Antisionismo no es antisemitismo y basta de argucias

11 Jun

¿Qué es antisemitismo?
Por: Michael Neumann (*)
12 de febrero del 2009

De vez en cuando, algún escritor judío de izquierdas suspira, abre su generoso gran corazón y nos dice que la crítica a Israel o al sionismo no es antisemitismo. En silencio se felicita por su coraje. Suprime con un pequeño suspiro cualquier punzada de inquietud causada por el hecho de que puede ser que a los goyim [N. del T. denominación judía para los gentiles] – y no digamos a los árabes – no se les pueda confiar este peligroso conocimiento.

A veces este cometido lo llevan a cabo aduladores gentiles, cuya idiosincrasia, ya que no su identidad, aspira al carácter judaico. Pero con vistas a no parecer demasiado atrevidos, se apresuran a recordarnos que, no obstante, hay que tomarse muy en serio el antisemitismo. Con mayor motivo debemos estar en guardia cuando da la casualidad de que Israel, respaldado por una pronunciada mayoría de judíos, está haciendo una guerra de raza contra los palestinos. ¿Quién sabe? ¡Podría ser que generase algún resentimiento!

Yo lo veo de otra forma. Yo creo que casi nunca deberíamos tomarnos en serio el antisemitismo, y pienso que quizá debiéramos reírnos un poco de él. Pienso que es particularmente irrelevante en relación con el conflicto Israel-Palestina, excepto quizá como distracción respecto de los problemas reales. Argumentaré la verdad de estas afirmaciones; también defiendo su conveniencia. No creo que hacerlas sea equiparable a arrancarles las alas a las moscas.

“Antisemitismo”, hablando con propiedad y en sentido estricto, no significa odio a los semitas; eso es confundir la etimología con la definición. Significa odio a los judíos. Pero aquí, de inmediato, nos tropezamos con la venerable artimaña de la identidad judía: “¡Mira, somos una religión! ¡No, una raza! ¡No, una identidad cultural! ¡Perdón… una religión!” Y cuando nos cansamos de este jueguecito, nos vemos envueltos en otro: “¡El antisionismo es antisemitismo!”, que rápidamente se alterna con este otro: “¡No hay que confundir el sionismo con el judaísmo! ¡Cómo se atreve, antisemita!”.

Bien, seamos buenos chicos. Tratemos de definir el antisemitismo de un modo tan amplio como quiera cualquier defensor de Israel: el antisemitismo puede ser odio hacia la raza, la cultura, o la religión judía, u odio al sionismo. Odio, o aversión, u oposición, o ligera hostilidad.

Pero los defensores de Israel no encontrarán este juego tan divertido como esperan. Inflar el significado del término ‘antisemitismo’ para incluir todo aquello que pueda ser políticamente perjudicial para Israel es una espada de doble filo. Puede ser que sea útil para golpear a sus enemigos, pero el problema es que la inflación de las definiciones, como cualquier inflación, abarata la moneda. Cuantas más cosas lleguen a contarse como antisemíticas, menos terrible sonará el antisemitismo. Esto ocurre porque, si bien nadie puede impedirle inflar las definiciones, ello no quiere decir que controle los hechos. En particular, ninguna definición de ‘antisemitismo’ va a erradicar la versión sustancialmente pro palestina de los hechos a la cual yo me adhiero, como también lo hace la mayoría en Europa, muchos israelíes y un creciente número de norteamericanos.

¿Qué diferencia supone eso? Supongan, por ejemplo, que un derechista israelí dice que los asentamientos representan la búsqueda de aspiraciones fundamentales para el pueblo judío, y que oponerse a ellos es antisemitismo. Podría ser que tuviésemos que aceptar esta afirmación que desde luego es difícil de rebatir. Pero tampoco podemos abandonar la creencia fundamentada de que los asentamientos ahogan a la población palestina y suprimen toda esperanza de paz. Así que la acrobacia con las definiciones no sirve para nada: solo podemos decir, ¡que les den a las aspiraciones fundamentales del pueblo judío; los asentamientos son un error! Debemos añadir que, puesto que nos vemos obligados a oponernos a los asentamientos, nos obligan a ser antisemitas. Mediante la inflación de la definición, cierta forma de ‘antisemitismo’ se ha convertido en una obligación moral.

La cosa empeora si decimos que el antisionismo es antisemítico, puesto que los asentamientos, aunque no representen aspiraciones fundamentales del pueblo judío, son una extensión enteramente plausible del sionismo. Oponerse a ellos es, de hecho, ser antisionista y, por tanto, por la definición ampliada, antisemita. Cuanto más se amplía el término antisemitismo para incluir la oposición a las políticas de Israel, mejor apariencia tiene. Dados los crímenes atribuibles al sionismo, hay otro silogismo muy sencillo: el antisionismo es una obligación moral, así que, si el antisionismo es antisemitismo, el antisemitismo es una obligación moral.

¿Que qué crímenes? Incluso la mayoría de los apólogos de Israel han renunciado a negarlos y solo insinúan que fijarse en ellos es un poco antisemítico. Después de todo, Israel no es peor que cualquier otro. En primer lugar, ¿y qué? A los seis años ya sabemos que “todo el mundo lo hace” no es excusa; ¿nos hemos olvidado? En segundo lugar, todos los crímenes son iguales solamente si se los separa de su propósito. Sí, otros han matado a civiles, los han visto morir por falta de atención médica, han destruido sus casas, arruinado sus cosechas y los han utilizado como escudos humanos. Pero Israel hace estas cosas para corregir la inexactitud de la afirmación de Israel Zangwill, en 1901, de que “Palestina es una tierra sin pueblo; los judíos son un pueblo sin tierra”. Espera crear una tierra completamente libre de gentiles, una Arabia deserta en la cual los niños judíos puedan reír y jugar por todas partes en un erial llamado paz.

Mucho antes de la época de Hitler, los sionistas recorrieron miles de millas para desahuciar a personas que nunca les habían causado el menor daño, y se las arreglaron para ignorar su misma existencia. Las atrocidades sionistas no formaban parte del plan inicial. Emergieron a medida que el olvido racista de un pueblo perseguido florecía en la forma de la ideología partidaria de la supremacía racial de uno que persigue. A ello se debe que los comandantes que dirigieron las violaciones, mutilaciones y asesinatos de niños de Deir Yassin se convirtieran en primeros ministros de Israel, pero estos crímenes no fueron suficientes. Hoy, cuando Israel podría tener la paz si la quisiese, lleva a cabo otra ronda de desahucio, volviendo Palestina lenta y deliberadamente inhabitable para los palestinos y habitable para los judíos. Su propósito no es defender el orden público, sino la extinción de un pueblo. Cierto es que Israel tiene el suficiente desparpajo en las relaciones públicas para eliminarlo con un nivel de violencia más estadounidense que hitleriano. Éste es un genocidio más benigno, más blando, que representa a sus autores como víctimas.

Israel está construyendo un estado racial, no religioso. Como mis padres, siempre he sido ateo. Por la biología de mi nacimiento tengo derecho a la ciudadanía israelí; usted puede ser el más fervoroso creyente en el judaísmo, pero no lo tiene. Los palestinos están siendo oprimidos y asesinados por mí, no por usted. Han de ser empujados a Jordania para que perezcan en una guerra civil. Así que no, disparar a civiles palestinos no es como disparar a civiles vietnamitas o chechenios. Los palestinos no son un ‘daño colateral’ en una guerra contra fuerzas separatistas o comunistas bien armadas. Se les está disparando porque Israel piensa que todos los palestinos deberían desaparecer o morir, para que gente que tiene un abuelo judío pueda construir subdivisiones sobre los escombros de sus casas. Éste no es el maldito error de una torpe superpotencia, sino un mal emergente, la estrategia deliberada de un estado, concebida en y dedicada a un nacionalismo étnico cada vez más cruel. Tiene relativamente pocos cadáveres en su cuenta hasta el momento, pero sus armas nucleares pueden matar quizá a 25 millones de personas en pocas horas.

¿Queremos decir que es antisemítico acusar, no ya solo a los israelíes, sino a los judíos en general, de complicidad con estos crímenes contra la humanidad? De nuevo, puede que no, porque hay argumentos bastante razonables para dichas afirmaciones. Compárelas, por ejemplo, con la afirmación de que los alemanes en general fueron cómplices de tales crímenes. Ello nunca quiso decir que hasta el último alemán, hombre, mujer, idiota o niño, fuesen culpables. Significaba que muchos alemanes lo fueron. Su culpa, por supuesto, no consistió en empujar a prisioneros desnudos a las cámaras de gas. Consistió en apoyar a la gente que planeó tales actos, o -como muchos textos moralistas judíos se lo dirán- por negar el horror que se extendía a su alrededor, por no ser capaces de denunciarlo y resistir, por consentir pasivamente. Nótese que el extremo peligro revestido por cualquier tipo de resistencia activa no debería ser una excusa en este caso. Prácticamente ningún judío corre peligro alguno por denunciar los hechos. Y denunciarlos es la única resistencia necesaria. Si muchos judíos lo hiciesen tendría un efecto enorme. Pero la aplastante mayoría de los judíos no lo hace y, en la amplia mayoría de los casos, es porque apoyan a Israel. Ahora bien, quizá debería descartarse por completo la noción de responsabilidad colectiva; quizá alguien inteligente nos convenza de que debemos hacerlo. Pero en este momento, los argumentos para la responsabilidad judía parecen bastante más fuertes que los argumentos para la complicidad alemana. Así que si no es racista, al contrario, es razonable, decir que los alemanes fueron cómplices de crímenes contra la humanidad, tampoco es racista, y también es razonable, decir lo mismo de los judíos. Y si se descartase la idea de la responsabilidad colectiva, todavía sería razonable decir que muchos, quizá la mayoría de los individuos judíos adultos, apoyan a un estado que comete crímenes de guerra, porque eso es sencillamente cierto. Así que si decir estas cosas es antisemítico, quizás sea razonable ser antisemita.

En otras palabras, hay que tomar una decisión. Se puede utilizar el ‘antisemitismo’ para que encaje con nuestra agenda política, o como término de condena, pero no se pueden hacer ambas cosas a la vez. Si el antisemitismo debe dejar de resultar razonable o moral, ha de ser definido de un modo estricto, no polémico. Sería seguro restringir el antisemitismo al odio explícitamente racial hacia los judíos, a atacar a la gente sencillamente por haber nacido judía. Pero sería inútilmente seguro: ni siquiera los Nazis pretendían odiar a nadie por haber nacido judío. Afirmaban odiar a los judíos porque lo que estos buscaban era dominar a los arios. Está claro que semejante postura debe ser calificada de antisemítica, pertenezca a los cínicos racistas que la inventaron o a los bobos que se la tragaron.

Solo hay una forma de garantizar que el término “antisemitismo” englobe todas aquellas malas acciones o actitudes hacia los judíos, y solamente esas. Hemos de comenzar por aquellas que podemos estar de acuerdo en que forman parte de ese grupo y ver que el término las engloba todas, y sólo esas. Probablemente compartamos la suficiente moralidad para hacerlo.

Por ejemplo, compartimos la suficiente moralidad para decir que todos los actos y odios que tienen un origen racial son malos, así que podemos contarlos con certeza como antisemíticos. Pero no toda ‘hostilidad hacia los judíos’, incluso si ello significa hostilidad hacia la mayoría aplastante de los judíos, debería contarse como antisemítica. Tampoco debería serlo toda hostilidad hacia el Judaísmo, o hacia la cultura judía.

Yo, por ejemplo, crecí en la cultura judía y, como cualquier persona que crece en una cultura, he llegado a tenerle aversión. Pero es imprudente considerar mi aversión como antisemítica, no porque sea judío, sino porque es inofensiva. Quizás no completamente inofensiva: puede ser que, en algún minúsculo grado, fomente de algún modo los actos y actitudes dañinas que quisiéramos calificar de antisemíticas. Pero, ¿y qué? El filosemitismo exagerado, que considera a todos los judíos como santos ingeniosos, amables y brillantes, podría tener el mismo efecto. Los peligros que representa mi aversión son demasiado pequeños para tener importancia. Incluso un odio colectivo generalizado hacia una cultura es normalmente inofensivo. Al parecer, por ejemplo, en Norteamérica se siente una amplia aversión por la cultura francesa y nadie, incluyendo a los franceses, considera que ello constituya algún tipo de crimen racial.

Ni siquiera todos los actos y actitudes perjudiciales para los judíos en general deberían ser considerados antisemíticos. A mucha gente no le gusta la cultura estadounidense; algunas personas incluso boicotean los productos estadounidenses. Tanto la actitud como los actos podrían perjudicar a los estadounidenses en general, pero ninguno de ellos es moralmente objetable. Definir estos actos como antiyanquismo solo significaría que cierto tipo de antiyanquismo es perfectamente aceptable. Si califica a la oposición a las políticas israelíes como antisemítica basándose en que dicha oposición perjudica a los judíos en general, solo significará que cierto antisemitismo es igualmente aceptable.

Si el antisemitismo va a ser un término de condena, debería ser aplicado más allá de los actos, pensamientos o sentimientos explícitamente racistas. Pero no puede aplicarse más allá de la hostilidad claramente injustificada y grave hacia los judíos. Los Nazis inventaron fantasías históricas para justificar sus ataques; al igual que lo hace el antisemitismo moderno que confía en los Protocolos de los Ancianos de Sión. Al igual que lo hacen los racistas de armario que se quejan del dominio judío de la economía. Esto es antisemitismo en el sentido estricto y negativo de la palabra. Es una acción o propaganda diseñada para perjudicar a los judíos, no por algo que podrían evitar hacer sino por ser lo que son. También es aplicable a las actitudes que la propaganda trata de inculcar. Aunque no siempre explícitamente racista, implica motivos racistas y la intención de causar un daño real. Una oposición razonablemente bien fundamentada a las políticas israelíes, incluso si tal oposición resulta perjudicial para todos los judíos, no se ajusta a esta definición, como tampoco lo hace la simple e inofensiva aversión por lo judío.

Hasta ahora, he sugerido que es mejor restringir la definición del antisemitismo para que ningún acto pueda ser a la vez antisemítico y aceptable. Pero se puede ir más lejos aún. Ahora que estamos metidos en materia, vamos a interrogarnos acerca del papel que juega el antisemitismo *auténtico* y malo en el conflicto entre Israel y Palestina, y en el mundo en general.

Es indudable que hay una parte de antisemitismo auténtico en el mundo árabe: la distribución de los Protocolos de los Ancianos de Sión, los mitos sobre el robo de la sangre de los bebés gentiles. Es totalmente imperdonable. También lo es el que no fuese capaz de contestar a la última carta de su tía Bee. En otras palabras, es algo que hay que decir: sencillamente debe aceptar que el antisemitismo es malo; hacer otra cosa es situarse fuera de nuestra moralidad. Pero otra cosa muy distinta es tener a alguien tratando de intimidarle para que proclame que el antisemitismo es el mal de males. No somos niños que estén aprendiendo moralidad; es nuestra responsabilidad establecer nuestras propias prioridades morales. No podemos hacerlo contemplando imágenes horribles de 1945 o escuchando los gritos angustiados de columnistas que sufren. Hemos de preguntar cuanto daño está causando, o es probable que cause, el antisemitismo, no en el pasado, sino hoy en día. Y debemos preguntar dónde podría causar tal daño y por qué.

Según cabe suponer, hay un gran riesgo de antisemitismo en el mundo árabe. Pero el antisemitismo árabe no es la causa de la hostilidad árabe hacia Israel o incluso hacia los judíos, sino un efecto. Su evolución se ajusta muy bien a la evolución de la usurpación y de las atrocidades judías. Ello no debe excusar un antisemitismo real, sino quitarle importancia. Éste llegó a Oriente Medio con el sionismo y cesará cuando el sionismo deje de ser una amenaza expansionista. De hecho, su causa principal no es la propaganda antisemítica, sino los esfuerzos sistemáticos e implacables llevados a cabo durante décadas por Israel para implicar a todos los judíos en sus crímenes. Si el antisemitismo árabe persiste después de un acuerdo de paz, entonces podremos reunirnos y hablar de ello, pero aun así no perjudicaría realmente tanto a los judíos. Los gobiernos árabes solo podrían salir perjudicados si permitiesen ataques contra sus ciudadanos judíos; hacerlo induciría la intervención israelí. Y hay pocos motivos para esperar que tales ataques se produzcan: si los horrores de las recientes campañas de Israel no los han provocado, es difícil imaginar qué podría hacerlo. Probablemente tendría que producirse alguna acción israelí tan horrible y criminal que ensombrecería a los ataques mismos.

Si es probable que el antisemitismo tenga efectos horribles en algún sitio, es muchísimo más probable que sea en Europa occidental. Allí, el resurgimiento neofascista es real. ¿Pero representa un peligro para los judíos? No hay duda de que LePen, por ejemplo, es antisemita. Tampoco hay ninguna evidencia de que pretenda hacer algo al respecto. Al contrario, no ahorra esfuerzos en apaciguar a los judíos y, quizás, incluso en conseguir su ayuda contra sus objetivos reales, los ‘árabes’. No sería él el primer personaje político que se aliase con gente a la que le tiene aversión. Pero que tuviese algún plan ultrasecreto contra los judíos *sería* inusual: tanto Hitler como los manifestantes antisemitas rusos eran maravillosamente sinceros en cuanto a sus intenciones y no solicitaron el apoyo judío. Y es un hecho que algunos judíos franceses ven a LePen como un avance positivo o incluso como un aliado (véase, por ejemplo, “LePen is good for us, Jewish supporter says “, (“LePen es bueno para nosotros, dice un partidario judío”) aparecido en Ha’aretz el 4 de mayo de 2002, así como los comentarios del 23 de abril del Sr. Goldenburg en France TV.)

Desde luego, hay motivos históricos para temer un ataque horrible contra judíos. Y todo es posible: mañana podría haber en París una masacre de judíos, o de argelinos. ¿Cuál de ellas es más probable? Si hay alguna lección que se ha aprendido de la historia, debe aplicarse en circunstancias similares. La Europa de hoy se parece muy poco a la Europa de 1933. Y también hay posibilidades positivas. ¿Por qué es mayor la probabilidad de un pogromo que la probabilidad de que el antisemitismo se convierta poco a poco en un rencor ineficaz? Toda preocupación legítima debe descansar sobre alguna evidencia de que realmente existe un peligro.

La incidencia de los ataques antisemíticos podría proporcionar tal evidencia, pero esta evidencia no tiene consistencia: no se hace distinción alguna entre ataques contra monumentos y símbolos judíos y ataques contra judíos. Además, se da tanta importancia al aumento de la frecuencia de los ataques, que el bajísimo número absoluto de ataques pasa inadvertido. En efecto, los ataques simbólicos han crecido hasta alcanzar un número considerable. Los ataques físicos no (*). Lo que es más importante, la mayoría de dichos ataques fueron llevados a cabo por residentes musulmanes: en otras palabras, vienen de una minoría perseguida, intensamente vigilada por la policía y ampliamente odiada que no tiene la más mínima oportunidad de llevar a cabo una campaña grave de violencia contra judíos.

Es muy desagradable que aproximadamente media docena de judíos hayan tenido que ser hospitalizados -ninguno asesinado- debido a los ataques recientes en Europa, pero quien convierta esto en uno de los graves problemas del mundo sencillamente no le ha echado un vistazo al mundo. Estos ataques son un asunto policial, no un motivo para que debamos vigilarnos a nosotros mismos y a los demás para combatir un mal espiritual mortal. Ese tipo de reacción es apropiado solamente cuando los ataques racistas tienen lugar en sociedades indiferentes u hostiles a la minoría atacada. Aquellos que realmente se preocupan por el Nazismo recurrente, por ejemplo, deberían reservar su angustiada preocupación para los ataques muchísimo más sangrientos y ampliamente tolerados contra los gitanos, cuya historia de persecución es perfectamente comparable con el pasado judío. La situación de los judíos es mucho más parecida a la de los blancos, quienes, desde luego, también son víctimas de ataques racistas.

No hay duda de que mucha gente rechaza este tipo de cálculo insensible. Dirán que, con el pasado que nos amenaza, incluso una sola mancha antisemítica es algo terrible, y que su gravedad no ha de medirse por el número de cadáveres. Pero si adoptamos una perspectiva más amplia, el antisemitismo se vuelve menos importante, no más. El considerar cualquier derramamiento de sangre judía como una calamidad de suma importancia, que escapa a toda medida y comparación, es racismo, puro y duro; la valoración de la sangre de una raza por encima de todas las demás. El hecho de que los judíos hayan sido perseguidos durante siglos y que hayan sufrido terriblemente hace cincuenta años, no borra el hecho de que en Europa, hoy en día, los judíos son parte integrante de la sociedad, con mucho menos que sufrir y temer que otros grupos étnicos. Seguramente, los ataques contra una minoría rica son tan malos como los ataques contra una minoría pobre e indefensa. Pero atacantes igualmente malos no conducen a ataques igualmente preocupantes.

No son los judíos quienes más viven a la sombra del campo de concentración. Los ‘campos de tránsito’ de LePen son para ‘los árabes’, no para los judíos. Y, aunque hay varios partidos políticos significantes que tienen en sus filas a muchos antisemitas, ninguno de ellos muestra síntomas de estar articulando, ni mucho menos ejecutando, una agenda antisemítica. Tampoco hay razones para suponer que una vez en el poder cambiarán de actitud. El Austria de Haider no se considera peligrosa para los judíos; tampoco se consideraba así la Croacia de Tudjman. Y en caso de que hubiese tal peligro, hay un estado judío con armamento nuclear dispuesto a dar la bienvenida a cualquier refugiado, como lo están los Estados Unidos y el Canadá. Y el decir que no existen peligros reales en la actualidad no quiere decir que debamos ignorar cualquier peligro que pudiera aparecer. Si en Francia, por ejemplo, el Frente Nacional comenzase a recomendar campos de tránsito para los judíos, o pusiese en práctica políticas de inmigración antijudías, deberíamos alarmarnos, pero no deberíamos hacerlo porque sea posible que algo alarmante llegue a suceder: ¡ocurren muchas cosas mucho más alarmantes que eso!

Se podría contestar que, si las cosas no son más alarmantes es porque los judíos y otros han estado muy alerta combatiendo el antisemitismo, pero no es convincente. En primer lugar, la vigilancia del antisemitismo es una especie de visión de túnel: como están aprendiendo los neofascistas, pueden pasar inadvertidos si evitan hablar de los judíos. Por otra parte, no hubo ningún gran peligro para los judíos, ni siquiera en países tradicionalmente antisemíticos donde el mundo *no* está alerta, como Croacia y Ucrania. Los países a los que se presta poca atención no parecen más peligrosos que aquellos a los que se dedica mucha. En lo referente a la vigorosa reacción a LePen en Francia, parece que tiene mucho más que ver con la repugnancia francesa por el neofascismo que con las reprimendas de la Liga Antidifamación. Suponer que las organizaciones y los más serios columnistas judíos que se abalanzan sobre el antisemitismo están salvando al mundo del desastre es como afirmar que Bertrand Russel y los cuáqueros fueron lo único que nos salvó de una guerra nuclear.

Ahora bien, se podría decir: independientemente de los peligros verdaderos, estos hechos realmente atormentan a los judíos y traen a la memoria recuerdos insoportablemente dolorosos. Ello podría ser cierto para los poquísimos que todavía tienen esos recuerdos; no es cierto para los judíos en general. Soy un judío alemán, y tengo derecho justificado a la calidad de víctima, de tercera mano y segunda generación. Los incidentes antisemíticos y el clima de creciente antisemitismo no me importan gran cosa. Me asustan mucho más las situaciones que representan un peligro real, como el conducir. Además, ni siquiera los recuerdos dolorosos y las preocupaciones tienen un gran peso frente al sufrimiento físico real infligido por la discriminación a muchos no judíos.

Con esto no pretendo menospreciar todo antisemitismo, se dé donde se dé. A menudo se oye hablar de crueles antisemitas en Rusia o Polonia, tanto en las calles como en el gobierno. Pero, si bien ello puede ser alarmante, también es inmune a la influencia de los conflictos entre Israel y Palestina, y es sumamente improbable que dichos conflictos le afecten de una manera u otra. Además, que yo sepa, en ningún sitio hay tanta violencia contra los judíos como contra ‘los árabes’. Así que, incluso si el antisemitismo es un asunto catastróficamente grave, solamente podemos concluir que el sentimiento antiárabe es mucho más grave todavía. Y puesto que todo grupo antisemita es en mayor medida contrario a la inmigración y antiárabe, se puede combatir a estos grupos, no en nombre del antisemitismo, sino en defensa de los árabes y los inmigrantes. Así que la amenaza antisemita que representan estos grupos no debería hacernos siquiera querer centrarnos en el antisemitismo: se los combate igualmente bien en nombre de los inmigrantes y los árabes.

Brevemente, el verdadero escándalo hoy en día no es el antisemitismo, sino la importancia que se le concede. Israel ha cometido crímenes de guerra. Ha comprometido a los judíos en general en dichos crímenes, y los judíos generalmente se han apresurado a implicarse ellos mismos. Esto ha provocado odio hacia los judíos. ¿Por qué no habría de ser así? Parte de este odio es racista, parte no lo es, pero ¿a quién le importa? ¿Por qué deberíamos prestarle a este asunto alguna atención en absoluto? ¿Tiene alguna importancia el hecho de que la guerra racial israelí haya provocado una amarga cólera, al margen de la guerra en sí? ¿Tiene alguna importancia la remota posibilidad de que en algún lugar, en algún momento, de algún modo, este odio pudiese, en teoría, llegar a ocasionar la muerte a algunos judíos, al lado de la persecución física real, brutal, que sufren los palestinos y de los cientos de miles de votos a favor de que los árabes sean agrupados en campos de tránsito? Vaya, pero lo olvidaba. Déjelo. Alguien hizo una pintada con consignas antisemíticas en una sinagoga.

* Michael Neumann es profesor de filosofía en la Universidad Trent en Ontario, Canadá.

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