Archivo | marzo, 2011

Sánchez Meca, lo impensado en Nietzsche por Heidegger

31 Mar


Como es sabido, para Heidegger, lo impensado del pensamiento de Nietzsche es su sentido de etapa final o punto de llegada de la historia de la metafísica occidental, por lo que es aquí donde se encuentra la clave de por qué, para Heidegger, el superhombre de Nietzsche adquiere esos extraños rasgos de figura terrible, siniestra y amenazante. Son rasgos que vienen determinados por la situación del superhombre como resultado del destino de la metafísica, que concluye en el reino universal y absoluto de la técnica. Naturalmente esta interpretación de Heidegger está totalmente penetrada por el pathos metafísico característico de su propia posición filosófica, por lo que se trata de una interpretación muy difícil de defender fuera de la propia perspectiva ontológica del planteamiento de conjunto de Heidegger. Es decir, no parece legítimo, ni tal vez en rigor posible, desvincular esta interpretación de Nietzsche del resto de la filosofía de Heidegger como un todo coherente. Sin embargo, esto se ha hecho con cierta frecuencia en los últimos años, dando lugar a confusiones. El peso alcanzado por la importancia de la autoridad de Heidegger ha reforzado aún más el equívoco, pues sus afirmaciones ha determinado líneas de lectura del sentido manifiesto de Nietzsche que eran imposibles de defender sin un exceso de violencia interpretativa. Hoy asistimos ya a una clara tendencia de desvinculación del pensamiento de Nietzsche de esta otra hipoteca que tanto le ha desfigurado, y de la que se puede tomar conciencia analizando el punto de vista heideggeriano sobre el superhombre.

Para Heidegger, como queda dicho, el sentido del pensamiento de Nietzsche está condicionado por su posición en la historia de la metafísica como historia del olvido del ser. Heidegger comprende la metafísica como proceso al final del cual, del ser, en cuanto tal, no queda nada; es decir, la metafísica es el proceso a lo largo del cual el ser es olvidado a favor del ente ordenado como sistema de causas y efectos, de explicaciones y razonamiento orgánicamente articulados y desarrollados. Cuando el olvido del ser es total, la metafísica se acaba al quedar completamente realizada en su tendencia profunda. Y este olvido total de ser, como metafísica acabada, no es otra cosa que la total organización técnica del mundo, donde no queda ya ninguna imprevisión y, por lo tanto, ninguna posibilidad de novedades histórica, ya que nada se sustrae a la programación orgánica y administrativa del mundo. ¿Qué es lo que, en último término, expresa este sistema de la total concatenación de causa y efectos en el que se realiza, al fin, la visión del mundo que la metafísica prefiguraba? Heidegger responde: la voluntad de dominio. Una originaria conexión entre metafísica y voluntad de dominio, hasta ahora oculta o simplemente implícita, vendría al fin a explicitarse en esta consumación de la metafísica por la técnica. Esto es lo que anuncia, representa o significa el pensamiento de Nietzsche como metafísica de la voluntad de poder.

Centrándonos, pues en este horizonte teórico y, concretamente, en la idea del superhombre tal como Heidegger la piensa, se pueden señalar dos factores como elementos básicos de lo impensado de esta idea nietzscheana dentro de su posición en la etapa final de la metafísica. En primer lugar, la perspectiva constrictiva y reductora de la historia de la metafísica impone el punto de vista de que las ideas de Nietzsche se establecen sobre la base de una inversión-conservación (Aufbebung) de las posiciones metafísicas que le preceden inmediatamente en el tiempo, o sea, según Heidegger, de las de Hegel. El superhombre deberá entenderse, pues, como Aufhebung del pensamiento del sujeto absoluto de Hegel. En segundo lugar, esta misma perspectiva del destino de la metafísica va a obligar a ver en el superhombre el anuncio, esto es, la preparación en el pensamiento, de una humanidad fundamentalmente sometida al dominio total de la técnica. El superhombre anticiparía, pues, un tipo de hombre que, en vez de reinar gracias a la técnica, se subordina a ella como ejecutor pasivo.

Heidegger, olvido del ser

30 Mar


Wisser: Nietzsche dijo un día que el filósofo era la mala conciencia de su tiempo. Poco importa lo que Nietzsche entendía por eso.

Pero si se considera el intento que usted hace de ver a la historia filosófica del pasado como una historia de la decadencia con respecto al Ser, y por lo tanto de «destruirla», más de uno podría verse tentado de llamar a Heidegger la mala conciencia de la filosofía occidental.

¿En qué consiste para usted el signo más característico, por no decir el monumento más característico, de lo que usted llama el «olvido del ser» y el «abandono del Ser»?

Heidegger: Primeramente debo corregir un aspecto de su pregunta, cuando habla de la «historia de la decadencia». ¡Esta expresión no está empleada en un sentido negativo! Yo no hablo de una historia de la decadencia, sino solamente del destino (Geschick) del Ser en la medida en que se retira cada vez más en relación a la manifestación del Ser en los griegos, hasta que el Ser se vuelve una simple objetividad para la ciencia y actualmente un simple fondo de reserva (Bestand) para el dominio técnico del mundo. Entonces: nos encontramos no en una historia de la decadencia, sino en un retiro del Ser.

El signo más característico del olvido del Ser –y el olvido debe siempre ser pensado aquí a partir del griego, de la lethé, es decir del hecho de que el Ser se sustrae, se vela– y bien, el signo más característico de este destino que es el nuestro es –por cuanto solamente puedo vislumbrarlo– el hecho de que la pregunta por el Ser que planteo todavía no fue comprendida.

Gadamer, Hegel y Heidegger

29 Mar


¿Debemos situar el pensamiento de Heidegger en los límites del imperio del pensamiento de Hegel como lo está, por ejemplo, el pensamiento de todos los jóvenes hegelianos o críticos neokantianos de Hegel, desde Feuerbach y Kierkegaard a Husserl y Jaspers? ¿O, en definitiva, todas las correspondencias que el pensamiento de Heidegger muestra innegablemente con el pensamiento de Hegel prueban precisamente lo contrario: a saber que su formulación es lo bastante comprehensiva y radical para no haber omitido nada de aquello por lo que Hegel se pregunta y al mismo tiempo haberlo preguntado todavía con más profundidad?

Hélène, un nuevo centro para Althusser

28 Mar


Había sido Hélène, en el campo de concentración que ambos habían compartido durante la Guerra, la que le había abierto las puertas del marxismo. A su vuelta a la Francia liberada, Althusser le había presentado a Guitton a su mentora con estas palabras: “le voy a presentar a la persona que ha tenido el papel más importante en mi vida. Se llama Hélène. Es ella quien me ha permitido convertirme en ateo y comunista. Le abandono para siempre maestro, porque a partir de ahora profesaré lo contrario que usted me ha enseñado. Ni Pascal, ni Bergson, sino Karl Marx”.

Guitton, recuerdo del joven Althusser

28 Mar


1936 o 1937 J. Guitton: Lo conocí en 1936 o 1937. Lo traté durante dos años. En hypokhâgne, y luego en khâgne. ¡Ah, el primer recuerdo…! Lo estoy viendo. Cierro los ojos y lo veo. Está ahí, en la segunda fila, a la izquierda. Desde que he abierto los ojos, he visto esa frente… Esa frente que me ha seducido… Y luego, además de la frente, unos hermosos cabellos… Cabellos de oro que eran toda la sensibilidad y la inteligencia del mundo… En su primera disertación, yo le había dicho: “¡Ve con cuidado, Althusser! ¡Cualquiera diría que te crees Lamartine! Prescinde de epítetos, los adjetivos; tienes que ser seco como un árbol en invierno”. Su estilo primero era lamartiniano, romántico. Había un fondo romántico en Althusser. Y puede que yo le haya ayudado, en efecto, a despojarse de ese caparazón romántico. Puede que yo le haya ayudado a encontrar su verdadero estilo. Era un católico ferviente. Inquieto. Venía a verme para decirme que sufría mucho porque cuando metía algún sermón religioso tenía la impresión de ser insincero. Era aquél un Althusser lleno de dudas. Un Althusser inquieto. Un Althusser que me decía: “Si me dejara ir, entraría en la Trapa para amar a Dios toda mi vida. Pues hablar con Dios no es amarlo”.

Forn, Gesell

25 Mar

El mar (autorretrato)
Por Juan Forn

En el fondo de Gesell, pasando los campings, antes de llegar a Mar de las Pampas, hay que subir un médano importante para llegar a la playa. En plena subida pasé a una familia evidentemente cordobesa, que arrastraba con esfuerzo heladeritas, sombrilla, sillas plegables y un par de niños que se quejaban de que la arena quemaba. Llegué hasta el agua, me di un buen chapuzón y cuando salía, pasé junto al padre y al hijo de esa familia, un nene que tendría cinco o seis años y que evidentemente era la primera vez que veía el mar. Le estaba diciendo al padre, con ese asombro que es un tesoro privativo de la infancia: “¡Mire, papá, cuánta agua mojada!”.

Otro día, hará de esto unos cuantos años, cuando llevaba poco viviendo en Gesell, me crucé caminando por la playa con un surfer recién salido del agua. Era uno de esos días gloriosos de octubre, que te sacan de los huesos el frío del invierno con sólo apuntar la cara al sol, cerrar los ojos y dejarse invadir de luz. Pero yo era reciénvenido y había bajado a caminar por la playa con un camperón de cuero negro que había sido compañero de mil batallas en mis tiempos porteños. El surfer me miró pasar y me dijo, con sus rastas morochas aclaradas de parafina y una sonrisa de un millón de dientes: “Yo, en Buenos Aires, también era dark. Pero acá soy luminoso, loco”.

Otra vez bajé a leer a la playa. Me faltaban menos de treinta páginas para terminar el libro cuando empezó a levantarse tanto viento que era para irse. Pero yo quería terminarlo como fuera y terminé guarecido contra los pilotes de la casilla del guardavidas, dando la espalda a la tormenta de arena, con el libro apoyado contra las rodillas y apretando fuerte las páginas con cada mano para que no flamearan. Así estaba, cuando el guardavidas se asomó desde arriba por la ventana de la casilla y me dijo “Eh, flaco, ¿qué leés?”. Una biografía de un escritor, le contesté. El tipo se quedó mirándome y después comentó: “La biografía de un escritor vendría a ser como la historia de una silla, ¿no?”.

El mar tiene esas cosas. Los poemas más horribles y las frases más inspiradas. Todo depende de la entonación, de la sintonía que uno haga con él. Hay quien dice que el mar te lima. A mí me limpia, me destapa todas las cañerías, me impone perspectiva aunque me resista, me termina acomodando siempre, si me dejo atravesar, y es casi imposible no dejarse atravesar. Cuando viene el invierno, cuando el viento impide bajar a la orilla y hay que curtir el mar de más lejos, se pone más bravío, para acortar la distancia, para que lo sintamos igual que cuando lo curtimos descalzos y en cueros. Llevo ocho años bajando cada día que puedo a caminar por la orilla del mar, o al menos a verlo, cuando el viento impide bajar del médano. En los últimos tres, cada semana de las últimas ciento cincuenta, cada contratapa que hice, la entendí caminando por la playa, o sentado en el médano mirando el mar. Por dónde empezar, adónde llegar, cuál es la verdadera historia que estoy contando, de qué habla en el fondo, qué tengo yo (o nosotros, ustedes y yo) que ver con ella, qué dice de nosotros.

En mi vieja casa había una especie de repisa angostita, a la altura de la base de las ventanas, a todo lo largo del comedor. Sobre esa repisa fui dejando piedras que encontraba en mis caminatas por el mar. Piedras especialmente lisas, especialmente nobles, esas que cuando uno las ve en la arena no puede no agacharse a recoger. Esas que parecen haber sido hechas para estar en la palma de una mano, para que uno las palpe con los dedos y los cierre hasta entibiarlas y después a palparlas, a leerlas como un Braille otra vez. Esas cuya belleza es precisamente lo que la abrasión del mar hizo con ellas y lo que no les pudo arrebatar. Esas que parecen ofrecer compañía y pedirla a la vez, cuando se cruzan en nuestro camino. Que establecen con nosotros un contacto absoluto, responden a nuestra mano como si fueran un ser vivo y, sin embargo, al rato no sabemos qué hacer con ellas y las dejamos caer sin escrúpulos, al volver de la playa o incluso antes.

Por tener esa repisa providencialmente a mano, en lugar de soltarlas empecé a traerme de a una esas piedras, de mis caminatas por la playa. Nunca más de una, y muchas veces ninguna (a veces el mar no da, y a veces es tan ensordecedor que uno no ve lo que le da). Así fueron quedando esas piedras, una al lado de la otra, a lo largo de las paredes del comedor. Era lindo mirarlas. Era más lindo cuando alguien agarraba una distraídamente y seguía conversando, en una de esas sobremesas que se estiran y se estiran con la escandalosa languidez con que se desperezan los gatos.

Me gusta pensar así en mis contratapas, en esto que vengo haciendo hace tres años ya y ojalá dé para seguir un rato largo más. Que son como esas piedras encontradas en la playa, puestas una al lado de la otra a lo largo de una absurda, inútil, hermosa repisa, que rodea un comedor en el que unos cuantos conversan y fuman y beben y distraídamente manotean alguna de esas piedras y la entibian un rato entre sus dedos y después la dejan abandonada entre las copas y los ceniceros y las tazas con restos secos de café. Y cuando todos se van yo vuelvo a ponerla en la repisa, y apago las luces, y mañana o pasado con un poco de suerte volveré con una nueva de mis caminatas por el mar.

Heidegger, el fin de la filosofía

23 Mar


I. ¿EN QUÉ SENTIDO HA LLEGADO LA FILOSOFÍA A SU FINAL EN LA ÉPOCA PRESENTE?

La Filosofía es Metafísica. Ésta piensa el ente en su totalidad -mundo, hombre, Dios- con respecto al Ser, a la comunidad del ente en el Ser. La Filosofía piensa el ente como ente, en la forma del representar que fundamenta, porque desde y con el comienzo de la Filosofía, el Ser del ente se ha mostrado como fundamento (Žrx®, aätion, principio). El fundamento es aquello por lo cual el ente, como tal, en su devenir, transcurrir y permanecer, es lo que es y cómo lo es, en cuanto cognoscible, tratable y laborable. Como fundamento, el Ser trae al ente a su estar presente: el fundamento se muestra como presencia. Su presencia consiste en llevar a presencia lo que, a su modo, está ya presente.

El fundamento -según la impronta de la presencia- tiene su carácter fundante como causa óntica de lo real, posibilidad trascendental de la objetividad de los objetos, mediación dialéctica del movimiento del espíritu absoluto, del proceso histórico de producción, como voluntad de poder creadora de valores.

Lo distintivo del pensar metafísico -que busca el fundamento del ente- es que, partiendo de lo presente, lo representa en su presencialidad y lo muestra, desde su fundamento, como fundado.

¿Qué significa la expresión «final de la Filosofía» ? Con demasiada facilidad, entendemos el final de algo en sentido negativo: como el mero cesar, la detención de un proceso, e incluso, como decadencia e incapacidad. La expresión «final de la Filosofa» significa, por el contrario, el acabamiento [Vollendung] de la metafísica. Ahora bien, acabamiento no quiere decir perfección, en cuyo caso la Filosofía, a su término, tendría que haber alcanzado la máxima perfección. Nos falta, no sólo la medida que permita evaluar la perfección de una época de la metafísica con respecto a otra: es que no hay derecho a hacer este tipo de apreciaciones. El pensamiento de Platón no es más perfecto que el de Parménides. La filosofía de Hegel no es más perfecta que la kantiana. Cada época de la Filosofía tiene su propia necesidad. Hemos de reconocer, simplemente, que una filosofía es como es. No nos corresponde a nosotros el preferir una a la otra, lo que sí se puede hacer cuando se trata de diferentes «Weltanschauungen».

El antiguo significado de nuestra palabra «Ende» [final] es el mismo que el de «Ort» [lugar]: «von einem Ende zum anderen» significa « de un lugar a otro». El «final» de la Filosofía es el lugar en el que se reúne la totalidad de su historia en su posibilidad límite. «Final», como «acabamiento», se refiere a esa reunión.

Bajo formas distintas, el pensamiento de Platón permanece como norma, a lo largo y ancho de toda la Historia de la Filosofía. La metafísica es platonismo. Nietzsche caracteriza su filosofía como platonismo al revés. Con la inversión de la metafísica, realizada ya por Karl Marx, se alcanza la posibilidad límite de la Filosofa. Esta ha entrado en su estadio final. En la medida en que se intente todavía un pensamiento filosófico, sólo se llegará a una variedad de renacimientos epigonales. Entonces, y a pesar de todo, ¿no será el «final» de la Filosofía un «cesar» de su manera de pensar? Sería precipitado sacar esta conclusión.

El final, como acabamiento, es la reunión en las posibilidades límite. Tendremos una idea muy limitada de ellas, si es que tan sólo esperamos un desarrollo de nuevas filosofías al antiguo estilo. Olvidamos que, ya en la época de la filosofía griega, apareció un rasgo determinante de la Filosofía: la formación de ciencias dentro del horizonte que la Filosofía abría. La formación de las ciencias significa, al mismo tiempo, su emancipación de la Filosofía y el establecimiento de su autosuficiencia. Este suceso pertenece al acabamiento de la Filosofía. Su desarrollo está hoy en pleno auge en todos los ámbitos del ente. Parece la pura y simple desintegración de la Filosofía, cuando es, en realidad, justamente su acabamiento.

Baste con señalar la independencia de la Psicología, de la Sociología, de la Antropología como antropología cultural, el papel de la Lógica como Logística y Semántica. La Filosofía se transforma en ciencia empírica del hombre, de todo lo que puede convertirse para él en objeto experimentable de su técnica, gracias a la cual se instala en el mundo, elaborándole según diversas formas de actuar y crear. En todas partes, esto se realiza sobre la base, según el patrón de la explotación científica de cada una de las regiones del ente.

No hace falta ser profeta para saber que las ciencias que se van estableciendo, estarán dentro de poco determinadas y dirigidas por la nueva ciencia fundamental, que se llama Cibernética.

Ésta corresponde al destino del hombre como ser activo y social, pues es la teoría para dirigir la posible planificación y organización del trabajo humano. La Cibernética transforma el lenguaje en un intercambio de noticias. Las Artes se convierten en instrumentos de información manipulados y manipuladores.

El despliegue de la Filosofía en ciencias independientes -aunque cada vez más decididamente relacionadas entre sí- es su legítimo acabamiento. La Filosofa finaliza en la época actual, y ha encontrado su lugar en la cientificidad de la humanidad que opera en sociedad. Sin embargo, el rasgo fundamental de esa cientificidad es su carácter cibernético, es decir, técnico. Presumiblemente, se pierde la necesidad de preguntarse por la técnica moderna, en la misma medida en que ésta marca y encauza los fenómenos del mundo entero y la posición del hombre en él.

Las ciencias interpretarán según las reglas de las ciencias -es decir, técnicamente- todo lo que todavía recuerde, en su construcción, su origen a partir de la Filosofía. Entiende las categorías -de las que depende cada ciencia, para la división y delimitación de su campo de objetos-, instrumentalmente, como hipótesis de trabajo. Su verdad no se medirá sólo por el efecto que produzca al ser aplicada dentro del progreso de la investigación: la verdad científica se equiparará a la eficacia de estos efectos.

Ahora, las ciencias asumen como tarea propia lo que -a trechos y de una forma insuficiente- intentó la Filosofía en el transcurso de su historia: exponer las Ontologías de las correspondientes regiones del ente (naturaleza, historia, derecho, arte). Su interés se dirige hacia la teoría de los conceptos estructurales, siempre necesarios para el campo de objetos subordinado a ellos. «Teoría» significa ahora: suposición de las categorías, a las que sólo se atribuye una función cibernética, negándoles, sin embargo, todo sentido ontológico; llegar a dominar el carácter operacional y modélico del pensar representante-calculador.

Mientras tanto, las ciencias hablan cada vez más del Ser del ente, al suponer necesariamente su campo categorial. Sólo que no lo dicen. Pueden negar su origen filosófico, pero no eliminarlo: en la cientificidad de las ciencias consta siempre su partida de nacimiento en la Filosofía.

El final de la Filosofía se muestra como el triunfo de la instalación manipulable de un mundo científico-técnico, y del orden social en consonancia con él. «Final» de la Filosofía quiere decir: comienzo de la civilización mundial fundada en el pensamiento europeo-occidental.

Ahora bien, el final de la Filosofía, en el sentido de su despliegue en las ciencias, ¿no significa también la plena realización de todas las posibilidades en las que fue colocado el pensar como filosofía?, ¿o es que, aparte de la última posibilidad mencionada (la desintegración de la Filosofía en las ciencias tecnificadas), hay para el pensamiento una primera posibilidad, de la que tuvo que salir, ciertamente, el pensar como filosofía, pero que, sin embargo, no pudo conocer ni asumir bajo la forma de filosofía?

En este caso, todavía le quedaría reservada -secretamente- al pensar una tarea desde el principio hasta el final en la Historia de la Filosofía; tarea no accesible a la Filosofía en cuanto Metafísica, ni menos todavía a las ciencias que provienen de ella…