Tag Archives: Freud

André, Michelet y el sexo y el amor

9 Jul

0111

En su diario personal, el historiador Jules Michelet escribió, el 22 de mayo de 1857: “Para el que no está hastiado, el solo contacto de la persona amada, el sentimiento de su carne, de su calor, la vista encantadora y siempre nueva de lo que uno ha visto mil veces, esas castas familiaridades, las constantes ocasiones de asistir a los momentos escondidos, a la higiene personal, a las funciones obligadas del cuerpo, todo eso, a cada instante, arroja chispas. Es el condimento de la vida, el azúcar y la sal, y más aún, su penetrante perfume, que la envuelve como un hechizo. Es fuente inagotable de rejuvenecimientos imprevistos, de despertares de la languidez, de olvidos de la fatiga. Para la erección inventiva, alcanza con que por la mañana la haya besado en los pechos, en la grupa o en el pie”.

Mejor que su libro El amor, muy edulcorado, el Diario de Michelet ilustra el reencuentro del amor y la sexualidad. Desde Ovidio, por lo menos, no cabe duda de que la hazaña es realizable y que su condición es la existencia psíquica y sexual del otro, de la mujer: “¡Que la mujer sienta el placer de Venus abatirse sobre ella hasta lo más profundo de su ser, y que el goce sea igual para su amante que para ella!”. La desvalorización de la mujer, y por extensión toda práctica sexual que no pretende de la pareja sino que acuda al sitio donde el fantasma la convoque, no toma en cuenta el placer femenino. Y aun cuando el hombre aceche en los ojos, o en los gemidos, el goce que está “infligiendo” es sólo para rédito narcisista de su virilidad confirmada.

En tanto sea sólo el fantasma del hombre el que reine en la escena sexual, el objeto no es más que un objeto –“Cuanto menos amor hay, mejor se coge”– que se intercambia de buen grado, en tanto el tiempo prolongado vivido con “la misma” corre el riesgo de la alteridad, de ver surgir las expectativas de otra psique y, por lo tanto, de perturbar el programa idéntico a sí mismo que se fija para sí el fantasma. La llamada naturaleza “poligámica” de los hombres no es sólo la consecuencia de una pulsión que no tiene otro fin que la satisfacción: es también el correlato de una sexualidad que evita el reencuentro siempre peligroso con el otro sexo.

Por el contrario, “para el que no está hastiado”, como escribió Michelet, aquel para quien la duración no es adversaria de la novedad, la erección inventiva descubre lo que ha visto ya mil veces. Bonaparte le escribe a Josefina: “Te envío mil besos, abajo, bien abajo, mucho más abajo que el corazón, por el lado de la selva negra”. Es la diferencia entre un sexo femenino, sexo por defecto (le falta algo), o simple estuche (vagina) para el pene, y un dark continent, palabra con que el explorador Stanley nombraba la misteriosa y peligrosa selva ecuatorial africana, retomada por Freud un día en que se hacía cargo del carácter restrictivo y empobrecedor de la lógica fálica estricta. La erección inventiva no terminó jamás de descubrir el mismo territorio, de profundizar su conocimiento de él, a diferencia de la que solo se pone dura por lo que ya conoce e impone, contentándose con una breve visita como al pasar. Una aspira a lo que ignora, la relación con lo desconocido; la otra no pasa los límites que ella misma se fija.

Se adivina, siguiendo este razonamiento, que el acento en la idealización, nunca ausente desde el momento mismo en que se entremezcla el amor, corre el riesgo de enmascarar la parte violenta, subversiva, y sin embargo siempre presente, de la sexualidad. El psicoanálisis mismo, con su “primado de la genitalidad”, no escapó a esta pendiente normativa y jerarquizadora. Los diarios íntimos, como sucede con el de Michelet, o la correspondencia “caliente”, esa que conjuga con fuerza el amor y el sexo, de modo explícito o más alusivo, evocan más el polimorfismo (infantil) de una sexualidad que hace todo, ve todo y viaja al extranjero que una sexualidad de síntesis que hubiese restablecido el buen orden de las cosas.

Es evidentemente una paradoja pensar que bajo la conformidad cultural milenaria, que hace de la pareja hombre-mujer la unidad de base de la reproducción del orden social, pueda cobijarse cualquier otra cosa… Lo más común es la pareja social hombre-mujer; el reencuentro amoroso y sexual de uno y otro no es evidentemente la excepción, pero no es menos cierto que supone la construcción de una complejidad psíquica inestable, muy alejada de la regla. Las palabras de hombres y mujeres en el diván no cesan de confirmar esta fragilidad y la violencia potencial que encierra; las parejas homosexuales tienen a menudo en estos días una estabilidad que las parejas heterosexuales no tienen, el casamiento se ha convertido en asunto de ellos. En un tiempo en que la simple idea de demorarse en acabar para dar lugar al placer de la mujer suponía incongruencia y suscitaba oprobio, los escritos de Ovidio resultaban un desafío al orden establecido. Pascal Quignard escribe que “lo que escandalizó en los tres libros eróticos de Ovidio (Amores, El arte de amar y Heroidas) es la idea de reciprocidad, la idea de mezclar fidelidad y placer, matriarcado y eros, genealogía y sensualidad”. El poeta pagó caro este modo inesperado de transgredir la prohibición mayor; el precio fue el destierro al que lo condenó Augusto en las costas del Danubio y su muerte solitaria tras quince años de exilio.

Es Freud, una vez más, el que tiene el discurso menos conformista de todos. La nota de idealización que palpita en todo amor lleva los pensamientos hacia lo alto y amenaza con restablecer el clivaje, el mismo al que se libra el fantasma de la desvalorización de la mujer, pero visto del otro lado: del lado del corazón y no del lado del culo. Con una palabra sorprendente, Michelet ilustra la conciliación de lo tierno con lo sexual, cuando evoca la escena de amor que acaba de tener lugar entre su mujer y él: “el chorro de ternura que metí en ella”. Esa es precisamente la gran apuesta: mantener juntas las dos corrientes, tierna y sensual/sexual. Freud, planteando la cuestión desde el punto de vista de la sexualidad masculina, formula la hipótesis de que, para tener éxito en una “proeza” semejante, el hombre tiene que haber podido “superar el respeto por la mujer”. Este enunciado le cuesta, y multiplica las precauciones oratorias: “Parece poco agradable y lo que es más, paradójico, pero sin embargo hay que decir…”. Pasadas estas reticencias, no es sino un programa que podría llamarse incestuoso el que Freud esboza: para “llegar a ser verdaderamente libre y por eso también feliz (el hombre) debe haber podido superar el respeto por la mujer y haberse familiarizado con la representación del incesto con la madre o con la hermana”.

La mamá (o la hermana) y la puta no son sino una. No poder soportar esto psíquicamente lleva al clivaje, a la exclusión de las dos figuras y a la escisión de las mujeres: para una la ternura (dormir), para las otras la sensualidad (acostarse con ellas). El amor sensual/sexual se nutre de los mismos ingredientes que el fantasma de la desvalorización, sólo que los conjuga de otra manera y, sobre todo, deja el juego más abierto, en primer lugar sobre el inconsciente del otro. Que “puta” (y sus equivalentes) pueda ser a la vez el aguijón de la excitación y una palabra de ternura es una proeza semántica que no está al alcance de la primera pareja recién venida. El “respeto” señala el reflujo de los amores incestuosos y la religiosidad frente al primer objeto, en tanto la irrespetuosidad, la rotura de los diques, la exploración de las zonas prohibidas, recuperan la intensidad de los primeros amores.

Michelet, una vez más, y su placer de confundir en la inmolación la Virgen y la “gozadora famélica”, de acercar culto y profanación: “No le oculté ayer (a Athénaïs, su mujer) que había notado, precisado, caracterizado cada uno de los momentos divinos que había tenido dentro de ella, todos variados, o sublimes, o profundos, o poderosamente magnéticos, con un sentimiento cálido, dulce, tierno, encantador hacia el tesoro viviente en el que entro. Su dulzura, su docilidad, su modestia arrobadora y sus pequeños pudores ante mis exigencias demasiado grandes agregan, en ciertos días, mis vivos aguijones. El pudor le sienta extraordinariamente bien a una mujer joven, sobre todo el contraste de una virgen (puede nombrársela así) que no por serlo deja de dedicarse a recibir los goces ávidos, golosos y famélicos de un amor insaciable. Goces, para decir verdad, sin fondo, porque es ahí donde se siente el valor de una persona inestimable y el inestimable precio de la inmolación, del pudor sufriente, el pudor que se sacrifica por ternura y quiere sacrificarse”.

Las palabras son ciertamente las de una libido dominandi, una voluntad de dominar, pero, digámoslo una vez más, la igualdad es algo desconocido para el inconsciente, esa parte viva que alienta la reunión del amor con la sexualidad. La dominación y la sumisión son otros tantos placeres; la plasticidad, de la que la variedad de posiciones es la expresión más simple, permite inventar muchas distribuciones de roles.

Michelet, una última vez (el 26 de septiembre de 1858), por el placer y porque en una fórmula y una metáfora atrapa mejor que un largo comentario la condensación de los primeros amores y los amores adultos, de la madre y la puta, de la ternura y la más violenta sensualidad, de la adoración y la violación. Es en el momento de un paseo por el borde del mar, un día “la gran marea, el mar curioso: rompió todo durante la noche”, y al día siguiente “el mar rimado, pero con rimas sencillas, cansado de su gran improvisación”. El paseo es el último paso: “El mar, la concha de mi mujer: mis dos infinitos”.

* Texto extractado de La sexualidad masculina, de reciente aparición (Ed. Nueva Visión).

Anuncios

Bordelois, el lenguaje es un maestro despiadado

9 May

De la seguridad de aquel parque de paraísos, ese que Ivonne Bordelois dirá “es el paisaje de mi niñez”, que desde los bordes de la inmensa y antigua fotografía invade la sala de su departamento en la avenida Callao, la poeta y lingüista salta a otro parque, a ratos una luminosa pradera, a ratos un oscuro bosque: el de las palabras. Habla de A la escucha del cuerpo, libro que acaba de publicar, editado por Del Zorzal, donde se mete en esa madeja apretada que es la lengua de la salud, de la enfermedad, la vida y la muerte, siempre crítica y dramática en las comunicaciones entre médicos y pacientes. “Este trabajo nació de la inquietud de un grupo de médicos que me propusieron aportar mi enfoque sobre el lenguaje para ayudar a la comprensión de la comunicación en el ambiente de la medicina”, cuenta la autora, luego de tres años de investigación.

En “A la escucha del cuerpo” habla de la necesidad de curar las palabras que hablan de la cura y de la enfermedad. ¿Cómo pueden las palabras ser curadas?

Curar es limpiar, cuidar. Cuando uno emplea las palabras a través de las cuales se relaciona con una persona, con el dolor de una persona y con su enfermedad, sin pensar en la calidad de las palabras, está enfermando a las palabras… Porque las palabras son como personas, son como intermediarios entre una persona y otra, y es muy importante que tengan el tono, el color, el vestido, la actitud necesarios para llegar adecuadamente. Una misma palabra pronunciada de otra manera llega de un modo distinto y ayuda a la persona a integrarse y entender lo que le pasa. De ese cuidado se habla. El cuidado está representado en saber qué quiere decir exactamente lo que decimos; a veces una palabra tiene una connotación que se le escapa al médico y que al paciente lo golpea. Hay un pasaje muy importante en el libro, en el que un paciente tiene una enfermedad por la cual se le va cayendo la piel en costras; y el médico le dice el nombre de la enfermedad: estafilodermia psoriasoforme. Pero el paciente le dice: no, yo no estoy enfermo de eso, estoy enfermo de humillación. Ese paciente estaba cuidando las palabras, me pareció muy linda la actitud de ese paciente que enfrenta al médico con el compromiso afectivo que representa la enfermedad y reniega de esa palabra inhóspita con que se nombra a su padecimiento. Eso, el poder elegir las palabras, es de algún modo curarlas.

Las palabras, entonces, se pueden curar, pero ¿también pueden enfermar?

Sí, claro que sí. Está la anécdota famosa de Freud que narra el momento en el que el médico le dice que tiene cáncer, y él retruca: “Usted con qué derecho me lo dice”. Bueno, hay que tener mucho cuidado porque hay para quienes no es la enfermedad lo que mata, sino el diagnóstico. Hay mucho material sobre eso. Sin embargo, actualmente, mucho más profundamente en Europa que aquí, los médicos son implacables en sus diagnósticos, e impera una especie de sadismo permitido por la sociedad. Hay que tener mucho cuidado con las palabras.

Y en esos casos entran también a jugar los silencios del médico, aquello que no se dice…

Sí, es tremendo, y es en esas situaciones en las que se ve más fuertemente la carga del lenguaje y hasta qué punto las palabras se meten en el cuerpo.

El libro bucea en la etimología de las palabras relacionadas con la enfermedad en diferentes idiomas, ¿se trata de la búsqueda de una naturaleza primera, anterior a la construcción de cada lengua?

Bueno sí, aunque mucha gente lo discutiría, en estos tiempos se valora cada vez más la diversidad. Lo cierto es que hay intuiciones centrales en el lenguaje que son universales y compartidas. Algunas son muy tremendas, no son ni amistosas ni amables, son tremendas.

Tales como la carga negativa del origen en la denominación de la enfermedad y el enfermo asociada al pecado.

Sí, porque el lenguaje es un maestro despiadado que nos enfrenta a las cosas crudamente. Además hay en él ambivalencias muy ricas como que decir veneno es decir también esperma. Yo no acabo de entender lo que pasa ahí pero pasa algo muy interesante. Algo de ello fue estudiado por Freud. Sin embargo, los psicoanalistas, que tanto se jactan de hablar de la lengua, no entran en esto. Creo que les da trabajo. Me parece que hay un poco de miedo a los diccionarios, al estudio y a los análisis más refinados, por eso se hacen grandes burbujas de palabras pero no se entra al carozo mismo. A mí este libro me plantea justamente la necesidad de seguir investigando, me pregunto el por qué de ciertas metáforas, el por qué de aquellas otras metonimias y eso queda abierto. Siempre queda algo abierto. El trabajo con las palabras es un trabajo muy lindo, muy pintoresco, muy viviente…

¿Es una manera de recuperar la ideología oculta en el lenguaje?

Sí, claro que sí. Por ejemplo, en la idea de cómo el lenguaje se acerca a la muerte. A mí me interesa mucho la parte de la sintaxis. Fijate cuando en español se dice: “Se mató en el accidente”. Es una referencia muy fuerte, porque advierte sobre una cierta cosa suicida; hay algo ahí que pasa como un relámpago de lo siniestro. Asimismo, todo lo que tiene que ver con la religión, el hecho de hablar de la remisión de la enfermedad como la remisión de los pecados. Hay zonas en las que lo religioso, la culpa, la enfermedad se van anudando. Son interpretaciones atávicas, pueden ser lastres primitivos –como diría una psicoanalista o un científico–, pero están vivos en el lenguaje y algo acarrean. Por eso conviene hacerlas visibles. Así como Gustav Klimt decía que la pintura era hacer visible lo invisible, en este tipo de trabajo se hace audible lo inaudible, se hace presente lo que está escondido. El lenguaje es una mina de oro, tiene escondites maravillosos y muy enigmáticos que no dan soluciones, abren caminos.

