Lovejoy, un sobreviviente

7 Ene


El fabuloso cometa Lovejoy
Por Mariano Ribas

Como tantas, tantísimas otras veces, el cometa más brillante de los últimos cinco años (después del magnífico McNaught, enero de 2007) fue descubierto por un astrónomo amateur. En la noche del 27 de noviembre, Terry Lovejoy estaba patrullando el cielo austral desde su observatorio particular, en Thornland, un pequeño suburbio de la ciudad de Brisbane, Australia. Lovejoy había tomado cientos de imágenes, utilizando una sofisticada cámara CCD, acoplada a su fiel telescopio (de tipo Schmidt–Cassegrain) de 20 cm de diámetro.

Al revisar las fotos, llegó la sorpresa: “En una serie de imágenes noté un objeto borroso que cambiaba de posición rápidamente –cuenta el astrónomo–, pero como no estaba seguro que fuese algo real, anoté un breve comentario que decía ‘posible reflejo’”.

Lovejoy volvió a tropezar con el “posible reflejo” dos noches más tarde. Y ya no le quedaron dudas: era un objeto borroso ubicado en plena constelación de Centauro, se movía hacia el Este, y apenas tenía un brillo de magnitud 13 (es decir, unas 600 veces menos brillante que las estrellas más pálidas que podemos ver a ojo desnudo). Era el tercer cometa que encontraba en forma directa (los otros dos los descubrió en 2007). Y el cuarto si tomamos en cuenta uno que detectó revisando imágenes del telescopio espacial SOHO.

El viernes 2 de diciembre, el Minor Planet Center, de la Unión Astronómica Internacional, oficializó el descubrimiento: el cometa Lovejoy, catalogado como C/2011 W3, estaba entre nosotros. Un nuevo mazacote de roca y hielo se había descolgado de las profundidades del Sistema Solar, en camino hacia nuestra estrella. Y sin que nadie, ni siquiera su propio descubridor, lo imaginara, el cometa Lovejoy se convertiría en una de las mayores sensaciones de la astronomía cometaria de todos los tiempos.

COMETA “RASANTE AL SOL”

A poco de su descubrimiento, los astrónomos trazaron la órbita del Lovejoy y se dieron cuenta de algo particularmente interesante: a mediados de diciembre pasaría extremadamente cerca del Sol. A menos de 200 mil kilómetros de la fotósfera (la “superficie” solar). De hecho resultó ser un nuevo integrante conocido de la famosa familia Kreutz de cometas “rasantes al Sol”. Fue, justamente, Heinrich Kreutz, un astrónomo alemán del siglo XVIII, quien los estudió. Y demostró que eran los incontables restos de un primigenio cometa gigante, que se despedazó al acercarse demasiado al Sol en el siglo XII (puntualmente, parece haber sido el “Gran Cometa de 1106”). La mayoría de los Kreutz son muy pequeños (en el rango de 10 a 100 metros), y suelen pasar completamente desapercibidos. Pero de tanto en tanto aparece alguno que da la nota, como el maravilloso Ikeya–Seki, de 1965, que fue el cometa más brillante del siglo XX, y uno de los más notables de toda la historia.

Teniendo en cuenta su brillo en los primeros días de diciembre, los astrónomos estimaron que el núcleo del C/2011 W3 medía unos 100 o 200 metros de diámetro, a lo sumo. Y teniendo en cuenta eso, todos –incluyendo el propio Terry Lovejoy– pensaron que lo más probable era que el pobre cometita se fragmentaría y evaporaría completamente al alcanzar su perihelio (el punto de mínima distancia al Sol). O tal vez antes. Y eso ocurriría el 16 de diciembre.

DESAFIANDO AL SOL

En los días previos a esa fecha, todas las miradas de los astrónomos estuvieron puestas en las imágenes tomadas por el telescopio espacial SOHO (Solar and Heliospheric Observatory), un formidable aparato de la NASA y la ESA (Agencia Espacial Europea), que viene estudiando el Sol desde 1995.

Entre otras cosas, y esto es lo que más nos interesa en este caso, el SOHO cuenta con dos “coronógrafos” que bloquean el enceguecedor disco solar, permitiendo observar en detalle su mucho más tenue “corona” (la enorme y despareja atmósfera externa del Sol, compuesta de gas ionizado, y con una temperatura de millones de grados). Y bien, resulta que, el 14 y 15 de diciembre, el cometa Lovejoy entró en el campo visual de los coronógrafos del SOHO: mostraba una larga cola de gas y polvo, y un brillo muy intenso.

Pero, claro, al estar tan cerca del Sol, era imposible verlo desde la Tierra. Y llegó el momento culminante: a la 0.30

hora universal del 16 de diciembre (las 21.30 del día 15 en la Argentina), el cometa de Terry Lovejoy alcanzó su perihelio, pasando a tan sólo 186 mil kilómetros del Sol. Nada, teniendo en cuenta que nuestra estrella mide casi un millón y medio de kilómetros.

Atravesar la corona solar, ese infierno de infiernos, era una prueba demasiado arriesgada para un pedacito de hielo y roca.

LA SORPRESA…

Y contra todo pronóstico, contra toda lógica inicial, y para la alegría de todos los observadores del cielo, el cometa Lovejoy sobrevivió: horas después del perihelio, el C/2011 W3 emergió del otro lado del Sol.

“Apenas podía creerlo. Para ser honesto, nunca pensé que tuviera chances de sobrevivir… esto excede todas mis expectativas”, le dijo Terry Lovejoy a Sky & Telescope, la revista de astronomía más popular del mundo. Y agregó: “La cobertura del momento del perihelio por todos esos observatorios espaciales fue impactante”. Sí, porque, además del SOHO, otros instrumentos también registraron “en vivo” lo que parecía increíble: el SDO (Solar Dynamics Observatory, de la NASA), las sondas gemelas Stereo (NASA), el microsatélite Proba2 (ESA) y el Hinode (JAXA, la agencia espacial japonesa).

Las imágenes del SDO, por ejemplo, mostraron la cola del cometa totalmente alterada y retorcida (seguramente afectada por el gas ionizado y los campos magnéticos de la corona solar).

Como el Ave Fénix, el cometa que había sobrevivido a lo peor, comenzó a alejarse del Sol, aparentemente sano y salvo. O al menos, mayormente intacto. ¿Cómo podía ser?

Por empezar, los astrónomos tuvieron que retocar sus estimaciones iniciales: todo indica que el núcleo del C/2011 W3 debió ser mucho más grande, tal vez de 1 o 2 kilómetros de diámetro. Eso permitiría que, a pesar de haber sublimado buena parte de sus gases helados durante el perihelio, todavía conservara una masa apreciable. Por otra parte, este increíble caso de supervivencia cometaria obliga, también, a revisar ciertas ideas acerca de la composición, estructura y solidez de estas “bolas de nieve sucias”.

…Y LA GLORIA

Después de la sorpresa, vino la gloria. Apenas unos días después del perihelio, hacia el 18 y 19 de diciembre, el cometa Lovejoy ya se había separado, visualmente, varios grados del Sol. Y entonces hizo su entrada triunfal en los cielos australes. Con la magnífica constelación de Escorpio como telón de fondo, muchos astrónomos amateurs del Hemisferio Sur (especialmente en Australia y en la Argentina) comenzaron a observar al C/2011 W3 a simple vista durante el crepúsculo matutino, y en zonas alejadas de las ciudades. Primero, con mucha dificultad.

Pero luego, a medida que el cometa se separaba más y más del Sol, la tarea se hizo más sencilla: durante el fin de semana de la Navidad llovieron reportes de felices observadores que, por fin, veían al cometa más sorprendente y brillante de los últimos cinco años (después del magnífico McNaught, en enero de 2007). Según esos reportes, e incluso por nuestra propia experiencia, durante el pasado fin de semana de Navidad, el Lovejoy mostró una cola de entre 20 y 30 grados de largo. Tanto, que esa larguísima estela de gas y polvo asomaba sobre el horizonte Sudeste, al menos dos horas antes que la “coma” del cometa.

La foto que acompaña a este artículo fue tomada apenas pasadas las 4 de la mañana del pasado lunes 26, muy cerca de la orilla de la laguna de Chascomús, frente a la ciudad.

Y da una idea bastante cercana a lo que se veía a ojo desnudo. Durante estos últimos días, el fabuloso cometa Lovejoy siguió trepando en el cielo de la madrugada. Y si bien ya no resulta nada fácil de ver, su larga y fantasmal estela aún se observa a simple vista en cielos muy oscuros y transparentes. Es la inevitable despedida de un cometa que ya hizo historia.

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