del Barco, La máquina-hombre

4 Jul
lacreacion

Entro en una iglesia, en una mezquita, en una sinagoga o en cualquier templo y le pregunto a alguien, a mi vecino, por ejemplo, si cree en dios, y él me responde que sí; yo no le pregunto qué entiende por dios, pues más o menos ya sé qué me va a contestar; le pregunto más bien ¿por qué cree en dios? y él me responde: porque alguien tiene que haber hecho esto, es decir al mundo y a nosotros mismos, porque esto tiene que tener una causa o, dicho con otras palabras, un sentido. Lo que me interesa señalar, más allá de la respuesta sobre el qué es dios (respuesta imposible por otra parte), es la motivación, aquello o eso que suscita la pregunta y la respuesta: lo previo a toda pregunta y a toda respuesta. Y creo que esto es importante pues nos sitúa fuera de cualquier idolatría. El hombre, de alguna manera (comúnmente de una manera en la que no piensa o que sólo piensa cuando es interrogado), está sorprendido o admirado (recordar que la admiración era considerada por los griegos como la causa de la filosofía) frente a esto, al ser, a la maravilla infinita del mundo, frente a la “perfección” del mundo. El hombre común cree en dios “porque algo debe haber”… digamos, algo (¡qué palabra!) que le dé un sentido, tanto a él como a las cosas. Este problema, el problema del sentido, que a mi juicio está implícito en la respuesta del hombre común, es un problema esencial de la filosofía, vale decir que el llamado hombre común es potencialmente un filósofo (la llamada ideología, la ideología incluso más tosca, es ya una forma de “filosofía”). Y si fuera cierto que la filosofía comenzó con la admiración, pero con una admiración poderosa, desgarradora, entonces el hombre común está en el inicio de la filosofía… Y de la religión. En la base de ambas está la inquietud, la sorpresa, la angustia, la pregunta: por qué hay algo, mundo, animales, hombres… y no nada.

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La creencia “primitiva” en un espíritu que existe y actúa constantemente y que da razón de todo es una creencia religiosa; la creencia panteísta de que todo es dios es una creencia religiosa; la creencia de que todo está “animado” por espíritus es religiosa. Y en la base de todas estas creencias está latente la pregunta por lo que llamo el sentido-del-ser. Dicha pregunta, por otra parte, y esto es esencial, no es una pregunta estricta y puramente filosófica, es una pregunta existencial-carnal-espiritual donde se mezclan esperanzas, temores, deseos, angustias, vida y muerte.

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Mi empeño es encontrar un punto absolutamente común “religioso” (podríamos darle otro nombre, cualquier otro nombre: por ejemplo espíritu, alma, yo, conciencia trascendental, voluntad, dios, libertad) que está en la base de toda religión, arte, filosofía y, digamos, de todo ser humano en cuanto tal.

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Todos los hombres creen: ya sea en una piedra, en un espíritu que sostiene y se manifiesta en todas las cosas del mundo, en un espíritu absoluto (como Hegel), en un dios que ha huido (como Hölderlin), en un dios sin ser o más allá del ser (Platón), o en un dios sin dios, en un dios creador como dice la Biblia, en una divinidad, o en la simple pregunta o expectativa por el qué o por lo posible o el presupuesto de eso-algo-dios-ser-sustancia-voluntad, etcétera.

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Los cientos de religiones que existen en el mundo, con sus iglesias y sus sectas, desde las más rudas hasta las más sofisticadas, las actuales y las que han desaparecido, las que conocemos y las que ignoramos, son formas, digamos, de esa creencia originaria. De alguna manera, el hombre, todo hombre, es religioso en la medida en que por lo menos cree que hay algo, y además cree que él mismo existe o es (aquí la referencia obligada es Kant: “al menos yo existo”). Y esta creencia es un Acontecimiento diría insondable, un prodigio del que se deben extraer las consecuencias, digamos, “religiosas”: tanto Kant como Heidegger, y miles de otros pensadores, científicos, artistas y mujeres y hombres “comunes”, fueron tocados o arrebatados por este hecho extraño y prodigioso del “hay ser”, “se da ser”.

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Entiendo por Sistema la idea no materializable, no totalizable, de la suma de estructuras sociales: económicas, técnicas, científicas, ideológicas, éticas, artísticas… El Sistema (digamos tentativamente post-capitalista o super-capitalista) no tolera esa falla, ese hueco, y posiblemente su telos, su finalidad, sea el cierre completo de sí mismo. Por otra parte, el Sistema, en su doble proceso de universalización o globalización (social, individual, material, espiritual) puede arrasar con todas las formas eclesiales y no eclesiales de las religiones.

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Más aún, puede arrasar con todas las “religiones”, e inclusive, in extremis, con el hombre como tal.

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El Sistema, que es esencialmente totalitario (en el sentido de su tendencia a la totalización completa), tiende a ser planetario, a universalizarse, mas para su absolutización encuentra en última instancia el escollo de lo trascendental, el punto primero, “originario”, “religioso”, de lo humano en cuanto humano. El Sistema lo fascina al hombre, lo encandila, lo enajena, lo subyuga, pero su problema es que para el total triunfo de la Máquina ésta debe llegar a suprimir al propio “hombre”. Es una tarea ardua, difícil, tal vez imposible: hacer que el hombre piense, ame, desee, imagine, recuerde sólo las imágenes, los recuerdos y los pensamientos que le da la Máquina; vale decir que el éxito del Sistema sería el no-hombre, una máquina-hombre, un mundo muerto cubriendo el mundo vivo como una réplica espectral.

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¿Habría posibilidad de resistencia? ¿Cuál sería el fundamento de una resistencia? ¿No sería igual a la resistencia que hubiera podido ejercer el pre-homínido o el mono frente a la existencia del hombre?

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Los términos centrales son reificación (todo tiende a devenir cosa, res, mercancías, objetos) y ena-jenación: el “hombre” (no pienso por supuesto en el hombre como animal-racional) pasa a ser un objeto en un mundo que es él-mismo-objetivado. La tarea (no consciente, ¡porque aquí ya no hay conciencia! ¡No se trata de conciencia! Así como corporalmente no se trata de tener conciencia, en el sentido de dirigir o controlar desde la conciencia el funcionamiento del hígado o del sistema circulatorio) a lo que tiende el Sistema es a cosificar totalmente al “hombre”, a convertirlo en una pieza más de su indefinido, indeterminado, mecanismo. Ahora bien, todo este razonamiento parte de reconocer que la esencia del Sistema es su crecimiento o la llamada “reproducción ampliada” (según los términos utilizados por Marx): necesita no sólo reproducirse sino crecer, y es este crecimiento el verdadero “peligro”, para hablar con una palabra de Hölderlin, porque es un crecimiento que se desborda a sí mismo, que no tiene límites, que puede arrasar con la Tierra y con la especie humana, y no sólo puede sino que ya lo está haciendo, porque en su punto extremo, o abismal si se quiere, puede funcionar solo, o con un hombre ya-nohombre convertido en sólo soporte de relaciones entre cosas, un robot-hombre indefinidamente perfeccionado.

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Frente a esta situación, la pregunta decisiva es ética, yo hablaría de una ética de la resistencia: de resistencias puntuales, determinadas, sucesivas, en extensión (desde la ecología hasta la música…) y en intensidad. Una ética desgarrada.

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Existe infinidad de modos de resistencia, pero cada modo de resistencia tendría que estar abierto al menos a dos cosas: al reconocimiento de los otros modos de resistencia y al intento de un ascenso en la toma de conciencia de sí, del otro y del mundo. La resistencia, además de resistir una violencia determinada, implica un arrancarse o separarse de las formas más sofisticadas de aprehensión, separarse de su aterradora vida, de su insistente y constante maldad, de su “tentación”, de las maneras suaves de dominación y exterminio “espiritual”. Porque existe el exterminio físico de las guerras y las infinitas violencias policiales y militares, y existe el exterminio espiritual-suave, la imposición de modos de ser, de ver, de tocar, de relacionarse, de amar.

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¿Cómo resistir? Las resistencias no pueden subsumirse en una forma. Su pluralidad resulta de la infinitud de redes opresivas, de acciones violentas contra la tierra, los animales y los hombres, y así en cada lugar y en cada ser humano, comunidad, pueblo o barrio, la resistencia es particular. Se trata de un estado-de-insurrección, o, si me permiten la palabra, de revolución subjetiva permanente, o de un cambio de óptica, que puede ir desde lo más nimio de la vida cotidiana hasta los momentos más graves e intensos de la existencia. No hay un vademécum de la resistencia, hay un espíritu que puede asumirse.

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El Sistema se mete en todo y se apodera de todo, no sólo penetra en la religiones vaciándolas, convirtiéndolas en puro formalismo, sino también en la filosofía, fundamentalmente a través de su vaciamiento-aplanamiento universitario, en el arte, mediante la creación de grupos e instituciones que no sólo fijan el gusto sino que lo crean; en el deporte, que deja de ser una práctica para ser un espectáculo practicado en sus niveles elevados por millonarios; en el cine, en la televisión, generando formas de ser y de violencias poderosas, convirtiéndolos en instrumentos de enajenación a gran escala, en las relaciones sexuales, algunas perseguidas y otras banalizadas, convirtiéndolas en actos superficiales, en “vasos de agua” que se toman y se dejan o de una retórica sexual pudibunda, desgajándolas de las prácticas eróticas y orgiásticas abiertas a todos los éxtasis posibles.

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No hay futuro. Hay esto, el Acontecimiento del instante, el presente. Nadie lucha por sus hijos o por sus nietos, se lucha por uno mismo, se niega el Sistema, se resiste, por uno mismo. Y ese uno mismo es todos e implica todo, ese uno mismo es lo previo a todo ser, sustancia, dios.

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Hay formas múltiples que podríamos llamar éticas, de construcción y de desconstrucción, de resistencias y de creación, en cuanto cercanía del hay, de la presencia o de lo trascendental, no importan aquí los nombres sino el impulso, llamémosle sagrado, porque defiende, sostiene y se identifica con la Vida, que nos permite resistir, que vuelve posible todas las resistencias posibles. Uno de esos impulsos es, yo creería, el Amor y la constelación de pasiones “éticas”, “estéticas”, “políticas”, “eróticas” y sociales en su infinitud, que rodean eso que llamamos de manera vacilante “amor”: la piedad, la compasión, la misericordia, la benevolencia, la mansedumbre, el respeto (en el sentido kantiano de vivenciar al otro y a lo otro como absoluto).

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Descascaremos, des-construyamos las religiones paquidérmicas, reaccionarias, violentas. La fuerza, o las fuerzas del Sistema, son poderosas, son el poder mismo. Pero las fuerzas discontinuas de las resistencias también son poderosas. Creo que ya no se trata de utopías proclamadas por individuos u organizaciones que se dicen poseedoras del sentido (del mundo, de la historia y del hombre, ¡como si supieran por ciencia infusa o por revelación trascendente hacia dónde marcha el mundo, sin advertir que no se marcha hacia ninguna parte!), porque esas utopías han desangrado a la humanidad y han entronizado, paradójicamente, el Sistema.

* Fragmentos del trabajo “Actualidad de la religión”, que puede leerse completo en www.espaciomurena.com/

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