Heidegger, Europa y la filosofía alemana

22 Ago

 

Diremos algo aquí, por un instante, de la filosofía alemana y, por tanto, de la filosofía en general.

Nuestra existencia histórica experimenta con creciente aflicción y nitidez, que su porvenir se halla equiparado con la nuda alternativa entre la salvación de Europa o su destrucción. Con todo, la posibilidad de una salvación demanda dos cosas:

 

1.-La conservación del pueblo europeo ante lo asiático.
2.-La superación de su propio desarraigo y dispersión.

 

Sin esta superación no resultará tampoco aquella conservación. Pero, ambas cosas exigen, para ser resueltas, una transformación de la existencia desde sus últimos fundamentos y bajo las medidas más extremas. Una transformación semejante de la existencia histórica no podrá acontecer, sin embargo, jamás, como un apremio ciego hacia un porvenir indeterminado, sino sólo como una confrontación creadora con la totalidad de la historia pretérita -con sus figuras esenciales y sus épocas.

Ante esta tarea de nuestra existencia histórica, ya no es suficiente el seguir empleando en vano meras tradiciones, aunque éstas sean muy valiosas o, incluso, simplemente tranquilizándose con ellas. Sin embargo, no menos fatalista sería la opinión, que un cambio histórico semejante se haya consumado ya por medio de la creación de nuevas instalaciones o esté lo suficientemente preparado.

Porque todo ha sido puesto a decisión: la historia, la naturaleza, los dioses y los ídolos, el puesto del hombre en medio del ente y las condiciones, disposiciones y medidas para su estabilidad, por ello es que han de ser puestas en movimiento, necesaria y originariamente, por igual, todas las fuerzas y ámbitos de operación del hombre.

La acción política, la obra del arte, la articulación del orden en la comunidad, el saber que piensa, la intimidad de la fé – todo esto no ha de cultivarse más como recintos de tareas de una “cultura”, ni admite que se le ordene más únicamente en un “sistema cultural” ya existente. Este mismo se ha vuelto cuestionable, incluso el concepto de una cultura en el sentido de una realización de valores. Este cuestionamiento aún no experimentado hasta el momento, no significa de ninguna manera ya la barbarie – al revés, a partir de este cuestionamiento, aquellos ámbitos de acción de la existencia humana crean recién una zona esencial, que los saca del marco de la mera industria cultural [Kulturbetrieb] habida hasta ahora.

Pues, ahora, se trata de algo mucho más elevado: en el ámbito del arte, por ejemplo, no sólo esto: que en lo sucesivo se sigan entregando considerables obras de arte, y esto, con la necesaria distancia temporal, sino que de lo que se trata es que la obra conquiste, primeramente, para el mismo arte, otra vez, y en la totalidad de la existencia venidera una nueva modalidad, que obligue al tiempo a regirse por nuevas medidas, y ponga en obra la verdad de las cosas de una forma renovada, y con ello ponga de manifiesto su esencia.

Toda acción y creación esencial tendrá que alojar su nueva posición siempre primero en la totalidad de la existencia. Por eso es que, algo esencial debe acabar necesariamente entrando en conflicto con otra cosa esencial.

Y la grandeza de una existencia histórica consiste en que este conflicto entre acto y saber, entre obra y fé, entre saber y obra – que este conflicto no se sofoque en la igualdad y el sosegamiento prematuro, sino que el conflicto se mantenga y se lo resista, que el conflicto sea en verdad disputado. Pues, donde algo esencial entra a disputar de verdad frente a otra cosa esencial, sólo resta una cosa posible, que salga a la luz una otra cosa más grande que ella misma.

En la medida que un pueblo asuma el resistir este conflicto en sus acciones esenciales, se sume [rückt es ein] en el aprontamiento para la cercanía o lejanía de sus dioses – y con esto, un pueblo recibe recién un saber acerca de lo que es.

