Borón, ¿y el sujeto?

3 May

1. El sujeto individual se transformó porque la sociedad capitalista actual no es la misma de antaño. La sociabilidad se vio modificada por la lógica destructiva y alienante del capital, imponiendo un patrón cada vez más egoísta e insolidario, apto para sobrevivir a duras penas, ante el darwinismo del mercado. Obviamente siguen siendo hombres y mujeres en un entramado social cada vez más enfermo e inhumano.
2. Las instituciones tradicionales también están atravesadas por la crisis, con mayor o menor intensidad en todos los países: desde las instituciones propiamente políticas –gobierno, congreso, partidos, judicatura– hasta las más propias de la sociedad civil, en un sentido gramsciano: la escuela, la universidad, las iglesias, los medios de comunicación y, en el terreno económico las formas tradicionales de organización empresaria y, por supuesto, los sindicatos. Es un mundo que requiere de nuevas formas institucionales que reemplacen a las ya obsoletas. Por ejemplo, las limitaciones de la democracia mal llamada representativa saltan a la vista: no representan sino a las diversas fracciones del capital, y poco más. Se necesita la refundación del orden democrático, con nuevas instituciones políticas que hagan posible la soberanía popular al estimular el protagonismo ciudadano. Hay que refundar la escuela y la universidad, para que sean focos de creación y de pensamiento crítico y no máquinas para adaptar a los jóvenes a las necesidades del capital. Es preciso crear nuevas formas de organización sindical que representen a una masa asalariada cada vez más masiva, heterogénea y vulnerable. El protagonismo que las diversas instituciones podrán jugar es algo que surgirá de la práctica histórica, no se puede deducir de la teoría.
3. Las clases sociales cambiaron. Se homogeneizaron arriba, y se heterogeneizaron abajo. Las diversas fracciones de la burguesía se entrecruzaron de manera acelerada, tanto dentro como fuera de sus países. El agronegocio, por ejemplo, integra al capital financiero con el industrial y con las viejas clases terratenientes. La banca se ramifica en la industria y el comercio. La economía digital funde en un haz de intereses a la industria, el capital financiero y la publicidad. En la cumbre de la estructura social, antiguas fracciones encuentran cada vez más un terreno común, con intereses compartidos que ahora defienden en una estrategia no sólo nacional sino internacional, coordinada por una suerte de estado mayor, un “comité central” de la burguesía que cada enero se reúne en Davos. En el otro extremo, el capitalismo actual pulverizó y atomizó al universo popular, fragmentado, dividido, parcializado de suerte tal que la concertación de acciones de conjunto resulta muy problemática. Si en la segunda mitad del siglo XIX aquél era signado por la presencia homogeneizante del proletariado industrial, los comienzos del siglo XXI nos presentan una escena en donde los particularismos y, por lo tanto, la división, constituyen el rasgo sobresaliente de las clases y capas populares. Agravado por los desarrollos de las nuevas tecnologías de información y comunicación que hicieron posible la creación y rápido desarrollo, sobre todo en los capitalismos avanzados, de un “cibertariado” que trabaja desde su casa y que intensifica hasta lo indecible la autoexplotación de los trabajadores, con jornadas laborales que llegan a las doce horas, con trabajo nocturno, sin descanso dominical…
4. El peso económico es muy fuerte, y se deriva del impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas y los formidables avances tecnológicos de los últimos veinticinco o treinta años que reformatearon el proceso de trabajo, introdujeron nuevas divisiones en el seno de la clase trabajadora (que hoy abarca a la mayoría de la población mundial, sometida directa o indirectamente a la lógica de la valorización del capital) y facilitaron las tareas de dirección y control a cargo de los gigantescos oligopolios contemporáneos. Todo esto tuvo su contrapeso en la esfera de la ideología, ocasionando el descrédito de las estrategias de acción colectiva y fomentando una cultura individualista, egoísta, cortoplacista, que conspira contra la posibilidad de enfrentar con ciertas posibilidades de éxito a la clase dominante y sus representantes políticos e ideológicos. Aquí hay que destacar el enorme papel de los medios de comunicación de masas, convertidos en vanguardia política de la burguesía y desentendidos ya de cualquier propósito de informar a la opinión pública. Su gravitación es hoy mucho mayor que la de los partidos políticos, en la medida en que el terreno favorito escogido por la burguesía para librar la lucha de clases es el ámbito de la cultura, de la ideología, consciente de que su predominio en este ámbito le garantizará una cómoda primacía en la política y la economía.
5. La religión está en alza: casos del fundamentalismo de los cristianos evangélicos en EE.UU., los católicos en Europa y América latina, el de los musulmanes en el mundo árabe (en Medio Oriente y en Europa, no así en Asia) y el de los judíos en Israel y los EE.UU. Son expresiones por ahora minoritarias pero no por ello menos preocupantes. En suma, la religión, que hace poco más de un cuarto de siglo parecía destinada a eclipsarse, resurgió con mucha fuerza. El poder de los privados se acentuó extraordinariamente, en desmedro del poder político, completamente colonizado por aquél. La decisión de la Corte Suprema de los EE.UU. de equiparar los derechos de propiedad de las personas con los de las corporaciones, y la libertad de los individuos para disponer a su antojo y sin intromisión estatal de sus fortunas con la de las empresas para hacer lo mismo con sus patrimonios abrió la puerta a la rápida degeneración de las democracias capitalistas en sórdidas plutocracias, donde el poder político aparece como completamente colonizado por el poder privado a través del financiamiento ilimitado e incontrolado que las empresas pueden hacer de la vida política.
6. Respondería parafraseando un conocido verso de Machado: “Militante no hay sujeto, se hace el sujeto al andar”. No existe sujeto revolucionario preconstituido. Ya el joven Marx lo observaba en Miseria de la Filosofía al hablar del tránsito de la clase en sí a la clase para sí, recorrido que no siempre se daba y que para nada podría reducirse a un automatismo social. Hoy las víctimas del capitalismo son muchas más que antes, porque el capitalismo se convirtió por primera vez en su historia en un sistema genuinamente mundial que incorporó a la lógica de la plusvalía a un enorme y heterogéneo universo de trabajadores y, además, porque florecieron nuevas contradicciones derivadas de su implacable lógica de dominio. Estas nuevas y viejas contradicciones fueron el manantial de donde surgió una pléyade de sujetos que se agregaron al tradicional proletariado industrial: nuevos estratos de trabajadores en diversos sectores de la economía; jóvenes sin futuro en el “turbocapitalismo” de alta tecnología; mujeres explotadas por el patriarcado y por la “doble jornada”; activistas de los derechos humanos y defensores del medio ambiente; minorías sexuales; pueblos originarios otrora concebidos como “sin historia” (y sin futuro) que emergen con fuerza en las sociedades latinoamericanas y otros más. En suma, los sepultureros del capital son ahora muchos más que el antiguo proletariado industrial, que seguirá siendo un actor importantísimo, pero no el único.998797_503235159764648_373350495_n

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