Poratti, proyecto de la sumisión incondicionada al norte imperial y globalizador

28 Nov


Partimos del final, estuvo a mi cargo el más aciago de los períodos, el antiproyecto, porque de algún modo lo trataré de explicar porque es el lugar desde el cual puede verse en forma negativa la totalidad de la historia.
El descubrimiento de América por los europeos, como tuvimos oportunidad de recordar aquí en una ocasión anterior, fue llamado el descubrimiento del Nuevo Mundo, pero en realidad, como dijo la filósofa Amelia Podetti, fue para todos, europeos y americanos, descubrimiento del mundo.
Un mundo geográfica e históricamente totalizado con la circunnavegación del globo.
América es un fenómeno histórico único porque a diferencia de las culturas de Asia o África no permaneció en su misma esencia por debajo de la dominación colonial sino que fue escenario de un complejo de mezcla de sangres y de culturas.
Esto se traduce en la complejidad de proyectos que entretejen la historia, muchas veces equívocos con respecto a su carácter positivo y al destino de nuestras patrias y de la Patria Americana, que por ser común, nos hace compartir muchos tramos de historia: el estar de los primeros habitantes, el proyecto hispánico, el jesuítico, el independentista, y ahora, desde fines
del S. XX, en desarrollos peculiares pero semejantes, un antiproyecto de sumisión que tuvo inclusive estructuras represivas comunes…en primer lugar el Plan Cóndor.
Es un Proyecto de sumisión incondicionada al peor vector a que fue a parar la configuración del poder mundial que amanece con el descubrimiento y que termina hoy presentándose como una estructura global financiera y comunicacional.
Hemos conocido proyectos dependientes, pero el Antiproyecto es la negación de la posibilidad misma de proyectar, sin la cual, por supuesto, es imposible vivir, porque careceríamos de argumentos de vida.
Un antiproyecto es la negatividad misma. En ese sentido no tiende a la dependencia, ni siquiera en realidad a la sumisión, sino a la anulación. De cumplirse hasta el final lleva a la disolución con que se ha amenazado a algunos de nuestros países y que en la Argentina en la crisis del 2001/2002 estuvo a punto de consumarse. El antiproyecto tuvo muy marcadamente en nuestro país pero con paralelos en otras naciones, dos momentos muy definidos: el primero, el de la violencia militar traducida en terrorismo de estado. Pero la insistencia necesaria en este rostro siniestro no debe hacernos olvidar que no fue más que el instrumento de un pacto-proyecto de sometimiento cuyo argumento ha sido la violencia económica que signó en exclusividad el
segundo período del antiproyecto llevado a cabo en aparente paz y democracia. La etapa económica no fue en realidad menos violenta que la anterior, y tal vez en un sentido lo haya sido aún más. La violencia económica que mediante la eliminación progresiva de la capacidad productiva nacional, la desarticulación de la realización laboral y la concentración de la riqueza,
fue arrojando segmentos crecientes de la población activa a la precarización, la subocupación y la desocupación, hasta caer en la miseria y la marginalidad. Así como el terrorismo de estado produjo desaparecidos físicos, una enorme franja pasó a la categoría de desaparecidos sociales, sin contar que, ausentes de las estadísticas, las víctimas físicas de este proceso han sido sin dudas superiores a las de la violencia anterior. Los campos de exterminio económico son homologables a los que impuso la metodología del terror militar. Su existencia fue silenciada y ocultada bajo el ruido mediático. Paralelo al ocultamiento por el silencio del período anterior.

El consumismo y la frivolidad, exacerbados entre los sectores que permanecieron a flote, y la vasta operación mediática que impuso un cambio de paradigma en la mentalidad general, lograron que pese a la obscena exhibición de sus lacras, este estado de cosas fuera aceptado por una
parte importante de la sociedad.
Si el antiproyecto que padeció el argentino, padece, no es en definitiva sino un dispositivo dentro de la configuración mundial de los mercados financieros- especulativos que van en detrimento inclusive del propio capitalismo productivo, el enemigo último de este antiproyecto, lo que necesariamente debe destruir no será por supuesto lo que se dijo “la subversión, el
comunismo” como decía la doctrina de la seguridad nacional, sino aquello que es lo diametralmente opuesto a la especulación: esto es el trabajo. El trabajo ha sido el gran desaparecido. En realidad, tocamos fondo aquí porque el trabajo y la conciencia de la muerte son las dos notas antropológicas últimas. La destrucción del trabajador da como resultado por un lado, los grandes sectores marginados o sumergidos. Y por el otro, los sectores cuya permanencia en la superficie está marcada no por su capacidad de producir sino por su mayor o menor capacidad de consumo.
Es de notar que los sectores marginales también consumen…y el consumo se convierte así en la única marca antropológica, identificatoria del tipo de humanidad que implantan las fuerzas que actúan por detrás del antiproyecto. La humanidad misma resulta así puesta en el mercado.
A falta de la politización auténtica que solo se produce en el mundo del trabajo, la ciudadanía política pasa a ser un elemento puramente formal y devaluado que se maneja con el mercado publicitario; la cultura por su parte se resuelve en los medios masivos. Los medios permiten manejar a los individuos en forma masiva pero, valga el oxímoron, individual e individualista sin reunirlo físico ni ideológicamente en un espacio público, cada uno frente a su televisor, en un
conjunto manejable por la política mediática de las campañas publicitarias y su producción de identificaciones ilusorias.
La desorganización de la subjetividad que produce a la vez la desocupación y el consumo, se traduce en una desorganización del tiempo. Paradójicamente el antiproyecto es así el primer intento coherente de asumir la totalidad de la historia pero en forma negativa.
El octavo proyecto debería asumir esa misma totalidad de los proyectos anteriores…en forma positiva. Y este asumir la totalidad de los proyectos, en este caso de la Nación Argentina, nos pone de nuevo frente al gran proyecto del cual estamos a punto de celebrar el bicentenario, aunque reflejado en una pluralidad de bicentenarios: el primero este año, con el bicentenario de la
Rebelión de Chuquisaca, que el 22 de julio de 1809 instaura la junta representativa intuitiva de los derechos del pueblo…primer intento de gobierno americano. Por si hacía falta recordárnoslo, el antiproyecto nos ha puesto de nuevo en la dimensión continental como única posibilidad de salida.
Y nos vuelve a remitir al siempre postergado proyecto de la patria grande, el de Bolívar y San Martín, que puede y debe tender, además, un puente hacia nuestros pueblos de la América del Norte y enlazar con el proyecto de Morelos.

Todo proyecto genera movimientos demográficos. El antiproyecto expulsó población con el exilio político y con el exilio social. Con signo inverso, los nuevos movimientos migratorios que ponen en circulación no solo bienes económicos sino, sobre todo, personas y rasgos culturales, a cada momento desmienten con su fluir silencioso, cualquier ilusión de aislamiento nacional.
El momento actual es doblemente auspicioso y peligroso, porque con los pasos dados recientemente y las instituciones continentales creadas y proyectadas, hace muchísimo que no nos veíamos tan cerca de una integración. No solo económica sino política y cultural, y donde el trabajo de los pueblos americanos debe ser también puesto en común. Pero por ello mismo es
necesario afianzarla y protegerla, pues son de esperar, y las hemos visto, las reacciones en todos los frentes. Pero es necesario tomar conciencia pese a las dificultades que hace un momento recordaba el señor Vicecanciller, de que estamos en camino hacia un nuevo proyecto, que para la Argentina sería el octavo, pero que es en realidad el viejo proyecto americano.

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