Solo en virtud de la verdad de este saber llega un pueblo a acercarse a su origen; desde esta cercanía se viene a constituirsele un suelo, sobre el cual hacer posible un pararse firme y un persistir, una verdadera autoctonía. Hölderlin lo dice:

 

“Difícilmente abandona
el lugar, lo que vive cercano al origen”.

 

De tal forma que, ponderamos sólo lentamente y de un modo aproximativo, qué extensión espacial y qué profundidad se le ha exigido a nuestra existencia histórica, para preparar e introducir el gran cambio en la historia europea.

Mas ¿qué puede y debe hacer allí la filosofía? La cuestión parece superflua, si pensamos que la filosofía no ha fundado ni construido nunca de forma inmediata una existencia histórica. Ella aparece más bien como un agregado y un exceso, y ante todo, un impedimento. Sin embargo, al final, es justamente allí donde reside su determinación.

¿Qué es pues, en principio, la filosofía? Y en lugar de ir tras una delimitación conceptual forzada y que, en lo inmediato, no dice nunca nada, revivamos de nuevo aqui el recuerdo de dos historias.

La una, nos la cuenta el más viejo y por su nombre el más conocido de los filósofos griegos: Thales de Mileto. Al pasearse una vez contemplando reflexivo la bóveda celeste por poco (?) se cae dentro de un pozo. Una criada de Tracia se río de él como de alguien que quiere investigar el cielo sobre su cabeza y no es capaz de ver siquiera lo que se tiene bajo sus pies.

Filosofía es aquella búsqueda y cuestionamiento, acerca del cual las criadas hallan motivo de risa. Y lo que hace una a auténtica criada es, tener algo de que reirse. Lo que quiere decir, es que: sería un malentendido de la filosofía, si se quisiese buscar hacer de ella cada vez algo inmediatamente comprensible, y pregonarlo como su utilidad.

Y la otra historia nos la cuenta un famoso erudito griego de la época de Sócrates. Se solía llamar a esta gente sofistas, porque parecían ser filósofos, pero no lo eran. Un tal sofista regresaba a Atenas, un día, tras dar exitosamente una serie de discursos en el Asia Menor, encontrado allí en la calle a Sócrates. “¿Y, -así interpelo éste a Sócrates-, ‘aún andas dándote vueltas por las calles hablando siempre lo mismo?’ ‘Por cierto,’ -respondió Sócrates, ‘éso es lo que yo hago; tú, al contrario, siempre con tus constantes novedades, no eres, de ninguna forma, capaz de decir lo mismo sobre lo mismo’.”

Filosofía es aquel decir, en donde se dice siempre lo mismo de lo mismo. Y esos grandes y esenciales pensadores no son otros, sino aquellos, en los que ésto ha tenido buen resultado. Lo que significa: La propia historia de la filosofía es la historia de unas pocas y simples preguntas. Y la aparente multiplicidad arbitraria de los puntos de vista y del cambio de los sistemas no es otro, en el fondo, mas que solamente la simplicidad de lo mismo y único, accesible sólo al pensador efectivo.

Y ¿qué es esto uno y mismo del que la filosofía constantemente habla, en aquella búsqueda pensante, y con el que el entendimiento del hombre sano nunca logra avenirse inmediatamente? La respuesta a esta cuestión la extraemos, de igual forma, de la primera gran época de la filosofía occidental. Ahí oímos el dicho más antiguo que nos ha sido legado inmediatamente desde el inicio de la filosofía griega; el dicho de Anaximandro: eks hôn dè he génesis esti toîs oûsi, kaì tèn phthorán eis taûta gínesthai katà to chreón. didónai gàr autà díken kaì tísin allélois tês adikías katà tèn toû chrónou táksin.[iv]“Mas allí de donde el nacer es para el ente, hacia allí también acontece el ocaso, como es la necesidad; pues el ente se permite [realizar] de modo recíproco el ajuste y la numeración para el desajuste según el orden del tiempo.”

Se ha preguntado por el “de dónde” surge el ente y “hacia dónde” retrocede – por el fundamento y abismo del Ser [Seyn]. Y del Ser se dice, que es dominado cabalmente por el desajuste y el ajuste, y que aquél permanece unido a éste.

El decir cuestionador de la filosofía se dirije hacia el Ser, hacia el hecho que el ente en principio sea y no, que no es. La filosofía surgió y ha surgido siempre de nuevo en el instante, donde ésto se hace patente en la quietud de un gran asombro: que el ente es, y un Ser se despliega. El Ser es aquello uno y mismo, en virtud del cual todo ente en cuanto que ente es aquello mismo, del cual lo que cuenta es precisamente ello mismo, de decirlo en su propia esencia – aquello, que no puede ser aclarado en comparación con otro, porque salvo él mismo no existe ninguna otra posibilidad de comparación, ni la más mínima, pues incluso la nada, en donde el Ser halla su límite, pertenece al Ser mismo. El Ser debe hacerse patente [offenbar werden] en cuanto que él mismo desde su fundamento más propio y ser recogido en la palabra y el saber, para que el hombre resguarde a todas las cosas en su esencia y supere su no- esencia. La filosofía es el decir que cuestiona desde el fundamento del Ser en cuanto que el Ser del fundamento de todas las cosas.

Esta referencia hecha a la esencia de la filosofía con ayuda de ambos relatos y del dicho más antiguo, es un recuerdo del inicio de la filosofía. Este inicio no lo ha dejado atrás, por tanto, ninguna filosofía como algo ya liquidado; al contrario, todo nuevo inicio de la filosofía es y puede ser únicamente una repetición del primero – un replantear la cuestión de: qué sea el ente – un decir de la verdad del Ser.

Es por ello que, si queremos aprender siquiera a vislumbrar algo del camino de la filosofía alemana, tenemos que saber algo esencial del inicio de la filosofía griega. Entendemos aquí por primer inicio en los griegos, la época de la filosofía que va desde Anaximandro hasta Aristoteles.

¿Qué figura ha tomado en esta época la cuestión fundamental de la filosofía, la cuestión por el ser? Vemos sencillamente que: en el instante en donde debe ser dicho lo que sea el ente, viene ya al lenguaje la verdad del Ser, y con ello se vuelve cuestionable tambien la esencia de la verdad misma. Con la cuestión por el Ser se ha tragado ya de una forma más intima la cuestión por la verdad. Sin embargo, para concebir este nexo, debemos dejar de lado todas las representaciones y conceptos tardíos del Ser y de la verdad – en especial, todo aquello que la asi llamada “teoría del conocimiento”, esa problemática figura del siglo 19., se ha imaginado.

Decisivo para la comprensión del inicio de la filosofía griega, y con ello en principio de la filosofía occidental, es la comprensión segura de las palabras con que los griegos nombraron el Ser y la verdad; pues el nombrar aquí es un acuñar y un configurar originario, un fundar de aquello mismo que ha de ser nombrado.

La palabra griega fundamental para el ser se reza phýsis. Nosotros la hemos traducido comúnmente por “naturaleza”, y pensamos con ello, la naturaleza como aquel recinto determinado del ente que es investigado por la ciencia natural; y por esto, se llama todavía a los primeros pensadores griegos, en la actualidad, “filosofos naturales”. Todo lo cual no es más que una desorientación. La que es dispensada luego con la aparente superioridad y bravucona opinión de aquellos que vinieron después, de que los primeros eran todavía muy “primitivos”. Mas todo esto de la filosofía natural como inicio de la filosofía griega no es más que un malentendido y conduce a la desorientación.

Phýsis quiere decir: brotar, surgir – asi como el brotar de una rosa -, el salir a la luz, mostrar-se, aparecer; aparecer – del mismo modo que cuando decimos: que un libro ha aparecido, que está ahíPhýsis como para el Ser dice para los griegos: estar ahí puesto en el mostrarse. El ente, es decir, lo que se alza en si mismo ahí adelante; las estatuas de los griegos y sus templos traen la existencia de este pueblo recién a su ser, al patente y vinculante estarse ahí adelante; no se trata ni de imitación, ni de expresión, sino de la posición fundante y de la ley de su ser.

Phýsis– la esencia del ser en cuanto que el ponerse ahi mostrante. Fuera de esto la nueva investigación linguística ha mostrado que, phýsisproviene del mismo tronco que phâos, de luz, de relucir.

Porque el ser según su esencia es el reluciente ponerse ahí, justamente por eso le pertenece a él el retirarse en lo oculto. Desde allí entendemos el dicho de Heráclito: phýsis krýptethai phileî, “el ser ama el ocultarse”. Lo que quiere decir: su patencia le es en todo tiempo arrancada y él mismo ha de ser siempre conquistado.

Lo que un ente es, lo que se ha puesto en la patencia de él mismo, es lo verdadero. Y ¿qué quiere decir verdad? Los griegos dicen: a-létheia, el desocultamiento; en el inicio de la filosofía griega la verdad pertenece a la esencia del Ser. Verdad es allí no sólo y meramente, como lo será más tarde y todavía hoy, una propiedad del enunciado y de la proposición, que el hombre dice y continua diciendo sobre el ente, sino el acontecimiento fundamental del ente mismo, de este que entra en la patencia o, como es hecho patente, por ejemplo, en el arte a través de su obra; pues el arte es el poner-en-obra de la verdad, la patencia de la esencia de las cosas.

Cuán íntimamente unidos están para los griegos ser y verdad (phýsis y a-létheia) lo hemos de inferir desde los opuestos, en los que el pensamiento griego pone desde un comienzo al ser: ser y devenirser y apariencia. El devenir es lo no-estable, lo que siendo pasajero de lo que esta puesto en sí, se va perdiéndo. En la medida que lo ente aparezca y desaparezca, sea captado en el cambio, se muestra constantemente diferente de como era antes; en la medida que lo ente aparezca asi, se torna a sí mismo como un apariencia inconsistente.

Puesto que el ser significa: mostrar y aparecer, pertenece al ser, por tanto, la apariencia, la dóxa. Si observamos la ambiguedad de la palabradóxa, ella significa, por una parte, el aspecto [Ansehen], el parecer en el cual uno está puesto, eso que uno es en lo abierto de la publicidad; pero, al mismo tiempo, alude a la mera apariencia [Anschein] que alguien da; y, con ello, el parecer [Ansicht] que uno se hace de él.

Todas las palabras fundamentales para el ser y la verdad y, según ésto, todo preguntar y decir que se ha adecuado a ello, está dominado por entero por esta determinación esencial inicial del ser en el sentido del aparecido estar en sí, que se despliega [west], a su vez, en cuanto que verdad, como desocultamiento.

Y ya que ésto, al corto tiempo, no fuera comprendido más, produjo por cierto ya en la época griega un malentendido con los dos más grandes pensadores preplatónicos, Heráclito y Parmenides, un malentendido que hasta hoy no ha sido superado.

Se dice que Parménides enseña el ser frente al devenir; pero el habla sólo del Ser en cuanto que el uno y el mismo, porque el sabe que, está constantemente amenazado por la apariencia, y que ésta le pertenece a él como su sombra.

Se dice que Heráclito enseña el devenir frente al ser; pero el habla sólo del devenir para pensarlo al interior de lo uno del Ser, que está en la esencia del lógos.  Pero lógos no significa allí, como algunos dirán más tarde, razón y habla, sino la reunión, la reunificación originaria de todas las disputas en lo uno (légein: colegir, recolectar, cosecha).

Si alguna vez dos pensadores enseñaron lo mismo: Parmenides y Heráclito – que son aducidos de buen grado como un ejemplo didáctico de discrepancia en las opiniones filosóficas – custodiaban y desplegaban todavía totalmente el primer inicio del pensamiento occidental.

Ellos piensan juntos el ser con la apariencia y el devenir con la consistencia (Beständigkeit), del mismo modo como ya en el dicho más antiguo fueran pensados a una díke y adikíaDíke es el ajuste, el ensamblaje en el ensamble de la ley; adikía, lo desajustado, el salirse del ajuste, la contrariedad de la no-esencia de las cosas, que es igual de poderosa que su esencia.

Pero este inicio no pudo ser sujetado; pues, el inicio no es, como lo piensa una posterior explicación frenética de desarrollo y desencaminada, lo incompleto y nimio, sino lo más grande en la retraimiento de su plenitud.

Y es por ello que lo más difícil es conservar el inicio. No obstante, el inicio de la filosofía griega no pudo ser conservado. Lo que quiere decir: la esencia del Ser y de la verdad experimentó una transformacion que supuso por cierto el inicio, pero no lo dominó más.

Nosotros vemos la caída [Abfall] del inicio en Platón y Aristóteles, una caída, la cual en su concepción sigue siendo aún grande.

La palabra fundamental de la filosofía platónica es la “idea”; idéa – eîdos quiere decir el parecer, el aspecto que se ofrece de algo; el como qué se muestra una cosa, eso es. El eîdos, el parecer del ente es visto totalmente en el curso de la mirada del temple fundamental del Ser como phýsis, del surgidor- aparecido estar en si. Y luego, en la medida que el eîdos – idéa – es puesto como lo visualizado en relación al rostro y al ver, no se concibe más al ser en su ser individual y autónomo, sino solo con respecto a como se va convirtiendo en aquello que está al frente del hombre, en el ob-jeto para el hombre.

Esta renuncia de la en sí reposante esencia del ser tiene, sin embargo, como consecuencia que la idea, que ha de mostrar al ente en aquello que es, es realzada y reinterpretada ella misma como el propio ente, óntos ón.

El ente mismo empero, lo que asi llamamos, las cosas, se derrumban en la apariencia, mè ón. Si el ente ha de ser captado en su ser, esto sólo podrá suceder entonces, en la medida en que le sea asignado a él su idéa, esa que es enunciada por él.

Enunciado significa lógos, y ésta es la palabra fundamental de Aristóteles. En el enunciado se enuncia algo de algo: la roca es dura. En el enunciado viene al habla el “es”, el Ser. De allí que, si algo haya de decidirse sobre el ser, hemos de interrogar al enunciado. De los diferentes modos del enunciado se han derivado los diferentes modos del Ser: substancia, cualidad, cantidad, relación. Enunciar quiere decir también kategoreîn. Lo que se dice propiamente en cada enunciado es una determinación del Ser y se llama por esto kategoría. Que desde Aristóteles hasta este momento los conceptos del ser se llamen categorias, es el signo inequívoco para la transformación de la cuestión fundamental de la filosofía, que se ha venido ejecutando desde su inicio. (Lo que yace a la base, hypokeímenon – ousía! Lo siempre presente, pero ahora visto desde el lógos.)

El enunciar, esto es, el acto fundamental del pensar, y con ello del pensar como tal se ha convertido ahora en el tribunal sobre el ser. La doctrina del lógos, la Lógica, deviene el fundamento patente u oculto de la Metafísica.

¿Y la esencia de la verdad? Inicialmente fue concebida como la alétheia, desocultamiento del ente, como un acontecer fundamental del ser mismo, en el que el hombre está inserto, para dominarlo, preservarlo y perderlo.

La verdad ahora es una propiedad del enunciado y significa la concordancia de la proposición con la cosa. Todo ha sido puesto de cabeza. Anteriormente, la pujanza y supremacia de lo patente era el ámbito, desde donde surgía la palabra y el decir; ahora, es el enunciado el lugar y el sitio de la decisión de la verdad sobre el ente.

