Poratti, nuestra fiesta

28 Nov

Y tuvimos nuestra fiesta. La Fiesta. Las Fiestas Mayas.

Escuché o leí estos días que las últimas Fiestas Mayas, con baile en la plaza, banderas y cintas por todas partes, guitarras y vino en las pulperías, fue en 1813. Y que luego Mayo fue hecho derivar hacia la celebración, la conmemoración, el acto oficial, el acto escolar, todo lo que solemniza y aleja del pueblo vivo. No sé si estos datos son precisos; en todo caso, ni en mi memoria, que ya es larga, ni en la de mis padres o abuelos, estaba registrada la Fiesta.

No fue una fiesta porteña. El interior había traído tantos o más que los que se fueron. El conurbano y los barrios se volcaron en el centro. Todo el centro de Buenos Aires, calles y avenidas, fue, durante estos días, ámbito de fiesta, estuvo tomado por la fiesta. La Fiesta, claro, es alegre, es pacífica, es cosa de hermanos, de amigos y de amantes, y es así como festejamos, sin violencia, sin un robo (¿y la inseguridad? ¿o también los pibes chorros entendieron la fiesta?), sin uno solo, pero ni un solo hecho que perturbara el canto, el baile y las lágrimas felices bajo la llovizna y bajo ese glorioso sol del 25 que vino a consagrar nuestra propia celebración y la celebración de lo que nos transciende.

¿Qué pasó? Los días anteriores oía decir: Para qué todo este caos, al fin y al cabo la gente se va, no va a quedar nadie. Y es cierto. No había gente en Buenos Aires. La gente se fue, se había ido toda la gente. Y quedó el Pueblo.

Por debajo de la Gente estaba el Pueblo. Ese pueblo que a veces temimos que desapareciera en la marginalidad y que nos traducían como masa lastimosa y clientelar. Estaba y está. Sólo hizo falta que se fuera la gente, con su crispación, con su resentimiento, con su histeria, para que el pueblo apareciera por debajo, con su alegría, con su decencia, con su trabajo, ganara las calles en oleadas e hiciera la Fiesta.

¿Qué desearle a nuestra patria en este nuevo siglo? Lo que vivimos nos hace pensar en una alternativa, con un camino triste y otro feliz. El camino triste, sería desear que la Gente se vaya, pero para siempre, con sus valijas cargadas de odio, de frustraciones y de sueños de Miami, y deje solo en la patria al Pueblo. El otro camino, muy difícil, pero el mejor, el óptimo, el único verdaderamente deseable, sería -y así lo deseamos- que la Gente se convierta en Pueblo.

Que así sea. ¡Viva la Patria!

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