron muy breves: abrillantamientos de estrellas que duraron dos días, o menos. Y que justamente por eso, fueron atribuidos al momentáneo pasaje de cuerpos mucho más pequeños y livianos. Objetos de masa planetaria, con un porte más o menos parecido al de nuestro Júpiter.

Pero hay más: en ninguno de esos 10 casos se observaron efectos de microlentes gravitacionales acoplados o, dicho de otro modo, atribuibles a las eventuales estrellas “dueñas” de esos objetos. Por lo tanto, los científicos de OGLE y MOA concluyen que esos pequeños cuerpos estaban, al menos, a unas 10 unidades astronómicas de sus estrellas. Aunque, más bien, ponen todas las fichas en un solo lugar: según Sumi y sus compañeros, lo más probable es que se trate de 10 objetos completamente desconectados de estrellas. Vagabundos cósmicos sin soles que los alumbren, girando en torno al centro de la Vía Láctea.

LA PUNTA DEL ICEBERG

Diez casos. A primera vista, no parece mucho. O, al menos, no parece justificar el alboroto que esta noticia está generando en los pasillos de la astronomía mundial. Sin embargo, para los expertos, esas diez detecciones positivas serían la resultante estadística de una cifra verdaderamente monstruosa. Por empezar, los eventos de microlentes gravitacionales son absolutamente improbables, dado que requieren una exacta alineación entre nosotros, el objeto que hace de “lente” y la estrella de fondo. Además, los equipos de OGLE y MOA sólo pudieron estudiar una cantidad bastante limitada de estrellas de la Vía Láctea (para nuestra galaxia, 50 millones de estrellas es poca cosa). Y durante apenas dos años. Y por si todo eso fuera poco, y tal como el propio Sumi reconoce, también hay que tener en cuenta las propias limitaciones de detección de los instrumentos utilizados: pudo haber otros casos de microlentes gravitacionales extremadamente sutiles, provocados por objetos más chicos, que hayan pasado inadvertidos. En suma: basados en todo lo anterior, esos 10 casos detectados hablarían en nombre de, al menos, unos 400 mil millones de objetos similares. Por lo tanto, en la Vía Láctea habría el doble de “planetas libres” que estrellas.

“PLANETAS EYECTADOS”

Muchos, muchísimos. Tantos que, según los científicos, más que objetos sub-estelares, formados independientemente dentro de las nebulosas, mayoritariamente serían “planetas eyectados”. “Si estos cuerpos libres se formaran del mismo modo que las estrellas, entonces nuestro estudio debería haber encontrado apenas uno o dos”, dice David Bennet, un astrónomo de la NASA que participó de la investigación. Y agrega: “Nuestros resultados, por el contrario, sugieren que los sistemas planetarios son muy inestables en sus comienzos, con planetas que son lanzados hacia afuera de sus lugares de nacimiento”.

“La existencia de planetas flotando libremente por la galaxia ya había sido predicha por las teorías de formación planetaria, pero hasta ahora nadie sabía cuántos podía haber”, redondea Sumi. Pero también reconoce que los números que acaban de publicar en el artículo de Nature son muy tentativos. Es más: impresionantes como suenan, dice que estas cifras podrían ser aún más grandes, dado que la sensibilidad de los programas OGLE y MOA sólo alcanzaría para detectar los efectos inducidos en la luz estelar por “objetos-lente” del tamaño de Júpiter y Saturno. Pero no aquellos provocados por objetos como la Tierra, Venus o Marte. Cuerpos que, dicho sea de paso, y siempre según los modelos más actuales y confiables, saldrían disparados de sus sistemas planetarios –por interacciones gravitatorias con sus vecinos– mucho más fácilmente que los pesos pesados. Por ahora, nada se sabe de ellos. Pero la NASA ya tiene planeado un telescopio espacial para salir a la pesca de estas potenciales “Tierras a la deriva”: el WFIRST (la sigla de Telescopio de Estudio Infrarrojo de Campo Amplio).

Por ahora, y sólo por ahora, le bajamos la tapa al inagotable cofre de sorpresas cósmicas. Esta vez, de su oscuro interior brotaron, de a borbotones, cientos de miles de millones de mundos a la deriva. Planetas que ya no lo son, marchando penosamente por los oscuros y helados abismos de nuestra Vía Láctea. Vagabundos tristes y cabizbajos que deben añorar sus doradas y lejanas épocas de infancia. Cuando pertenecían a sus estrellas. A esos soles que los abrazaban con su gravedad, su luz y su calor. Y que un buen día los vieron partir, para no regresar nunca más.

Filosofía y presente

31 May


Heidegger llegó a la universidad alemana en una época en que la filosofía que allí se practicaba estaba dominada por aspiraciones que impresionaron al joven filósofo como graves extravíos. El deseo de imitar a las ciencias o de hacer filosofía científica en un sentido moderno del término, por una parte, y la tendencia a considerar que la filosofía era cosa del pasado, que su enseñanza debía consistir en el aprendizaje e investigación de la historia de la disciplina, dejaban prácticamente sin tarea a las vocaciones contemporáneas más ambiciosas. Junto con desarrollar su propia posición, que entraña la idea de un nuevo comienzo del pensar filosófico, critica Heidegger tanto al cientificismo como al intento de remitir a la filosofía al pretérito. En este sentido, y a la par con Husserl, reclama que, en materias filosó­ficas, todo está por hacerse. Su época le parece, sin embargo, y este diagnóstico lo separa de Husserl, tan ajena a la filosofía como ninguna que haya existido antes. “Es posible decir”, sostiene más de una vez, “que nunca ha habido un tiempo más afilosófico que el presente”.

Sinatra, mujer posmoderna

27 May

Amor y sexo en la posmodernidad
“¡Ya no hay hombres!”
Por Ernesto S. Sinatra *

Una queja (o un lamento) elevado en ocasiones como grito de guerra, caracteriza a las mujeres en los tiempos actuales: “¡Ya no hay hombres!”. Son representadas por él un número apreciable de mujeres heterosexuales que tienen crecientes dificultades para conseguir, sobre todo de un modo permanente, hombres: ya sea para la ocasión, pero especialmente en matrimonio o en concubinato. Sus razones, atendibles, sostienen que, como decía recientemente una analizante, “hombres, lo que se dice hombres de verdad, no se consiguen fácilmente”. Esta dificultad va más allá de diferencias de clase social, ya que es usual encontrar a mujeres pobres encabezando familias monoparentales, por el frecuente abandono de los hombres de sus obligaciones laborales y de manutención de sus mujeres e hijos.

El amor moderno, el freudiano, poseía una precisa representación del hombre y de la mujer que se ha transformado notablemente en el amor posmoderno, lacaniano. El primero ofrecía un estereotipo de la mujer-madre como objeto de amor, pasiva y sin deseo sexual, y del hombre-de-familia como el sostén indiscutido del núcleo familiar; mientras que el amor posmoderno, al despegar “madre” de “mujer”, caracteriza a ésta por su actividad, por el privilegio del trabajo sobre el hogar, por la orientación de su vida privada desde el deseo sexual; en tanto que los hombres “posmodernos” no solo deben enfrentar las consecuencias del avance sociojurídico de las mujeres, sino que deben responder a sus nuevas exigencias, entre ellas la de soportar el enunciado “Ya no hay hombres” y responder con lo que supuestamente tienen.

Los hombres son empujados por las mujeres a dar una respuesta cash, pues ya no alcanza con vanagloriarse de los oropeles masculinos ligados a la sacrosanta medida del falo, sino que, cada día más, son conducidos a demostrar con cada mujer lo que saben hacer “como hombres”.

Verificamos rápidamente las consecuencias para ambos sexos de afrontar el redoblamiento de la apuesta: el surgimiento de nuevos síntomas. En el horizonte masculino surge la devaluación del Don Juan, para muchas mujeres ya una especie en extinción. Es que el modelo donjuanesco requiere de un objeto complementario que ha caído en desuso: el objeto femenino pasivo, sin deseo sexual, sólo despertado por el gran seductor “contra su voluntad”. Don Juan se extingue como figura actual. Surgen entonces las mujeres “que tienen” de verdad; especialmente en ciudades industriales de países desarrollados, pero también en sectores acomodados de países subdesarrollados.

Fuertes y seguras, estas mujeres demuestran que efectivamente pueden tener bienes y lucirlos; ellas son exitosas en sus profesiones, autónomas, seguras de sí y partidarias del sexo sin ataduras ni compromisos estables con hombres. Estas mujeres –con frecuencia divorciadas o aun solteras– padecen síntomas que hasta ayer les eran reservados a los hombres: estrés laboral, fobias diversas localizadas en el temor a la pérdida de objetos: de este modo ellas participan de la angustia del propietario.

En este contexto, no debería sorprendernos la proliferación de manuales de autoayuda. Uno de ellos, escrito por una mujer, ha propuesto para las mujeres normas para “saber-vivir”: se trata de Barbara De Angelis en su libro Los secretos de los hombres que toda mujer debería saber (ed. Grijalbo), donde les propone a “ellas” reglas para obtener éxito con “ellos”. Se trata de un catálogo de seis normas, que expongo a continuación:

1 “Cuando trate de impresionar a un hombre que me gusta hablando tanto acerca de mí misma que no le pregunte a él nada, dejaré de hacerlo y me limitaré a preguntarme si él me conviene.” En el inicio se sitúa el goce del bla-bla-bla del lado femenino, ahora presentado como mascarada-carnada. De él se aprecia que es un obstáculo para el pensamiento equilibrado en las mujeres respecto de su deseo. La tradicional posición femenina del hacerse amar encuentra en esta norma su traducción por el goce narcisista de la lengua como un impedimento para asegurar el lazo con el hombre considerado más conveniente.

2 “Le expresaré mis sentimientos negativos tan pronto como sea consciente de ellos antes de que se consoliden, aunque esto implique hacerle daño.” Nuevamente, se trata de un llamado a la razón femenina a partir de su función discriminatoria, esta vez para decidir lo que hay que decir y cuándo hacerlo: cada mujer debería estar advertida de sus sentimientos para diferenciar los positivos de los negativos y comunicarlos al partenaire –o candidato– en el momento oportuno.

3 “Trabajaré en cuidar mi relación con mi ex esposo cuidando de no considerarme como dañada, y no hablaré de él como si yo fuese la víctima y él fuese el verdugo.” Se introduce aquí una cuestión delicada: la relación de una mujer con su ex. Es notable la toma de posición decidida de la autora: rechaza asumir la posición “natural” de víctima (como suele hacer cierto feminismo débil), y la empuja a confrontarse con su responsabilidad.

4 “Cuando mis sentimientos sean dañinos le diré a mi compañero de pareja qué es lo que estoy sintiendo antes que lloriquear o hacer muecas pretendiendo que no me preocupo o actuando como una niña pequeña.” Esta proposición constituye un mixto entre la segunda y la tercera regla, y agrega el rechazo del comportamiento infantil del llanto, al que caracteriza como típica respuesta femenina.

5 “Cuando me vea llenando vacíos, áreas muertas en la relación, me detendré y me preguntaré si mi compañero de pareja me ha dado últimamente mucho a mí; si no lo ha hecho, le pediré lo que necesito, en lugar de hacer las cosas mejor yo.” Esta regla busca, nuevamente, apelar a la razón femenina para localizar esta vez lo que el partenaire no da y exigírselo, si correspondiere. Esta norma parece recusar la salida femenina del reemplazo del hombre por ella misma, es decir, parece contrariar el recurso de las “nuevas patronas” (ver más abajo).

6 “Cuando me veo a mí misma dando un consejo que no se me ha pedido o tratando a mi compañero como a un niño, dejaré de hacerlo; tomaré aliento y permitiré que se dé cuenta de qué está fuera de su alcance, a no ser que me pida ayuda.” Esta última norma comenta un uso habitual del partenaire masculino en el lazo erótico, frecuente causa de estragos (pero, es preciso agregar, no menos causa de matrimonios): aconseja a cada mujer dejar de situarse como madre cuando el hombre se sitúa como niño.

Cada una de estas normas advierte a las mujeres de algunos de sus síntomas más frecuentes; cada una de ellas gira en torno de la ocasión propicia para responder al partenaire. Pero aquí encontramos la primera dificultad, porque, como se sabe, a la ocasión no sólo la pintan calva sino, también, mujer; y ya que –curiosamente– estas normas no dicen nada acerca de cómo arreglárselas con la otra mujer. Es bien sabido que, cuando una mujer depende de otra para cierto fin, suele haber problemas: Jacques Lacan habló del “estrago” materno para situar la densidad emocional que caracteriza a la relación madre-hija, la que contaminará los futuros encuentros de la hija-mujer con las otras mujeres.

Otra dificultad es que estas reglas son racionales, atinadas, pero –en el mismo punto en el que fracasa todo manual de autoayuda– también suelen ser inservibles. Más allá de esto, en estas normas una mujer toma partido y advierte a otras mujeres, posmodernas, acerca del riesgo de caer en la victimización o en la identificación con la madre, características referibles a la mujer moderna: pasiva y melindrosa, o activa sólo en su función maternal (sobre hijo o marido, da igual).

La patrona

La búsqueda principal para una mujer, en sus encuentros con los hombres –más allá de la satisfacción en sus encuentros sexuales y en la maternidad– la constituye el lograr ser amada por un hombre, llegar a capturar a uno que la ame especialmente a ella, encontrarse con aquel que la distinga con su deseo como una, singular, entre todas las otras mujeres. Cabe observar que, actualmente, este procedimiento suele ser realizado por ellas a repetición, es decir, que el cumplimiento de este rasgo requiere una búsqueda realizada con sucesivos hombres y cuyas condiciones de éxito sólo pueden ser analizadas en cada mujer, singularmente.

Para los hombres, en cambio, la bipartición entre el amor y el goce parece haberlos empujado a una suerte de “infidelidad estructural”. Se constituye entonces el problema masculino en estos términos: cómo podría arreglárselas un hombre con una sola mujer, cómo elegir a una y situarla en el lugar de causa de su deseo. Algunos hombres, a los que podríamos denominar neuróticos “tradicionales”, suelen llamar a sus esposas “la patrona”. La patrona, designación con la que denuncian su elección conforme al tipo de la mujer-madre, organiza sus vidas. Si bien algunos de estos hombres pueden conservar el rasgo de infidelidad “social” y gozar con otras mujeres –sea con amantes ocasionales o estables, o por renta part-time de servicios sexuales–, ¿qué sucede sexualmente con la patrona?

No podría decirse –al menos no en muchos casos– que esos hombres no quieran a su patrona, mujer única para ellos; pero, ¿cómo gozar de la patrona en la cama? Ya que se sabe, desde Freud, que para gozar de una mujer en el acto sexual un hombre debe faltarle el respeto. Esto se refiere a la idealización de una mujer: si una mujer está “allí arriba”, no puede compartir el lecho “aquí abajo”. Imaginemos a un hombre –estoy pensando en una dificultad narrada por un sujeto obsesivo– que, en el preciso momento de penetrar a su esposa, se encontró viendo a la madre… de sus hijos. ¿Cómo podría poseerla “de verdad”, si su libido se halla adherida al objeto incestuoso y toda su vida ha girado en torno de su dedicación a esa madre, mientras secretamente se consagraba –aunque no menos en la actualidad– a ejercicios masturbatorios?

Y ahora desde la perspectiva de “la patrona”, ¿qué sucede cuando ella se ubica complaciente y decididamente en su puesto de mando, aunque haga de ese lugar el último baluarte de una sempiterna queja? Una mujer, cuando se trata de obtener goce sexual en el encuentro con un hombre, deberá dejarse tomar como objeto causa de deseo, es decir, prestarse a ese goce que él obtiene con su fantasma, y por ese medio extraer ella Otro goce que excederá no solo a él, sino, y especialmente, a ella misma. La patrona de la que hablamos no parece estar dispuesta a esos deslices libidinales, ya que su satisfacción está puesta en otro lugar: “fabricar a su hombre” (ver más abajo), llámese “maternidad”.

Nueva patrona

Las mujeres de hoy ya no necesitan el palo de amasar de la patrona-ama-de-casa como emblema del poder fálico (y quizá tampoco requieran tanto como antes de sus hijos, al menos no de los hijos concebidos con sus maridos). Con las transformaciones del mercado capitalista se ha modificado el equilibrio de fuerzas entre hombres y mujeres. La justa apropiación por parte de las mujeres de sectores ligados tradicionalmente con la esfera pública ha introducido cuantiosos matices en la guerra entre los sexos. Un nuevo tipo femenino no oculta su predilección por el sexo ocasional. Decididas en el encuentro sexual, suelen quejarse de que los hombres se intimidan cuando ellas los encaran dejando ver las llaves de su departamento o de su auto. Ese gesto puede constituir una mostración de la impotencia masculina (“Ahora yo lo tengo y vos no”) y resultar para un hombre un castigo aún más doloroso que el inocente palo de amasar de antaño. Venganza femenina/humillación masculina. Sin embargo, un hombre, confrontado con ese señuelo, no tendría por qué sentirse intimidado: sólo la magnitud de su indexación fálica habrá determinado esa respuesta. Una mujer en el diván, enojada consigo misma, se quejaba por cómo había tratado a un hombre que la atraía especialmente. Luego del momento inicial de mutua seducción, y ya en el umbral de un encuentro sexual, ella le preguntó si había traído preservativos. A su respuesta “Traje algunos, ¿y vos?”, ella no tuvo mejor idea que decirle: “¡Bueno, bueno, cuánta fe que nos tenemos!”. La respuesta de él no se hizo esperar: impotencia sexual.

Del lado de estas mujeres se ha producido una inversión dialéctica en su posición discursiva: han dejado de sentirse “mujeres-objeto” para procurarse “hombres-objeto”. Como otra de ellas me enfatizaba en una entrevista: “Yo, como muchas de mis amigas, no estamos dispuestas a tener un hombre al lado durante mucho tiempo. Al tiempo se vuelven insoportables y hay que pedirles que se vayan”.

En una primera entrevista, otra mujer –ejecutiva, famosa, reconocida socialmente– hablaba de los hombres igual que ciertos hombres hablan de las mujeres. Un rasgo de su padre, que comentó al pasar, era la sustancia identificatoria de la que se alimentaba: ella era en el mundo de los negocios –éstas fueron sus palabras– “un hombre más”, y obtenía su éxito empresarial en el mismo rubro en el que su padre había fracasado. Efectivamente se había transformado en un hombre más, y no le hizo falta ninguna prótesis peneana para serlo; tampoco era homosexual; era una mujer perfectamente neurótica.

Este tipo de mujeres hacen el hombre a su manera: no son las que tienen (ni quieren) un marido a quien hacer existir como el hombre que ellas pretenderían ser; ellas no moldean a “su” hombre a su imagen y semejanza. Para ellas el reemplazo es directo y sin mediación: son ellas quienes lo borran del mapa y se colocan en su lugar. Este tipo de mujer “posmoderna” constituye un envés de aquella otra, “moderna”, que, encerrada en su familia, se había dedicado a fabricar a su hombre: vistiéndolo, mandándolo al trabajo (y a la vida), con una caricatura de docilidad que la encuentra pasiva, callada y siempre plegada al deseo masculino.

De esta nueva posición, el testimonio light lo constituyen los clubes de mujeres solas –o casadas pero reunidas solas para la ocasión– presenciando stripteases masculinos, ululando con cada trozo de los cuerpos exhibidos y peleándose ritualmente, de un modo fetichista, para conseguir el slip ofrecido. Esta práctica se ha transformado en un hábito aceptado socialmente; a veces, aunque no siempre, con el único requisito de que las mujeres casadas vuelvan después a sus casas.

Se deduce que la división amor-goce pareciera ya no funcionar exclusivamente del lado de los hombres, a partir de que el simulacro fálico ha tomado legitimidad jurídico-social para las mujeres. Pero quedan aún por determinar las variaciones singulares que se producen, no sólo en la esfera pública, a partir del justo reconocimiento de la paridad legal entre ambos sexos, sino especialmente en el campo del goce sexual, ya que en éste no existe la justicia distributiva.

* Texto extractado de ¡Por fin hombres al fin! (ed. Grama).

Heidegger, posibilidades

19 May


Es necesario preguntar de dónde pueden ser extraídas, en general , las posibilidades en las que el Dasein se proyecta fácticamente.

Janin, leyes

13 May

“Te ordeno que trasgredas”
Por Beatriz Janin.

A veces, uno de los padres o ambos tiende a depositar en el niño sus propios deseos transgresores. A veces, estos deseos son inconscientes, han sido reprimidos pero insisten. Otras veces, son desmentidos o desestimados. Muchas veces, entonces, lo que les es transmitido son los deseos de desafiar toda norma y la desmentida de toda legalidad.

Los niños registran cuando el cumplimiento de las normas varía según el estado de ánimo del adulto y sienten cuándo están en manos de otros que utilizan su autoridad para cumplir con sus propios deseos. Y hay niños que se oponen ciegamente a toda prohibición porque suponen que toda norma es arbitraria. Piensan que el que emite la norma es alguien que no respeta leyes sino que las dicta a su arbitrio. Entonces, una salida posible es defenderse de este personaje siniestro, semejante al padre primitivo que describe Freud en Tótem y tabú. Y la defensa suele ser la identificación con el personaje, por lo que el niño se transforma en una suerte de dictador.

Otra posibilidad es que el niño perciba a todo el mundo como peligroso, atacante y que entonces ataque en defensa propia. Así, un niño de cinco años me decía: “Tenés que pegar primero y muy fuerte, porque así nadie te pega”. Visión paranoide de un mundo sin leyes, que lo deja en un estado de alerta continuo.

Y puede cerrarse frente a cualquier mandato, rechazar toda imposición para no sentirse un esclavo. Muchos de estos niños sienten que pueden quedar sometidos por un loco (otro irracional e impredictible) y que toda prohibición es sólo para ellos, mientras los demás gozan de todos los placeres en forma irrestricta.

A la vez, el único modo de incorporar normas, de pasar del temor al castigo por parte de otro (en cuyo caso el portarse bien está sujeto a la mirada del otro) a la instauración de mandatos internos, es que éstos hayan sido separados de la persona que los emitió y que sean vividos como leyes generales. Debemos tener esto en cuenta cuando trabajamos con estos niños, porque es fundamental transmitirles que todas las normas que sostenemos son generales para todos los pacientes.

También es necesario considerar que estos niños suelen proponer una especie de lucha de poder, de batalla por ver quién puede más, como modo de desmentir la dependencia o de enfrentar los terrores que suscita en ellos la sensación de desvalimiento frente a otro poderoso y arbitrario. Así, se hace imprescindible que los adultos sostengan las diferencias niño-adulto y no entren en la pelea.

Nietzsche versus Sócrates

12 May


A partir de Eurípides en el terreno artístico y Sócrates en el terreno filosófico –según Nietzsche- viene una decadencia de la tragedia antigua. A partir de Sócrates lo racional pretende sustituir al ímpetu de la vida y “puesto que la lucha estaba dirigida contra lo dionisiaco del arte anterior, en Sócrates reconocemos el adversario de Dioniso”. Ahora comienza la época de la razón y del hombre teórico, lo que se traduce en una pérdida del mundo vital y una atrofia de la facultad instintiva. No es que Nietzsche se oponga al cien por ciento contra “la razón”, sino que en la ratio socrática sólo se pretendió desarrollar esa cara del espíritu de manera excesiva, todo tenía que ser lógico-racional y, en este “esquematismo lógico de la tendencia apolínea se ha transformado en crisálida”. Sócrates, hasta este punto, representa para Nietzsche el principio de la decadencia del hombre y de la cultura, de la sociedad y su falso y optimista concepto de felicidad que han generado un hombre tal y como lo conocemos hoy: dogmático, plástico, metafísico-cristiano, con dos mil y tantos años de moralina, tan lógico que resulta, incluso, inhumano.

Todo nuestro mundo moderno está preso en la red de la cultura alejandrina y reconoce como ideal el hombre teórico, el cual está equipado con las más altas fuerzas cognoscitivas y trabaja al servicio de la ciencia, cuyo prototipo y primer antecesor es Sócrates. Todos nuestros medios educativos tienen puesta originariamente la vista en ese ideal, toda otra existencia ha de afanarse esforzadamente por ponerse a su nivel, como existencia permitida, no como existencia propuesta (…) para el hombre moderno el hombre no teórico es algo increíble y que produce estupor.

Garagalza, Gadamer

7 May

H.-G. Gadamer (nacido en 1900 en Marburgo) es considerado como el fundador, siguiendo el impulso de Heidegger, de la neo-hermenéutica o hermenéutica filosófica con la que vino a “urbanizar la provincia heideggeriana”. Simultaneó en su formación los estudios de filosofía con los de filología griega, inscribiéndose en la tradición del humanismo clásico que a partir de Kant había quedado sumida en un semi-olvido. Fue profesor en Leipzig (desde 1939), en Francfort (desde 1947) y en Heidelberg (desde 1949). En su amplia obra, de la que caben destacar sus estudios sobre los clásicos (en especial Platón) y, sobre todo, el libro publicado en 1960 bajo el título Verdad y Método, Gadamer lleva a cabo una reivindicación de la pretensión de verdad y de la fundamentalidad de aquellas formas de experiencia, como la estética, la ética y la lingüística, que no se someten al ideal de conocimiento metódico de la ciencia moderna. Esta reivindicación se apoya en la reflexión sobre la noción y el problema de la interpretación, que ha sido el motivo central en torno al cual se ha organizado históricamente la Hermenéutica, y en esta reflexión Gadamer pretende mostrar que la interpretación, lejos de ser un modo particular de conocimiento más o menos secundario y añadido, es precisamente lo que caracteriza al ser humano como tal, su peculiar modo de ser. La neo-hermenéutica desborda así el ámbito de la epistemología y se presenta como una ontología con pretensión de universalidad, puesto que la interpretación (y, con ella, el lenguaje, el diálogo, la tradición…) estaría inmiscuida en toda relación entre el hombre y el mundo. En esta ontología hermenéutica lo real queda como originariamente referido a la interpretación y al lenguaje, los cuales constituirían el ámbito de realización o ejecución de una realidad que no sería ya cerrada, estática, absoluta e independiente sino abierta, dinámica, necesitada y dependiente, con lo que el lenguaje viene a mostrar su rango ontológico y, correlativamente, lo real muestra su carácter lingüístico o hermenéutico.

Luis Garagalza