González, crisis de la república

2 Oct

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El reciente film sobre Hannah Arendt ofrece la posibilidad de atender nuevamente algunas cuestiones referidas a la violación del sentido y al conocimiento de la condición humana en nuestro país. No es que el film alcance la profundidad que debería tener una pieza precisa de reflexión sobre la violencia y el significado de lo humano, pues finalmente está hecho de imágenes y éstas llegan a los conceptos apenas rozándolos. Pero en este film se hacen presentes los dilemas de la justicia y la pena, dignamente tratados, casi a la manera de un drama judicial, viejo género del cine contemporáneo. Pero no sin ciertas concesiones mínimas que su directora acostumbra a otorgar a un público interesado en las peripecias intelectuales del siglo XX, ni tampoco sin pequeños ingredientes sentimentales y algún que otro desliz más cercano a ciertos tonos de comedia que al rigor áspero de la tragedia. Comenzando, sin duda, por la imposibilidad de recrear el rostro real de la filósofa alemana –si bien la actriz que lo representa posee en sus facciones una distante belleza moral– y sin dejar de mencionar algún lugar común innecesario: Heidegger llorando en el regazo de su pálida discípula. Además, su albacea, la escritora Mary McCarthy, no convence mucho al espectador, pero desde luego no es de esto que queremos hablar aquí.

En primer lugar, el caso Eichmann tuvo una gran repercusión internacional y comenzó con su rapto en la Argentina, donde no era un secreto su permanencia, pues ya había dado algunas entrevistas públicas. Creía poseer las justificaciones apropiadas, basadas en la inmersión en la “culpabilidad colectiva” y en el “imperativo categórico” kantiano, que asimila a la “obediencia debida” como manera de desimplicarse. Los hechos son conocidos y provocaron una protesta del presidente Frondizi y la posterior justificación de Ben Gurion. Lo cierto es que Hannah Arendt, la autora del polémico libro Eichmann en Jerusalén –polémico y valiente–, cita por los menos treinta veces a la Argentina, tanto por los sucesos aquí ocurridos con Eichmann como por su legislación, que impedía la extradición por variadas razones que la autora analiza con detenimiento, y por último, por la exclamación final de Eichmann frente a la horca: “Viva Alemania, viva Argentina, viva Austria, jamás las olvidaré”.

La crítica de Hannah Arendt recae en las grandes deficiencias del juicio llevado a cabo en Jerusalén y las acciones de los comités judíos que se relacionan con el Estado nazi en términos del “mal menor”. Sus observaciones son de una serena mordacidad: se trataba de un crimen contra la humanidad y, por lo tanto, había una dificultad moral que consistía en no considerar un concepto nuevo en torno de la producción del mal, cual era su condición de ser portado por un burócrata menor del Estado que hablaba con el lenguaje propio de la administración y los flujos de instrumentalidad que correspondían a la lengua oficial de cualquier organización técnica. Si un solo burócrata podía ser juzgado, había que crear un juicio basado en la relación entre el orden burocrático y las planificadas masacres. Se trataba de la célebre cuestión de la banalidad del mal, que sin duda tiene su raíz en trabajos heideggerianos como Qué significa pensar (el pensar es lo contrario al cálculo, al aditamento, a lo indiferente, a la donación) y en cierta anticipación en Adorno con su clásica crítica a la cultura como “administración”. La idea de banalización algo le debe también al Max Weber del “desencantamiento del mundo” y, al recordar estos conocidos tramos de la filosofía social del inmediato pasado, no queremos decir que el film de Margarethe von Trotta sea banalizador, sino que es la propia tesis de Arendt la que está sometida hoy a diversas banalizaciones que, antes que en una leve tendencia al melodrama que tiene esta obra, que asimismo es rigurosa, encontramos en el modo en que se la cita en la Argentina y se la hace objeto de utilizaciones vicarias.

El vigoroso impulso crítico que se desprende de las páginas de Arendt está inscripto enteramente en su crítica a la asociación entre poder y violencia, a la necesidad de un natalicio que active novedosamente las series de la vida del pensamiento antiguo quebrado en la modernidad, al vínculo promesante que se puede obtener de la política como nuevo contrato con el pasado y a la nueva condición de un pensar que, en tanto facultad de juzgar, mantenga una fuerza titilante en relación con el perdón. Todos estos eventos del pensar pueden identificarse con algunos de los poetas que rodean (o constituyen) la obra de Arendt, en primer lugar, el gran poeta y partisano francés René Char, para quien una experiencia pasada existe en tanto “tesoro perdido”, y el poeta inglés Auden, donde el pasado y su cotidianidad rompen y nos comunican de nuevo con el tiempo: “Y la grieta en la taza, abre una senda hacia el país de los muertos”.

No creía Hannah Arendt en la eficacia concluyente del castigo, al igual que Borges. Pero de todos modos había que hacerlo, en condiciones tales que el hombre castigado por ausentarse de los requerimientos veraces del existir fuera indicado ante el resto de los humanos como incapaz de pensamiento, es decir, de recrear sin condicionamientos las condiciones graves del vivir. “Sea cual fuere el castigo, tan pronto un delito ha hecho su primera aparición en la historia, su repetición se convierte en una posibilidad mucho más probable que su primera aparición.” Esto escribe Arendt en La vida del espíritu. Nada muy diferente escribió Borges, casi en estos mismos términos de alarma por la humanidad cuando asiste a uno de los primeros juicios a la junta militar, en la época de Alfonsín.

Hoy estos juicios siguen y perseveran en la Argentina. Quienes hoy visiblemente piden limitarlos, condicionarlos con criterios de una magra tesis política, el “republicanismo”, no se dan cuenta del significado específico que tiene para el sentido de la acción humana que puedan continuar en los términos en que han sido formulados por los gobiernos más activos de este período democrático. Escriben libros donde dan consejos prácticos sobre “las dos violencias” y se despiertan ante el solaz del diario La Nación aplicando tesis constitucionalistas donde no corresponde, pues hacen de la condición humana un sujeto contractual, pidiendo canjes de información y tomando los crímenes contra la vida activa como motivo de revisión de un período histórico, donde mal se esconde una crítica al “gobierno impostor”. No en vano hace tiempo se ha fundado en la Argentina un Instituto Hannah Arendt, que se dedica en cuanto está a su alcance a banalizar a esta crucial pensadora que, sin coincidir con los epidérmicos republicanismos dispersos en la improvisada plurisemia argentina, llamó “crisis de la república” a la construcción de toda clase de embustes por parte del Pentágono en la guerra contra Vietnam. Basta cambiar el nombre de este país por cualquier otro de nuestra actualidad para percibir cuán honda es la Crisis de la República.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

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