Welte, mi último encuentro con Heidegger

15 Nov

Titulo original:Dialektik der Liebe. Josef Knech – Frankfurt am Main
Versión castellana: “Dialéctica del amor”, Bernhard Welte, Pág. 75-84, traducción de Néstor Corona. Editorial Docencia

 

 

RECUERDO DE UN ULTIMO DIALOGO

El diálogo al que quiero referirme tuvo lugar una tarde de enero de 1976 en la casa de Martín Heidegger, en la calle Fillibach en Freiburg. Este diálogo tuvo una historia previa, que quiero relatar en primer lugar, y luego una corta y conmovedora historia ulterior que también quiero relatar.

La historia previa comenzó cuando en el último semestre en el que me desempeñé en mi cátedra de Filosofía de la Religión en Freiburg, el semestre de verano de 1973, dirigí un seminario sobre “Dios en el pensamiento de Heidegger”. De allí resultó algo más tarde un ensayo con el mismo título. Hice llegar este ensayo a Heidegger y él me lo agradeció en una carta muy atingente. En esta carta Heidegger me hizo notar que habría sido bueno que, además de lo desarrollado en mi ensayo, yo hubiera tratado allí también el problema de la técnica.

Un poco después me escribió Stanilaus Ladusans de San Pablo, Brasil. Me preguntaba si yo no podría conseguirle una colaboración original de Heidegger para una obra de conjunto que él habría de publicar sobre la filosofía europea contemporánea. Comuniqué este pedido a Heidegger en una carta. Me contestó que no podía satisfacer la solicitud de Ladusans, pero que en lugar de ello me proponía que se publicara mi ensayo; y para ello agregó algunas líneas en orden a la publicación. De esta manera, por así decir, aparecí yo en Brasil en ese libro como representante de Heidegger.

Aproximadamente un año más tarde, en octubre de 1975, nuevamente tuve oportunidad de hablar sobre Dios en el pensamiento de Heidegger, en Lima, Perú. Utilicé entonces, en lo esencial, las ideas de mi ensayo. Mientras tanto, el mismo también había sido publicado en la obra Zeit und Geheimnis (Herder, Freiburg-Basei-Wien, 1975). Luego de mi regreso de Lima comuniqué a Heidegger en una carta que había hablado allí -y dos veces sobre aquella cuestión. Nuevamente me contestó muy satisfecho y también con palabras muy tocantes. Evidentemente el hecho, en razón de la cuestión de que se trata, lo conmovió. Al mismo tiempo, me solicitaba en su carta de respuesta que lo visitara en enero de 1976, para mantener un diálogo. Este diálogo tuvo lugar el 14 de enero de 1976. Esta es la historia previa.

 

II

Luego de algunas palabras introductorias, Heidegger me sorprendió al comunicarme que quería, cuando llegara el momento, ser enterrado en el cementerio de Messkirch, nuestro común lugar natal. Y me pidió que yo hablara en el entierro. Esta comunicación y este pedido me conmovieron profundamente. Prometí cumplir con el pedido, por más que aún debía pensar mucho sobre ello.

En el trasfondo de este pedido estaba lo hogareño del terruño. Lo hogareño del terruño estuvo siempre en lo profundo del corazón de Heidegger. El sabía que el ser humano necesita del lugar propio que le es concedido y desde el que se le dona todo lo que le corresponde. Sabía también que en este tiempo del olvido del ser y del olvido de Dios la esencia del terruño se halla amenazada, si no destruida.

Heidegger se mantuvo siempre ligado a lo hogareño de la tierra natal y lo reconocía para sí en la pequeña ciudad de su nacimiento, Messkirch, y en el amplio paisaje que allí se da y en los extraños y a menudo sabios hombres que allí viven. Yo le había escrito algo de ello en una carta que un poco antes le había enviado. Y en su respuesta él entró expresa y vivamente en este tema.

El tema de la tierra natal y de los hombres de la tierra natal se alzó para él con renovada agudeza al aparecer nuevamente la muerte en el horizonte de su pensamiento. Desde tiempo atrás ya había cumplido con el “anticiparse a la muerte” y también hacía ya tiempo que había hablado de la muerte como la “custodia del ser” (Cfr. Ser y Tiempo, parágr. 46, y ss. y Vortrage und Aufsatze, Pfullingen, 1954, p. 117). Pero aproximadamente para el tiempo de esta visita la muerte había entrado nuevamente y quizás de manera distinta en el horizonte de su pensamiento. Hay una serie de tenues signos de este suceso. Heidegger preparó meditada y planificadamente su entierro, cuando aún nadie podía pensar en ello. Esta nueva experiencia de la muerte trajo una nueva cercanía al terruño. Por eso quería él ser enterrado allí y en ningún otro lugar. Y a este contexto corresponde también el que me pidiera a mí, su paisano, hablar en su entierro.

Aquel diálogo, bajo las señales y la mirada del terruño y en la sombra de la muerte que se aproximaba de manera nueva, llegó pronto y como de suyo a la dimensión religiosa. No sólo porque en el ensayo que había dado la oportunidad de aquel diálogo yo había intentado aclarar la dimensión religiosa en el pensamiento de Heidegger. Tampoco solamente porque él no podía sino esperar de mí una palabra religiosa en su tumba. Todo ello se dio conjuntamente, pero también aquella misma extraña hora y lo que ella abarcaba parecieron traer el tema consigo.

