A. L., La vida es gratis

26 Nov

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Hay quienes escribieron grandes libros, de esos que cuesta leer y vender, que dicen que la vida es un “don”, que “se da”, que no te la quieren cobrar. Pero se ve que esos tipos nunca pasaron por acá. Yo entiendo que ellos se refieren a que un dios, la naturaleza o un ángel caído que, queriendo recrear lo que se vió en otro mundo, armaron la masa en la que vivimos. Lo entiendo, fundamentalmente, porque supe hacer lo mismo cuando era chico entre las macetas del patio de villa Ortuzar con los soldaditos que me traía mi abuela. Yo los ponía atrás de una rama importante, les armaba túneles tipo Vietnam. Los subía a una palmera hecha de helechos y cuando terminaba de acomodar la bolsita con el tanque y todo me buscaba algún enemigo para que el mundo no fuera un opio. Un juguete grande de mi hermano. Un “duravit” que aun desafiara todo tipo de golpes. Algo debía darle acción, tiros y héroes a la cosa. Sino para qué había escondido a los tipos….
Eso yo lo ví cuando apenas me iba haciendo amigo de ese lugar cruel donde los profesores te gritaban y te decían: “esforzate pibe, que vos sos inteligente”… qué lugar… Tambíen, el viejo te gritaba: “dale, yo voy a trabajar y vos vas a jugar con tus amigos, dejate de boludear”. Pero no era fácil eso de los amigos. Los pibes jugaban al futbol y yo ni la veía. Las piernas tenían no sé… no se me movían como a ese Beto que parecía volar en una canchita. Yo prefería ver. Viste, vos te quedabas por ahí y las ideas te golpeaban la cabeza. Aunque no era fácil, tampoco, ver. Pero de todos esos agobios sabías que volvías. No sé. Quizás alcanzaba que te aguantaras un chiste, una cargada. Que “te comas el mazo” con alguno que te miraba feo después del partido por no haber hecho nada. Pero qué ibas a hacer. Vos sabías que tenías que estudiar sino el viejo te mataba o te mandaba a la calle así chiquito y todo. Por suerte las matemáticas no eran difíciles. A otros pibes les costaba, no entendían nada. Los veía sufrir casi como cuando venían los torneos de fútbol. Incluso una vez pude darle una mano al inalcanzable Beto.
También lo entendí, cuando se acercaba el verano y buscaban y buscaban un departamentito apretujado en San Clemente para poder ir al mar. No era como el Caribe o Brasil, el norte de Brasil decían, pero vos sabías que te llevabas el barrenador y que la vida allí te daba un poco de soga. Y ni hablar cuando a la mañana le metías la mano a la cartera de tu vieja para sacarle dos pesos para comprarte unos palitos fritos en el recreo. No hay guita te decían, claro. Qué iba a saber ese Fort que la vida era tan dura… 250 millones de dólares… pero si vos ni podes imaginártelos…. Entrarán en una pieza? En Miami, ¿le quedarían los cuartos con arena en todos lados, en las camas, en el baño, en la cocina, con esa arena de “la costa atlántica” que no podes sacarte nunca de debajo de los pies, esa que se mezcla en los sanguches de milanesas y que te quedaba en el pelo hasta marzo?
Yo creo que ese Fort sabía a su manera que la cosa es pagar, pagar y pagar. Al tipo le dolía todo, le sangraba todo, todo le supuraba botox o anabólicos. Hasta los amigos le costaban. La altura le costaba. Dicen que se puso un “taco” dentro del hueso. Tener un cuerpo le costaba. Cantar como su madre le costaba. No sé, quizás le falto levantar una bolsa de cemento para terminar la piecita entre la parrilla y el baño del patio. Ponerse en los brazos menos firulete y quizás mejor un “Yoli” o un “Robert”. O estar pendiente de la oferta de lácteos o de bebidas para ir al super y venirte con los brazos estirados por las bolsas y con la felicidad de acapararte un yogurt y una coca de más. Este Fort se intoxico en Miami pero nunca pudo olvidar que ni el cuerpo era gratis. No entendió que para ponerse tranquilo frente a la mirada de un don cualquiera no era necesario marcarse con un bisturí caro, ni levantarse los ojos, ni hacerse cara de malo. Decían que su madre era el “nexo” con su padre para que le diera guita. Pero, quién era el nexo con su madre. Pues parece que los tapados, los autos caros, cantar y bailar no le alcanzaron nunca. Este Fort no entendió que nunca alcanza la cosa al final. Que vivimos laburando y cuando terminamos de laburar viene el opio, viene el miedo de ser aceptados así desnudos nomas. Acaso por el esfuerzo de “parar la olla”. Acaso porque a alguien se le ocurrió ponernos una mina o un mino al lado para que se compadezca, de tanto esfuerzo diario, y nos haga una caricia como si fuera gratis.
Pobre muchachote, la vida le pidió algo más de lo que pudo pagar con dinero y … no supo responder con la cabeza gacha y con trabajo. El tipo no supo nunca lo que es ser un negro peronista. Cantar la marchita. Cantar con las ganas de que haya laburo y poder llevar algo a tu casa. De estirar la pobreza un día más. De aguantar. Él siempre cantó para su madre rica e insatisfecha. Cómo no se iba a morir así este Fort…..

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