En cuanto a la mutación de las palabras referidas a las enfermedades que se van cargando de significado y de asociaciones negativas, y van siendo reemplazadas por nuevas palabras. ¿Considera que el lenguaje acompaña el cambio social de la representación de la enfermedad o de alguna manera lo produce?

Es una buena pregunta, me parece que pasan las dos cosas. Pensaba, por ejemplo, en el cambio de actitud con respecto a la homosexualidad, que fue considerada durante mucho tiempo como una enfermedad y ahora se habla de “lo gay”. Eso es una especie de blanqueo. Ahí el lenguaje se puso al día con una realidad en que la conciencia social cambió. El lenguaje se ha ido poniendo al día, pero muy lentamente. Cuando yo era joven, a los homosexuales se los llamaba “invertidos”, una palabra terrible. Ahora la homosexualidad hace tiempo que no es una enfermedad, es una condición. Al revés, hay palabras que podían resultar inocentes y que han adquirido gravedad, como podría ser, por ejemplo, la anorexia, que empezó a percibirse muy recientemente. Antes no se conocía, había gente que simplemente estaba muy flaca. Cierto es que los parámetros de salud se han vuelto más estrictos. Hay una mirada de la sociedad con respecto a la gente que no cuida su cuerpo, y hay como una especie de castigo o censura. La idea de “comida chatarra” antes no existía, pero se inventó y es un buen castigo, una descalificación necesaria. En ciertas cosas se progresa, se progresa en la conciencia colectiva y en el lenguaje. Hay, por otro lado, tendencias regresivas, aunque, creo yo, que con más fuerza en lo visual. Lo regresivo aparece sobre todo en la imagen y lo progresivo, en el lenguaje.

No es una sentencia muy auspiciosa en un mundo atestado de imágenes.

Claro, porque la imagen es, ante todo, más autoritaria que el lenguaje. Cuando te desfilan quinientas modelas anoréxicas, altas y lánguidas, eso penetra mucho más hondo que cualquier palabra que se pueda oír o decir. Hay un bombardeo continuo y un lenguaje que se ve reducido sólo a la imagen, con ausencia, casi excluyente de la palabra. Ahí se ve cómo la imagen tiraniza a la gente.

Usted afirma que las palabras han resistido a la muerte, ¿en qué sentido?

Bueno, porque hay una imposibilidad clara de nombrar a la muerte. Ahora, cuando se nombra a la muerte también aparece siempre la historia de que no se puede apartar la mención de la muerte de la figura mítica de que uno no muere sino que es matado. La idea imperante de que la muerte es como un sujeto. Se tata de una raigambre muy profunda, tanto en el lenguaje como en la cultura, la tendencia a personalizar a la muerte y a verla como una especie de hostilidad. A pesar de que ahora, y creo que es un rasgo progresivo, hay una tendencia a percibir a la muerte como un pasaje natural y combatir el miedo a la muerte. Eso también tiene un lenguaje y da la impresión de que hay una especie de impregnación colectiva que está en balance con aquella vieja historia de la muerte con la guadaña. Son arquetipos que compiten todo el tiempo unos con otros.

¿Puede pensarse en el lenguaje, o en el lenguaje poético, como una forma de exorcizar a la muerte?

Sí, hay grandes poetas de la muerte. Gente que enseña la majestad de la situación de la muerte. Se advierte, por ejemplo, en el pasaje que yo incluyo en A la escucha del cuerpo sobre de La muerte de Iván Illich, de León Tolstoi. Hay una zona del vocabulario en la que la muerte es siniestra, es un ataque, es un castigo, y que se ve como una especie de fusilamiento de la vida, y hay otra zona del lenguaje en la que la muerte es un pasaje al sueño. Este es un mundo en el que la violencia cunde tanto que da la sensación de que todo el tiempo se está martillando en el lado siniestro de la muerte, pero es muy importante acarrear las otras imágenes para que nos queden alternativas. Pero la manera en que esto se plasma en palabras es difícil de entrever. La palabra muerte sigue siendo la misma y en su etimología tiene que ver con mordaza, con morder. Claro que la palabra vida, por otro lado, tiene la misma raíz que la palabra violencia, y hay mucho ¡epa! por ahí.1891037_10152401875976055_308074606_n

Miller, lo real y el pârletre

24 Abr

Felicidad y consumo o la crisis del hedonismo capitalista

8 Jun

 

1560698_10152174417684213_480443849_n

 

-¿Entonces ahora somos menos felices?

 

-Esa será la pregunta que cierre esta entrevista. Hoy, con todo lo que tenemos, ¿somos menos felices? Es que el filósofo Gilles Lipovetsky tiene mucho que decir sobre estas cosas. De hecho, vino al país a hablar de consumo y felicidad. Pero eso será al final. Para empezar, hay que saber que este señor que ahora gesticula enfático y que pronto aconsejará cierta moderación en el consumo es el mismo que hace algo más de tres décadas empezó a hablar de la posmodernidad, una nueva forma de ser en el mundo en que nada –ni el amor, ni el trabajo, ni el género– es fijo, el hedonismo manda y el consumo es el acceso al bienestar. Este filósofo que fue leído en todo el mundo y que ahora va a decir que hay que estudiar con rigor y, sí, sufrir un poco para aprender, en su libro La era del vacío, de 1983, describía el nuevo mundo de una manera que explicó muy bien el sociólogo Marcelo Pisarro: “El capitalismo moderno había provocado una complicada ruptura en el mundo occidental y había conducido a una sociedad individualista, risueña, cool, respetuosa de las diferencias e irrespetuosa de las jerarquías, ávida de identidad, apática y narcisista, escéptica de los grandes relatos y de los corsés ideológicos, emancipada de los centros y de las represiones, desenfadada, irónica, nostálgica, consumista, ligera, en fin, posmoderna. (…) Si el embajador de la modernidad era Conan el Destructor, el representante de la posmodernidad era Forrest Gump .” Después, Lipovetsky reemplazó el término de “posmodernidad” por el de “hipermodernidad”, donde la cultura es inseparable de la industria y vivimos un hiperindividualismo. Así es que Lipovetsky estuvo en la Argentina hace unos días, invitado por la Fundación Osde para hablar sobre “La sociedad del hiperconsumo. ¿Somos más felices?” Y en esa oportunidad, habló con Clarín.

-¿Por qué vincula consumo con felicidad. ¿Qué tienen que ver?

 

-Tienen mucho que ver. El consumo tiene un objetivo y es el de incrementar el bienestar. Eso no es la felicidad pero son momentitos de felicidad. Si te comprás una casa, si hacés un viaje, es porque esperás de eso algún bienestar. La dinámica del consumo se legitima en nombre de la felicidad privada. ¿Vas al cine? ¿Qué te venden? Dos horas de felicidad. Todos los productos de consumo se venden por ese artilugio.

-Cualquier adulto sabe que eso no funciona, no hace falta ser Gilles Lipovetsky…

 

-¡Seguro! Eso es la retórica de la felicidad.

-Hay una distancia entre la retórica de la felicidad y la felicidad.

 

-Cierto. Pero no se trata de una ilusión total. El consumo te brinda pequeñas felicidades. Llevás a tus hijos a Disney; ellos están felices y vos también. Te compraste el último celular inteligente… estás contenta. Claro que no dura, son felicidades pequeñas.

-¿Y qué es la felicidad?

 

-¿La felicidad? Es una relación de uno con uno mismo y de uno con los demás. El consumo, en cambio, es una relación de vos con una cosa.

-¿Un ejemplo?

 

-De uno mismo con uno mismo: podrás tener la tablet, el teléfono, la casa, lo que se te ocurra, pero si tu trabajo no te gusta, si hay aspectos de tu vida que no te gustan, todo el resto no vale. Con lo cual hay felicidad solamente cuando hay paz interior. Los filósofos siempre lo plantearon de esa manera: los epicúreos, los estoicos, las escuelas cínicas, todos muestran que la sabiduría es la serenidad. Si estás en conflicto con vos misma, porque el modo de vida que tenés no te gusta, porque tenés que estar a las corridas, entonces podés ir a comprar, a consumir, al cine y eso te va a dar pinceladas de felicidad pero en el fondo sos una desgraciada.

-¿Y en el vínculo con los demás?

 

-Mal podés ser feliz si estás en tensión con los demás. Si tenés un conflicto grave, si tu jefe te está hostigando, tu vida es espantosa. Podrás comprarte lo que se te ocurra y vas a estar traumatizada. La idea de que el consumo puede darte la felicidad es una estupidez.

-Ya las abuelas decían que la plata no hace la felicidad…

 

-Mmm… Se hicieron estudios con cifras y se vio que la fórmula “La plata no hace la felicidad” es verdadera y falsa. En las encuestas sobre felicidad, los que se declaran menos felices son los más pobres. Si no tenés techo y además podés estar enfermo, tener frío, es imposible ser feliz. El peso de las cosas es tan enorme que torna imposible la felicidad. A ese nivel, la plata contribuye a la felicidad. Pero también se pudo demostrar que llega un momento en que ganás más, más plata y no te da más felicidad. Hay un umbral.

-¿Esta aceleración del consumo no tiene que ver con modelos económicos basados en su estímulo? Si el consumo mueve la economía, hace falta consumo
-Como sabés, en las economías hiperdesarrolladas hoy el motor del crecimiento es el consumo de los hogares. En Estados Unidos, el 70 por ciento del PBI viene de allí. Si la gente no compra, se desmorona la economía. En Francia es el 60 por ciento. En la sociedad de hiperconsumo, el consumo pasó a ser el motor de la economía.

-En este contexto nosotros, cada uno, ¿tenía alguna alternativa a convertirse en un hiperconsumidor? ¿O fue la máquina económica del mundo la que nos inventó como consumidores?

 

-Esencialmente, es así, nos inventaron. Fijate: hace poco la tablet no la deseaba nadie, ¡no existía! Y ahora quiero la mía. Claro que es el sistema: Marx ya lo dijo: es la producción lo que genera el deseo. Ahora bien: hoy el sistema es tan potente que no deja de inventar nuevas necesidades. Y generó la hiperelección. Es decir: dentro de la hiperelección volvés a tener un margen de autonomía. Vos tenés un teléfono inteligente y mirá, yo tengo un teléfono viejo. No es una cuestión de plata: no me lo compré por elección. Tenés una autonomía individual que no te obliga a consumir.

-Usted se preguntó si había sido bueno darle tanta importancia al hedonismo y si es hora de cuestionarnos qué es una buena vida.

 

-Epicuro decía que se hace algo porque se espera sacar de eso un placer y que escapamos de aquello que nos puede generar dolor. El capitalismo de hiperconsumo hizo reventar eso, el hedonismo está difundido, sacralizado y en todos lados. Los conservadores denuncian eso. Dicen que el sistema es hedonista y que hace que la gente sea egoísta, que arruina el futuro porque la gente está mirando la tele, son tarados, miran pornografía en vez de cosas de calidad, los turistas son vulgares, comen sándwiches en los museos. Con lo que surge la idea de que en se trata de un sistema democrático, sí, pero de una democracia que corrompe los verdaderos valores. Yo no sería tan estricto. Pienso que el hedonismo ha hecho mucho bien. Que el hecho de que la gente viaje, que escuche música con facilidad, que todo el mundo se pueda vestir más o menos a la moda, que se pueda llamar por teléfono a todos lados, que uno pueda cuidarse —el hedonismo son también los medicamentos que uno consume— todo eso es positivo. El problema es que este sistema transformó el hedonismo en un absoluto: no propone ninguna otra cosa, no hay otra finalidad de existencia. Y eso no está bien.

-¿Por qué?

 

-El placer como medio, bárbaro. Si es como fin, es pobre. Un ser humano no es sólo una máquina de placer. A menudo lo que te da placer no te lo da de inmediato, hay que sufrir un poco para conseguir un placer.

-¿Cómo es eso?

 

-Mientas escribo un libro no tengo un orgasmo cada quince minutos, es algo difícil. Pero luego vendrá el placer. Es una visión muy pobre del ser humano el reducirlo al consumo. El ser humano piensa, trabaja, ama… Si hablamos de educación, eso no es hedonismo, es trabajo. Si sos madre y sólo das educación de placer, tus hijos no van a crecer. En algún momento vas a tener que apretar las clavijas. De lo contrario. La escuela no está para dar felicidad, está para enseñar. Hay que aprender.

-En este país resulta paradójico hablar de hiperconsumo. No hay veinte tipos de queso en el supermercado y hay miles de personas durmiendo en la calle y comiendo de la basura.

 

-Hay una brecha enorme de desigualdades y el drama es que aún esos pobres de los que hablás son hiperconsumidores… en su cabeza. Ellos también ven la tablet, la quieren, porque saben que existe. Antes los pobres vivían en el campo, no viajaban, vivían pobres, no hablaban por teléfono, no había moda. Hoy es más difícil ser pobre porque en la cabeza hay una contradicción. “Yo también tengo derecho al consumo”, se dicen. Y es insoportable, porque tiene que ver con la dignidad.

-¿Entonces ahora somos menos felices?

 

-Hace un siglo Freud se ocupaba de burguesas histéricas, frígidas; tampoco eran felices. No dramaticemos. Ahora las mujeres no son frígidas, tienen otros problemas. La felicidad y la infelicidad son muy complejas, no son fáciles de medir. Creo que con la excepción de momentos de dramas espantosos, la sumatoria de felicidades y desgracias no debe haber cambiado mucho en la historia de la humanidad.

Freud, el valor de la vida

18 May

 

Entrevista al Dr. Sigmund Freud por George Sylvester Viereck. Concedida al periodista en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los Alpes suizos. Se la creía perdida pero luego se encontró que había sido publicada en el volumen de Psychoanalysis and the Fut, New York, 1957.

S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial).
S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
G. S. Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía).
S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.
G. S. Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?
S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
G. S. Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?
S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?
G. S. Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?
S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria?. No habría vínculo entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
G. S. Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. Él encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. Él cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
G. S. Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).
G. S. Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
G. S. Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
G. S. Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver …
(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)
G. S. Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.
G. S. Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. “Tout comprendre c’est tout pardonner”.
S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, por qué él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización, es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto antisemita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Pero debido precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
G. S. Viereck: ¡Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!.
S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
G. S. Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida a la “caza de los leones”. Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw….
G. S. Viereck: Es parte de mi trabajo.
S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él).
G. S. Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa , yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión).
G. S. Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
G. S. Viereck: ¿Por qué?
S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
G. S. Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.
S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡Él sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
G. S. Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.
G. S. Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue más compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
S. Freud: El psicoanálisis, por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
G. S. Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
G. S. Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc.- parecen permanentes.
S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los substratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
G. S. Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: Yet all were lacking, if sex were lacking (Más todo faltaría si faltase el sexo). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer, la muerte, la negociación de la vida. ¡Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
Whatever gods may be That no man lives for ever; That dead men rise up never; That even the weariest river Winds somewhere safe to sea.

Cualesquiera dioses que existan Que la vida ninguna viva para siempre; Que los muertos jamás se levanten; Y también el río más cansado Desagüe tranquilo en el mar
G. S. Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende el sexo. Él no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. Él hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas que emanan de sus piezas, el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
G. S. Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dio nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. En Zaratustra dice: “El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad”. El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es solo un poeta, es también un científico.
G. S. Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O’Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O’Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. “The Silver Cord” por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente. La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis. Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio!. El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. Él oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. ¡Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. Él me pareció cansado y triste al darme el adiós.
“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. Yo no tengo desprecio por el mundo.
Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores!
No soy infeliz, al menos no más infeliz que otros.
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia.