Aporía, ausencia de camino

15 Mar

Sócrates es el fundador de una tradición que podría ser considerada como la  mejor «aporética». Esta caracterización pa rece preferible a la de «dialéctica», conc epto q u e, a través de sus avatares especialmente platónicos y hegelianos, ha
adquirido un sentido bastante diferente, o incluso contrario, a la intención y práctica socrática. Para Sócrates, la dialéctica era el arte de interrogar, no de responder.  Sobre este punto disponemos de los testimonios de Jenofonte y Aristóteles. Jenofonte nos informa que Sócrates cuestionaba siempre y no respondía nunca Aristóteles confirma este testimonio y añade la causa de este comportamiento de  Sócrates: «porque reconocía que no sabía».  Para responder ha ce falta saber, mientras que no es necesario saber para interrogar. Más aun, el no- saber es el motor de la curiosidad interrogativa.
Es Platón, no Sócrates, qui en define la dialéctica como «el arte de preguntar y de responder».  Aristóteles nos dice por qué el dialéctico como tal no puede responder: la causa está en el no-saber. Si con todo, contrariamente a su misión y empujado por una tendencia irreprimible,  responde, es porque de sea aparentar conocer la cosa en cuestión, y si argumenta en su turno contra el interlocutor, es decir, si defiende una tesis, no p u e de hacerlo con dialéctica, sino con argumentos q ue parezcan verdaderos (eikotes, endoxoi, «verosímiles»). La dialéctica es esencialmente negativa, es
decir, interrogativa; si se propone proceder no sólo a través de preguntas, sino por afirmaciones o negaciones, éstas no podrán pretender que haya u na verdad aparente. La dialéctica positiva no puede ser más que «lógica de la apariencia». De un modo inmediato, el método socrático de interrogación es presentado como independi ente de todo saber. Recíprocamente, el método de interrogación no proporciona ningún saber: «ningún mé todo que intente manifestar la naturaleza de cualquier cosa proc ede por interrogaciones». Por el contrario, «demostrar, no es preguntar (erotan), es plantear». Pero entonces, ¿si la interrogación no funda ningún saber, cuál puede ser su utilidad? Ella cuestiona el saber de otro al revelar la imposibilidad en la q ue se encuentra de r e sponder a la cuestión. Es aquí donde interviene el conc epto de aporía. La aporía no es la cuestión, sino la imposibilidad de responderla y el sentimiento de inquietud q ue se deriva. La aporía es literalmente la ausencia de camino, y también, al mismo tiempo, lo que impide concluir la marcha.

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