También hablamos sobre las lecciones que entonces yo dictaba. Eran lecciones sobre Meister Eckhart, y, con ello, nuevamente estábamos en contexto religioso. Desde hacía tiempo Heidegger tenía profundo conocimiento de Meister Eckhart. Y así, en el curso de aquel diálogo, preguntó meditadamente y con total seguridad del sentido de la pregunta, sobre la soledad en el sentido de Meister Eckhart. El tema tenía una oculta actualidad en aquella extraña hora. En el espacio también flotaba el pensamiento de Eckhart según el cual Dios es igual a la nada. Estos pensamientos de Eckhart, junto con lo hogareño de la tierra natal y con la cercanía de la muerte, hicieron que aquella hora configurara el ámbito en que de manera peculiar se correspondían Cielo y Tierra, Mortales e Inmortales. Lo reunido del Cuarteto palpitaba en aquella hora vespertina y se hallaba convocado en torno de aquél a quien la muerte ya dirigía su mirada.

En este contexto Heidegger habló también de algunas otras cosas. Habló del comienzo de la edición de sus Obras Completas y me preguntó si yo sabía de alguien que pudiera colaborar en esa tarea. La edición de sus Obras Completas le era algo muy caro con relación al terruño, con relación a la muerte y con relación al misterio de Dios. Pues él se sabía convocado y responsable por lo que  había pensado y había confiado a la publicación. Se sabía convocado y responsable por el tiempo y el futuro, y por ello lo que estaba dicho debía ser dicho una vez más y en un contexto más amplio. En esta conciencia se hallaba casi un rasgo profético. Por ello habló de la edición de sus obras y por la misma razón pidió que su hijo pronunciara en su tumba versos de Hölderlin que se refieren a ello.

 

III

Y ahora la historia ulterior. El diálogo de la tarde del 24 de enero de 1976 tocó muchas cosas, propiamente todo. El 24 de mayo de 1976, dos días antes de su muerte, me escribió Heidegger una breve carta, un augurio y saludo en razón de que mi comunidad natal, que también era la suya, había querido nombrarme ciudadano honorario. En la carta se refería nuevamente a lo hogareño de la tierra natal, donde Cielo y Tierra, Mortales e Inmortales se corresponden mutuamente. Recordaba allí también al arzobispo Gröber, que también era de Messkirch, y que una vez en su vida había provocado el tan importante vuelco hacia la filosofía. El jugó en mi vida un papel totalmente distinto, pero también decisivo. El tocó un destino común.

Dos días después Heidegger moría inesperadamente.

 

 

BUSCAR Y ENCONTRAR

Palabras en el entierro, el 28 de mayo de 1976

El camino de Martín Heidegger ha llegado a su fin. ¿Qué se puede decir ante este fin, ante este ataúd, frente a esta muerte? Alguna vez el mundo entero lo escuchó. Tal vez, ante la noticia de esta muerte, lo escuche nuevamente.

Quizás, ante esta muerte que nos conmueve, sería mejor callar que hablar.

Pero, con todo, se puede y se debe hablar, dedicar unos instantes a una breve reflexión. El 14 de enero de este año Martín Heidegger me obsequió con un largo diálogo. Me pidió entonces que dijera unas palabras ante su tumba. Por ello me animo a hablar aquí.

¿Qué podemos hacer aquí mejor que pensar una vez más, en esta hora, en el camino de Heidegger, y ante todo en lo que él ha pensado sobre la muerte?

Surgió una vez de esta hogareña tierra natal de Messkirch. Sus pensamientos conmovieron luego al mundo y el siglo. Aportó también nuevas luces, cuestiones e interpretaciones a la historia entera de Occidente. Después de Heidegger miramos hacia atrás de manera distinta hacia nuestra historia. ¿Y no vemos también de manera distinta el futuro?

Fue siempre un buscador en camino. Con energía caracterizó muchas veces su pensamiento como un camino. Peregrinó sin descanso por ese camino; hubo sinuosidades y giros, y hubo también ciertamente tramos de errancia. Heidegger entendió siempre su camino como algo que le había sido destinado y encomendado. Intentó entender su propia palabra como una respuesta a una señal, a la que prestó su oído de continuo. Pensar (Denken) era para él agradecer (Danken); respuesta agradecida al llamado.

¿Qué pensó este gran pensador de la muerte, esa muerte que ahora lo ha recogido? Ya en su primera obra fundamental, Ser y Tiempo, describe el anticiparse a la muerte (parágr. 46 y ss.). Ya desde joven estuvo en ese camino y anticipación. El 7 de mayo de 1960, en la celebración de Hebel, citaba él al poeta alemán que habla de la tumba silenciosa y de su misteriosa puerta. *

Y ahora Heidegger mismo ha traspuesto la puerta misteriosa. ¿Hacia dónde conduce? En la misma breve alocución (Hebel-Feier. Reden zum 200. Geburtstag des Dichters, Karlsruhe, pp. 27 y ss.) cita Heidegger nuevamente versos del poeta

 

Ninguna palabra de la lengua lo dice

ninguna imagen de la vida lo refleja

 

Lo que ninguna palabra dice y ninguna imagen refleja es el misterio. Heidegger siempre lo buscó. Lo buscó en su camino y sobre todo lo buscó en el misterioso destino de la muerte. ¿Qué es? ¿La nada? ¿El ser? ¿Lo sereno y salvífico?

