André, Michelet y el sexo y el amor

9 Jul

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En su diario personal, el historiador Jules Michelet escribió, el 22 de mayo de 1857: “Para el que no está hastiado, el solo contacto de la persona amada, el sentimiento de su carne, de su calor, la vista encantadora y siempre nueva de lo que uno ha visto mil veces, esas castas familiaridades, las constantes ocasiones de asistir a los momentos escondidos, a la higiene personal, a las funciones obligadas del cuerpo, todo eso, a cada instante, arroja chispas. Es el condimento de la vida, el azúcar y la sal, y más aún, su penetrante perfume, que la envuelve como un hechizo. Es fuente inagotable de rejuvenecimientos imprevistos, de despertares de la languidez, de olvidos de la fatiga. Para la erección inventiva, alcanza con que por la mañana la haya besado en los pechos, en la grupa o en el pie”.

Mejor que su libro El amor, muy edulcorado, el Diario de Michelet ilustra el reencuentro del amor y la sexualidad. Desde Ovidio, por lo menos, no cabe duda de que la hazaña es realizable y que su condición es la existencia psíquica y sexual del otro, de la mujer: “¡Que la mujer sienta el placer de Venus abatirse sobre ella hasta lo más profundo de su ser, y que el goce sea igual para su amante que para ella!”. La desvalorización de la mujer, y por extensión toda práctica sexual que no pretende de la pareja sino que acuda al sitio donde el fantasma la convoque, no toma en cuenta el placer femenino. Y aun cuando el hombre aceche en los ojos, o en los gemidos, el goce que está “infligiendo” es sólo para rédito narcisista de su virilidad confirmada.

En tanto sea sólo el fantasma del hombre el que reine en la escena sexual, el objeto no es más que un objeto –“Cuanto menos amor hay, mejor se coge”– que se intercambia de buen grado, en tanto el tiempo prolongado vivido con “la misma” corre el riesgo de la alteridad, de ver surgir las expectativas de otra psique y, por lo tanto, de perturbar el programa idéntico a sí mismo que se fija para sí el fantasma. La llamada naturaleza “poligámica” de los hombres no es sólo la consecuencia de una pulsión que no tiene otro fin que la satisfacción: es también el correlato de una sexualidad que evita el reencuentro siempre peligroso con el otro sexo.

Por el contrario, “para el que no está hastiado”, como escribió Michelet, aquel para quien la duración no es adversaria de la novedad, la erección inventiva descubre lo que ha visto ya mil veces. Bonaparte le escribe a Josefina: “Te envío mil besos, abajo, bien abajo, mucho más abajo que el corazón, por el lado de la selva negra”. Es la diferencia entre un sexo femenino, sexo por defecto (le falta algo), o simple estuche (vagina) para el pene, y un dark continent, palabra con que el explorador Stanley nombraba la misteriosa y peligrosa selva ecuatorial africana, retomada por Freud un día en que se hacía cargo del carácter restrictivo y empobrecedor de la lógica fálica estricta. La erección inventiva no terminó jamás de descubrir el mismo territorio, de profundizar su conocimiento de él, a diferencia de la que solo se pone dura por lo que ya conoce e impone, contentándose con una breve visita como al pasar. Una aspira a lo que ignora, la relación con lo desconocido; la otra no pasa los límites que ella misma se fija.

Se adivina, siguiendo este razonamiento, que el acento en la idealización, nunca ausente desde el momento mismo en que se entremezcla el amor, corre el riesgo de enmascarar la parte violenta, subversiva, y sin embargo siempre presente, de la sexualidad. El psicoanálisis mismo, con su “primado de la genitalidad”, no escapó a esta pendiente normativa y jerarquizadora. Los diarios íntimos, como sucede con el de Michelet, o la correspondencia “caliente”, esa que conjuga con fuerza el amor y el sexo, de modo explícito o más alusivo, evocan más el polimorfismo (infantil) de una sexualidad que hace todo, ve todo y viaja al extranjero que una sexualidad de síntesis que hubiese restablecido el buen orden de las cosas.

Es evidentemente una paradoja pensar que bajo la conformidad cultural milenaria, que hace de la pareja hombre-mujer la unidad de base de la reproducción del orden social, pueda cobijarse cualquier otra cosa… Lo más común es la pareja social hombre-mujer; el reencuentro amoroso y sexual de uno y otro no es evidentemente la excepción, pero no es menos cierto que supone la construcción de una complejidad psíquica inestable, muy alejada de la regla. Las palabras de hombres y mujeres en el diván no cesan de confirmar esta fragilidad y la violencia potencial que encierra; las parejas homosexuales tienen a menudo en estos días una estabilidad que las parejas heterosexuales no tienen, el casamiento se ha convertido en asunto de ellos. En un tiempo en que la simple idea de demorarse en acabar para dar lugar al placer de la mujer suponía incongruencia y suscitaba oprobio, los escritos de Ovidio resultaban un desafío al orden establecido. Pascal Quignard escribe que “lo que escandalizó en los tres libros eróticos de Ovidio (Amores, El arte de amar y Heroidas) es la idea de reciprocidad, la idea de mezclar fidelidad y placer, matriarcado y eros, genealogía y sensualidad”. El poeta pagó caro este modo inesperado de transgredir la prohibición mayor; el precio fue el destierro al que lo condenó Augusto en las costas del Danubio y su muerte solitaria tras quince años de exilio.

Es Freud, una vez más, el que tiene el discurso menos conformista de todos. La nota de idealización que palpita en todo amor lleva los pensamientos hacia lo alto y amenaza con restablecer el clivaje, el mismo al que se libra el fantasma de la desvalorización de la mujer, pero visto del otro lado: del lado del corazón y no del lado del culo. Con una palabra sorprendente, Michelet ilustra la conciliación de lo tierno con lo sexual, cuando evoca la escena de amor que acaba de tener lugar entre su mujer y él: “el chorro de ternura que metí en ella”. Esa es precisamente la gran apuesta: mantener juntas las dos corrientes, tierna y sensual/sexual. Freud, planteando la cuestión desde el punto de vista de la sexualidad masculina, formula la hipótesis de que, para tener éxito en una “proeza” semejante, el hombre tiene que haber podido “superar el respeto por la mujer”. Este enunciado le cuesta, y multiplica las precauciones oratorias: “Parece poco agradable y lo que es más, paradójico, pero sin embargo hay que decir…”. Pasadas estas reticencias, no es sino un programa que podría llamarse incestuoso el que Freud esboza: para “llegar a ser verdaderamente libre y por eso también feliz (el hombre) debe haber podido superar el respeto por la mujer y haberse familiarizado con la representación del incesto con la madre o con la hermana”.

La mamá (o la hermana) y la puta no son sino una. No poder soportar esto psíquicamente lleva al clivaje, a la exclusión de las dos figuras y a la escisión de las mujeres: para una la ternura (dormir), para las otras la sensualidad (acostarse con ellas). El amor sensual/sexual se nutre de los mismos ingredientes que el fantasma de la desvalorización, sólo que los conjuga de otra manera y, sobre todo, deja el juego más abierto, en primer lugar sobre el inconsciente del otro. Que “puta” (y sus equivalentes) pueda ser a la vez el aguijón de la excitación y una palabra de ternura es una proeza semántica que no está al alcance de la primera pareja recién venida. El “respeto” señala el reflujo de los amores incestuosos y la religiosidad frente al primer objeto, en tanto la irrespetuosidad, la rotura de los diques, la exploración de las zonas prohibidas, recuperan la intensidad de los primeros amores.

Michelet, una vez más, y su placer de confundir en la inmolación la Virgen y la “gozadora famélica”, de acercar culto y profanación: “No le oculté ayer (a Athénaïs, su mujer) que había notado, precisado, caracterizado cada uno de los momentos divinos que había tenido dentro de ella, todos variados, o sublimes, o profundos, o poderosamente magnéticos, con un sentimiento cálido, dulce, tierno, encantador hacia el tesoro viviente en el que entro. Su dulzura, su docilidad, su modestia arrobadora y sus pequeños pudores ante mis exigencias demasiado grandes agregan, en ciertos días, mis vivos aguijones. El pudor le sienta extraordinariamente bien a una mujer joven, sobre todo el contraste de una virgen (puede nombrársela así) que no por serlo deja de dedicarse a recibir los goces ávidos, golosos y famélicos de un amor insaciable. Goces, para decir verdad, sin fondo, porque es ahí donde se siente el valor de una persona inestimable y el inestimable precio de la inmolación, del pudor sufriente, el pudor que se sacrifica por ternura y quiere sacrificarse”.

Las palabras son ciertamente las de una libido dominandi, una voluntad de dominar, pero, digámoslo una vez más, la igualdad es algo desconocido para el inconsciente, esa parte viva que alienta la reunión del amor con la sexualidad. La dominación y la sumisión son otros tantos placeres; la plasticidad, de la que la variedad de posiciones es la expresión más simple, permite inventar muchas distribuciones de roles.

Michelet, una última vez (el 26 de septiembre de 1858), por el placer y porque en una fórmula y una metáfora atrapa mejor que un largo comentario la condensación de los primeros amores y los amores adultos, de la madre y la puta, de la ternura y la más violenta sensualidad, de la adoración y la violación. Es en el momento de un paseo por el borde del mar, un día “la gran marea, el mar curioso: rompió todo durante la noche”, y al día siguiente “el mar rimado, pero con rimas sencillas, cansado de su gran improvisación”. El paseo es el último paso: “El mar, la concha de mi mujer: mis dos infinitos”.

* Texto extractado de La sexualidad masculina, de reciente aparición (Ed. Nueva Visión).

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