Archivo | octubre, 2013

Englert y Higgs, la partícula de dios

9 Oct
higgs boson particula de dios the guardian

¿Qué es el bosón de Higgs?”

Por Javier Flores

La Jornada, 10 de julio, 2012.

Toda la materia visible, de la que están hechas las estrellas y nosotros mismos, está formada por átomos cuya estructura básica es un núcleo rodeado por una nube de electrones. Dependiendo de sus características, forman todos los elementos conocidos, como el hidrógeno, el oxígeno, el sodio, el cloro, etcétera, los cuales al unirse forman moléculas como el agua, la sal y estructuras tan complejas como los planetas y las galaxias o las células del cerebro humano. Así, en el nivel atómico se encuentran las claves para entender cómo está formado el universo, cómo se originó y, por decirlo de algún modo, cuál es su destino.

Originalmente se pensó que los átomos eran indivisibles; sin embargo, actualmente se sabe que no es así. Los elementos constituyentes del núcleo atómico (protones y neutrones), por ejemplo, están formados a su vez por elementos más pequeños (los quarks). De este modo, la estructura del átomo es en realidad una constelación de corpúsculos microscópicos, algunos de los cuales, hasta donde sabemos, ya no pueden dividirse, y se les conoce como partículas elementales. Hay dos tipos básicos: los fermiones y los bosones.

Durante el siglo XX se demostró la existencia de gran variedad de partículas, entre ellas los quarks ya mencionados (de los que hay seis variedades), los neutrinos (con tres tipos diferentes) y los leptones (que incluyen, además de los ya conocidos electrones, a los muones y los tauones). A todos ellos se les denomina en conjunto fermiones, en honor al genial físico italiano Enrico Fermi (1901-1954), y son, por decirlo así, la materia que integra los átomos.

Un aspecto muy importante es cómo interactúan o, dicho de otra manera, cómo funcionan estos fermiones (en una especie de fisiología atómica, si se me permite el símil). Para ello se requiere de otras partículas que actúan de intermediarias y éstas son los bosones, llamados así para honrar al físico hindú Satyendra Nath Bose (1894-1974), de los cuales se han identificado con certeza seis (fotón, gluón, W, Z, pión y kaón). Los bosones serían los mediadores en las fuerzas que operan a nivel atómico y en el conjunto del universo.

Algunos ejemplos: los gluones (de glue, pegamento en inglés) son los bosones que mantienen fuertemente unidos a los quarks en el interior del núcleo atómico; sin ellos éstos se desintegrarían y no existiría nada de lo que conocemos, incluidos nosotros. Son los causantes de las llamadas interacciones nucleares fuertes, una de las cuatro fuerzas presentes en el universo.

Otro ejemplo son los fotones. Las partículas que tienen carga eléctrica interactúan mediante el intercambio de fotones, los cuales son los intermediarios de la fuerza electromagnética. Existen además las fuerzas nucleares débiles, mediadas por los bosones W y Z. Esta fuerza débil permite explicar, por ejemplo, el decaimiento beta, asociado a la radiactividad (hay además una cuarta fuerza, la gravitacional, que supondría la intermediación de un bosón, hasta ahora hipotético, llamado gravitón, que no forma parte del modelo estándar).

El modelo estándar es una formulación teórica que intenta describir cuáles son las partículas fundamentales y las interacciones que hay entre ellas. A partir del comportamiento de unos cuantos elementos conocidos, es posible deducir teóricamente (matemáticamente) cuáles son las partículas y mediadores faltantes en el modelo, lo que permitiría explicar cabalmente la estructura y comportamiento de los átomos… y del universo. De este modo, muchos de los fermiones y bosones que he mencionado han surgido primero como ideas en la mente de los físicos más brillantes, pero deben enfrentar una prueba muy difícil: la confirmación experimental de su existencia.

Una de las grandes lagunas en el modelo estándar ha sido cómo explicar que las partículas adquieran masa. Hay unas más masivas que otras, e incluso algunas, como los fotones, que carecen de ella. Mayor masa significa mayor inercia (la tendencia a preservar su estado de movimiento). Las de masa cero, como el fotón, se desplazan a la velocidad de la luz. En los años 60 del siglo XX diversos grupos de científicos propusieron de forma más o menos simultánea una solución a este enigma, entre ellos el físico británico Peter Ware Higgs.

La idea consiste en que la masa depende de la manera en que las partículas interaccionan con un campo (el campo de Higgs) que se extiende por todo el universo, y esta acción es mediada por una partícula (el bosón de Higgs). Todos los cálculos dentro del modelo estándar concordaban con esta teoría. Sin embargo, faltaba la máxima prueba: demostrarla de forma experimental.

La metodología para probar su existencia constituye uno de los proyectos más grandes y ambiciosos desarrollados por la especie humana para responder a preguntas sobre la estructura de la materia: el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), en el que han participado destacados científicos mexicanos. El pasado 4 de julio, después del análisis de miles de millones de colisiones provocadas entre protones, los detectores de partículas instalados en el LHC registraron una señal compatible con el ansiadamente buscado bosón de Higgs. La noticia fue dada a conocer por los expertos con las precauciones del caso, pues se requiere de mayor análisis para estar completamente seguros del hallazgo.

A menudo surge la pregunta sobre la importancia de un descubrimiento tan relevante como puede ser éste. Además de la utilidad práctica que seguramente se derivará de la compleja instrumentación empleada en campos como la medicina, la energía y otros, se justifica con creces simplemente por satisfacer la necesidad de saber. Encontrar respuestas a preguntas que han ocupado por siglos la atención de la humanidad, entre ellas: ¿cómo empezó?

 

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González, crisis de la república

2 Oct

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El reciente film sobre Hannah Arendt ofrece la posibilidad de atender nuevamente algunas cuestiones referidas a la violación del sentido y al conocimiento de la condición humana en nuestro país. No es que el film alcance la profundidad que debería tener una pieza precisa de reflexión sobre la violencia y el significado de lo humano, pues finalmente está hecho de imágenes y éstas llegan a los conceptos apenas rozándolos. Pero en este film se hacen presentes los dilemas de la justicia y la pena, dignamente tratados, casi a la manera de un drama judicial, viejo género del cine contemporáneo. Pero no sin ciertas concesiones mínimas que su directora acostumbra a otorgar a un público interesado en las peripecias intelectuales del siglo XX, ni tampoco sin pequeños ingredientes sentimentales y algún que otro desliz más cercano a ciertos tonos de comedia que al rigor áspero de la tragedia. Comenzando, sin duda, por la imposibilidad de recrear el rostro real de la filósofa alemana –si bien la actriz que lo representa posee en sus facciones una distante belleza moral– y sin dejar de mencionar algún lugar común innecesario: Heidegger llorando en el regazo de su pálida discípula. Además, su albacea, la escritora Mary McCarthy, no convence mucho al espectador, pero desde luego no es de esto que queremos hablar aquí.

En primer lugar, el caso Eichmann tuvo una gran repercusión internacional y comenzó con su rapto en la Argentina, donde no era un secreto su permanencia, pues ya había dado algunas entrevistas públicas. Creía poseer las justificaciones apropiadas, basadas en la inmersión en la “culpabilidad colectiva” y en el “imperativo categórico” kantiano, que asimila a la “obediencia debida” como manera de desimplicarse. Los hechos son conocidos y provocaron una protesta del presidente Frondizi y la posterior justificación de Ben Gurion. Lo cierto es que Hannah Arendt, la autora del polémico libro Eichmann en Jerusalén –polémico y valiente–, cita por los menos treinta veces a la Argentina, tanto por los sucesos aquí ocurridos con Eichmann como por su legislación, que impedía la extradición por variadas razones que la autora analiza con detenimiento, y por último, por la exclamación final de Eichmann frente a la horca: “Viva Alemania, viva Argentina, viva Austria, jamás las olvidaré”.

La crítica de Hannah Arendt recae en las grandes deficiencias del juicio llevado a cabo en Jerusalén y las acciones de los comités judíos que se relacionan con el Estado nazi en términos del “mal menor”. Sus observaciones son de una serena mordacidad: se trataba de un crimen contra la humanidad y, por lo tanto, había una dificultad moral que consistía en no considerar un concepto nuevo en torno de la producción del mal, cual era su condición de ser portado por un burócrata menor del Estado que hablaba con el lenguaje propio de la administración y los flujos de instrumentalidad que correspondían a la lengua oficial de cualquier organización técnica. Si un solo burócrata podía ser juzgado, había que crear un juicio basado en la relación entre el orden burocrático y las planificadas masacres. Se trataba de la célebre cuestión de la banalidad del mal, que sin duda tiene su raíz en trabajos heideggerianos como Qué significa pensar (el pensar es lo contrario al cálculo, al aditamento, a lo indiferente, a la donación) y en cierta anticipación en Adorno con su clásica crítica a la cultura como “administración”. La idea de banalización algo le debe también al Max Weber del “desencantamiento del mundo” y, al recordar estos conocidos tramos de la filosofía social del inmediato pasado, no queremos decir que el film de Margarethe von Trotta sea banalizador, sino que es la propia tesis de Arendt la que está sometida hoy a diversas banalizaciones que, antes que en una leve tendencia al melodrama que tiene esta obra, que asimismo es rigurosa, encontramos en el modo en que se la cita en la Argentina y se la hace objeto de utilizaciones vicarias.

El vigoroso impulso crítico que se desprende de las páginas de Arendt está inscripto enteramente en su crítica a la asociación entre poder y violencia, a la necesidad de un natalicio que active novedosamente las series de la vida del pensamiento antiguo quebrado en la modernidad, al vínculo promesante que se puede obtener de la política como nuevo contrato con el pasado y a la nueva condición de un pensar que, en tanto facultad de juzgar, mantenga una fuerza titilante en relación con el perdón. Todos estos eventos del pensar pueden identificarse con algunos de los poetas que rodean (o constituyen) la obra de Arendt, en primer lugar, el gran poeta y partisano francés René Char, para quien una experiencia pasada existe en tanto “tesoro perdido”, y el poeta inglés Auden, donde el pasado y su cotidianidad rompen y nos comunican de nuevo con el tiempo: “Y la grieta en la taza, abre una senda hacia el país de los muertos”.

No creía Hannah Arendt en la eficacia concluyente del castigo, al igual que Borges. Pero de todos modos había que hacerlo, en condiciones tales que el hombre castigado por ausentarse de los requerimientos veraces del existir fuera indicado ante el resto de los humanos como incapaz de pensamiento, es decir, de recrear sin condicionamientos las condiciones graves del vivir. “Sea cual fuere el castigo, tan pronto un delito ha hecho su primera aparición en la historia, su repetición se convierte en una posibilidad mucho más probable que su primera aparición.” Esto escribe Arendt en La vida del espíritu. Nada muy diferente escribió Borges, casi en estos mismos términos de alarma por la humanidad cuando asiste a uno de los primeros juicios a la junta militar, en la época de Alfonsín.

Hoy estos juicios siguen y perseveran en la Argentina. Quienes hoy visiblemente piden limitarlos, condicionarlos con criterios de una magra tesis política, el “republicanismo”, no se dan cuenta del significado específico que tiene para el sentido de la acción humana que puedan continuar en los términos en que han sido formulados por los gobiernos más activos de este período democrático. Escriben libros donde dan consejos prácticos sobre “las dos violencias” y se despiertan ante el solaz del diario La Nación aplicando tesis constitucionalistas donde no corresponde, pues hacen de la condición humana un sujeto contractual, pidiendo canjes de información y tomando los crímenes contra la vida activa como motivo de revisión de un período histórico, donde mal se esconde una crítica al “gobierno impostor”. No en vano hace tiempo se ha fundado en la Argentina un Instituto Hannah Arendt, que se dedica en cuanto está a su alcance a banalizar a esta crucial pensadora que, sin coincidir con los epidérmicos republicanismos dispersos en la improvisada plurisemia argentina, llamó “crisis de la república” a la construcción de toda clase de embustes por parte del Pentágono en la guerra contra Vietnam. Basta cambiar el nombre de este país por cualquier otro de nuestra actualidad para percibir cuán honda es la Crisis de la República.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.