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Jorge Alemán, política hoy

24 Abr

Sujeto y capitalismo

11 Ene

Pensar el capitalismo

5 May

Borón, ¿y el sujeto?

3 May

1. El sujeto individual se transformó porque la sociedad capitalista actual no es la misma de antaño. La sociabilidad se vio modificada por la lógica destructiva y alienante del capital, imponiendo un patrón cada vez más egoísta e insolidario, apto para sobrevivir a duras penas, ante el darwinismo del mercado. Obviamente siguen siendo hombres y mujeres en un entramado social cada vez más enfermo e inhumano.
2. Las instituciones tradicionales también están atravesadas por la crisis, con mayor o menor intensidad en todos los países: desde las instituciones propiamente políticas –gobierno, congreso, partidos, judicatura– hasta las más propias de la sociedad civil, en un sentido gramsciano: la escuela, la universidad, las iglesias, los medios de comunicación y, en el terreno económico las formas tradicionales de organización empresaria y, por supuesto, los sindicatos. Es un mundo que requiere de nuevas formas institucionales que reemplacen a las ya obsoletas. Por ejemplo, las limitaciones de la democracia mal llamada representativa saltan a la vista: no representan sino a las diversas fracciones del capital, y poco más. Se necesita la refundación del orden democrático, con nuevas instituciones políticas que hagan posible la soberanía popular al estimular el protagonismo ciudadano. Hay que refundar la escuela y la universidad, para que sean focos de creación y de pensamiento crítico y no máquinas para adaptar a los jóvenes a las necesidades del capital. Es preciso crear nuevas formas de organización sindical que representen a una masa asalariada cada vez más masiva, heterogénea y vulnerable. El protagonismo que las diversas instituciones podrán jugar es algo que surgirá de la práctica histórica, no se puede deducir de la teoría.
3. Las clases sociales cambiaron. Se homogeneizaron arriba, y se heterogeneizaron abajo. Las diversas fracciones de la burguesía se entrecruzaron de manera acelerada, tanto dentro como fuera de sus países. El agronegocio, por ejemplo, integra al capital financiero con el industrial y con las viejas clases terratenientes. La banca se ramifica en la industria y el comercio. La economía digital funde en un haz de intereses a la industria, el capital financiero y la publicidad. En la cumbre de la estructura social, antiguas fracciones encuentran cada vez más un terreno común, con intereses compartidos que ahora defienden en una estrategia no sólo nacional sino internacional, coordinada por una suerte de estado mayor, un “comité central” de la burguesía que cada enero se reúne en Davos. En el otro extremo, el capitalismo actual pulverizó y atomizó al universo popular, fragmentado, dividido, parcializado de suerte tal que la concertación de acciones de conjunto resulta muy problemática. Si en la segunda mitad del siglo XIX aquél era signado por la presencia homogeneizante del proletariado industrial, los comienzos del siglo XXI nos presentan una escena en donde los particularismos y, por lo tanto, la división, constituyen el rasgo sobresaliente de las clases y capas populares. Agravado por los desarrollos de las nuevas tecnologías de información y comunicación que hicieron posible la creación y rápido desarrollo, sobre todo en los capitalismos avanzados, de un “cibertariado” que trabaja desde su casa y que intensifica hasta lo indecible la autoexplotación de los trabajadores, con jornadas laborales que llegan a las doce horas, con trabajo nocturno, sin descanso dominical…
4. El peso económico es muy fuerte, y se deriva del impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas y los formidables avances tecnológicos de los últimos veinticinco o treinta años que reformatearon el proceso de trabajo, introdujeron nuevas divisiones en el seno de la clase trabajadora (que hoy abarca a la mayoría de la población mundial, sometida directa o indirectamente a la lógica de la valorización del capital) y facilitaron las tareas de dirección y control a cargo de los gigantescos oligopolios contemporáneos. Todo esto tuvo su contrapeso en la esfera de la ideología, ocasionando el descrédito de las estrategias de acción colectiva y fomentando una cultura individualista, egoísta, cortoplacista, que conspira contra la posibilidad de enfrentar con ciertas posibilidades de éxito a la clase dominante y sus representantes políticos e ideológicos. Aquí hay que destacar el enorme papel de los medios de comunicación de masas, convertidos en vanguardia política de la burguesía y desentendidos ya de cualquier propósito de informar a la opinión pública. Su gravitación es hoy mucho mayor que la de los partidos políticos, en la medida en que el terreno favorito escogido por la burguesía para librar la lucha de clases es el ámbito de la cultura, de la ideología, consciente de que su predominio en este ámbito le garantizará una cómoda primacía en la política y la economía.
5. La religión está en alza: casos del fundamentalismo de los cristianos evangélicos en EE.UU., los católicos en Europa y América latina, el de los musulmanes en el mundo árabe (en Medio Oriente y en Europa, no así en Asia) y el de los judíos en Israel y los EE.UU. Son expresiones por ahora minoritarias pero no por ello menos preocupantes. En suma, la religión, que hace poco más de un cuarto de siglo parecía destinada a eclipsarse, resurgió con mucha fuerza. El poder de los privados se acentuó extraordinariamente, en desmedro del poder político, completamente colonizado por aquél. La decisión de la Corte Suprema de los EE.UU. de equiparar los derechos de propiedad de las personas con los de las corporaciones, y la libertad de los individuos para disponer a su antojo y sin intromisión estatal de sus fortunas con la de las empresas para hacer lo mismo con sus patrimonios abrió la puerta a la rápida degeneración de las democracias capitalistas en sórdidas plutocracias, donde el poder político aparece como completamente colonizado por el poder privado a través del financiamiento ilimitado e incontrolado que las empresas pueden hacer de la vida política.
6. Respondería parafraseando un conocido verso de Machado: “Militante no hay sujeto, se hace el sujeto al andar”. No existe sujeto revolucionario preconstituido. Ya el joven Marx lo observaba en Miseria de la Filosofía al hablar del tránsito de la clase en sí a la clase para sí, recorrido que no siempre se daba y que para nada podría reducirse a un automatismo social. Hoy las víctimas del capitalismo son muchas más que antes, porque el capitalismo se convirtió por primera vez en su historia en un sistema genuinamente mundial que incorporó a la lógica de la plusvalía a un enorme y heterogéneo universo de trabajadores y, además, porque florecieron nuevas contradicciones derivadas de su implacable lógica de dominio. Estas nuevas y viejas contradicciones fueron el manantial de donde surgió una pléyade de sujetos que se agregaron al tradicional proletariado industrial: nuevos estratos de trabajadores en diversos sectores de la economía; jóvenes sin futuro en el “turbocapitalismo” de alta tecnología; mujeres explotadas por el patriarcado y por la “doble jornada”; activistas de los derechos humanos y defensores del medio ambiente; minorías sexuales; pueblos originarios otrora concebidos como “sin historia” (y sin futuro) que emergen con fuerza en las sociedades latinoamericanas y otros más. En suma, los sepultureros del capital son ahora muchos más que el antiguo proletariado industrial, que seguirá siendo un actor importantísimo, pero no el único.998797_503235159764648_373350495_n

Boff, el capitalismo suicida

1 May

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A sus 76 años, el teólogo brasileño Leonardo Boff sigue siendo una de las mentes más despiertas y comprometidas del intelectualismo latinoamericano. Procedente de la tradición franciscana, fue uno de los padres de la Teología de la Liberación, que él define como “un método para hacer teología desde la visión del oprimido, que nace del grito de desesperación del afroamericano, del indígena, de las mujeres, para ayudar a su liberación aprendiendo de ellos, como postula la pedagogía del oprimido de Paulo Freire”. Desde esa línea de pensamiento, a Boff no le gusta hablar de desigualdad y mucho menos de pobreza: prefiere la expresión “injusticia social” y denunciar con todas las letras que el capitalismo es perverso, genocida, etnocida, ecocida y, también, suicida. En el Foro por la Emancipación y la Igualdad que albergó Buenos Aires entre el 12 y el 14 de marzo, Boff dejó un mensaje de alerta, pero también de esperanza.

El teólogo habló del intento de “recolonización” de las derechas que, en Brasil, se ha expresado en las manifestaciones orquestadas por los medios de comunicación para pedir el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff: “Las manifestaciones contra Dilma muestran que la derecha no acepta la democracia. No odian al PT (Partido de los Trabajadores); odian al pueblo. Al pueblo que piensa, que sale de la miseria y de la ignorancia. La derecha cada vez necesita más de la violencia, porque sabe que hay un cambio en marcha: los movimientos sociales están ensayando modos de producción alternativos al capitalismo”. Frente a estos, señaló, el proyecto imperialista de los Estados Unidos y el capital financiero internacional, que pretenden “imponer una división internacional del trabajo que relega a América Latina a la provisión de materias primas para los países centrales, y eso pasa por impedir nuestra autonomía tecnológicas y asumir el papel de aliados secundarios del gran proyecto de las empresas transnacionales, de la macroeconomía de la globalización”.

“En la fase actual, la Humanidad se descubre como especie habitando una casa común, sustenta la vida. Cada vez más personas se dan cuenta de que la especie está en peligro”, afirmó Boff. Lo sustenta con datos científicos que son por todos conocidos, y sin embargo, la cuestión ecológica sigue fuera de la agenda política, por más que lo que esté en juego sea la propia supervivencia de la especie humana y la vida en la Tierra como la hemos conocido. Por eso llama a “introducir la ecología como asunto político, que tiene que ver con cómo se relaciona el ser humano con la naturaleza, y qué futuro puede tener nuestro planeta”.

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Para ello, la lucha de las mujeres es clave: “Dar más poder a las mujeres es necesario si queremos salvar la vida del planeta; ellas generan vida y saben más de la vida que nadie. Aunque la lucha feminista ha avanzado mucho, no basta: los medios de comunicación usan partes de las mujeres, las manipulan, y tristemente muchas de ellas lo permiten, venden su imagen, como si su imagen fuera escindible del todo. Terminan por ser el último refugio del patriarcalismo”. Como dicen por ahí, sin patriarcado no hay capitalismo.

Ecología de los pobres frente al dilema de loscommodities

Colocar la preocupación ecológica en el centro de la política supone enfrentar el mayor dilema de los gobiernos progresistas latinoamericanos: han puesto freno a los excesos del neoliberalismo, redistribuyen la riqueza, pero no están construyendo alternativas al modelo exportador decommodities(materias primas). La minería a cielo abierto, los monocultivos sojeros o la extracción de hidrocarburos avanzan en los países con gobiernos progresistas tanto como en los países con gobiernos neoliberales, y con las mismas consecuencias: devastación ambiental y destrucción de culturas y formas de vida de las comunidades rurales e indígenas. En Ecuador, Argentina o Bolivia, las políticas de redistribución de la renta, esas que han sacado a millones de personas de la pobreza en los últimos quince años, dependen de los ingresos de los emprendimientos extractivos. Y al mismo tiempo, en un proceso complejo y contradictorio, Ecuador y Bolivia han dado un paso de gigante al incluir en sus constituciones los derechos de la naturaleza, reconociendo así, subraya Boff, que “los elementos naturales tienen un valor intrínseco, más allá de la utilidad que obtienen los seres humanos de su explotación”.

Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres, tituló Boff una de sus obras más recordadas. La crisis actual, explica el teólogo, no es apenas económica, política o social; es una crisis civilizatoria donde lo que se quiebra es una concepción del mundo, esa según la cual “todo debe girar alrededor de la idea de progreso”, que se basa en la infinitud de los recursos de la tierra. Pero los recursos tienen límites -el también teólogo Franz Hinkelammert lo llamó la “rebelión de los límites”-, así que ese modelo de sociedad basada en la ideología del sobreconsumo está en una crisis que no puede sino ser terminal, como en crisis está “el sentido de la vida que los seres humanos proyectaron en los últimos 400 años”, esto es, la organización de la vida en función de la acumulación de capital.

Y, sin embargo, “el capitalismo prefiere ser suicida que cambiar”, apunta Boff. Las soluciones no pueden venir del capitalismo, ni siquiera de la modernidad occidental. ¿Dónde está la esperanza entonces? “La sabiduría ancestral de los pueblos originarios de América Latina nos muestra otra manera de entender la relación con el Universo: el indio no se siente un extraño dentro de sí mismo; sabe escuchar atentamente los sonidos de la naturaleza; intuitivamente entiende cuál es la vocación del paso del ser humano por la Tierra: captar la majestuosidad del Universo, entender que todo existe para irradiar, y nosotros, para danzar la alegría de la vida”. Esa sabiduría “debe ser revisitada por nuestra cultura materialista, por nuestra voracidad de aparatos que puede llevarnos a un punto de no retorno”. Las cosmovisiones indígenas son “la fuente de inspiración en esta crisis civilizatoria: nos enseñan que podemos ser humanos de otra forma”, subraya.

La noción del Buen Vivir surge así como alternativa civilizatoria, como propuesta para recuperar el equilibrio entre los seres humanos y la naturaleza y sustituir el materialismo individualista por la satisfacción de necesidades legítimas -ya no deseos infinitos- para todos los seres humanos. “Se trata de construir un nuevo tipo de ciudadanía socio-cósmica”, señala Boff; y se trata también de recuperar la espiritualidad, lo sagrado, porque “sin lo sagrado, la afirmación de la dignidad de la Tierra y del límite que habrá que imponer a nuestro deseo de explotación se quedará en una retórica ineficaz”. No hay transformación verdadera sin revolución cultural.

9 Jul

 

Felicidad y consumo o la crisis del hedonismo capitalista

8 Jun

 

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-¿Entonces ahora somos menos felices?

 

-Esa será la pregunta que cierre esta entrevista. Hoy, con todo lo que tenemos, ¿somos menos felices? Es que el filósofo Gilles Lipovetsky tiene mucho que decir sobre estas cosas. De hecho, vino al país a hablar de consumo y felicidad. Pero eso será al final. Para empezar, hay que saber que este señor que ahora gesticula enfático y que pronto aconsejará cierta moderación en el consumo es el mismo que hace algo más de tres décadas empezó a hablar de la posmodernidad, una nueva forma de ser en el mundo en que nada –ni el amor, ni el trabajo, ni el género– es fijo, el hedonismo manda y el consumo es el acceso al bienestar. Este filósofo que fue leído en todo el mundo y que ahora va a decir que hay que estudiar con rigor y, sí, sufrir un poco para aprender, en su libro La era del vacío, de 1983, describía el nuevo mundo de una manera que explicó muy bien el sociólogo Marcelo Pisarro: “El capitalismo moderno había provocado una complicada ruptura en el mundo occidental y había conducido a una sociedad individualista, risueña, cool, respetuosa de las diferencias e irrespetuosa de las jerarquías, ávida de identidad, apática y narcisista, escéptica de los grandes relatos y de los corsés ideológicos, emancipada de los centros y de las represiones, desenfadada, irónica, nostálgica, consumista, ligera, en fin, posmoderna. (…) Si el embajador de la modernidad era Conan el Destructor, el representante de la posmodernidad era Forrest Gump .” Después, Lipovetsky reemplazó el término de “posmodernidad” por el de “hipermodernidad”, donde la cultura es inseparable de la industria y vivimos un hiperindividualismo. Así es que Lipovetsky estuvo en la Argentina hace unos días, invitado por la Fundación Osde para hablar sobre “La sociedad del hiperconsumo. ¿Somos más felices?” Y en esa oportunidad, habló con Clarín.

