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Carta de Kojève a Tran-Duc- Thao

19 Jul

 

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En la carta que traducimos a continuación quedan explícitos los aportes de dicha transmisión entre los cuales se encuentra la fórmula “deseo de deseo” que no pertenece a Hegel, como algunos autores sostienen, sino a Kojève.

 

Estimado Señor:

Termino de leer en Temps Modernes su artículo sobre la Fenomenología del espíritu que me interesó mucho. Primero quería agradecer sus amables palabras referidas a mí. Más sensibilizado aún por haber hecho publicar mi libro en el estado caótico que usted conoce, lo que me provoca remordimientos.

En cuanto al fondo mismo de la cuestión, estoy de acuerdo con la interpretación de la fenomenología que usted ofrece. Quisiera señalar sin embargo, que mi obra no tenía el carácter de un estudio histórico, me importaba relativamente poco saber lo que Hegel mismo ha deseado decir en su libro. Dicté un curso de antropología fenomenológica sirviéndome de los textos hegelianos, pero diciendo sólo lo que consideraba cierto y dejando de lado lo que parecía ser en Hegel, un error. Así renunciando al monismo hegeliano, conscientemente me alejé de este gran filósofo. Por otra parte mi curso era esencialmente una obra de propaganda destinada a golpear los espíritus. Es por ello que conscientemente reforcé del rol de la dialéctica del Amo y del Esclavo y de una manera general esquematice el contenido de la fenomenología.

Es porque creo personalmente que sería lo más deseable que usted desarrolle bajo la forma de un comentario completo, las grandes líneas de interpretación que usted ha esbozado en el artículo al que me refiero.

Solamente una pequeña acotación. Los términos “sentimiento de sí” y “conciencia de si” son de Hegel, es él mismo el que dice expresamente que a diferencia del hombre, el animal no atraviesa el estado de sentimiento de sí.  El término “lucha de puro prestigio”  no se encuentra efectivamente en Hegel, pero creo que se trata únicamente de una diferencia terminológica, porque todo esto que yo digo con respecto de esta lucha se aplica perfectamente a lo que Hegel llama la “lucha por el reconocimiento”.

Por último, referente a mi teoría de “deseo de deseo”, ella no es de Hegel  y no estoy  seguro que él haya bien visto la cosa. Introduje esta noción porque tenía la intención de hacer, no un comentario de la fenomenología, sino una interpretación; dicho de otro modo traté de encontrar las premisas profundas de la doctrina hegeliana y realizando la deducción lógica de esas premisas. “El deseo de deseo” me parece ser una de las premisas fundamentales en cuestión y si Hegel mismo no lo expresó considero que formulado de esta manera, realicé un cierto progreso filosófico. Es posiblemente el único progreso filosófico que realicé, el resto tiene un carácter filológico, es decir precisamente, una explicación de textos.

El punto más importante es la cuestión del dualismo y del ateísmo que usted evoca en la última sección de vuestro artículo (Pág. 517 a 519). Quiero decir que no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero creo que la divergencia no reposa sólo en un malentendido.

Su razonamiento seria ciertamente exacto si se refiriera a un dualismo propiamente dicho, es decir abstracto y no dialéctico. Diría como usted que todo dualismo es necesariamente deísta  porque hay dos tipos de ser Naturaleza y Hombre necesariamente la unidad es superior y esa unidad no puede ser una entidad divina. Pero el dualismo que he visto es dialéctico. En efecto, me serví de la imagen de un anillo de oro, pero él no existiría en tanto anillo si no hubiera agujero. No podemos decir, no obstante, que el agujero existe al mismo tiempo que el oro y que hay allí dos modos de ser del que el anillo es la unidad. En nuestro caso, el oro es la Naturaleza, el agujero es el Hombre y el anillo el Espíritu. Esto quiere decir, que si la Naturaleza puede existir sin el Hombre, y en el pasado existió sin el Hombre, el Hombre no existió jamás y no pudo existir sin la Naturaleza y fuera de ella. De la misma forma que el oro existe sin el agujero, el agujero no existe simplemente si no hay metal que lo rodee. Dado que el Hombre es creado sólo en y por, o más exactamente todavía, en tanto que negación de la Naturaleza, resulta que presupone la Naturaleza. Esto lo distingue esencialmente de todo lo que es divino. Dado que él es la negación de la Naturaleza, es algo más que el divino pagano de la naturaleza misma; y que como toda negación, presupone eso que es negado, él es diferente del Dios cristiano quien es el contrario anterior a la naturaleza y la crea por un acto positivo de su voluntad.

No digo pues que hay simultáneamente dos modos de ser: Naturaleza y Hombre. Digo que hasta la aparición del primer Hombre (que es creado en una lucha de prestigio), el Ser era por completo Naturaleza. A partir del momento donde el Hombre existe, el Ser por completo es Espíritu, porque el Espíritu no es otra cosa que la Naturaleza que implica al Hombre, y desde el momento donde el mundo real implica ,de hecho, el Hombre, la Naturaleza, en el sentido estricto de la palabra no es más que una abstracción. Entonces hasta un cierto momento del tiempo sólo había Naturaleza  y a partir de un cierto momento, no hay más que Espíritu.

Entonces porque eso que es verdaderamente real en el Espíritu (el oro del anillo), es la Naturaleza, podemos decir, como usted lo hace, que el Espíritu es el resultado de la evolución de la Naturaleza misma. Sin embargo, no me gusta este modo de decir, porque ello puede hacer creer que la aparición del Hombre puede ser deducida a priori, como cualquier otro acontecimiento natural. Además, creo que este no es el caso y que si el conjunto de la evolución natural puede, en principio ser deducida a priori, la aparición del Hombre y su historia solo puede ser deducida a posteriori, es decir, precisamente, no deducida o prevista, sólo comprendida. Esta es una manera de decir que el acto de la auto-creación del Hombre es un acto de libertad y que toda la serie de actos humanos que constituyen la historia es ella también una serie de actos libres. Es por eso que  prefiero hablar de dualismo entre la Naturaleza y el Hombre, pero sería más correcto hablar de un dualismo entre la Naturaleza y el Espíritu, el Espíritu siendo esta misma Naturaleza que implica al Hombre. Entonces, mi dualismo no es espacial, sino temporal: Naturaleza primero, Espíritu o Hombre, después. Hay dualismo porque el Espíritu o el Hombre no pueden ser deducidos a partir de la Naturaleza, el corte provocado por el acto de libertad creadora, es decir negadora de la naturaleza.

Le estaría muy agradecido Estimado Señor si usted me pudiera decir en pocas palabras, en qué medida las explicaciones, por otra parte muy insuficientes, que ofrezco en esta carta son susceptibles de recoger las objeciones que usted me ha hecho.

Le ruego acepte Estimado Señor, toda mi simpatía.

                                                                                                                        A. Kojève

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Freud, el valor de la vida

18 May

 

Entrevista al Dr. Sigmund Freud por George Sylvester Viereck. Concedida al periodista en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los Alpes suizos. Se la creía perdida pero luego se encontró que había sido publicada en el volumen de Psychoanalysis and the Fut, New York, 1957.

S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial).
S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
G. S. Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía).
S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.
G. S. Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?
S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
G. S. Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?
S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?
G. S. Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?
S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria?. No habría vínculo entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
G. S. Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. Él encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. Él cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
G. S. Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).
G. S. Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
G. S. Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
G. S. Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver …
(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)
G. S. Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.
G. S. Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. “Tout comprendre c’est tout pardonner”.
S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, por qué él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización, es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto antisemita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Pero debido precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
G. S. Viereck: ¡Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!.
S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
G. S. Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida a la “caza de los leones”. Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw….
G. S. Viereck: Es parte de mi trabajo.
S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él).
G. S. Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa , yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión).
G. S. Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
G. S. Viereck: ¿Por qué?
S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
G. S. Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.
S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡Él sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
G. S. Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.
G. S. Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue más compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
S. Freud: El psicoanálisis, por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
G. S. Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
G. S. Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc.- parecen permanentes.
S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los substratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
G. S. Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: Yet all were lacking, if sex were lacking (Más todo faltaría si faltase el sexo). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer, la muerte, la negociación de la vida. ¡Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
Whatever gods may be That no man lives for ever; That dead men rise up never; That even the weariest river Winds somewhere safe to sea.

Cualesquiera dioses que existan Que la vida ninguna viva para siempre; Que los muertos jamás se levanten; Y también el río más cansado Desagüe tranquilo en el mar
G. S. Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende el sexo. Él no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. Él hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas que emanan de sus piezas, el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
G. S. Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dio nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. En Zaratustra dice: “El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad”. El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es solo un poeta, es también un científico.
G. S. Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O’Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O’Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. “The Silver Cord” por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente. La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis. Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio!. El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. Él oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. ¡Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. Él me pareció cansado y triste al darme el adiós.
“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. Yo no tengo desprecio por el mundo.
Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores!
No soy infeliz, al menos no más infeliz que otros.
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia.

Castoriadis, finitud

15 May

El tema de la mortalidad es tratado poco frecuentemente en nuestro medio: me parece merecedor de mejor atención. También he notado una muy pobre problematización en el ámbito médico y asistencial, lo cual es significativo ya que hoy en día la medicina, como institución, es la encargada, por la cultura, de procesar la muerte; no se concibe fácilmente una muerte sin asistencia médica. Es un tema que en general no existe salvo cuando excede algún encuadre, y entonces ya es un síntoma. Intentaré mostrar los desarrollos que hace al respecto Cornelius Castoriadis. Un punto nodal es su idea de que la actitud ante la muerte proviene de una significación socialmente transmitida; él rechaza todo endogenismo en esta cuestión: “Nada hay en mí, nada mío y propio, que me diga que he nacido y que moriré, nada ‘psicológico’ y nada ‘trascendental’. El hecho de que nací y moriré es un saber esencialmente social (me lo dijeron o lo vi), que me es transmitido/impuesto; y que, por supuesto, el núcleo más íntimo de la psyché ignora sin más” (El mundo fragmentado, Buenos Aires, Altamira, 1993). Castoriadis considera el reconocimiento y la aceptación de la mortalidad, tanto en la sociedad y en la cultura como en el individuo, como un requisito para el logro de la autonomía y de su corolario indisociable, la libertad. El desarrollo de la cultura está explicado como una de las principales defensas contra la asunción de la mortalidad, y estas defensas se perpetúan transmitidas por el pensamiento “heredado”. Castoriadis trasciende los desarrollos freudianos, que habían asignado a la religión el papel más importante ante la mortalidad, cuando llega a concebir la cultura como algo defensivo frente al reconocimiento de aquélla: la cultura, en la que estamos incluidos, prescribe ritos y significaciones cuyo sentido es evitar la aceptación de la muerte propia o de las instituciones y sus significados. Es posible que esta idea se acerque a dar cuenta de la pobre dedicación que recibe el tema. Aproximándonos más al punto de vista clínico, y para explicar la interminabilidad de los análisis que devienen interminables, Castoriadis enuncia que hay una imposibilidad de ambos, analista y paciente, en aceptar la mortalidad, ejemplificada en el dejar paso al que deviene nueva persona y, como tal, extraño y desconocido. En la cultura actual hay un rechazo, que puede hacerse presente también en un análisis, de los riesgos inherentes a la autonomía, a la libertad y, en consecuencia, al vivir. La aceptación de estos riesgos significa quedar al borde del abismo generado por la pérdida de sentidos, tanto aquellos transmitidos-constituidos por lo histórico social y con los que el sujeto se identifica, como aquellos que ha creado y tienen mayor individualidad. El logro de la aceptación constituye el fin-de-análisis, en los dos sentidos, como objetivo y como terminación del proceso, en que puede usarse esta expresión, y por esa misma razón son la “roca viva” –como la denominaba Freud– en la que puede quebrarse el análisis. Se puede entender con esta base la impasse analítica y las situaciones que se han denominado como reacción terapéutica negativa, ya de otra manera que como expresión más o menos directa de la “pulsión de muerte”. La asunción de la condición de mortalidad es un requisito previo a la posibilidad de la autonomía, tanto en el nivel individual como para el establecimiento de sociedades autónomas. Castoriadis entiende que las actuales condiciones de desenvolvimiento de nuestra cultura son precisamente las contrarias a tal posibilidad. La idea de progreso ilimitado y las significaciones de seudorracionalidad y seudodominio del hombre y de la naturaleza están básicamente al servicio de negar la mortalidad. Forman parte y se transmiten a través del “pensamiento heredado”. Pero la cultura occidental, al entender de Castoriadis, es la única que posee, al lado de un proyecto hegemónico capitalista, otro proyecto de desarrollo de la autonomía del hombre y de la formación de sociedades autónomas. Este proyecto es derivado de aquellos momentos de autonomía presentes en la democracia griega y en la Revolución Francesa. Como parte de una ética de la mortalidad, propone crear significaciones y sentidos que reemplacen a los que están perdidos, generar así “tipos antropológicos” complementarios a esas nuevas significaciones, trabajar en función de promover el desarrollo de autonomía. El reconocer obligaciones con generaciones futuras, basadas en la deuda con las que nos antecedieron, es una base para construir posiciones éticas alrededor de este problema. Freud, quien definió al ser humano como “derechohabiente temporario de una institución que lo trasciende”, marca un antecedente para tal postura. Castoriadis le asigna al psicoanálisis, como actividad práctico-poiética (es decir, de creación) un papel en el desarrollo del estado autónomo de subjetividad reflexiva y deliberante que es, a su entender, el funcionamiento mental más desarrollado. Las sociedades heterónomas postulan significaciones en las que hay algo eterno –Dios, la patria, los laureles, la lengua, etcétera– que funciona como figura identificatoria. Sobre estas figuras rige la “clausura”: una imposibilidad de que sean cuestionadas, en tanto se explican a sí mismas como “causas”. El proyecto social está impregnado de visos de eternidad, porque asumir la disolución y la muerte de ese proyecto, de las significaciones, de la nacionalidad, es rechazado. Resolver esto, es decir, darle otro curso, requeriría instituir nuevas significaciones que permitieran cambiar nuestras relaciones con la vida y la muerte. Se puede así plantear la posibilidad de una “muerte trófica”. En esta manera de entender, Castoriadis sigue en mucho a Octavio Paz: “Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. La muerte es intransferible como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra vida la que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres. […] La vida, colectiva o individual, está abierta a la perspectiva de una muerte que es, a su modo, una nueva vida. La vida sólo se justifica y trasciende cuando se realiza en la muerte. Y ésta también es trascendencia, más allá puesto que consiste en una nueva vida. […] La muerte moderna no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores. En un mundo de hechos la muerte es un hecho más” (“Todos santos, día de muertos”, en El laberinto de la soledad). En la cultura actual, la muerte juega el papel que en tiempos de Freud ocupaba la sexualidad: algo a ser negado y escotomizado. La sexualidad, en tanto representa y evoca el paso de las generaciones, remite a la muerte, o finitud individual, y por eso también es motivo de defensa. La relación sexo-muerte tiende también a erotizarse al servicio de la defensa. El aceptar la finitud, tanto del individuo como de las instituciones y significaciones sociales, es una fuerte renuncia narcisística. Para que esta renuncia forme parte del proyecto autonómico debe ser transformada en autolimitación, lo cual requiere un trabajoso esfuerzo elaborativo, vale decir, de creación de nuevas significaciones. La muerte es un sinsentido y nuestra mente no puede aceptarlo fácilmente. Se tolera más y mejor un sentido negativo que un sinsentido. El valor culturalmente asignado al “progreso” y a la prolongación de la vida ha creado en la sociedad occidental actual un vacío; el progreso como valor ha entrado en crisis, ya no es aceptado, se descree de él y la experiencia ha demostrado que no se traduce en mejores resultados para la humanidad. La situación generada con la cada vez menor provisión de suministros sociales sostenedores, así como las dificultades de inserción e inclusión, plantean el interrogante de cómo se resolverá tal vacío (en términos de Castoriadis: insignificancia). Parafraseando un modelo freudiano encuentro que, respecto de la muerte, es posible distinguir tres polaridades: vida/muerte, vitalidad/mortalidad e inmortalidad/ mortalidad. La polaridad vida/ muerte es quizá la más transitada por el psicoanálisis, a partir de los términos “pulsión de vida/pulsión de muerte”; representa estados sustantivables, más bien fijos y definibles. Creo, además, que, en este contexto, vida y muerte han adquirido características polisémicas que a veces trivializan su significado. La polaridad vitalidad/mortalidad se puede relacionar con la melancolía, dado que la identificación con el objeto perdido disminuye la vitalidad y genera un muerto eterno que, paradójicamente, no muere nunca. También forman un par complementario, en tanto estamos hablando del reconocimiento y la aceptación de la mortalidad como requisito para una vitalidad autónoma, de la que la mortalidad es un ingrediente necesario. La polaridad inmortalidad/mortalidad parece ser la más cercana al punto de vista que nos interesa: se acerca al paradigma que parte de un estado originario, la mónada, primariamente inmortal y omnipotente, que como parte de un desarrollo puede o no llegar a una aceptación de la mortalidad, lo cual será acorde con el logro de otros puntos de funcionamiento autónomo. Pienso también en una inmortalidad secundaria, que aparece en mitos y obras literarias y artísticas. Puede llegarse a ella a través de pactos y está ligada con vivencias de encierro, monstruosidad y castigo. Es el caso de Fausto, en sus distintas versiones. En el caso del Holandés Errante, es más bien un castigo despersonalizante y desvitalizante: un vivir interminable, una condición de muerto en vida que necesita una intervención salvadora para rehumanizarse recuperando la posibilidad y la capacidad de morir.