Poratti, la comunidad organizada

28 Nov

Perón sabía qué es el poder, cómo y sobre todo para qué hay que usarlo. Por eso mismo sabía, en un sentido profundo, qué es la filosofía, y para qué sirve. Porque que sirve (y esto es un secreto profesional), no hay duda. Sabía que la labor intelectual profunda es artillería de largo alcance, y que solamente esa comprensión permite modificar auténticamente la realidad. A ese nivel podemos hablar de filósofos, y no de meros intelectuales. En la universidad de los 70 se propuso alguna vez la lectura de los documentos de los próceres —de los próceres americanos— como filosofía, y alguna vez valdría la pena encararla en serio.

En la Comunidad Organizada, se sostiene la originalidad de la doctrina, la “tercera posición”, cuya base filosófica se expone. Un verso latino, convertido en proverbio, dice que los libros tienen su destino. Esto vale para la conferencia de 1949, de donde surge el texto de La Comunidad Organizada. Es un texto curioso: por un lado, es punto de partida obligado de una lectura de la obra, que siempre estuvo entre sus textos fundamentales. Pero tiene declaradas intenciones de ser algo así como un texto de filosofía, y como tal resulta insatisfactorio, para los legos, abrumados por la acumulación de citas y referencias, y para el especialista, que las ve innecesarias y parte de un estilo demasiado pomposo.

La Tercera Posición, propuesta en la conferencia, fue siempre trivializada en el marco de la política internacional de la guerra fría. En cambio, fue una alternativa superadora de las ideologías y formas de vida de uno y otro bloque. Supone la alternativa a la opción individualismo-colectivismo, al capitalismo individualista feroz y al Estado totalizante si no totalitario. Es la realización del individuo en lo colectivo y de la comunidad como la perfección del individuo. Pero esa tercera posición no es tampoco una fórmula que se pueda aplicar sin más.

Para la sociología, comunidad y sociedad resultaron términos opuestos, excluyentes. Pero al contrario, no se excluyen, porque entre sociedad y comunidad hay una continuidad. No se trata de un utópico mundo comunitario. Asimismo, no es posible volver por detrás del capitalismo, y en todo caso se trata de construir una sociedad más justa a partir de sus elementos.

El texto menciona una Norma que puede deducirse de las “grandes verdades”, y que será la clave de la articulación del cuerpo social, justamente de la organización de la comunidad. Pero, mirando más de cerca (y otros textos), esa mayúscula queda cuestionada. No es una verdad eterna manifestada de una vez para siempre sino que va siendo entrevista no solamente por el filósofo sino por el conductor, en el oficio mismo de conducir. Habla de una norma entendida como una pauta última, que “articula al cuerpo social y corrige sus desviaciones”, basada en una verdad entendida como sólida, que regula y orienta la vida social y la operatividad política del conductor. Pero, aunque se trate de una pauta última y permanente, resulta que no puede ser un tradicionalismo, un querer resucitar tradiciones muertas, una actitud políticamente reaccionaria.

La postulación de una filosofía perenne, que aparece en un momento pero permanece luego por encima de la historia, y por lo tanto de una verdad eterna ya manifestada y de la normativa que se deduce de ella, es típica de posiciones de derecha, especialmente del tradicionalismo católico, filosófico y político. Un problema con esto es que inevitablemente va a parar a una política elitista, porque si la verdad ya está dada, sólo pueden gobernar la élite que la conoce. Más grave aún, se niega la posibilidad de que aparezca históricamente la novedad. De que haya en la historia fuerzas en juego con capacidad creadora de verdades nuevas, la fecundidad creadora del pueblo. Eso lo hace incompatible con cualquier tradicionalismo, aunque eventualmente pueda recuperar tradiciones que se considere dignas de ser recuperadas.

Esto es decisivo. El primer ejemplo de organización del pueblo ha sido el sindicalismo. Muchas veces se habló del sindicalismo peronista como una organización fascista. Pero justamente, el fascismo organizó los sindicatos de arriba abajo, desde el Estado. Y aun si, erróneamente, se quiere adjudicar algo así al primer gobierno peronista, basta observar que el gran desarrollo del sindicalismo argentino –y una creación como las obras sociales- se produce justamente de la dictadura del 55 en adelante, no solamente sin el Estado, sino con el Estado en contra.

Esto es lo que va a diferenciar definitivamente al peronismo del fascismo y de cualquier esquema de origen europeo, porque además es un rasgo profundamente americano, latinoamericano, que es la confianza en la espontaneidad creativa y la capacidad de organización del pueblo, la “creatividad inmanente del pueblo”.

El mejoramiento material del nivel de vida de la población, objetivo sincero o mentido de variadas políticas, no es siquiera concebible sin una comprensión de la dignidad del hombre, ejercida en concreto. O sea, que no basta con distribuir o redistribuir las riquezas. Esto, en un contexto de miseria, puede ser mero asistencialismo, y en el caso de los países de la tierra considerados felices, puede llevar a una existencia vacía e insatisfactoria. Aunque el contexto de desastre en el que estamos es tan apremiante que lo podemos olvidar.

Finalizando podemos decir que en la Argentina –cuando todos los cañones apuntaron a destruir el proyecto de comunidad organizada– nos redujeron a un estado de naturaleza hobbesiano, de miseria y de miedo. Solamente que no es de “naturaleza”, hubo que establecerlo por el terror y el hambre, y de ese modo la vida de la comunidad nacional, sus organizaciones, sus redes solidarias, fueron destruidas y se crearon individuos que tratan de sobrevivir, en la marginación o en el miedo a caer en ella. El pueblo se convirtió en “la gente”, y la gente en “la población”. Y fíjense que aun así, en los peores momentos de la crisis vuelven a aparecer espontáneamente formas de organización y de solidaridad.

Lo que quiero subrayar es la aparición, sobre el final del texto, de la alegría, dos veces en una sola página, “alegría de ser”, “régimen de alegría”. Por sobre el rostro ceñudo y muchas veces horrible, y cada vez más horrible de la historia y la política imperial contemporáneas, que los maquillajes postmodernos no pudieron disimular, Perón sigue proponiendo una comunidad coronada casi como un regalo por la alegría, es más, en la cual la alegría es la sangre misma. Y que no eran frases nos consta, sea que porque nos acordamos de la primera etapa de nuestras vidas, sea que lo sepamos por tradición oral.

* Versión reducida de la ponencia del doctor Armando Poratti presentada en la Cátedra Libre Juan Domingo Perón (ISO-SUTERH).

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: