Poratti, contra la sumisión

27 Nov

 

La vida de los pueblos, como la de los hombres y mujeres que los componen, sólo es posible proyectándose. Lo que es hoy la Nación Argentina ha vivido, desde que fue habitado su territorio, según proyectos políticos e históricos.

Algunos de ellos fueron tras la soberanía, la justicia y la felicidad, otros impusieron una colonia sin embargo mestiza, otros quisieron una Nación, aunque estructuralmente dependiente de algún imperio externo.

Pero en las décadas que, real y simbólicamente, comienzan en 1976, se da algo inédito: un antiproyecto, que no se propone la dependencia sino, como en la esclavitud personal, la sumisión incondicionada. Que no busca cambiar un proyecto de país por otro, sino anular la capacidad misma de proyectar . Y, como mientras hay vida hay proyecto, y el proyecto es la posibilidad misma de la vida, el antiproyecto es la muerte.

Por supuesto, esto no es metafórico. El antiproyecto tenía por detrás los grandes genocidios del siglo XIX que mancharon de sangre la cuna de la Argentina moderna, la Semana Trágica y la Patagonia, el bombardeo de la Plaza, los fusilamientos, las proscripciones, la represión y la tortura, y en 1976 decidió implementar la solución final.

Pero los militares y el terrorismo de Estado no eran sino un medio, que preparó el terreno, suprimiendo a una generación, bloqueando las consciencias y cortando la historia, para la instalación del terrorismo económico que llegó envuelto en democracia, frivolidad y ruido mediático.

Un sector del país quedó a flote, disfrutando las mieles del uno a uno, ignorando que más de la mitad del pueblo argentino caía por debajo de la línea de pobreza, y una cuarta parte, en la indigencia. Tuvimos millones de desaparecidos sociales, en los vastos campos de desaparición económicos, paralelos a los del terror.

Ya no podíamos recordar ni proyectar:  Y como el objetivo real y nada metafórico era la desaparición de la Nación misma, tuvimos, confundidos con la crisis terminal del 2001/2002 y con un Congreso cercado para aprobar las leyes del FMI, operativos de secesión de la Patagonia, propuestas de dolarización, de banca off-shore, de gobierno en manos de un comité internacional de financistas…

Y casi como una casualidad, como una carambola, llegó la presidencia de Néstor Kirchner. Con el 22 por ciento de los votos y la fama de chirolita. Tal vez sin que él mismo lo esperara. No bastaría con decir que detuvo la caída libre y nos salvó del abismo. Ni recordar el angosto camino para consolidarse, cuando ya desde antes de asumir, el antiproyecto, en la voz en sombras de generales mediáticos, se le exigía, para evitar el golpe, impunidad para los genocidas, profundización del neoliberalismo y alineación automática con el imperio.

Cómo fue desarmando las piezas fundamentales del antiproyecto. Clausurando por fin la nunca terminada vigencia del terror, con el fin de las leyes de impunidad, el juicio y castigo a los genocidas, y convirtiéndose  en el presidente que se asume al fin como Comandante en Jefe y ordena el retiro material y simbólico de la vergüenza. Desactivando la deuda externa y el poder virreynal del FMI. Cómo pudo transformar un país saqueado hasta el final en una economía floreciente, con crecimiento y reservas inéditas, “la caja” de la Nación.

Pero lo que es más, no para complacerse en cifras macroeconómicas que pueden traducirse en hambre, sino para revertir el destino atroz de la desocupación, la desigualdad y la miseria.
Para recuperar la dignidad y la cultura del trabajo, verdadero enemigo del antiproyecto. Para comenzar la renacionalización de nuestras empresas públicas. Y comenzar también la recuperación de la industria nacional. Para viviendas, escuelas, y para devolver vida a los jubilados. Para impulsar la educación y repatriar científicos.

Mucho más todavía: Néstor comenzó a revertir la destrucción cultural, rescató de la muerte a la política, cambió el mercado por el ágora. Mucho más todavía. La Argentina no existe fuera de la Patria Grande, y detener nuestra disolución no era posible sin detener la de nuestra América.

Fue Néstor quien se puso de pie en Mar del Plata para decirle al imperio y sus servidores que no nos iban a patotear. La muerte del ALCA fue nuestro renacimiento, y es una mera consecuencia que la América de hoy lo eligiera Secretario General de la Unasur. Néstor abrió el camino, que Cristina continúa sin solución de continuidad, hacia el nuevo Proyecto, nacional y americano, que es el proyecto bicentenario de San Martín y de Bolívar.

No le decimos adiós a Néstor, porque sigue viviendo en Cristina y en todos nosotros. No le decimos adiós a Néstor, porque un militante sigue viviendo hasta la victoria y más aún después de la victoria, y sí decimos que, en el esfuerzo y en la lucha, Cristina somos todos.

Armando Poratti
Dr. en Filosofía.

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