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Grupo de lectura 2017

23 Mar

Waingarten, Foucault y la Historia de la locura

23 May

Con el objetivo de facilitar el acercamiento a un texto tan a menudo referenciado y a la vez tan poco leído, presento aquí un breve extracto de la Historia de la locura en la época clásica de Michel Foucault.

 

Todos los párrafos pertenecen al capítulo V de la 3ª parte y al Apéndice I de dicha obra. El primero data del momento de publicación inicial del libro, esto es, 1964; el segundo es un agregado posterior que el autor realizó en la edición de 1972.  

Algunas de las frases están recortadas y los párrafos fueron reordenados, a la manera de un rompecabezas, intentando restituir algunos ejes argumentativos a partir del entramado profuso del texto. El resultado es un ligero cambio de énfasis y también en el ordenamiento de sus derivaciones conceptuales que lo hacen, a mi entender, aún más actual.

 


 

 

 

Extractos

  

Los progresos de la medicina bien podrán hacer desaparecer la enfermedad mental, como la lepra y la tuberculosis; pero permanecerá una cosa, que es la relación del hombre con sus fantasmas, con su imposible, con su dolor sin cuerpo, con la cáscara de su noche;

Quizá llegue un día en que no se sepa ya bien lo que ha podido ser la locura. Su figura se habrá cerrado sobre sí misma no permitiendo ya descifrar los rastros que haya dejado.

¿Cómo, en una cultura, una eventualidad tan precaria puede detentar semejante poder de terror revelador? Para responder a esta pregunta, quienes nos contemplarán por encima del hombro sin duda no tendrán a su disposición muchos elementos; tan sólo algunos signos carbonizados: el temor, examinado durante siglos, de ver el estiaje de la locura subir, y sumergir al mundo; los ritos de exclusión y de inclusión del loco; la atenta escucha, desde el siglo XIX, para sorprender en la locura algo que pueda decir lo que es la verdad del hombre; la impaciencia misma con que son rechazadas y recibidas las palabras de la locura, la vacilación a reconocer su inanidad o su decisión.

En este punto, en este repliegue del tiempo, en que cierto control técnico de la enfermedad recubre más que designa el movimiento que cierra sobre sí mismo la experiencia de la locura, es donde hoy nos encontramos. Pero es precisamente este repliegue el que nos permite desplegar lo que durante siglos sólo ha estado implicado: la enfermedad mental y la locura, dos configuraciones diferentes que se habrán reunido y confundido a partir del siglo XVII, y que hoy se desanudan ante nuestros ojos o, antes bien, en nuestro idioma.

Fácil es comprender el extraordinario prestigio de la parálisis general, el valor de modelo que ha tenido a lo largo de todo el siglo XIX y la extensión general que se ha querido darle para la comprensión de los síntomas psicopatológicos;

(…) en el trasfondo de los corazones, desde antes de toda contaminación, la falta era compartida entre el enfermo y su familia, entre el enfermo y quienes lo rodeaban, entre los enfermos y sus médicos; la gran complicidad de los sexos hacía extrañamente cercano ese mal, prestándole todo el antiguo lirismo de la culpabilidad y del temor. Pero al mismo tiempo, esta comunicación subterránea entre el loco y quien lo conoce, lo juzga y lo condena, perdía sus valores realmente amenazantes en la medida en que el mal era rigurosamente objetivado, diseñado en el espacio de un cuerpo e investido en un proceso puramente orgánico. Por ello mismo, la medicina interrumpía bruscamente este reconocimiento lírico y, a la vez, ocultaba, en la objetividad de una verificación, la acusación moral que hacía.

Satisfacción inagotable de ser exculpado en el veredicto pronunciado, y protegido de su propia acusación por el apoyo de una serena observación a distancia. En el siglo XIX la parálisis general es la “buena locura” en el sentido en que se habla de “buena forma”. La gran estructura que gobierna toda percepción de la locura se encuentra representada exactamente en el análisis de los síntomas psiquiátricos de la sífilis nerviosa.

(…) y hasta Freud —o casi— es en nombre de la “parálisis general” como ese propósito filisteo de la medicina se defenderá contra cualquier otra forma de acceso a la verdad de la locura.

Pero la parálisis general tiene otro aspecto importante: la falta, con todo lo que en ella puede haber de interior y de oculto, encuentra inmediatamente su castigo y su lado objetivo en el organismo. Ese tema es muy importante para la psiquiatría del siglo XIX: la locura encierra al hombre en la objetividad.

Durante el periodo clásico, la trascendencia del delirio aseguraba a la locura, por manifiesta que fuese, una especie de interioridad que no afloraba nunca al exterior, que la mantenía en una relación irreductible consigo misma. Ahora toda locura y el todo de la locura deberán tener su equivalente externo; o, mejor dicho, la esencia misma de la locura consistirá en objetivar al hombre, en arrojarlo al exterior de sí mismo, en exponerlo finalmente al nivel de una naturaleza pura y sencilla, al nivel de las cosas.

El Goya que pintaba El patio de los locos sin duda sentiría, enfrente de ese bullicio de carne en el vacío, de esas desnudeces a lo largo de los muros desnudos, alguna cosa que se emparentaba con algo contemporáneo y patético: los oropeles simbólicos que portaban los reyes insensatos dejaban visibles los cuerpos suplicantes, los cuerpos que se ofrecían a las cadenas y los látigos, que contradecían el delirio de los rostros, menos por la miseria de ese despojo que por la verdad humana que surgía de toda esa carne intacta.

El Goya de Los disparates y de La casa del sordo se dirige a otra locura. No a la de los locos arrojados en prisión, sino a la del hombre arrojado en su noche.

La locura solitaria del deseo, que todavía para Hegel, como para los filósofos del siglo XVIII, hunde finalmente al hombre en un mundo natural, inmediatamente recogido por un mundo social, para Sade no hace sino arrojarlo a un vacío que domina de lejos a la naturaleza, en una falta total de proporciones y de comunidad, en la inexistencia, siempre recomenzada, del saciarse.

Esta locura que anuda y divide al tiempo, que curva al mundo sobre el pozo de una noche, esta locura tan extraña a la experiencia que le es contemporánea, ¿no transmite, por medio de aquellos que son capaces de acogerla —Nietzsche y Artaud— las palabras apenas audibles de la sinrazón clásica (donde era cuestión de la nada y de la noche), pero ampliándolas hasta el grito y el furor?

Por tanto, hay que tomar la obra de Freud por lo que es; no descubre que la locura esté envuelta en una red de significaciones comunes con el idioma cotidiano, autorizando así el hablar de ella en la trivialidad cotidiana del vocabulario psicológico. Desplaza la experiencia europea de la locura para situarla en esta región peligrosa, siempre transgresiva (por tanto, aún prohibida, pero de un modo particular), que es la de los idiomas que se implican a sí mismos; es decir, enunciando en su enunciado la lengua en la que se enuncian. Freud no ha descubierto la identidad perdida de un sentido; ha cernido la figura irruptiva de un significado que no es absolutamente como los otros; lo cual habría debido bastar para proteger su obra de todas las interpretaciones psicologizantes con que la ha recubierto nuestro medio siglo, con el nombre (irrisorio) de las “ciencias humanas” y de su unidad asexuada.

Pliegue del hablado que es una ausencia de obra. Por la locura que la interrumpe, una obra abre un vacío, un tiempo de silencio, una pregunta sin respuesta, y provoca un desgarramiento sin reconciliación, que obliga al mundo a interrogarse. De allí también esa extraña vecindad de la locura y de la literatura.

A los ojos de no sé qué cultura futura —y quizás esté ya próxima— seremos nosotros aquellos que más se han acercado a esas dos frases jamás pronunciadas realmente, a esas dos frases tan contradictorias e imposibles como el famoso “yo miento” y que designan, las dos, la misma auto-referencia vacía: “yo escribo” y “yo deliro”. Figuraremos así al lado de otras mil culturas que han acercado el “estoy loco” al “yo soy una bestia”, o “yo soy un dios”, o “yo soy un signo”, o aun “yo soy una verdad”, como fue el caso durante todo el siglo XIX, hasta Freud. Y si esta cultura tiene amor a la historia, se acordará, en efecto, de que Nietzsche, al volverse loco, ha proclamado (en 1887) que él era la verdad (porque soy tan sabio, porque sé tanto, porque escribo tan buenos libros, porque soy una fatalidad); y que, menos de 50 años después, Roussel, en vísperas de suicidarse, ha escrito, en Cómo he escrito algunos de mis libros, el relato, sistemáticamente realizado, de su locura y de sus procedimientos de escritor. Y alguien se asombrará, sin duda, de que hayamos podido reconocer un parentesco tan extraño entre lo que durante largo tiempo fue temido como un grito y lo que, durante largo tiempo, fue esperado como un canto.

Ésta, sin la menor duda, va a entrar en un espacio técnico cada vez mejor controlado: en los hospitales la farmacología ya ha transformado las salas de agitados en grandes acuarios tibios. Pero por debajo de esas transformaciones y por razones que parecen ajenas a ellas (al menos para nuestra mirada actual), está produciéndose un desenlace: locura y enfermedad mental deshacen su pertenencia a una misma unidad antropológica.