Castoriadis, finitud

15 May

El tema de la mortalidad es tratado poco frecuentemente en nuestro medio: me parece merecedor de mejor atención. También he notado una muy pobre problematización en el ámbito médico y asistencial, lo cual es significativo ya que hoy en día la medicina, como institución, es la encargada, por la cultura, de procesar la muerte; no se concibe fácilmente una muerte sin asistencia médica. Es un tema que en general no existe salvo cuando excede algún encuadre, y entonces ya es un síntoma. Intentaré mostrar los desarrollos que hace al respecto Cornelius Castoriadis. Un punto nodal es su idea de que la actitud ante la muerte proviene de una significación socialmente transmitida; él rechaza todo endogenismo en esta cuestión: “Nada hay en mí, nada mío y propio, que me diga que he nacido y que moriré, nada ‘psicológico’ y nada ‘trascendental’. El hecho de que nací y moriré es un saber esencialmente social (me lo dijeron o lo vi), que me es transmitido/impuesto; y que, por supuesto, el núcleo más íntimo de la psyché ignora sin más” (El mundo fragmentado, Buenos Aires, Altamira, 1993). Castoriadis considera el reconocimiento y la aceptación de la mortalidad, tanto en la sociedad y en la cultura como en el individuo, como un requisito para el logro de la autonomía y de su corolario indisociable, la libertad. El desarrollo de la cultura está explicado como una de las principales defensas contra la asunción de la mortalidad, y estas defensas se perpetúan transmitidas por el pensamiento “heredado”. Castoriadis trasciende los desarrollos freudianos, que habían asignado a la religión el papel más importante ante la mortalidad, cuando llega a concebir la cultura como algo defensivo frente al reconocimiento de aquélla: la cultura, en la que estamos incluidos, prescribe ritos y significaciones cuyo sentido es evitar la aceptación de la muerte propia o de las instituciones y sus significados. Es posible que esta idea se acerque a dar cuenta de la pobre dedicación que recibe el tema. Aproximándonos más al punto de vista clínico, y para explicar la interminabilidad de los análisis que devienen interminables, Castoriadis enuncia que hay una imposibilidad de ambos, analista y paciente, en aceptar la mortalidad, ejemplificada en el dejar paso al que deviene nueva persona y, como tal, extraño y desconocido. En la cultura actual hay un rechazo, que puede hacerse presente también en un análisis, de los riesgos inherentes a la autonomía, a la libertad y, en consecuencia, al vivir. La aceptación de estos riesgos significa quedar al borde del abismo generado por la pérdida de sentidos, tanto aquellos transmitidos-constituidos por lo histórico social y con los que el sujeto se identifica, como aquellos que ha creado y tienen mayor individualidad. El logro de la aceptación constituye el fin-de-análisis, en los dos sentidos, como objetivo y como terminación del proceso, en que puede usarse esta expresión, y por esa misma razón son la “roca viva” –como la denominaba Freud– en la que puede quebrarse el análisis. Se puede entender con esta base la impasse analítica y las situaciones que se han denominado como reacción terapéutica negativa, ya de otra manera que como expresión más o menos directa de la “pulsión de muerte”. La asunción de la condición de mortalidad es un requisito previo a la posibilidad de la autonomía, tanto en el nivel individual como para el establecimiento de sociedades autónomas. Castoriadis entiende que las actuales condiciones de desenvolvimiento de nuestra cultura son precisamente las contrarias a tal posibilidad. La idea de progreso ilimitado y las significaciones de seudorracionalidad y seudodominio del hombre y de la naturaleza están básicamente al servicio de negar la mortalidad. Forman parte y se transmiten a través del “pensamiento heredado”. Pero la cultura occidental, al entender de Castoriadis, es la única que posee, al lado de un proyecto hegemónico capitalista, otro proyecto de desarrollo de la autonomía del hombre y de la formación de sociedades autónomas. Este proyecto es derivado de aquellos momentos de autonomía presentes en la democracia griega y en la Revolución Francesa. Como parte de una ética de la mortalidad, propone crear significaciones y sentidos que reemplacen a los que están perdidos, generar así “tipos antropológicos” complementarios a esas nuevas significaciones, trabajar en función de promover el desarrollo de autonomía. El reconocer obligaciones con generaciones futuras, basadas en la deuda con las que nos antecedieron, es una base para construir posiciones éticas alrededor de este problema. Freud, quien definió al ser humano como “derechohabiente temporario de una institución que lo trasciende”, marca un antecedente para tal postura. Castoriadis le asigna al psicoanálisis, como actividad práctico-poiética (es decir, de creación) un papel en el desarrollo del estado autónomo de subjetividad reflexiva y deliberante que es, a su entender, el funcionamiento mental más desarrollado. Las sociedades heterónomas postulan significaciones en las que hay algo eterno –Dios, la patria, los laureles, la lengua, etcétera– que funciona como figura identificatoria. Sobre estas figuras rige la “clausura”: una imposibilidad de que sean cuestionadas, en tanto se explican a sí mismas como “causas”. El proyecto social está impregnado de visos de eternidad, porque asumir la disolución y la muerte de ese proyecto, de las significaciones, de la nacionalidad, es rechazado. Resolver esto, es decir, darle otro curso, requeriría instituir nuevas significaciones que permitieran cambiar nuestras relaciones con la vida y la muerte. Se puede así plantear la posibilidad de una “muerte trófica”. En esta manera de entender, Castoriadis sigue en mucho a Octavio Paz: “Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. La muerte es intransferible como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra vida la que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres. […] La vida, colectiva o individual, está abierta a la perspectiva de una muerte que es, a su modo, una nueva vida. La vida sólo se justifica y trasciende cuando se realiza en la muerte. Y ésta también es trascendencia, más allá puesto que consiste en una nueva vida. […] La muerte moderna no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores. En un mundo de hechos la muerte es un hecho más” (“Todos santos, día de muertos”, en El laberinto de la soledad). En la cultura actual, la muerte juega el papel que en tiempos de Freud ocupaba la sexualidad: algo a ser negado y escotomizado. La sexualidad, en tanto representa y evoca el paso de las generaciones, remite a la muerte, o finitud individual, y por eso también es motivo de defensa. La relación sexo-muerte tiende también a erotizarse al servicio de la defensa. El aceptar la finitud, tanto del individuo como de las instituciones y significaciones sociales, es una fuerte renuncia narcisística. Para que esta renuncia forme parte del proyecto autonómico debe ser transformada en autolimitación, lo cual requiere un trabajoso esfuerzo elaborativo, vale decir, de creación de nuevas significaciones. La muerte es un sinsentido y nuestra mente no puede aceptarlo fácilmente. Se tolera más y mejor un sentido negativo que un sinsentido. El valor culturalmente asignado al “progreso” y a la prolongación de la vida ha creado en la sociedad occidental actual un vacío; el progreso como valor ha entrado en crisis, ya no es aceptado, se descree de él y la experiencia ha demostrado que no se traduce en mejores resultados para la humanidad. La situación generada con la cada vez menor provisión de suministros sociales sostenedores, así como las dificultades de inserción e inclusión, plantean el interrogante de cómo se resolverá tal vacío (en términos de Castoriadis: insignificancia). Parafraseando un modelo freudiano encuentro que, respecto de la muerte, es posible distinguir tres polaridades: vida/muerte, vitalidad/mortalidad e inmortalidad/ mortalidad. La polaridad vida/ muerte es quizá la más transitada por el psicoanálisis, a partir de los términos “pulsión de vida/pulsión de muerte”; representa estados sustantivables, más bien fijos y definibles. Creo, además, que, en este contexto, vida y muerte han adquirido características polisémicas que a veces trivializan su significado. La polaridad vitalidad/mortalidad se puede relacionar con la melancolía, dado que la identificación con el objeto perdido disminuye la vitalidad y genera un muerto eterno que, paradójicamente, no muere nunca. También forman un par complementario, en tanto estamos hablando del reconocimiento y la aceptación de la mortalidad como requisito para una vitalidad autónoma, de la que la mortalidad es un ingrediente necesario. La polaridad inmortalidad/mortalidad parece ser la más cercana al punto de vista que nos interesa: se acerca al paradigma que parte de un estado originario, la mónada, primariamente inmortal y omnipotente, que como parte de un desarrollo puede o no llegar a una aceptación de la mortalidad, lo cual será acorde con el logro de otros puntos de funcionamiento autónomo. Pienso también en una inmortalidad secundaria, que aparece en mitos y obras literarias y artísticas. Puede llegarse a ella a través de pactos y está ligada con vivencias de encierro, monstruosidad y castigo. Es el caso de Fausto, en sus distintas versiones. En el caso del Holandés Errante, es más bien un castigo despersonalizante y desvitalizante: un vivir interminable, una condición de muerto en vida que necesita una intervención salvadora para rehumanizarse recuperando la posibilidad y la capacidad de morir.

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