En los dos ensayos Bauen, Wohnen, Denken y Das Ding (Construir, habitar, pensar y La cosa) se habla del siempre buscado y también de la muerte. En estos ensayos aparece el cuarteto de Tierra y Cielo, Mortales e Inmortales. Aquí, al confiar su cuerpo a la tierra y mientras se abre sobre nosotros el amplio cielo, podemos acordarnos de ello. Los mortales son mortales porque son capaces de la muerte. Y de la muerte se dice allí: “La muerte es el relicario de la nada, a saber, de aquello que en ningún sentido nunca es meramente algo que es, pero que sin embargo se presenta; y se presenta como el misterio del ser mismo. La muerte, como relicario de la nada, entraña en sí el hacerse presente del ser. Como relicario de la nada, la muerte es la custodia del ser” (Vortrage und Aufsatze, Pfullingen, 1954, p.177).

La custodia del ser: la muerte entonces entraña y oculta algo. Su nada no es nada. Entraña y oculta la meta de todo el camino. Meta que aquí es denominada el ser.

¿Y qué son los divinos? Según se nos dice allí, son los mensajeros de la divinidad que hacen señas. (Vortrage und Aufsatze pp. 150 y 177). Hacen señas desde la región del morir, de la muerte, de la nada y del ser. Y el camino del pensar heideggeriano salió al encuentro de esas señales. Se trataba precisamente de prestarles oídos y, con estas señales de los divinos, aguardar y salir al encuentro de la epifanía del Dios divino. Hacia allí se encaminó todo el pensamiento de este gran pensador.

En camino hacia allí, estaba él llamado a cargar sobre sí, pensando, la miseria del tiempo de la lejanía de Dios, y a la vez a interpretar el camino del tiempo y del mundo como un camino en aquella dirección. Interpretó a su vez a Nietzsche como el intérprete de este tiempo y de este mundo, y le preguntó si no había él entonado el De profundis (Holzwege, Frankfurt am Main, 1950, p. 246; Sendas perdidas, Losada, Buenos Aires, 1960, p. 221). De profundis, desde lo profundo, es el salmo que desde la profundidad de la lejanía de Dios clama hacia el Dios divino. El clamor que Heidegger advirtió en Nietzsche era ciertamente su propio clamor.

Al cumplir 80 años habló Heidegger en Amriswill acerca de la estancia del habitar del hombre en nuestra época. Y se preguntaba: “¿Es el habitar del hombre hoy el permanecer en el retirarse de lo Alto?” (Neue Zürcher Zeitung del 6.10.1969, N0 606, p. 51). Veía esto como lo más profundo que afecta a los hombres de hoy. El retirarse de lo Alto significa, en la palabra de Hölderlin, el retirarse del Dios divino. El retirarse que provoca el grito de profundis.

El retirarse o, como también se indica, la falta de Dios, significa, según él, no una mera carencia, sino más bien “la presencia aún por apropiar de la oculta plenitud de lo sido”. Martín Heidegger escribe en la carta al joven estudiante que “la oculta plenitud de lo sido es lo divino en los griegos, en los profetas judíos, en la predicación de Jesús” (Vortráge und Aufsátze, p. 182).

Ahora el camino ha llegado a su fin. La muerte, la custodia del ser, ha recogido a Martín Heidegger en su misterio de oculta plenitud. Nosotros, conmovidos por el Evangelio, pero esperanzados, podemos decir: “El que busca encuentra y al que llama se le abrirá” (Mt. 7, 7). “El que busca”, tal puede ser el título de toda su vida y su pensamiento.

“Encuentra”, tal puede ser el secreto título de su muerte. Desde su misterio ilumina hasta la lejanía del mundo de los mortales.

¿Es adecuado enterrar cristianamente a Martín Heidegger? ¿Es conforme al mensaje del Cristianismo? ¿Es conforme al camino de pensamiento de Heidegger? En todo caso, él lo ha deseado. Por otra parte, él no interrumpió nunca su relación con la comunidad de los creyentes. Ciertamente, él hizo su propio camino, y debió hacerlo, siguiendo su llamado; y no se podrá denominar sin más ese camino como cristiano en el sentido habitual de la palabra. Pero fue el camino del quizás más grande buscador de este siglo. En la espera y con el oído atento al mensaje, buscó al Dios divino y su resplandor. Y lo buscó también en la prédica de Jesús. Entonces, sobre la tumba de este gran buscador, se pueden pronunciar las palabras de consuelo del Evangelio y la oración de los salmos, ante todo del salmo De profundis, y la oración más grande de las oraciones, la que Jesús nos enseñó.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: