Archivo | octubre, 2011

Somos cómo leemos

30 Oct


Flotar sobre el conocimiento
Por Esteban Magnani

La Biblia de Gutenberg fue la consolidacion del libro (o codice), una tecnologia que desplazo a otra: el rollo.
“¡Oh rey!, le dijo Teut, esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener.”
Fedro, Platón, 370 a.C.

Nicholas Carr es un periodista de cierta reputación, especializado en tecnología; es colaborador de The Guardian, entre otros medios conocidos, y autor de un best-seller que además está nominado para los premios Pulitzer. Su título es bastante directo: Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet a nuestros cerebros? Sería fácil alinear a Carr (algo que, para ser justos, él mismo acepta como posibilidad) entre los reaccionarios a las nuevas tecnologías, cuya tradición posiblemente se inicie en el Fedro de Platón. Allí, el dios Teut le cuenta al rey Tamus que ha inventado, entre otras cosas, la escritura que “hará a los egipcios más sabios”. Tamus le responde: “Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida”.

Carr acepta que puede ser que, al igual que ocurrió con la invención de la escritura, sea más lo que se gana que lo que se pierde, pero se aboca a describir la mitad del vaso vacío. Insiste que él, al igual que muchos colegas suyos, ha perdido la capacidad de concentrarse en profundidad en la lectura. La causa de semejante pérdida sería que cada vez se lee más en Internet, con la consiguiente dispersión sistemática entre temas que se multiplican hasta el infinito. En un artículo llamado “¿Google nos está volviendo estúpidos?”, afirma que “la lectura profunda que me resultaba natural se ha vuelto una lucha”.

EL MEDIO Y EL MENSAJE

Carr se apoya en Marshall McLuhan, quien explica que “los efectos de la tecnología no ocurren a nivel de opiniones y conceptos” sino que más bien “alteran patrones de percepción lentamente y sin ninguna resistencia”. A nivel neurológico lo que ocurre es que, como los circuitos cerebrales son muy maleables, se adaptan a los usos que les damos, reforzándolos. Por ejemplo, los sectores del cerebro que se usan para leer ideogramas no son los mismos que para la lectura alfabética. Un cerebro con ciertas partes más desarrolladas “ve” el mundo de una manera, de la misma manera que, por ejemplo, un fisicoculturista camina distinto que un pintor.

Incluso –especula Carr– es probable que no sean los mismos circuitos los que se usan para leer en papel y en una pantalla. Es decir, que la lectura superficial, permanentemente interrumpida por la digresión del hipertexto, refuerza ese tipo de conducta que se naturaliza, mientras que se pierde capacidad de una lectura profunda, a la que se dedica menos tiempo. Ya no leemos: saltamos, nos movemos, escaneamos y abrimos innumerables ventanas que nunca terminaremos de leer. Un estudio realizado sobre jóvenes nacidos junto a Internet, cita Carr, indica que ellos ya ni siquiera leen de arriba hacia abajo si no que escanean la página buscando trozos de información relevantes. Lo que parece anunciar Carr es –una vez más…– la inminente muerte del libro que implica una forma de lectura lineal.

Incluso el medio afecta cómo elaboramos el mensaje: un interesante ejemplo es cómo cambió la forma de escribir de Friedrich Nietzsche a partir de la compra de una máquina de escribir para superar sus problemas de visión. En un intercambio epistolar, debate con un amigo acerca de cómo su escritura se ha vuelto más telegráfica y perdido poesía. “No sólo somos lo que leemos. Somos cómo leemos”, explica a Carr la psicóloga evolutiva y especialista en el tema, Maryanne Wolf.

En principio, la hipótesis resulta razonable: casi cualquier usuario de Internet evita el esfuerzo de recordar lo que está a un par de bits de distancia. Entonces, ¿antes recordábamos más? Es posible, si se tiene en cuenta que la memoria se ejercita menos. Pero Carr lleva las cosas un poco más allá. Cita un estudio realizado en la Biblioteca Británica durante 5 años en el que se encontraron cambios en los hábitos de lectura: la gente pasaba de una fuente a la otra, sin volver casi nunca a la anterior. Los investigadores de la University College London aseguraban que estaba emergiendo una “lectura horizontal a través de títulos” en los que se buscaban “resultados rápidos y exitosos”. Así las cosas, concluye Carr (ahora sí más pesimista), se pierde la capacidad de interpretar los textos para transformar a los lectores en meros “decodificadores”. Ya nadie leerá, insiste, La guerra y la paz de Tolstoi.

Superficiales… sirve para discutir y acotar algo que estaba en al aire para muchos usuarios de Internet, quienes perciben cambios en su relación con la palabra escrita y su propia memoria. Incluso el Nobel Mario Vargas Llosa escribió un largo artículo cuyo título hace casi innecesario el resumen: “Más información, menos conocimiento”. Baste un extracto: “Cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse”. Al igual que el rey Tamus, Vargas Llosa concluye que hay más relevancia en lo que se pierde que en lo que se gana.

PERO, ¿QUE SE GANA?

En un interesante artículo del biólogo y periodista español José Cervera se reconocía que es posible que algo se pierda y que algo se gane (podría decirse que ésa podría ser una definición de “cambio”). “El problema no es la falta de profundidad del pensamiento sino la creciente esterilidad de los abismos del saber”, asegura Cervera, para quien hay una tautología en el argumento de Carr que asocia acríticamente profundo=bueno y superficial=malo. ¿Es tan fácil llegar a esta conclusión? Para Cervera, lo que no se está viendo es lo que sí se gana: la lectura horizontal (o superficial) permite la interconexión entre campos que antes estaban aislados. Es más: uno de los problemas fundamentales del conocimiento en el siglo XXI es el exceso de especialización. Antonio Machado decía a través de su personaje Juan de Mairena: “¡Lo que sabemos entre todos! ¡Oh, eso es lo que no sabe nadie!”. De alguna manera, Internet favorece la conexión de lo que antes estaba aislado.

De hecho, este artículo mismo permite conectar cosas que no hubieran sido posibles sin Internet para buscar citas, seleccionar y recortar las mejores frases relacionadas con este tema; los artículos e incluso los fragmentos del libro disponibles en la red resultaron fundamentales para su confección. El resultado es algo nuevo que permite construir puentes imprevistos. Como Carr mismo reconoce, su tarea como periodista era mucho más engorrosa y menos productiva cuando tenía que pasar horas en una biblioteca para reunir las citas que ahora le llevan escasos minutos. Gracias a eso él puede escribir con mucha más eficiencia artículos o incluso libros que, según cree (paradójicamente), nadie estará en condiciones de leer si tienen más de tres párrafos.

EL PARAISO PERDIDO

Pero el argumento de Carr también tiene, hay que decirlo, cierto tufillo de intelectual aristocrático. Asegurar que ya nadie va a tener paciencia como para leer La guerra y la paz suena un poco elitista. ¿Cuánta gente leyó la novela de Tolstoi en las últimas décadas? ¿Qué le hace pensar que de no existir Internet la tendencia sería a que cada vez más gente lo haga? Por el contrario, parecería que al menos la literatura puede llegar a mucha más gente pese a que, como indica Vargas Llosa, la inmensa mayoría no la leerá. ¿Qué se podría esperar si leer un 1 por ciento de todos los libros que hay en Internet llevaría innumerables vidas? La cantidad de información disponible se ha multiplicado brutalmente y la alta literatura ha quedado en esa maraña, pero más accesible para quien la busque.

En definitiva, el problema de Carr recuerda al que tuvieron los filósofos alemanes Theodor Adorno y Max Horkheimer, quienes al huir del régimen nazi hacia los EE.UU. escriben su obra maestra Dialéctica del Iluminismo, de 1944. Allí critican la liviandad de la sociedad de consumo de ese país tan rico y, a su juicio, tan ignorante. La crítica implacable parece motivada por la desilusión de ver que las masas obreras enriquecidas y con más tiempo libre del planeta se vuelcan a la diversión superficial en lugar de hacerlo al consumo del gran arte.

En resumen, si bien probablemente Internet no favorezca la lectura de La guerra y la paz entre las masas, no parece ser éste el obstáculo estadístico principal para que aumente el número de sus lectores. Internet, al menos por ahora, si bien puede tener una incidencia en la forma de pensar de ciertos sectores ilustrados, no modifica la vida intelectual de las mayorías, cuyas preocupaciones son más básicas. Incluso hay un sector que probablemente comienza a acceder a la cultura letrada gracias a Internet y tal vez –sólo tal vez– algunos de ellos lleguen también a interesarse por la alta literatura.

En cualquier caso, ante lo nuevo siempre es mucho más fácil saber lo que se está perdiendo (porque se lo puede ver) que imaginar lo que se ganará. Los religiosos de los tiempos de Gutenberg temían que la imprenta socavara la fe de las mayorías. Obviamente hoy sabemos que así fue y que además se democratizó el conocimiento y la posibilidad de acceder a él como nunca antes había ocurrido. ¿O alguien sigue estando en contra de la alfabetización porque afecta la cultura oral?

Lo nuevo, por definición, tiene consecuencias desconocidas que se van plasmando en la realidad. Anticiparlas o, peor aun, imaginarlas tomando la propia experiencia como si fuera representativa, puede contribuir a mantenernos en la superficie del problema.

Milgran, responsabilidad y dolor humano

26 Oct


EL EXPERIMENTO DE MILGRAM

En 1963 el famoso psicólogo Stanley Milgram llevó a cabo un experimento en la Universidad de Yale de EE.UU. Una serie de individuos debían administrar una descarga eléctrica a otro individuo atado a una silla cuando éste respondía inadecuadamente a unas preguntas. Un profesor universitario informaba a los futuros verdugos de que se trataba de un experimento sobre la memoria y el aprendizaje. En cada caso el individuo atado afirmaba que le habían detectado un leve problema cardíaco en presencia de quien debería suministrar las descargas. El profesor le respondía que, aunque los golpes eléctricos podrían ser dolorosos, no le causarían ningún daño grave. Enseguida, el profesor se iba con el preguntador a una habitación contigua. Ambas salas estaban conectadas por micrófonos y altavoces, de modo que las respuestas pudieran ser oídas. En la sala del preguntador había un aparato graduado con 30 posiciones, que iban desde los 15 hasta los 450 voltios. Y se le explicaba al preguntador que su trabajo era suministrar la descarga cada vez que el otro individuo diese una respuesta equivocada. Empezaría en el nivel más bajo (15 voltios) e iría incrementando su nivel en 15 voltios cada vez. Un golpe de 45 voltios se siente de manera moderada; sobre 100, ya es un golpe fuerte; sobre 195, es un golpe muy fuerte; sobre 255, un golpe intenso; sobre 315, de extrema intensidad; sobre 375, el shock es severamente peligroso. Más de este voltaje es casi muerte segura.
En la investigación participaron 40 hombres, de edades entre 20 y 50 años, representando una muestra común de la población, personas normales y corrientes ¿Qué ocurrió? Cerca de dos tercios de ellos (24 de 40) administraron el máximo de 450 voltios, y el promedio del nivel máximo que administraron todos fue de 368 voltios. Demasiado alto. El que suministraba el castigo, en cada ocasión, podía oír los quejidos y las súplicas de la persona que recibía las descargas, que eran especialmente dramáticas. La mayoría expresó verbalmente que se negaba a continuar en una o más ocasiones. Pero continuaron cuando el profesor les ordenó hacerlo, quien les aseguró que lo que sucediera sería de responsabilidad exclusiva de la Universidad.
Lo que hasta entonces no sabían estos voluntarios era que estaban en una situación cuidadosamente montada. El que recibía las descargas era en realidad un actor y no recibía ciertamente ningún shock eléctrico. Las respuestas y quejidos que daba a través del micrófono estaban grabadas, para que fueran exactamente las mismas para todos los preguntadores.
Prácticamente todas las personas que aplicaron los máximos niveles de shock mostraron extremo malestar, ansiedad y desaliento. Se sentían culpables. El profesor Milgram se escandalizó del alto porcentaje de individuos normales que llegaron a hacer cosas que en el fondo no querían hacer. Sólo por la confianza ciega en una autoridad.

Si además de esta autoridad existiese la amenaza de recibir algún daño si no obedecían o ciertos premios al obedecer adecuadamente, ¿no es cierto que el número de individuos que se habrían mostrado crueles habría aumentado sobremanera?

Heidegger, Koinon

25 Oct


“La contraseña metafísica de la completitud de la Edad Moderna es históricamente la obtención esencial de la potencia de parte del ‘Comunismo’ (Kommunismus) en la constitución del Ser en la época de la total falta de sentido. El carácter de ‘sin sentido’ del Comunismo viene aquí entendido según el concepto de sentido pensado en mi libro ‘Sein und Zeit’ de 1927.

Por el contrario una sola cosa es necesaria: el saber (Wissen) de la inevitable multiplicidad de formas esencialmente diversas en las cuales se debe actuar para la superación histórica del Comunismo (geschitliche Überwindung des Kommunismus).”

(Martin Heidegger, ‘KOINON. Aus der Geschichte des Seyns’, 1939-1940)

Gadamer, otro tipo de verdad

11 Oct


La verdad

En las primeras páginas de su libro La actualidad de lo bello escribe usted: Nos preguntamos por la cuestión de la justificación del arte, pues el arte es una disciplina que suscita todo tipo de preguntas, y en la actualidad incluso más que antes. ¿Qué función puede cumplir aún hoy el arte? ¿Cuál es su sentido y su significado?

Para los filósofos, el arte como problema es interesante porque en él se aborda el concepto de la verdad. ¿Qué significa el término “verdad”? Si examinamos el concepto de verdad en la ciencia moderna, vemos que significa “certeza”, Gewissheit. Y al mismo tiempo: método. Ya desde Descartes, el método es el camino del que se puede estar seguro, del que se tiene certeza; por así decirlo, más vale dar pequeños pasos, un paso tras otro, que intentar dar grandes saltos hacia adelante.

Por supuesto, eso no se puede aplicar al arte. Como tampoco se puede aplicar un enfoque basado en la informática moderna, como proponía Max Bense, que, a pesar de ser un hombre muy sensato, afirmaba que por el número de bits podríamos determinar por qué Rubens era mejor paisajista que Rembrandt. Proceder así sería aplicar criterios cuantitativos a una materia que no admite este tipo de criterios fundamentales. No es posible utilizar métodos científicos de medición para distinguir el arte de lo que no lo es (o del arte de mala calidad).

Max Planck dijo en una ocasión: los hechos son para nosotros cosas que pueden medirse. Este es el punto de partida metódico, y con él empiezo mi obra Verdad y método, porque precisamente ahí se evidencia la tensión entre método y verdad. Por supuesto, el triunfo de la ciencia moderna estriba en haber sabido transformar el concepto de verdad. Bien es cierto que desde la Antigüedad, como ya dijo Hesíodo, se admite que los poetas mienten mucho, pero eso significa que también dicen muchas verdades.

Se trata por lo tanto del concepto de verdad en el arte. ¿Acaso tiene sentido esa palabra? Incluso hoy en día, en un país que no está muy lejos de aquí –[riéndose] me refiero a Gran Bretaña–, algunas personas dignas de ser tomadas en serio siguen rebatiendo que el arte tenga algo que ver con la verdad.

Eso fue lo que me llevó, como filósofo, a conceder muy pronto un lugar importante al tema “arte” en mi pensamiento: ¿qué se entiende por “verdad” cuando se aplica al arte? Al fin y al cabo, no se alude a la verdad de la proposición (Satzwahrheit). No se pretende decir que las proposiciones que hacen referencia al arte o que aparecen en un poema puedan ser verdaderas o falsas. Ahí esa noción de verdad no es pertinente.

Cuando hablamos de la verdad de un juicio, suponemos cierta generalidad. En cambio, frente a una obra de arte, nos hallamos siempre ante algo único. ¿Existe en el arte una relación especial entre lo singular de la obra y la verdad? ¿Es posible que se trate de una verdad que, aun aspirando a la generalidad, no pueda expresarse en una proposición general?

Quisiera argüir en su contra que Aristóteles dijo, con razón, que los historiadores están menos orientados a la verdad que los poetas, pues la historia nos dice únicamente cómo han sucedido las cosas, mientras que la poesía nos dice cómo pueden suceder siempre. Es decir que precisamente en la poesía encontramos esa aspiración a lo general.

Sin embargo, cuando contemplamos una obra de arte, nos encontramos con algo problemático, que precisamente dice algo sobre la especificidad de este concepto de verdad.

Sin duda alguna. Lo problemático es precisamente que la experiencia del arte no puede transmitirse en una proposición o en otra forma distinta. En el último volumen de mi nueva edición he incluido un artículo titulado: “Palabra e imagen: tan verdadero, tan siendo” (Wort und Bild: so wahr, so seiend). Es una cita de Goethe, quien al contemplar unas caracolas en una playa de Sicilia exclamó: “so wahr, so seiend”. Yo aplico esta afirmación al arte: el arte es verdad porque es siendo. Esto significa, por ejemplo, que no es reproducible. Suena bastante inaudito en un mundo en el que casi todo es reproducible y que, a través de esta reproducibilidad, destruye el sentido del arte. El progreso y la fotografía implican una disminución de la sensibilidad al color. Pero comprendo muy bien lo que usted quiere decir cuando afirma que precisamente en la unicidad de una obra de arte reina una verdad general que es irreemplazable.

Y ¿por qué es irreemplazable?

¡Vaya!, poco a poco vamos entrando en materia. Tomemos el color, la imagen en las artes plásticas. Es indiscutible que una representación de ese tipo no puede ser sustituida por otra. Por el contrario, la verdad de una proposición verdadera siempre será verdad. Es decir, que desde el principio se ha perdido algo esencial. Este es el sentido objetivador de la proposición: lo que Aristóteles trató en su hermenéutica y lo que los griegos denominaban apófansis. Es decir: una proposición que sólo pretende mostrar lo que muestra. En este sentido, nuestra civilización occidental está marcada por las matemáticas y su aplicabilidad al mundo del lenguaje. Si, por ejemplo, comparamos este concepto de verdad con su equivalente chino, vemos que en este último caso no puede concebirse como algo que esté reñido con el arte.

Pero también para nosotros, en Occidente, el arte implica otro tipo de generalidad. El arte no se desarrolla en una generalidad conceptual, sino en un juego totalmente específico entre la verdad sensible y la conceptual. Lo que intento defender es que eso no tiene nada que ver con la cuestión de la representación y del método, sino con el contenido del ser, por así decirlo, con la densidad, la saturación que trasciende en cada cuadro y en cada poema, el enunciado referencial. El propio cuadro no permite que el espectador se limite a mirar lo que se muestra en él.

Pongamos por ejemplo el grabado de Durero, que usted no puede ver porque está colgado justo encima de su cabeza; representa a Santa Catalina de Siena, la famosa mártir. Es lo primero que uno reconoce: lo que está representado en él. Quizá, además, pueda ver que se trata de un Durero. Pero al mismo tiempo también es evidente que aún no ha visto nada. Así pues, el cuadro o el poema tienen la capacidad de superar la referencia directa a otra cosa. O, por decirlo de otra manera, la capacidad de ponerla en suspenso.

¿Podríamos decir que lo que se muestra en el cuadro es el enigma de que hay algo y que ese algo tiene un sentido?

Sí, sin duda. En cierto sentido cabría decir –y creo que desde Schiller ya no es una idea muy original– que a través del arte aquello que es fragmentario y desordenado se convierte en el representante de un mundo íntegro. Sin embargo, si hoy en día les dices eso a los jóvenes, saltarán de indignación. Me sucedió aquí con un estudiante que sencillamente no lo comprendía. Pero, ¡ojo!, cuando digo “mundo íntegro”, no me refiero a que el mundo es íntegro, sino a que en el arte aparece como íntegro. Entonces siempre hay alguien que replica: “Sí, pero ¿qué me dice del Guernica de Picasso?” Y yo contesto: “¿Por qué lo contempla durante tanto tiempo?” Claro, se queda desconcertado y luego responde: “Porque hay algo en él.” En efecto: algo que ahora ya no se ve como destrucción gris, sino algo que por sí mismo provoca una concentración.

Esta concentración que se produce en el arte moderno ¿constituye siempre la idea de un mundo íntegro o se trata más bien de un mundo roto?

No es la idea de un mundo íntegro, sino un pedazo de mundo “íntegro”. De forma que incluso en el caso de una destrucción extrema –por eso he elegido el Guernica como ejemplo– se puede apreciar que la obra de arte es como ha de ser. Se trata simplemente de la definición clásica de lo bello: algo a lo que no se puede añadir nada ni quitar nada sin perturbar el todo. En ese sentido es íntegro.

Pongamos por caso alguien que improvisa al órgano. Durante los bombardeos de Leipzig, iba todos los viernes por la tarde a escuchar los motetes de Bach. El organista era un improvisador genial y a menudo lo mejor del concierto era lo que tocaba cuando acababa los motetes. Pero a veces pensaba para mis adentros: “hoy no ha sido nada”, y entonces me preguntaba: ¿qué significa que “no ha sido nada”? Nada, por así decirlo, que me retuviera en la iglesia y me impidiera salir afuera. No había nada que únicamente me hiciera escuchar y a través de la música me permitiera conseguir la concentración total.

Lo mismo pasa con la pintura. Mire el Poliakoff que cuelga ahí: la composición de colores, y la tensión de líneas y colores parecen transmitir: así tiene que ser. Pero [asombrado] ¿qué significa eso?

No me parece casual que cite usted a Bach. Bach vivía todavía en la firme creencia de una verdad religiosa, un mundo religioso. Esa creencia ya no existe en el siglo XX. Sin embargo, el deseo de “integridad” es una cuestión religiosa que ya no encuentra respuesta en la religión. Pero quizá tampoco encuentre una respuesta completa en el arte, a pesar de que el arte actualiza ese deseo.

Tendrá usted que formular de una manera más convincente la última frase. Con lo demás estoy bastante de acuerdo. Pero tampoco es fácil explicar por qué El arte de la fuga tiene algo que ver con Dios. No hay que pensar únicamente en la música de la Pasión.

No, pero sí en la manera en que El arte de la fuga es ya en su concepción un arte de la armonía.

Todo lo que existe en la realidad contiene desarmonía, y por consiguiente también armonía, incluida la música.

¿También la sospecha de una verdad religiosa, de una redención (religiosa)?

Ahora lleva usted demasiado lejos su presuposición religiosa. Yo sería más cauto y diría que lo que antes se pensaba de una forma religiosa, hoy lo experimentamos en gran medida en el arte: como algo que en relación con la realidad es tan trascendente como antes lo era la religión. Al fin y al cabo, el arte se empezó a comprender de esta forma semirreligiosa cuando la gente dejó de considerar el mundo como un mundo creado de seres humanos que debía ser redimido. Sin embargo, lo que ha permanecido es el deseo de encontrar una respuesta a los enigmas del ser. Hasta ahí estoy dispuesto a aceptar su interpretación, pero quisiera establecer una distinción. Yo no diría que eso es religioso, sino que, al parecer, algo de lo que transmite la religión ha encontrado su réplica en lo que expresa el arte. Por así decirlo, tanto la religión como el arte son promesas de lo “íntegro”.

¿Cree usted que el arte puede convertir nuestra sociedad en una comunidad, como hizo la religión hasta la Segunda Guerra Mundial?

Evidentemente no sé cómo será el futuro. Tenemos a nuestras espaldas un siglo con dos guerras mundiales. ¿Quién las ha ganado realmente? Sólo la revolución industrial. De todos es sabido que las guerras benefician únicamente a la industria y que todo lo demás sale perdiendo. Tiene usted razón cuando pregunta: ¿cuál será realmente el futuro del arte? ¿Hasta qué punto puede existir el arte en un mundo tecnocrático y regido por la técnica?

Cuando se inició este desarrollo, Philipp Otto Runge [1777-1810] ya manifestó su compasión por los pintores, porque el giro que se había producido entonces dejaba de tenerlos en cuenta, y lo decorativo lo recubría todo. Era también un declive. Y en efecto: a partir de ahí surgió un mundo nuevo. No voy a negar que nosotros, aquí y ahora, nos encontramos en una situación difícil, y no sabemos qué saldrá de ella. Quizá surja un arte totalmente nuevo de la caligrafía de las culturas orientales.

¿A qué se refiere?

¡Al arte de la escritura! Un chino pinta cuando escribe. Tengo un famoso colega chino que en una ocasión me escribió una carta con unos trazos minúsculos a modo de firma. ¡Era tan maravilloso! Aún conservo la carta. No eran más que unas cuantas pinceladas y, sin embargo, eran sumamente conmovedoras. Bueno, admito que para poder escribir de esta manera se tiene que recorrer un largo camino. Pero quizá, a la larga, consigamos reconocer algo de la tensión que se manifiesta en esas páginas chinas casi vacías, como podemos apreciarla ahora en este Poliakoff. Pero, en cualquier caso, tendría para nosotros la misma trascendencia: cómo se puede lograr una concentración tan grande de Dasein con unas cuantas líneas, unos cuantos trazos en una única hoja en blanco.

¿Es posible que una buena obra de arte sea al mismo tiempo totalmente desesperada?

Una obra de arte a la que no se dice “sí”.

Que sea muy fuerte, pero…

¿Qué significa “fuerte” en este caso?

Una obra de arte de la que uno no pueda sustraerse.

¿A la que se dice “sí”?

Sí.

¡Pero bueno! Hace usted como si yo afirmara que la obra de arte tuviera que representar algo “íntegro”. ¡Pero de eso nada!

Una obra de arte de ese tipo podría convertirse en el símbolo de la imposibilidad de llegar a un mundo íntegro.

¡No! Hace un momento ha dicho usted algo positivo. Ha dicho “sí”: sí, así es. No, no se trata de leer un tipo de información que pudiera contener la obra. ¡Es que usted no quiere pasar… por encima del abismo! Sólo existe el puente del arte, el arco iris del arte, si me permite hacer una alusión a la historia de la creación: el signo de reconciliación entre Dios y el mundo.

¿El arte –metafóricamente hablando– no podría nunca negar la existencia de los dioses?

No, en este sentido soy mucho más cauto. Me limito a describir lo que sucede en la época de la Edad Moderna, en la que una secularización tan radical como la que se ha producido presupone, evidentemente, en primer lugar un mundo cristiano. Otros mundos religiosos, como el asiático, nunca podrán engendrar un ateísmo tan radical, pues contienen demasiado “hechizo”, magia y rituales. En Occidente, la interiorización del Nuevo Testamento hizo posible una Ilustración radical. En Grecia, con Platón y Aristóteles, triunfó el ateísmo griego, venció la filosofía.

Pero volviendo a su pregunta: sigue usted intentando eludir el hecho de que lo “no íntegro” invita a un “sí”, precisamente por la manera en que se hace siendo en su plasmación (Gestaltung).

Pero ¿qué significa ese “sí”? No es un “sí” que quiera lo no íntegro.

No. Es un “sí” que incluso ante la mayor falta de integridad distingue las leyes internas adecuadas. Algo así como: “no podría ser de otra manera”. El cartel de protesta no es en sí mismo una obra de arte. Pero ¿y Picasso? En absoluto se puede decir que nos ofrezca un mundo reconfortante. ¿Aún se puede hacer hoy en día arte religioso? Lo dudo. Chagall lo consiguió, pero, en cierto sentido, Chagall seguía una corriente oriental.

¿Y en las demás artes? En cualquier caso, siempre he encontrado este elemento afirmativo. Me resulta más difícil hablar de la música, porque no tengo suficientes conocimientos de música. Pero sí he visto cómo un compositor como Webern, con quien la música moderna consiguió triunfar en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, logró una concentración, una concisión, una economía expresiva, a la que la música clásica no había sabido aproximarse hasta entonces. Esa concisión es cada vez más frecuente en el arte: las cosas se reducen a lo mínimo. Y si se trata de un buen artista, su arte tendrá tanta expresividad como antes el arte de la plenitud.

Es un error decir que lo “no íntegro” tendría que estar ahí. Puede ser presentado , pues precisamente por eso es siendo . Es una promesa, una indicación. Tal como dijo Rilke acerca de las catedrales: “Esto estuvo en pie alguna vez entre los hombres.” Pues bien, así sigue en pie entre los hombres. No sólo una iglesia, sino un pintor o un compositor: ¡cómo transmiten tensiones! Acaso se trate de ruido, desarmonía, pero de tal forma que uno dice: “¡Otra vez, por favor, otra vez!” Y luego, lenta, muy lentamente veo acercarse a mí una ley interna, una inmensa profundidad cualitativa. De ahí que lo haya titulado: so wahr, so seiend.

¿Lo “no verdadero” es siempre lo “no siendo”?

Lo no verdadero es el mundo reproducido, el mundo meramente fotografiado, aunque, por supuesto, en la fotografía también es posible el arte. Recientemente tuve la oportunidad de ver una toma muy hermosa de Sierra Nevada, o eso creo. ¡No!, era de California. Una fotografía muy bonita. Apenas podía creer que no fuera un cuadro.

Pero, adelante: ¡contradígame! ~

Saccomanno, Villa Volcán

10 Oct


El jardín de la catástrofe
Por Guillermo Saccomanno
Desde Villa La Angostura

Era el Día de la Primavera y la ruta se iba volviendo arenosa y espectral al acercarse a Villa La Angostura. “Pero esto no es nada comparado con los primeros días de la ceniza”, asegura un poblador. “Ahora no es nada”, repite otro. “Lo peor ya pasó”, se ilusiona un tercero. Si lo peor ya pasó, más vale no imaginar lo que fue. Pero, ¿y si no es así? Si no pasó, ¿qué le espera a Villa La Angostura? La naturaleza, según Nietzsche, carece de moral. Y si un don tiene es crear una sospecha del lenguaje. Esa mañana el paisaje boscoso de una naturaleza sombría te hacía sentir tan extraño como lo visible: un gris opresivo que todo lo dominaba, los árboles teñidos de ese gris, sus ramas pesadas de ceniza, ceniza el camino, ceniza el túnel en que se iba convirtiendo la ruta. Porque viniendo desde el norte, en el camino nublado por la ceniza, una imagen adelantaba ahora lo que vendría más adelante: dos bueyes de un marrón desteñido, grisáceo. Los bueyes en el medio de la ruta permanecían, más que quietos, paralizados, aturdidos, con el lomo cubierto de cenizas y los ojos en sangre. Ni se movieron cuando el auto les pasó al lado. Podía pensarse en una resignación animal. Pero esperaban algo y nada más que ese algo, ese algo que era la muerte. Y la muerte ya estaba aquí. A uno se le aflojaron las piernas y se desplomó a un costado levantando una nube de ceniza. El otro ni se movió. Siguió esperando.

Ya más cerca, adentrándose en los bosques serranos que rodean la Villa, está ese cartel que anuncia: Bienvenidos a Villa La Angostura. El Jardín de la Patagonia. Pero los bosques cubiertos de ceniza y arena volcánicas ya no son, no pueden, no podrán por un tiempo tan largo como indeterminado recobrar su naturaleza de jardín natural. El tránsito se interrumpe una y otra vez por el trabajo incesante de las máquinas topadoras, envueltas en esa niebla gris, que no paran de cargar con ceniza una caravana de camiones. “Miles de camiones harán falta para que esto vuelva a ser el jardín”, me diría un poblador. Y al pronunciar “jardín” entonaba un sarcasmo triste. Pero no quiero adelantarme. Todavía estoy entrando en Villa La Angostura cuando un golpe de viento levanta la ceniza y me ciega. Cuesta respirar, la boca se seca, un raspón en la garganta, el pecho que se cierra, aunque el diario Río Negro anunció en la edición de esta mañana que nuevamente la atmósfera se volvió “respirable” en La Angostura.

El paisaje remite a Hiroshima y Nagasaki. La asociación con los horrores nucleares no es gratuita. Aquella tarde del sábado 4 de junio, esa tarde que fue noche de golpe mientras los temblores se sucedían, se calculó que las explosiones de la rajadura del volcán Puyehue equivalían a la intensidad, según algunos, de 14 bombas atómicas. El volcán Puyehue (en mapundún, lugar de los peces) había estallado en erupción. Perteneciente al cordón volcánico Caulle y la cordillera Nevada, una cadena que no perdió su capacidad de furia, el Puyehue, con su rajadura, estremeció la tierra a más de 80 km. Afectó a la distancia, por ejemplo, a Ingeniero Jacobacci, donde, en aquel momento, exterminó el ganado y ahora mismo, en el presente, conspira contra la supervivencia de sus habitantes.

La Angostura está a una distancia más corta y amenazante del volcán: 40 km. Es decir, nada. Cuando empezó todo, y todo es el desastre, fue el sábado aquel, el 4 de junio. Debían ser las tres de la tarde cuando se vio venir en el cielo, inminente y veloz, una masa negra. No era una nube. Más bien una oscuridad que se cernía sobre todo y sobre todos desatando el temor y el temblor. El temor humano, la confirmación de las más aterradas conjeturas. El temblor, los sacudones de la tierra. Después, una lluvia nutrida de cenizas, arena volcánica y piedras que alcanzaron pronto el medio metro de altura. En esa súbita noche, al desconcierto se le pegó el pánico. La primera reacción de los pobladores consistió en abastecerse, correr al supermercado, al almacén. Pronto se cortó el suministro de agua y electricidad. Y la interrupción del suministro de los servicios duró un mes. Difícil imaginarlo para quien no estuvo ahí y también para el que hoy, ahora, ve sus consecuencias, el polvo gris dominándolo todo. El caserío pretencioso, con su aura germano-barilochense, el delirio del coto restringido alguna vez soñado por el conservador arquitecto Bustillo en los años ‘30, donde décadas más tarde estaría alojada la depuesta presidenta Isabel Martínez, prisionera del último golpe militar, esta Villa, digo, se transformó en una geografía tenebrosa de Edgar Poe o Howard Lovecraft. Dicho en criollo, el paisaje se eternautizó. Una foto que circuló en los medios en esos días muestra un tipo enfundado, al que apenas se le ve el rostro, cargando bidones de agua. Y la Villa de turismo elitista, el territorio del medio pelo en ascenso, el chetaje esquiador y amante del snowboard, se transformó en zona de desastre y su color fue este gris difícil de describir. Porque este gris puede ser, de acuerdo a la luz de un cielo habitualmente de un opaco Turner, un ocre desteñido que, en zonas, es un terroso débil. Y sí, además de que oprime, la ceniza induce al barbijo. Las neumonías, entre otras enfermedades respiratorias, asolaron en los primeros días a los desprevenidos. Es cierto: los medios difundieron por entonces las imágenes dramáticas de la tormenta de cenizas que alcanzó tanto Neuquén capital al norte como El Bolsón al sur, mientras los pronósticos superficialmente alentadores sugerían y sugieren que el fenómeno no podía, no puede durar demasiado. Hoy, con más fundamento, se conjetura que la pluma de ceniza, al obedecer al viento puede dar la vuelta al mundo. La pluma, de 12.000 km de altura, se elonga aumentando entre 5 y 9 km diarios y avanza a 100 km por hora. “Qué digo miles, millones de camiones harán falta para reparar esta catástrofe, porque estamos ante una auténtica catástrofe ambiental”, sentencia Gerardo Ghioldi (50), responsable de la Biblioteca Osvaldo Bayer que pronto celebrará, rodeada de cenizas, sus veinte años. Ghioldi no parece exagerar. Entonces una conclusión que, por apresurada, no deja de ser cierta: ese cartel de la entrada debería anunciar: Bienvenidos al Jardín de la Catástrofe.

Según el boletín 8300, para la cosmovisión mapuche, el sismo que sacudió a Chile es un aviso de la Mapu, para que empecemos a reflexionar. La sociedad, dice el Lonko Ramón Nawel del Lof Wiñoy Meliá, debe comprender que los lagos, los ríos, las montañas y todo lo demás son seres vivos. Algo que la “ciencia occidental” aún no comprende.

El arquitecto José Picón (59) y su compañera Norma Godoy (53), licenciada en Educación, están desde mediados de los ’90 en La Angostura. José tiene toda una trayectoria en el cooperativismo y los derechos humanos. En estos días es candidato a concejal K. Norma, además de docente, es colaboradora en un centro de asistencia a víctimas de la violencia. Los dos levantaron las cabañas que alquilan en un predio que llamaron Villa del Bosque. La ceniza cubre todavía sus construcciones de madera, los canteros alguna vez florales, el pasto que fue verde, los techos de tejas rojas ahora grises. La ceniza llovizna y se amontona hasta la mitad de las ventanas, lo que confiere al huésped la sensación de estar enterrado.

Los militantes de una agrupación K juvenil, se acuerda Ghioldi, visitaron los barrios más pobres, los que, como de costumbre, resultaron los más damnificados. Sus viviendas, como me mostraría después Picón, son construcciones precarias, con techos de cartón, cubiertos por una tela de plástico negro. La arena del techo, al filtrarse, empolvaba el interior de estas taperas. Los militantes juveniles llegaron a una conclusión revolucionaria: los paisanos, los moradores, estaban deprimidos y como estrategia de rescate propusieron teatro para títeres, mimos, una murga.

José y Norma cuentan lo que se dijo y no se dijo de las ayudas prometidas a la Villa: desde la presidenta, que minimizó los reclamos y denuncias manifestando que la desesperación era “psicológica” hasta la visita de investigadores de la ONU que, según Ghioldi, “marcaron presente y se rajaron sin animarse a decir nada porque nunca antes habían visto un fenómeno semejante”. Nadie quiere mirar fijo lo que pasa en La Angostura. Se teme ver. Ver la relación del hombre con la naturaleza. Y la naturaleza del hombre en el capitalismo.

Ghioldi no olvida, no puede olvidar, lo que fueron esos primeros días y noches de la catástrofe. De los aproximadamente 12.000 habitantes que tiene la Villa, unos 4000 se marcharon al toque. Para siempre o en forma provisoria, pero se marcharon. Parejas jóvenes con chicos, que habían elegido La Angostura como lugar en el mundo y también como terreno de enriquecimiento personal, sin vacilar, optaron por la fuga. Sálvese quien pueda. Los más veteranos y afincados, aquellos que no tienen otro lugar donde ir quizá porque tampoco disponen de recursos para la fuga, acorralados, eligieron quedarse y no perdonaron a los fugitivos que regresaron al mes. Después del acovachamiento inicial, se lanzaron a la construcción de equipos de ayuda. “Me pasé una semana en pijama, encerrada, con mis hijos”, cuenta Alicia Soberón, maestra jardinera. “Hasta que no aguanté más y salí”, dice. Entonces Alicia se integró a los equipos. No fue distinta la actitud de Norma, que se sumó a una red de salud comunitaria trabajando en la contención de las víctimas y los socorristas que pasaban días sin dormir haciendo zafar habitantes de los estragos del cielo. Profesores de yoga también hacían su aporte: asistieron a más de 1200 habitantes enseñándoles a respirar en medio de la catástrofe. Nadie salía de sus casas, el pueblo estaba desierto. No había ni heridos ni muertos. El principal daño era –y sigue siendo– no sólo “psicológico” sino también sanitario y económico. En una población que especula con sobrevivir con dos temporadas de turismo de 90 días, al ver sepultadas en la ceniza sus expectativas, ya sea de lucro o supervivencia, el deterioro anímico se vuelve, por más que se lo niegue con un optimismo salvacionista, angustia pura. Angustia. Un mal psicológico con protocolo entre new age y políticamente correcto si se prefiere negar un factor resorte dentro del capitalismo: la ambición presuntamente racional que termina afectando la ecología y los mecanismos económicos mismos de la subsistencia.

Los relatos del 4 de junio impresionan. Cortocircuitos en los conectores de las casas. El cierre de alrededor de 200 negocios de chiquitaje. Gendarmería prohibiendo la circulación. Las 4×4 confundiéndose en la oscuridad, buscando escape sin poder sortear un tránsito atorado, sumidas en la negrura de esas nubes irrespirables, esa negrura surcada por los faros de las columnas de camiones del ejército que avanzaban por las calles del centro comercial.

Una de esas noches de pánico, un pastor protestante, poseído, se lanzó a las calles, parlante en mano, bajo la lluvia de cenizas, acusando la voracidad desenfrenada de la codicia, la sed de fortuna, el materialismo de los perdularios que habían provocado, ni más ni menos, que el estallido de la ira de Dios. El desastre era castigo merecido. Las almas culposas aceptaban los argumentos, imitaban al pastor, lo seguían. Hombres y mujeres empezaron a peregrinar en las sombras. Todo parecido con un film catástrofe no era coincidencia.

Otra noche empezó a nevar. Y la arena volcánica se transformó en un barro cementoso. El peso sobre el ramaje derribaba los árboles. En el silencio se oía la caída crujiente de los ñires, radales, colihues, cipreses y lengas. Murieron liebres y ciervos, las truchas en el Nahuel Huapi y los lagos de la zona del Correntoso y el Espejo. En el Mascardi y el Manso, millones de ratas que se alimentan en los bosques bajaban hacia el agua. Hay quienes recuerdan haber visto hace diez días en el lago Nahuel Huapi islotes de ratas muertas. Esto no terminó, se me ocurre. Acá todavía no bajó la ratada. La ratada, hay que aclararlo, la componen unos roedores lauchescos, fauna típica de estos bosques. “Pero esperamos la ratada”, dicen algunos. “Y sabemos el peligro que significa: el hantavirus. También faltan las lluvias y el deshielo de las laderas altas, lo que representa la inminencia de aludes.”

Mientras la catástrofe arreciaba, venían las elecciones. El pícaro y atildado gobernador Sapag determinó que se habilitara la escuela para la votación. La decisión irritó a no pocos, pero la bronca no alcanzó para frenar la votación. Sapag no es el único especulador que suele merodear La Angostura. Sus políticos del MPN, el histórico populismo provincial, tienen casas en las alturas de los alrededores. No faltó hasta hace poco –y sigue latente– la intención de lotear la ladera del Cerro Bayo y construir desde un country hasta canchas de golf. Si el negocio más rentable es la compra de lotes, se debe a que los ricos pueden pagar millones de dólares en el cerro Bayo con tal de salir esquiando desde la puerta de su cabaña.

Ahora, en este Día de la Primavera, las topadoras y los camiones, sin parar, siguen cargando ceniza. Hay quienes sostienen que la empresa detrás del operativo es Benito Roggio. Pero aunque nadie sabe demasiado a ciencia cierta dónde van a dar las infinitas toneladas de ceniza, lo que sí se ha comprobado es que la ceniza volcánica es útil para la fabricación de ladrillos livianos y económicos. Reflexión obvia: en el capitalismo el socorro es rentable. Para las empresas contratadas que ofrecen un servicio comunal. Y para quienes cometean. Porque el Estado no puede ser inocente al respecto.

A pesar de la gravedad de la situación, los especuladores inmobiliarios no dejan de frotarse las manos esperando que un fugitivo ansioso ofrezca su propiedad a un precio irrisoriamente bajo. Antes de la catástrofe, las tierras eran de un valor altísimo. Martín Zorreguieta, “Zorro” para los amigos, montó su exclusivísimo restó “Tinto”. Y su hermana, la princesa Máxima, que solía, también hasta antes de la tragedia, vacacionar con su prole, convenció a su marido, Guillermo de Orange, para que invirtiera en estas tierras patagónicas. La operación fue criticada en Rotterdam, al igual que una inversión anterior de la pareja en Mozambique, frustrada por la denuncia periodística.

“Hubo solidaridad, sí”, reconoce Picón. “Pero también muchos hijos de puta que lucraron con la desgracia. Los créditos del BID y el Banco Mundial para barrer el pueblo cubierto de ceniza vienen lentos”, especifica. “Muy lentos.” “Vinimos acá por la naturaleza”, dice Ghioldi. “Y el replanteo que debe hacerse La Angostura después del desastre es cortarla con la especulación. La Angostura, cuando vine, hace veinte años, la edad que tiene hoy la biblioteca, disponía de 400 camas. Ahora hay más de 4000, pero los turistas ocupan sólo 1000. Acá hay dos temporadas: 90 días. Y de eso se vive. Los especuladores compran hasta 400 hectáreas y después las lotean fraccionadas. Un negocio redondo. La construcción no se ha detenido a tiempo. Y la naturaleza se jodió.” En este aspecto, las tensiones sociales que presenta La Angostura no son distintas de las que viven otros centros turísticos con techos alpinos como Cariló, Mar de las Pampas, en la costa bonaerense, o San Martín y San Carlos de Bariloche en la Patagonia. Un paraíso perdido para unos pocos que lo disfrutan y un infierno para los demasiados que lo sufren haciendo el trabajo sucio. En La Angostura, los laburantes son o bien chilenos o descendientes de mapuches. Y habitan en barrios de viviendas precarias donde se depositan la explotación y el resentimiento.

A propósito, la cuestión mapuche no es un asunto menor en La Angostura. Ghioldi puede dar cuenta de la rabieta de los chetos contra las paredes exteriores de la biblioteca donde están pintadas la bandera mapuche y los pañuelos de las Madres. Esa oposición reaccionaria, cabe considerarlo, no es tan minoría sino que compone la ideología dominante de quienes todavía no decidieron si autodenominarse “angostos” o “villeros”, y seguramente este último término, el de “villeros”, les representaría una humillación de clase. “Otra situación que hay que tener en cuenta”, dice Picón, “es que cuando el país estaba mal, La Angostura andaba fenómeno y crecía. En la medida en que al país empezó a irle bien, el turismo empezó a encontrar otros lugares”. Con Picón recorremos El Mallín, el barrio pobre de la laguna Calafate. A partir del desastre, la tormenta de cenizas fue causando un desvío del desagüe cloacal a la laguna. “Techos arruinados por montículos de cenizas. Pibes que palean las cenizas y hacen lo que pueden. El esfuerzo es el mismo que se precisa para cambiar de sitio un médano con una pala. La mayoría de los moradores del barrio son jóvenes que tienen cuatro pibes y están esperando un quinto”, dice Picón. Y al rato comenta: “No quiero ni pensar en lo que será el verano, estas cenizas bajo el sol y el viento caliente”.

En la orilla del lago, una placa gris sobre el agua. Las embarcaciones cubiertas de ceniza transmiten una impresión lúgubre. Perdida la temporada de invierno, envueltos en las cenizas, algunos maníacos se esperanzan con el próximo verano. Pero tanto los optimistas desaforados por la necesidad como los escépticos saben que no habrá una recuperación en lo inmediato. Más allá de los voluntarismos, resulta difícil pensarle un futuro a Villa La Angostura. En la actualidad, los vuelos a Neuquén, Chapelco o San Carlos de Bariloche son infrecuentes y su cancelación es una constante. La forma más segura de acceso, a través del camino alfombrado por la ceniza, es en auto o en micro, alternativa que supone casi 18 horas de viaje en ruta desde Buenos Aires. Villa La Angostura no podrá superar este drama ecológico y social en un año o en dos. Tal vez, arriesgan los más sensatos, salir de esta fantasmagórica pesadilla de ceniza implique una década. Como suele ocurrir, los damnificados serán quienes hacen el trabajo invisible que los empresarios mal pagan y desdeñan y que los turistas prefieren ignorar. Porque el glamour, es sabido, no pasa hambre, no padece urgencias, y si se mantiene fuera de los beautiful landscapes que ofrecen las promociones, tanto mejor. El problema, el gran problema de La Angostura, es que ahora su landscape es espectral. Y además, a nadie le gusta vacacionar en un territorio que puede temblar y rugir en el momento menos pensado.

Un detalle final: mientras termino de apurar esta crónica, desde La Angostura me llega un mail informándome que el Puyehue acaba de entrar otra vez en erupción. Después, pasando por el barrio El Mallín, y no muy lejos, está el cementerio. Está en una subida. Lápidas y cruces emergen apenas entre las cenizas. Cenizas en el cielo, cenizas en las ramas curvadas hacia abajo, cenizas avejentando un perro hambriento que husmea entre las tumbas, cenizas en el viento, cenizas, siempre cenizas. Las cenizas de un paraíso perdidido.

Pablo, Katechon

8 Oct


“Hermanos, os suplicamos, por el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no abandonéis ligeramente vuestros sentimientos, ni os alarméis con supuestas revelaciones, con ciertos discursos o con cartas que se suponga enviadas por nosotros, como si el día del Señor estuviera ya cercano. Que nadie os engañe en manera alguna. Porque antes ha de venir la apostasía y se ha de manifestar el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición. El cual se opondrá y se alzará contra todo lo que se dice Dios, o es objeto de culto, hasta llegar a sentarse en el mismo templo de Dios, dando a entender que es Dios. Vosotros sabéis lo que ahora lo detiene (to katechon), de manifestarse a su tiempo. Porque el misterio de iniquidad ya está actuando. Tan solo sea quitado del medio el que ahora lo detiene (ho katechon). Y entonces se dejará ver aquel inicuo a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con el resplandor de su venida. Aquel inicuo que vendrá con el poder de Satanás, con todo poder, señales y prodigios falsos. Y con todo engaño de iniquidad para los que se condenan por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de salvarse. Por eso Dios les enviará el artificio del error que les hace creer en la mentira. Para que sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.” (2ª Tes. 2, 1-12)

Rivera Cusicanqui, ¿cómo habitar el mundo?

6 Oct