-¿Por qué vincula consumo con felicidad. ¿Qué tienen que ver?

 

-Tienen mucho que ver. El consumo tiene un objetivo y es el de incrementar el bienestar. Eso no es la felicidad pero son momentitos de felicidad. Si te comprás una casa, si hacés un viaje, es porque esperás de eso algún bienestar. La dinámica del consumo se legitima en nombre de la felicidad privada. ¿Vas al cine? ¿Qué te venden? Dos horas de felicidad. Todos los productos de consumo se venden por ese artilugio.

-Cualquier adulto sabe que eso no funciona, no hace falta ser Gilles Lipovetsky…

 

-¡Seguro! Eso es la retórica de la felicidad.

-Hay una distancia entre la retórica de la felicidad y la felicidad.

 

-Cierto. Pero no se trata de una ilusión total. El consumo te brinda pequeñas felicidades. Llevás a tus hijos a Disney; ellos están felices y vos también. Te compraste el último celular inteligente… estás contenta. Claro que no dura, son felicidades pequeñas.

-¿Y qué es la felicidad?

 

-¿La felicidad? Es una relación de uno con uno mismo y de uno con los demás. El consumo, en cambio, es una relación de vos con una cosa.

-¿Un ejemplo?

 

-De uno mismo con uno mismo: podrás tener la tablet, el teléfono, la casa, lo que se te ocurra, pero si tu trabajo no te gusta, si hay aspectos de tu vida que no te gustan, todo el resto no vale. Con lo cual hay felicidad solamente cuando hay paz interior. Los filósofos siempre lo plantearon de esa manera: los epicúreos, los estoicos, las escuelas cínicas, todos muestran que la sabiduría es la serenidad. Si estás en conflicto con vos misma, porque el modo de vida que tenés no te gusta, porque tenés que estar a las corridas, entonces podés ir a comprar, a consumir, al cine y eso te va a dar pinceladas de felicidad pero en el fondo sos una desgraciada.

-¿Y en el vínculo con los demás?

 

-Mal podés ser feliz si estás en tensión con los demás. Si tenés un conflicto grave, si tu jefe te está hostigando, tu vida es espantosa. Podrás comprarte lo que se te ocurra y vas a estar traumatizada. La idea de que el consumo puede darte la felicidad es una estupidez.

-Ya las abuelas decían que la plata no hace la felicidad…

 

-Mmm… Se hicieron estudios con cifras y se vio que la fórmula “La plata no hace la felicidad” es verdadera y falsa. En las encuestas sobre felicidad, los que se declaran menos felices son los más pobres. Si no tenés techo y además podés estar enfermo, tener frío, es imposible ser feliz. El peso de las cosas es tan enorme que torna imposible la felicidad. A ese nivel, la plata contribuye a la felicidad. Pero también se pudo demostrar que llega un momento en que ganás más, más plata y no te da más felicidad. Hay un umbral.

-¿Esta aceleración del consumo no tiene que ver con modelos económicos basados en su estímulo? Si el consumo mueve la economía, hace falta consumo
-Como sabés, en las economías hiperdesarrolladas hoy el motor del crecimiento es el consumo de los hogares. En Estados Unidos, el 70 por ciento del PBI viene de allí. Si la gente no compra, se desmorona la economía. En Francia es el 60 por ciento. En la sociedad de hiperconsumo, el consumo pasó a ser el motor de la economía.

-En este contexto nosotros, cada uno, ¿tenía alguna alternativa a convertirse en un hiperconsumidor? ¿O fue la máquina económica del mundo la que nos inventó como consumidores?

 

-Esencialmente, es así, nos inventaron. Fijate: hace poco la tablet no la deseaba nadie, ¡no existía! Y ahora quiero la mía. Claro que es el sistema: Marx ya lo dijo: es la producción lo que genera el deseo. Ahora bien: hoy el sistema es tan potente que no deja de inventar nuevas necesidades. Y generó la hiperelección. Es decir: dentro de la hiperelección volvés a tener un margen de autonomía. Vos tenés un teléfono inteligente y mirá, yo tengo un teléfono viejo. No es una cuestión de plata: no me lo compré por elección. Tenés una autonomía individual que no te obliga a consumir.

-Usted se preguntó si había sido bueno darle tanta importancia al hedonismo y si es hora de cuestionarnos qué es una buena vida.

 

-Epicuro decía que se hace algo porque se espera sacar de eso un placer y que escapamos de aquello que nos puede generar dolor. El capitalismo de hiperconsumo hizo reventar eso, el hedonismo está difundido, sacralizado y en todos lados. Los conservadores denuncian eso. Dicen que el sistema es hedonista y que hace que la gente sea egoísta, que arruina el futuro porque la gente está mirando la tele, son tarados, miran pornografía en vez de cosas de calidad, los turistas son vulgares, comen sándwiches en los museos. Con lo que surge la idea de que en se trata de un sistema democrático, sí, pero de una democracia que corrompe los verdaderos valores. Yo no sería tan estricto. Pienso que el hedonismo ha hecho mucho bien. Que el hecho de que la gente viaje, que escuche música con facilidad, que todo el mundo se pueda vestir más o menos a la moda, que se pueda llamar por teléfono a todos lados, que uno pueda cuidarse —el hedonismo son también los medicamentos que uno consume— todo eso es positivo. El problema es que este sistema transformó el hedonismo en un absoluto: no propone ninguna otra cosa, no hay otra finalidad de existencia. Y eso no está bien.

-¿Por qué?

 

-El placer como medio, bárbaro. Si es como fin, es pobre. Un ser humano no es sólo una máquina de placer. A menudo lo que te da placer no te lo da de inmediato, hay que sufrir un poco para conseguir un placer.

-¿Cómo es eso?

 

-Mientas escribo un libro no tengo un orgasmo cada quince minutos, es algo difícil. Pero luego vendrá el placer. Es una visión muy pobre del ser humano el reducirlo al consumo. El ser humano piensa, trabaja, ama… Si hablamos de educación, eso no es hedonismo, es trabajo. Si sos madre y sólo das educación de placer, tus hijos no van a crecer. En algún momento vas a tener que apretar las clavijas. De lo contrario. La escuela no está para dar felicidad, está para enseñar. Hay que aprender.

-En este país resulta paradójico hablar de hiperconsumo. No hay veinte tipos de queso en el supermercado y hay miles de personas durmiendo en la calle y comiendo de la basura.

 

-Hay una brecha enorme de desigualdades y el drama es que aún esos pobres de los que hablás son hiperconsumidores… en su cabeza. Ellos también ven la tablet, la quieren, porque saben que existe. Antes los pobres vivían en el campo, no viajaban, vivían pobres, no hablaban por teléfono, no había moda. Hoy es más difícil ser pobre porque en la cabeza hay una contradicción. “Yo también tengo derecho al consumo”, se dicen. Y es insoportable, porque tiene que ver con la dignidad.

-¿Entonces ahora somos menos felices?

 

-Hace un siglo Freud se ocupaba de burguesas histéricas, frígidas; tampoco eran felices. No dramaticemos. Ahora las mujeres no son frígidas, tienen otros problemas. La felicidad y la infelicidad son muy complejas, no son fáciles de medir. Creo que con la excepción de momentos de dramas espantosos, la sumatoria de felicidades y desgracias no debe haber cambiado mucho en la historia de la humanidad.