Mediante esta transformación del inicio se ha alcanzado aquella posición fundamental de la filosofía occidental que determinó luego su destino en los siglos venideros. No se trata tan sólo que se mantengan imperturbables la determinación esencial del Ser como ousía, substancia, y la determinación esencial de la verdad como concordancia del pensar con las cosas, sino que ante todo se hace evidente una cosa, cada vez  menos cuestionada, y es que el pensar se consolida como el tribunal para la determinación del Ser.

Esta opinión fundamental se transformó incluso en el supuesto decisivo para la concepción de la filosofía moderna. Un carácter esencial suyo es el predominio de lo matemático.

La esencia de lo matemático es el autoponerse lo más altos principios, a partir de los cuales y según los cuales toda otra posición se sigue necesariamente. Con ello se toma lo matemático de un modo tan amplio y esencial, que ya no tiene siquiera relación con el número y el espacio. Estos devienen recién regiones de lo matemático en un sentido más estrecho, porque permiten de un modo especial una mathesis respecto de lo cuantitativo. Y ya que eso que es, se determina a partir del pensar, el pensar y la ley fundamental del decir y del hablar, el principio de contradicción, no solo tienen que transformarse en ley del resultado que ha sido pensado, sino en la determinación del ser.

A su vez, subyace en la esencia de lo matemático el que, en un resultado unificado se recojan y fundamenten como sistema todas las determinaciones del pensar. El impulso hacia el sistema y la construcción del sistema en la filosofía se hacen recién posibles, una vez que lo matemático se convierte en el principio más alto de todas las determinaciones del ser, desde Descartes. Ni Platon ni Aristóteles tuvieron un sistema, ni hablar entonces de los antiguos filósofos. Incluso Kant, que muestra -por vez primera, en la “Crítica de la razón pura”- lo legítimo del pensar dentro de sus límites, no pudo sustraerse a los rasgos del sistema, y esto debido a que finalmente, a pesar de la crítica, también para Kant se mantuvo inalterable el pensar, eljuicio, como el tribunal de la determinación del ser, esto es, del ser como objetualización de la experiencia.

Con mucho mayor ímpetu entonces irrumpe el pensar puro como origen del Ser y recibe su más profunda y última configuración sistemática en la “Lógica” de Hegel. Lo que Hegel nombra con el nombre “Lógica” y, en verdad, con claro saber, es aquello que anteriormente se llamaba Metafísica, Ontologia, Doctrina del Ser.

En la Lógica de Hegel se consuma el camino de la filosofía occidental desde Platón y Aristóteles, pero no desde su inicio. Este sigue permaneciendo indómito, y fue, si lo recorremos hacia atrás, interpretado siempre sólo desde la posición de caída fundamental, lo que quiere decir: malinterpretado.

Incluso Nietzsche, a quien visto desde otra perspectiva debemos agradecer, junto a Hölderlin, el redespertar de la filosofía presocrática, permanece allí en el malentendido del siglo 19, en tanto que de lo que se trataba era de reformular la cuestión fundamental. Y debido a que él recoge sus conceptos fundamentales metafísicos del Ser y del devenir justamente del inicio de la filosofía -pero en el malentendido-, acaba su propia metafísica en el callejón sin salida de la doctrina del eterno retorno. Este fue un intento violento de pensar de modo igualmente esencial y a una el Ser y el devenir. Pero un intento, que se mueve en las categorias ya desarraigadas del siglo 19., y que no se reencuentra en la reformulación originaria de la cuestión primera por el Ser.

Y, no obstante: es justamente éste el rasgo más interno, oculto a sí mismo de la filosofía alemana, simultáneamente con aquella concepción del pensamiento matemático moderno de los sistemas del Idealismo, quiera retornar, una y otra vez, a un principio originario y fundamento para la cuestión primera por el Ser: quiera ir a la verdad; que no es únicamente la determinacion del enunciado sobre las cosas, sino la esencia misma; y hacia el Ser, que no es sólo objeto e idea, sino el Ser mismo.

Meister Eckart y Jakob Böhme, Leibniz y Kant, Schelling y Hölderlin, y finalmente Nietzsche buscan retroceder siempre de nuevo al fundamento del Ser, que se torna, siempre, en cada una de las diferentes interpretaciones, un abismo.

Nos damos la mano aquí levemente con lo que se conoce como “mística”, y se la toma como una objeción frente a la rigurosidad de la filosofía. Mas con ello se da por supuesto algo decidido con anticipación: que la cuestión filosófica por la esencia del Ser y de la verdad tiene al pensar como su único y primer tribunal, sea este en el sentido de la proposición simple, seálo en el sentido de la tríada proposicional de la dialéctica.

Con todo, de lo que se trata es precisamente de traer y poner a decisión esta opinion previa recién en su verdad, esto es, en su no-verdad; es decir, se trata de plantear de nuevo de una forma tan originaria la pregunta fundamental de la filosofía por la esencia del Ser, para que con ello se pregunte, a su vez y en primer lugar, sobre qué fundamento haya se ser fundada la esencia del ser.

Ser y pensar o ser y tiempo – esa es la pregunta.

En la medida que formulemos nuevamente la pregunta fundamental de la filosofía occidental a partir de un inicio más originario, nos pondremos solamente al servicio de la tarea que designábamos como la salvación de occidente. Ella puede llevarse a cabo únicamente como una readquisición de los lazos originarios con el ente mismo y como una nueva fundación de toda accción esencial de los pueblos respecto de estos lazos.

En el cuestionar filosófico se trata de un disposición preparatoria de un saber nuevo, y por cierto, de un saber del ser, no de un conocimiento de éste o de aquél ámbito del ente o incluso la configuración inmediata del ente.

Este saber del Ser está, si lo vemos desde un punto de vista del obrar y actuar cotidianos, siempre y necesariamente, separado.

Este saber no trae nunca una inmediata exigencia de la existencia humana, sino más bien pone en la existencia del hombre aquella vacilaciónesencial, en virtud de la cual él puede detenerse en su apuro, para comprobar en su contención, si acaso él procede por el camino de la esencia o de la no-esencia. Es la contención de aquel saber, en la cual todas las cosas callan.

Desde el callar y el poder callar, empero, surge recién la palabra esencial, bien que, el lenguaje mismo.

Este saber no se disputa con la voluntad. Una gran voluntad del ser individual y de un pueblo es grande únicamente, en la medida de lo profundo y esencial que sea el saber que le guía. Un verdadero saber es voluntad auténtica y viceversa. Y un saber desencaminado no se le supera en la medida que se renuncie al saber y se le desacredite, sino, a la inversa, sólo de tal manera que sea aniquilado por de un saber auténtico y fundado.

Querer saber es la lucha por lo verdadero. Lo esencial de todo verificar es la verdad misma. Ella es la lucha, en la cual algo esencial se pone frente a algo esencial e inesencial [o no-esencial], aquella lucha, en la cual la esencia y la no-esencia de las cosas salen a relucir al mismo tiempo. Aquella lucha, que según la palabra de Heráclito constituye la esencia de todo el Ser. Conocemos y nombramos esta palabra a menudo sólo incompletamente. Ella reza en su forma completa:

 

Pólemos pánton mèn patér esti, pánton dè basileûs, kaì toùs mèn theoùs édeixe toùs dè anthrópous, toùs mèn doúlous epoínse toùs dè eleuthérous.

 

“La lucha es en efecto el generador de todas las cosas, de todas las cosas empero también el conservador y, en efecto, deja a unos aparecer como dioses, a los otros como hombres; a los unos los establece como esclavos y a los otros, no obstante, como señores.”

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