Scola, ficción

12 Jul

 

Si  alguien me pregunta qué es la ficción, lo más probable es que responda lo mismo que respondiera San Agustín cuando le preguntaron acerca del tiempo: mientras nadie me lo pregunta lo sé, pero si quiero explicárselo a quién me lo pregunta, ya dejo de saberlo.

Hablamos de ficciones todo el tiempo: no sólo cuando leemos una novela o vamos al cine, sino también cuando le contamos a alguien nuestros proyectos, inventamos historias para que los chicos se duerman o reproducimos los comentarios de algunos políticos. Lejos de ser algo opuesto a lo que llamamos “real”, tanto “ficción” como “realidad” conforman el complejo entramado de nuestras vidas. Entramado que no es posible destejar con facilidad y encontrar de qué ovillo nació una u otra ya que, en verdad, el único lugar del que pueden nacer es la experiencia misma, que solemos clasificar de diversas maneras a fines de ordenarla un poco. Sin embargo, no debemos perder de vista que hasta la distinción misma entre realidad y ficción forma parte de esa necesidad de clasificación que nos es tan característica. Un dato curioso es que el término “realidad” recién se comenzó a utilizar en lengua española dos años después de que Cervantes publicara el Quijote.

Esto no quiere decir que la ficción se vuelva  realidad  o la realidad ficción, sino que es precisamente en ese cruce (muchas veces inexplicable) donde se desarrolla nuestra existencia. En rigor, intentar dar cuenta de este cruce podría incluso resultar iluminador a la hora de entender en qué sentido intuimos que si bien la ficción es parte de la realidad, no siempre la realidad es parte de la ficción. (Como me dijera alguien hace poco: “uno no quiere vivir siempre en ficciones”. Sin embargo, la idea misma de que podamos vivir sumergidos en la ficción, como si se tratara de un mundo completamente apartado del mundo “real”, es en sí misma una ficción, aunque fomentada por un miedo bien real…).

Más que preguntarnos entonces qué es la realidad y qué es la ficción, debiéramos preguntarnos qué sería de la realidad sin la ficción y qué de la ficción sin la realidad. Esta última pregunta nos permite sentir el problema, que quizás sea lo mismo que Agustín de Hipona sintiera con respecto al tiempo, lo que es muy difícil, no sé si imposible, poner en palabras.

Si asumimos este nuevo punto de partida, lo que debiéramos pensar entonces es qué es lo que conforma ese entramado entre ficción y realidad, lo que tal vez pudiera decirnos algo acerca de cómo se conforma. Dijimos que en la base de ese entramado encontramos la experiencia, que si bien nombramos en singular es múltiple: experimentamos la rutina tanto como los sueños, las canciones que escuchamos y el pasto húmedo bajo los pies. Pero también, podríamos decir, experimentamos las palabras, las ideas, los proyectos.

Con respecto a estos últimos, hablar en términos de experiencia y no de vivencia, puede sonar raro,  porque solemos distinguir sin saber por qué entre lo que experimentamos y lo que vivimos. Como si lo primero tuviera un menor peso “vivencial”, por llamarlo de alguna manera, mientras que lo segundo sería más profundo o arraigado. Lo que se puede apreciar mejor con un ejemplo: no es lo mismo afirmar que se ha experimentado el dolor, a que se lo ha vivido (y, si quisiésemos establecer incluso un mayor contraste, si dijéramos que se ha vivido en el dolor). Lo que en todo caso parecería perderse es la continuidad de lo experimentado, mientras que en la vivencia, dicha continuidad permanecería implícita.

Reflexionar acerca de la distinción entre experiencia y vivencia es un modo adecuado para reconducirnos a nuestra pregunta acerca del entramado entre realidad y ficción. Si nos ponemos del lado de las clasificaciones ordenatorias, uno podría querer decir que mientras que la realidad se vive, la ficción se experimenta. Esta quizás sea una de las razones implícitas de que por qué las distinguimos. Sin embargo, podríamos aquí parafrasear la misma pregunta que ya nos hiciéramos antes: ¿qué sería de lo vivido sin lo experimentado y qué de lo experimentado sin lo vivido?

Tanto ficción y realidad, como vivencia y experiencia, devienen entonces inseparables, lo que no significa idénticas. Ahora, ¿qué es lo que las une? La respuesta quizás resulte más evidente que lo que se espera: las une su potencia narrativa, que nos permite pasar de una a otra, a través de una infinidad de relatos posibles.

