Drucaroff, leer en la literatura

21 Nov


La literatura derramada
Por Fernando Bogado

Interrogado en 1992 acerca de los escritores surgidos a comienzos de esa década, la voz de David Viñas sonaba lapidaria: “Ahí te encontrás con la trivialidad más absoluta. No he leído los libros de estos que han aparecido ahora, pero a veces leo lo que escriben en la contratapa de algún diario. Y bueno, ¡pobrecitos!”. Casi veinte años después, la docente, crítica y escritora Elsa Drucaroff le contesta a Viñas con un voluminoso trabajo que lleva el título de Los prisioneros de la torre, libro que articula, repasa, alista (y enlista) las producciones literarias de esas nuevas voces, no escuchadas u oídas, al menos por parte de la crítica, con cierto desfasaje temporal. ¿Cuáles son esas voces invocadas por el libro? Las de la Nueva Narrativa Argentina. La autora analiza a los miembros de su generación, nucleados en la revista Babel (Caparrós, Dorio, Guebel, Pauls), para distinguirlos de los principales representantes de esta nueva narrativa que conforma el objeto de estudio del trabajo: desde los editados por la colección de Planeta Biblioteca del Sur –dirigida por Juan Forn, en donde salieron libros hoy imprescindibles como Historia argentina de Rodrigo Fresán, El muchacho peronista de Marcelo Figueras o Nadar de noche del propio Forn–. La oposición planteada por el trabajo es clara: pese a que muchos fueron estrictamente contemporáneos, hay una diferencia entre la actitud antirrealista y solipsista pero aún vinculada con el discurso de sus “mayores” de los primeros y la confrontación estética efectiva que plantean los segundos, muchas veces contra la propuesta de los autores de los ’60 y ’70.

El primer nombre con el que el texto tiene que lidiar, precisamente, es con el de David Viñas, de quien en esta entrevista Drucaroff retoma elementos, al mismo tiempo que marca distancias: “Yo aprendí de Viñas que la literatura es un territorio de elaboración de traumas colectivos”, señala. “Si la expresión ‘literatura nacional’ quiere decir algo, no es por un orgullito patético sobre nuestra tradición o linaje y todo eso, sino por algo mucho más profundo, que es que determinado río de conflictos ha ido procesándose y trabajándose en esa literatura. Aprendí también que la lectura es un modo de posicionarse de los lectores, los críticos; leyendo nos posicionamos de cierto modo en esta discusión. Ahora, después está el tema de cuál fue la actitud concreta que el intelectual con mucho poder, David Viñas, tuvo a partir de la democracia respecto de los jóvenes de los que le tocó ser contemporáneo. Y eso es lo que yo juzgo. Ojo, lo juzgo como crítico literario, los jóvenes lo querían mucho como docente. Lo querían mucho porque, en medio de su caos y de sus muy peculiares características, les dio muchas cosas. Pero Viñas es un gran pensador de los años ’60 y ’70, no fue un gran pensador de los años ’90, me parece a mí. Fue, por supuesto, violentamente antimenemista –cosa que celebro–, no se agachó, pero me parece que no tuvo demasiadas respuestas para todo eso, porque no entendió ese tiempo del todo”.

Con Beatriz Sarlo, el otro nombre resonante, el conflicto entre las voces es diferente. A partir del nombre de “crítica patovica”, y en contraposición a la rápida negación de Viñas con respecto a los jóvenes escritores de su tiempo, Drucaroff afirma: “La crítica patovica se arroga el rol de sacerdote del templo y decide lo que puede entrar y lo que no al canon, y sobre todo, lo más importante de lo que dice es eso, afirmar ‘es bueno’ o ‘es malo’ y no hacer lecturas. Porque vos fijate que Viñas no es que elogia o no elogia: en Literatura argentina y realidad política reparte palos a media humanidad. Sin embargo, no nos acordamos de los palos que reparte, nos acordamos de lo que lee. La crítica patovica lo único que hace es filtrar, no lee; trata de poner argumentos a su filtro, pero no de leer. Uno puede leer como primer objetivo y de paso festejar que algo le parece bueno o deplorar lo que le parezca malo. La crítica patovica les niega la entrada a los que están afuera. La crítica patovica no se las va a agarrar con un Saer, una Ocampo, un Borges, eso tendría gracia: si vas a plantear que alguien no es bueno, que tenga riesgo hacerlo. No, la crítica patovica se las agarra con obras de escritores desconocidos como Leandro Avalos Blacha o Paula Varsavsky. O con alguien que no tiene prestigio académico. Por eso en Los prisioneros… yo, si critico fuertemente, es a escritores con lugar: es interesante agarrármelas con Aira, porque yo no lo voy a echar a Aira del panteón, no lo pretendo. Sin Aira no se puede contar la narrativa de los ‘90. A mí no me gusta, pero no puedo negar la importancia de una obra que levantan tanto los que lo continúan, y lo continúan tan bien”.

Cargado de una retórica que se reconoce como contingente, repleto de giros que apuntan a posicionarse dentro de una polémica cultural y en un tono para nada academicista que insiste, casi con los mismos gestos de un diálogo, sobre determinadas observaciones, Los prisioneros de la torre revisa el concepto de generación no a partir de una noción estrictamente biológica, sino a partir de una idea sujeta a hechos culturales propios de un contexto, retomando el concepto-metáfora de Ortega y Gasset que da título al trabajo. El libro se concentra en ciertos núcleos “traumáticos” que esa misma literatura que repasa transforma en signo, comunica, utiliza como materia prima. Escritores que llegaron a la conciencia política y ciudadana apenas iniciada la democracia o que formaron parte de la última camada afectada por los oscuros sucesos de la dictadura (estrictamente, la Guerra de Malvinas) son perseguidos por el mismo gran fantasma: el de la bautizada “democracia de la derrota”, esta idea de que, a comienzos de los ’80, lo que se consideraba la esperanza de cambio terminó confirmando la victoria política que la dictadura impuso a fuerza de silenciar voces, precisamente, y que afectó de manera contundente el tipo de narrativa que emerge comenzada la última década del siglo pasado: ¿qué es ese vacío en los cuentos de Forn, esa trama detenida en obras como Rapado de Martín Rejtman sino la percepción generacional de una ausencia, de una pérdida, de una terrible desvinculación?

Distinguiéndose de la multitud de voces de un bar no tan lejano a la Facultad de Filosofía y Letras (como si el lugar mismo encarnara la relación que su libro guarda con la academia y con las obras para nada canónicas que observa), Drucaroff cierra la entrevista con una apreciación íntima acerca de la crítica literaria.

“Para mí, escribir Los prisioneros de la torre fue también hacer mi autobiografía intelectual. Hay sesgos autobiográficos, aunque no sea el centro. No sé si eso es valioso o no, pero sí cumple con una idea de lo que desde mi perspectiva es la función de la crítica: dejar testimonio de su tiempo. Yo no aspiro a que este libro tenga razón en el sentido de que todos los escritores que yo creo que son muy buenos o todos los que yo digo que me gustan sean los que pervivan; ojalá, lo deseo, pero no sé si tengo razón. A lo que sí aspiro es a que este libro haya dejado un testimonio crítico de la democracia de la derrota. Y otra cosa que para mí es fundamental es la sensación –ojalá siga, porque yo no pongo las manos en el fuego por nada después de todas las cosas que han pasado en este país– de que el pesimismo de este libro respecto a la democracia de la derrota se está desactualizando, la sensación de que hay un nuevo horizonte, de que este nuevo horizonte está naciendo en este país. Ojalá sea cierto y este libro sea viejo pronto: ojalá ayude a pensar críticamente el pasado.”

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