Es precisamente el relato, el hilo con el que tejemos (y destejemos) nuestras vidas. Relato que se encuentra presente en nuestras descripciones de nosotros mismos, en las descripciones que los demás hacen de nosotros, en nuestras descripciones acerca de ellos, etc. De más está agregar la importancia de las descripciones que hacemos constantemente de todas las cosas que experimentamos y vivimos, de los colores y sabores, de las formas y texturas. A su vez, cada una de ellas se torna una muestra infinita de relatos múltiples, recurriendo a las ejemplificaciones y metáforas, entre tantos otros recursos.

A través de los relatos, podríamos decir, la ficción deviene un modo de acceso a lo real. En este sentido, y como afirmara Mariátegui, la ficción no es libre: su destino es revelarnos lo real, acercarnos a una manera de entenderlo que se encuentra lejos de las teorizaciones abstractas. Pues ni la verdad como correspondencia, ni la verdad como creencia justificada logran explicar de forma integral sus múltiples dimensiones. Menos aún la apelación a una única verdad, con mayúscula; en todo caso, una de las potencialidades más notables de la ficción es, podríamos decir, la constitución de una verdad subjetiva pero no por ello privada, sino más bien dependiente de las experiencias individuales y colectivas, de un saber (pero también de un no saber) compartido, que nos abre a una experiencia de la verdad que sólo puede alcanzarse a través del entramado entre realidad y ficción que estamos explorando.

El modo de acceso de la ficción en lo real podría describirse también como mirada, una determinada forma de ver y entender el mundo y nuestras experiencias y vivencias en él. Mirada que es no unívoca, sino que puede moldearse a través de la experiencia, tanto de lo vivido como de lo imaginado. La ficción no es libre, retomando la idea de Mariátegui, porque se encuentra anclada en lo real. No constituye, como algunos han querido señalar, un mundo posible, ni sus objetos lo son. Pero esta falta de libertad no es su drama (como acusa Mariátegui) sino, por el contrario, constituye su condición de posibilidad. Es precisamente el anclaje de la ficción en lo real el modo de acceso a nuestra libertad, que alcanza su forma plena en esa verdad subjetiva, que tiene algo de universal singular, de la que ya hemos hablado. En ese caso, podríamos decir, el drama de la ficción consiste más bien en un sacrificio.

En otras palabras, la ficción no es solamente una forma de escribir y de leer, sino una forma de mirar, que se traduce en una actitud frente a la vida y frente a la muerte. Por esta misma razón, la ficción es una potencia que tenemos todos. Hay quienes de ella hacen literatura, otros harán cine, otros ciencia. No hay expresión humana en la que no se encuentre el trazo de la ficción, por más abstracta que parezca. La ficción, en este sentido, es siempre democrática.

Sin embargo, no hay claves secretas para desarrollar su potencialidad. No hay manuales (aunque se haya escrito mucho) sobre lo que podemos llamar “el arte de la ficción”. Cada uno debe encontrar en sí mismo, las formas de vida de sus ficciones, los modos en que la sensibilidad y el entendimiento se conjugan en su interior, dando forma a su mirada sobre las cosas, desde lo más pequeño hasta lo más trascendente. No se puede, en fin, aprender la ficción, de ahí que sea una capacidad o potencia, como prefieran, más que un conjunto de saberes que pueda conocerse y transmitirse.  La ficción, en otras palabras, no es un idioma, que se pueda estudiar y perfeccionar.

Si bien la ficción es una potencia que tenemos todos, no significa que todos la vivamos de la misma manera. Lo que es perfectamente entendible, pues lo mismo ocurre con lo real. ¿Acaso diríamos que todos vivimos la misma realidad? Y, sobre todo, ¿diríamos que la vivimos de la misma manera? Difícilmente. Hay parecidos de familia entre los distintos modos, prácticas culturales compartidas que hacen que nuestra realidad nos resulte más parecida a la que vive un europeo, por caso, que a la que vive un japonés. Quizás, por esta misma razón, habría que dejar de hablar en términos de “realidad” y “ficción”, para hablar mejor de “ficciones” y “realidades”, pero recién ahora que hemos introducido el sentido de estos plurales, es que su uso se volvería significativo.

Así entendida, la ficción (quizás a diferencia de la literatura, pero esto cabría también discutirlo) no es un talento. Es un uso particular del lenguaje, lo que no la convierte en otro lenguaje. Mejor dicho: no hay tal cosa como un lenguaje de la ficción. Por el contrario, accedemos a ella a través del mismo lenguaje que accedemos a lo real.

Precisamente por ello, la ficción puede funcionar en lo real. Vale insistir una vez más en que dicho funcionamiento no se reduce al literario: la ficción funciona políticamente tanto como artísticamente, sin descuidar incluso su funcionamiento científico. Insisto en que se entienda de esta manera, pues no es mi intención sostener algo parecido a un principio de metaficción,  donde la realidad imita la ficción, o incluso algo todavía más radical: que todo es ficción. Lejos estoy de la idea de Wilde, de que tanto la vida como la naturaleza en su totalidad son copias del arte, así como tampoco quisiera comprometerme con la idea contraria. Lo que está mal en una u otra variante es la tajante división que presuponen, limitándose las dos a un modo específico en que ficción y realidad se vinculan. Definiremos a este modo como una lógica del espejo. Esa lógica, en todas sus formas, no puede sino dañar, pace Wilde, nuestra comprensión del complejo entramado entre ficción y realidad, que opera siempre en nuestra vida y en la de los otros.

¿Hay entonces alguna otra lógica de la ficción que nos permita definirla? Lo dudo. En materia de estas indagaciones, creo que todo intento de responder a la pregunta “qué es” resulta tan inútil como desesperante (aunque cuando pueda constituir un buen punto de partida, siempre y cuando se lo sepa abandonar rápidamente). Es mejor preguntarse de qué modo la ficción accede a lo real, o bien  de qué manera logra su funcionamiento. Pero cabe anticipar que aquí tampoco la respuesta puede ser exhaustiva. Una mirada, un libro, un sueño, una siesta (como creía Anaïs Nin), un viaje en bote, una textura, un comentario, un almanaque, un árbol, una canción, pueden convertirse en las puertas de acceso. Nada es ajeno a la ficción. Eso también, podríamos decir, es parte de su drama tanto como de su potencia.

Muchas veces se ha asociado a la ficción con la mentira o la falsedad. Como si “lo ficcional”  se opusiera a “lo verdadero”. Pero esto no es así. Ha sido la lógica del espejo la que ha derivado en una lógica de la oposición, quizás porque la vía negativa resulta más conveniente para alcanzar ciertas definiciones. Como el proceso que se diera en la transición entre la mitología griega y la filosofía antigua, pasando de una lógica de la ambigüedad en la primera, como creía Jean-Pierre Vernant, a una lógica de la no contradicción en la segunda. Tengamos en cuenta que ya Aristóteles nos hablaba de ficción como mímesis, como copia de lo real. Las clasificaciones, a diferencia del vino, no suelen mejorar con los años, sino que se solidifican, lo que dificulta su posterior desprendimiento.

Ahora, si recordamos su etimología, la ficción no sólo remite a la simulación o el fingimiento, sino también a la acción de formar y modelar. Como podrán advertir, ha sido la primera de estas acepciones la que ha dominado nuestra concepción de la ficción, mientras que se le ha prestado muy poca atención a la segunda. Sin embargo, considero que esta es una vía más promisoria para reflexionar acerca de estas cuestiones. Pues son precisamente nuestras experiencias y vivencias, con sus sensaciones, nuestros pensamientos y sentimientos acerca de ellas, las que se moldean a través de las ficciones. Algo cambia cuando nos abrimos a la ficción, ya sea una perspectiva o punto de vista, o bien algo más radical y profundo en relación con nuestra concepción previa de las cosas. Puede ser también un matiz y, como le ocurriera a Dorita en su visita al Reino de Oz, lo que antes veíamos en blanco y negro se transforma en colores.

A su vez, las ficciones pueden incidir en nuestras conductas, modificar nuestros hábitos y creencias, ampliar nuestros puntos de vista. Sin ánimo de entrar aquí en una discusión específica  acerca de los juicios morales, sin duda las ficciones pueden intervenir en ellos, redefinirlos o sencillamente llamarnos la atención sobre algo que no habíamos notado antes.

No hay manera de anticipar los múltiples efectos que pueden desprenderse de nuestra apertura a la ficción, pero es indudable que vale la pena correr el riesgo de fomentarla, de no dejar esta potencia adormecida, de conquistar una mayor consciencia de ella. Como dijimos antes, no hay método para hacerlo, cada uno tendrá  que ir encontrando en su interior su propio modo.

En este sentido, toda reflexión filosófica seria sobre la ficción no debiera perder de vista el impacto que ésta tiene sobre los sujetos, ya que de nada sirve pensarla como un fenómeno abstracto del lenguaje, como un mero juego de palabras o bien como un decoro del idioma. Este punto, que puede parecer trivial, no siempre suele ser tenido en cuenta por los filósofos que, a fuerza de querer encajar los fenómenos de estudio en una determinada teoría o sistema, terminan convirtiéndolos en piedra.

Entre ellos, hay quienes se han preguntado si, además de incidir en nuestros hábitos y conductas, la ficción puede incrementar nuestro conocimiento.  Están quienes se niegan rotundamente, dejándole la soberanía a la ciencia y quienes están convencidos de que sí. Las aguas se vuelven a dividir tajantemente en este punto, como si la ficción no atravesara también la ciencia, ¿acaso qué es un gas ideal? Recordemos una vez más que la ficción no es solamente ficción literaria, y que no es necesario escribir una novela sobre el gas ideal para que éste se vuelva una ficción.

Ahora, la pregunta acerca de si la ficción puede incrementar nuestro conocimiento es tramposa, pues habría que preguntarse a su vez, ¿nuestro conocimiento de qué? ¿Del mundo, de la realidad? Como si tales nociones fueran más fáciles de definir que la de ficción. Por ende, sospecho que esta no es la mejor forma de encarar la cuestión. Por otro lado, si quisiéramos profundizar seriamente en ella, tendríamos que analizar primero qué entendemos por conocimiento, lo que nos llevaría a una larga reflexión acerca de la cual los filósofos ya han discutido mucho.

Sin duda alguna aprendemos de las ficciones, por lo que partir de esta premisa básica resulte quizás un modo alternativo, y más conveniente, de plantear el problema. Nuevamente, no es fácil responder cual es el estatuto de lo que aprendemos, porque eso dependerá de cada uno, de sus antecedentes, su cultura, etc. Volvemos aquí a la cuestión del drama de la ficción, pues aquello que aprendemos también estará relacionado con los distintos modos de funcionamiento que esta adopte. En este sentido, la experiencia de la ficción no es como la experiencia científica, que está puesta a disposición de una hipótesis específica y de la cual se espera un resultado unívoco. Con la ficción, podríamos decir, nunca sabemos qué nos mostrará el experimento.

Por otro lado, aquello que aprendemos de las ficciones no siempre es traducible en términos de conocimiento. Ya hemos dicho que las ficciones pueden moldear nuestras creencias, así como también pueden incidir en nuestras emociones, lo que podría ser visto como un tipo particular de aprendizaje. Nuestras emociones pueden refinarse, magnificarse, extenderse, a través de la ficción, lo cual también es una forma de entender el anclaje de esta en lo real y, en lo que podríamos llamar a grandes rasgos, nuestra vida práctica.

Por esta razón,  no logro entender a algunos filósofos que suelen distinguir entre emociones producto de la ficción y las que no lo son, como si existieran emociones reales y emociones ficticias. ¿Acaso alguien ha experimentado alguna vez una emoción ficticia? ¿Cómo sería? Aún cuando quisiéramos mantener algún tipo de distinción entre ambas, esta no sería la mejor forma de hacerlo pues, en todo caso, lo que cambia es el medio que produce la emoción y no la emoción en sí. Si pensáramos en una máquina de experiencias que nos hiciera sentir un cosquilleo en la planta de los pies, ¿acaso diríamos que la cosquilla que sentimos es ficticia? En absoluto.  Creo que esta es una distinción clave, a la que es necesario prestarle una mayor atención cuando reflexionamos acerca de la ficción.

Sin embargo, identificar la ficción con una máquina de experiencias tampoco sería correcto, porque reinstalaríamos  (aún sin quererlo)  la dicotomización entre experiencias y vivencias, ficciones y realidades, que hemos querido deconstruir. Es preferible pensar la ficción como una especie de dispositivo, el cual puede incluso atravesar la metáfora misma de la máquina de experiencias.

Por último quisiera destacar que, para entender el funcionamiento de las ficciones, es imprescindible orientarnos hacia el sujeto, que puede ser individual o colectivo, pues las ficciones también atraviesan las culturas y pueden contribuir a construir estereotipos, unas veces justos y otras no tanto. Dicho giro hacia el sujeto es, a su vez, un giro hacia las implicaturas prácticas de la ficción, lo que debiera ser uno de los ejes fundamentales del análisis, no sólo para el filósofo interesado en estas cuestiones, sino para cualquier persona que se decida a explorar estos rincones del pensamiento.

Sin duda alguna habría mucho más para decir acerca de la ficción y, si alguien me preguntara ahora mismo, luego de haber escrito estas páginas, qué entiendo por ella, muy probablemente volviese a responder lo mismo que al principio, con el agregado de que ahora advierto que, al igual que lo que ocurre con el tiempo, es su carencia de definición lo que constituye su gracia. Decía San Agustín que si nada pasara no habría tiempo pasado y que, si nada existiera, no habría tiempo presente. Parafraseando a Agustín podríamos concluir entonces que sin la vivencia de lo real no habría experiencia de la ficción y que sin la potencia de la ficción no habría relato posible de lo real.

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