Valdeiglesias, Revolución Conservadora

7 Nov

Marqués de Valdeiglesias

“Quien no se atreva a mirar hacia atrás no logrará avanzar por camino derecho”. Con estas palabras empieza Armin Mohler la exposición de una serie de corrientes de pensamiento dispersas en libros, revistas, novelas, doctrinas filosóficas o actuaciones políticas coincidentes en un signo común de discrepancia con aquellos otros modos de pensar traídos al mundo por la Revolución Francesa. La revolución conservadora sería el paradójico nombre de este movimiento si de tal quisiera calificarse lo que se caracteriza, ante todo, por su falta de aptitud para cristalizar, en ningún tipo de organización visible y material. Círculos literarios íntimos, suscripciones de revistas, tactos de codos de determinadas “élites” al margen de toda publicidad; órdenes secretas o asociaciones aparentemente encaminadas a fines de poca monta constituyen las manifestaciones preferidas del fenómeno en cuestión, que ni siquiera ha llegado nunca ha condensarse en un “sistema” determinado. Lo revolucionario-conservador se define únicamente por su actitud en la vida, su estilo, y no por un programa o doctrina cualquiera sobre los problemas concretos planteados ante la Moral o el Derecho, el Estado o la Sociedad, la Economía o la Cultura.

En ello reside precisamente la debilidad de su posición, al no poder aspirar a conquistar a las masas, más fácilmente atraídas por los brillantes oropeles de las doctrinas progresistas. Pero tampoco es la conquista del Poder el objetivo fundamental de la revolución conservadora. Y por eso, mientras los partidos de masas que se proponen tal objetivo exclusivamente tienen tantas veces que traicionar sus ideas para alcanzarlo, permanece en la oposición la revolución conservadora, atenta sólo a conquistar nuevos mundos espirituales, lo que induce a algunos, como Georg Quabbe, a afirmar que el legítimo conservadurismo sólo puede adoptar la forma de una doctrina, secreta en estos tiempos, en que las clases cultivadas quieren argumentos rápidamente comprensibles y las masas sensaciones. Aún así, es evidente la influencia que puede ejercer un cuadro de minorías dispuestas a no dejarse adulterar para dejar de serlo. Esta es exclusivamente la hora del pequeño número, capaz de renunciar a logros inmediatos en favor de una total transformación espiritual, aún lejana, ya que el punto de partida de esta concepción es que nos encontramos en un interregno. Un mundo se ha hundido y otro nuevo no ha surgido aún. Por eso lo principal es estar atento a la llamada que viene de lo lejos, sin extraviarnos entre los restos de la vieja construcción derruída.

De lo dicho se infiere que no es este complejo fenómeno exclusivo de Alemania, aunque allí, dada la innata tendencia germana hacia las especulaciones metafísicas, haya tenido su manifestación más acusada, llegando a constituir una de las principales corrientes ideológicas de que se nutrió el nacional-socialismo; no, sin embargo, la única, en forma que indujera a considerar a este último como el desemboque obligado de la revolución conservadora. En realidad habrían concurrido en la génesis del movimiento nacional-socialista dos corrientes distintas que se entrecruzaron: una de tipo indiscutiblemente revolucionario-conservadora; otra, integrada por influencias democráticas e incluso marxistas, exigencias de circunstancias históricas o situaciones geográficas y hasta de concesiones a las masas con sus tendencias dictatoriales.

Aunque la revolución conservadora ha permanecido, pues, hasta ahora en el campo de las ideas puras, sin descender a la práctica, la influencia que ejerció en la génesis del nacional-socialismo induce a Mohler a plantear la cuestión del grado hasta el cual puede hacerse responsable a una teoría de las deformaciones que sufra en los intentos de su realización histórica. Claro que esta cuestión tiene, ante todo, un primordial interés para aquellos que supongan ha de quedar confirmado por la historia el fallo condenatorio pronunciado contra el nacional-socialismo por sus eventuales vencedores en el campo de batalla. En la otra alternativa perdería mucha actualidad aquel problema, sumergido dentro de la más amplia y general ley histórica de la inevitable deformación que sufren todas las ideas al ser traducidas en hechos por el hombre de acción, interpretando a su personal manera lo que ha escuchado de un lado y de otro, sin que, por otra parte, de la fundamental incapacidad del ideólogo para seguir dirigiendo los acontecimientos, en cuanto han saltado del plano del pensamiento al de la realidad política, pudiera en ningún caso derivarse una declaración de irresponsabilidad de la inteligencia preparadora del ambiente, levantando, como en tiempos de la II República española, tronos a las premisas y cadalsos a las consecuencias.

Es de todos modos obligado reconocer el paulatino desencanto y. consecuente alejamiento respecto del nacional-socialismo, a medida que éste fue definiendo su actitud, de la mayoría de los nombres pertenecientes al campo de la revolución conservadora. Con mayor precisión podría señalarse el año y medio que transcurre entre la entrega de la Cancillería a Hitler, en enero de 1933, y la muerte de Hindenburg, en agosto de 1934, como el período en que se gestan las decisiones más trascendentales para la vida de Alemania y empiezan a deslindarse los campos revolucionario-conservador y nacional-socialista.

Desde este momento los hombres de la revolución conservadora vienen a constituir algo así como los “trotskistas del nacional-socialismo”. A semejanza de lo sucedido en el otro gran movimiento revolucionario que desemboca en el bolchevismo ruso, se van separando aquí también del partido pequeños grupos de rebeldes contra la ortodoxia triunfante. El fenómeno obedece sin duda a una constante histórica. Para ganar a las masas y articularlas en un todo homogéneo, la doctrina oficial se tiene que ir acomodando al promedio: pierde vuelos, al tiempo que se hace, dogmática y exige una disciplina cada vez más rigurosa. Paulatinamente, las tesis impuestas se van haciendo insoportables a los espíritus inquietos y estallan por doquier las herejías. Recíprocamente se acusan, unos a otros de traición: al partido, al movimiento o a la “idea”. Cuando al fin el partido de masas alcanza el Poder empiezan las persecuciones o “depuraciones” contra los disidentes, considerados tanto más peligrosos cuanto más afines fueron antes.

¿Pero qué es, en definitiva, esta revolución conservadora, que constituyó al menos una de las corrientes de que se nutrió el nacional-socialismo y se volvió contra él tan pronto como éste alcanzó el Poder, contribuyendo en gran parte a su caída? Mohler la empieza definiendo como la “antirrevolución francesa”. Después depura más el concepto por exclusión. A la Revolución Francesa le salieron enemigos en su propio campo: el anarquismo y el marxismo, por ejemplo, que continuaron su trayectoria, aunque estén hoy fuera del repertorio de sus ideas; los conservadores puros o reaccionarios, que quieren simplemente detener la historia o darle marcha atrás. Ninguno de estos elementos pertenecen a la revolución conservadora, perfilada fundamentalmente por tres rasgos, en contraste con los de su adversaria: la Revolución Francesa disgrega la sociedad en individuos, la conservadora aspira a restablecer la unidad del conjunto, la Revolución Francesa proclama la soberanía de la razón, desarticulando el mundo para aprehenderlo en conceptos, la conservadora trata de intuir su sentido en imágenes, la Revolución francesa cree en el progreso indefinido, en una marcha “lineal”, la conservadora retorna a la idea del ciclo donde los retrocesos compensan los avances y en el total nada se gana ni se pierde.

Resultan, a primera vista sorprendentes los dos términos del nombre elegido para calificar esta compleja doctrina, tanto por su aparente antinomia como por no guardar relación ninguno de ambos con el contenido acabado de exponer. Conviene por ello precisar que ni la “conservación” se refiere aquí al intento de defender forma alguna ya caduca de vida, ni la “revolución” al propósito de acelerar el proceso evolutivo para incorporar algo nuevo y mejor al presente. Aquello es conservadurismo en el viejo sentido o reacción; esto, creencia en el progreso. Pero la idea central de la revolución conservadora es la de la inalterabilidad del conjunto a través de la sucesión de las formas, y, por tanto, sus adeptos no viven ni en el pasado, como los reaccionarios, ni en el futuro, como los progresistas, sino en el presente —un presente absoluto en el que se unen pasado y futuro—. Ello no impide que se ayude a derribar lo individual, cuya hora ha sonado, porque más vale corte rápido que putrefacción lenta; pero sin creer por ello que nada va a variar en esencia ni que el mañana puede ser mejor que el hoy, ya que los hombres , con otros trajes y distintas costumbres, serán siempre los mismos, con idéntica inclinación hacia el bien y el mal.

Tampoco hay que atribuir a esta revolución conservadora sentido “reformador” de ninguna especie. Aparte de que la “reforma” evoca la idea de algo incruento, mientras nuestra doctrina no se escandaliza de que los nacimientos se paguen con muertes, parece que en la “reforma” hay el propósito de añadir algo nuevo a lo existente. Para el conservador, en cambio, todo está ya ahí, y la revolución puede conducir sólo a una nueva articulación de lo conocido. Se trata, pues, de una revolución sin meta, sin la contemplación de un futuro reino mesiánico, y sin el propósito, por tanto, de dirigir por propia iniciativa la historia. Una revolución, en suma, escéptica y pasiva.

El primero que popularizó su nombre fue Hofmannsthal en 1927, aunque ya Thomas Mann lo había usado en 1921 y probablemente sería conocido con anterioridad: “El proceso de que hablo no es otro que una revolución conservadora como no lo ha conocido la historia europea”. Tras estas palabras señaló Hofmannsthal como rasgos fundamentales de esta doctrina los dos siguientes: un anhelo de cohesión en vez de un anhelo de libertad, y un anhelo de unidad en sustitución de todas las disgregaciones y movimientos centrífugos.

En realidad, este deseo de apretar las filas y estrechar los contactos, invirtiendo el proceso desintegrador desarrollado a lo largo de todo el siglo xix ha estado siempre latente en Alemania. En este sentido la revolución conservadora puede considerarse como una etapa de un movimiento mucho más amplio, el llamado “movimiento alemán”, que comprendería las cuatro siguientes: desde la Revolución Francesa y caída del antiguo Imperio hasta 1870, la primera; de 1871 a 1918, la segunda; de 1918 a 1932, la tercera, y de 1933 a 1943, la cuarta. Sólo que en el tercero de estos períodos, a consecuencia quizá de la primera gran guerra, con su tremenda, repercusión sobre los espíritus, adquiere caracteres mucho más acusados y definidos, lo que determina su progresiva decantación frente a otras corrientes afines.

Los primeros años de la entonces llamada post-guerra son años de una intensa agitación en Alemania. Por doquier surgen agrupaciones, partidos y asociaciones que dirigen llamamientos al país, defienden doctrinas, reclutan adeptos y chocan violentamente entre sí. Durante cinco años se vive en permanente guerra civil. En 1923 lanza Moeller van den Bruck su consigna del III Reich en un libro bajo este mismo título. El Sacro Romano Imperio y el II Imperio de Bismarck van a tener desde ahora una continuación, en la cual quedarán absorbidos los contrastes de nacionalismo y socialismo, derechas e izquierdas. La tesis y la antítesis llegarán a su síntesis. Progresivamente se irá perfilando la revolución conservadora, depurándose de deformaciones e imperfecciones existentes, tanto en el pasado como en el presente, en el hueco conservadurismo de la época guillermina, con su culto de las apariencias y fachadas retóricas y su amalgama de gracia de Dios y Monarquía constitucional, uniformes medievales y modernos acorazados, como en el desordenado impulso de nuevas tendencias carentes del suficiente arraigo histórico. Hasta tres sucesivas oleadas de un nacional-bolchevismo, fruto de la exasperación producida por la ceguera de las potencias occidentales ante las exigencias de la hora, tienen que ser rechazadas, así como reprimidos otros alzamientos dentro del propio Ejército. Para contar con un elemento que ofrezca una garantía de estabilidad dentro de la revuelta agitación del momento, el general Seeckt sienta las premisas que han de conducir a un completo apartamiento y neutralización del Ejército en las luchas políticas, medida que ha de ejercer una evidente repercusión en muchos de los acontecimientos después desarrollados. Paralelamente se va definiendo la revolución conservadora por su contenido positivo. No de una manera abierta y sistemática —esto sería precisamente lo contrario de uno de sus rasgos más distintivos—, sino más bien como latiendo bajo una serie de predicaciones y actuaciones dispersas, a modo de común diapasón de todas ellas.

Es bien sabido que una de las diferencias más características entre el espíritu germánico y el francés consiste en la falta de sentido de aquél para las construcciones metódicas y racionales, que adora el segundo. La realidad, opinan los alemanes, no se deja reflejar en conceptos hermosos y redondeados, por mucho que éstos halaguen el gusto. Gerhard Nebel establece un parangón entre lo que llama los dos instrumentos metafísicos del hombre, el concepto y la imagen, para hacer resaltar la superioridad del segundo: “El concepto es improductivo, ya que se limita a ordenar lo presente, lo descubierto, lo disponible, mientras que la imagen crea realidad espiritual y le arranca al ser trozos hasta entonces ocultos. El concepto establece minuciosas distinciones y agrupaciones dentro de hechos concluidos; la imagen se proyecta audaz y desembarazada hacia la lejanía sin límites. El concepto vive de la angustia; la imagen, de la alegría triunfante del descubrimiento. El concepto, cuando no empieza ya a operar sobre cadáveres, tiene que matar a su presa; la imagen conserva la espumante vida. El concepto excluye el misterio; la imagen es una paradójica unidad de los contrarios, respetando e iluminando a un tiempo la oscuridad. El concepto es decrépito; la imagen, siempre fresca y joven. El concepto es víctima del tiempo y envejece pronto; la imagen está más allá del tiempo. El concepto está supeditado al progreso; la imagen pertenece al instante vivido. El concepto es ahorro; la imagen, exuberancia. El concepto es lo que es; la imagen, siempre más de lo que parece. El concepto apela a la cabeza; la imagen, al corazón. El concepto sólo se mueve sobre una capa periférica; la imagen, sobre la totalidad o al menos, sobre el núcleo de la existencia. El concepto es finito; la imagen, infinita. El concepto simplifica, la imagen respeta la variedad. El concepto toma partido, la imagen “se abstiene de juzgar…”.

Tal actitud es la que engendra la sustitución de la filosofía por la Weltanschauung en la que no hay que ver una especie de filosofía menos elaborada o de menos valor, sino algo sustancialmente distinto. La filosofía, dentro de tal tesis, habría sido lo propio de la vieja mentalidad occidental, hoy en crisis, engendrada por las dos corrientes de Grecia y del cristianismo. La Weltanschauung, lo propio de una nueva actitud ante el mundo. En la filosofía, los distintos aspectos de la realidad eran objeto de investigaciones claramente delimitadas. No se confundían, como hoy, el pensar, el sentir y el querer. La filosofía sabía cuál era su terreno y no pretendía invadir el de la teología, por ejemplo, o el de otras especialidades. Cada filósofo, por otra parte, se sentía miembro de una cadena continua y se apoyaba sobre la serie de sus predecesores para dar un nuevo avance con sus propias meditaciones. Pero hoy día se ha derrumbado aquel majestuoso edificio de la cultura occidental y no ha surgido otro nuevo. Estamos en un “interregno”. La revolución conservadora vive bajo este signo, tratando de hacernos alcanzar la otra orilla, de restablecer una nueva unidad dentro del espacio sin contornos en que se mueven los trozos dispersos del pasado. La Weltanschauung sería la forma espiritual característica de este “interregno”. En ella no hay ya claras separaciones ni ordenaciones. Su tipo representativo es el de un literato-pensador, que usa un lenguaje medio científico, medio simbólico, inventando unas veces nuevos términos, como Heidegger, por ser insuficientes los elaborados por la filosofía clásica para expresar las nuevas intuiciones; o saltando desde aquélla al teatro, como Sartre; o utilizando la novela o el diario para exponer sus doctrinas y juicios, como Dostoïeski o Ernst Jünger, y estando siempre dispuesto a traducir sus visiones en hechos, “consagrando su vida al servicia de su ideal”.

“Conozco mi destino. Algún día se unirá mi nombre al recuerdo de algo tremendo, a una crisis como no la hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una decisión pronunciada contra todo lo que hasta ahora ha sido creído, exigido, reverenciado.” En estas palabras de Nietzsche hay que buscar uno de los primeros avisos del cambio. A partir de entonces el tema resonará sin tregua. “Estamos en el tránsito de dos épocas” —dirá Ernst Jünger—, de una significación análoga a la del advenimiento de la época del metal después de la de piedra.” Otros se remontarán incluso a imágenes cósmicas, como Kurt van Emsen, que habla del tránsito del eón de Piscis al de Sagitario.

Con esta idea del “interregno” se anuda la del nihilismo. Cierto que el uso de esta palabra es anterior. La empleó Jacobi en 1799 para expresar la extrema negación. Después sirvió para designar a los anarquistas rusos del siglo xix. Pero su sentido preciso no lo ha adquirido hasta estos tiempos. Hermann L. Goldschmidt lo define como la creencia de que están vacíos de contenido todos los valores, dogmas de fe y formas del conocer, con la voluntad consiguiente de reducir todo ello a la nada a fin de limpiar el terreno para nuevas empresas. Esta última parte, el propósito de empezar a escribir algo de nuevo sobre la página dejada en blanco, sería el rasgo diferencial del nihilismo alemán, postura intermedia entre el nihilismo francés, reflejo del agotamiento y el tedio de una cultura que ya ha recorrido todas sus etapas, y el nihilismo ruso, que no ha empezado a recorrerlas porque se rebela por principio contra toda creación siempre defectuosa frente a lo inexpresable.

Todo este ambiente en que se mueve la revolución conservadora está, como se advertirá, hondamente impregnado de metafísica. Y más todavía en lo que, según Armin Mohler, constituye su rasgo esencial: su adherencia al principio cíclico del eterno retomo, en que cada momento lo abarca todo, pasado, presente y futuro, y no a uno linear, en que las cosas marchan en procesos irreversibles y es efímero, por tanto, cada instante. La creencia de que la cantidad total de felicidad sobre la tierra es siempre la misma, de que no puede incrementarse, el conjunto de valores, como cree el progresista porque inevitablemente cada ganancia se tiene que compensar con una pérdida y viceversa, presta una singular serenidad para resistir las mayores adversidades, para aceptar con impasibilidad el más duro destino, que tendrá siempre su sentido dentro del proceso total y del que, en todo caso, es inútil intentar evadirse. En un espíritu débil podrá tal creencia favorecer una tendencia a la inercia. En el alemán está harto demostrado que le infunde, por el contrario, aliento al sentirse instrumento de un más alto e inescrutable poder. Edwin Erick Dwinger pone en boca de un “pope” ruso las siguientes palabras, dirigidas a un oficial alemán: “Habéis perdido la guerra, es cierto; pero, ¿quién sabe si no habrá sido mejor así? Si la hubierais ganado podríais haber perdido a Dios. El orgullo os hubiera inducido a convertiros en opresores; el disfrute vano hubiera ahogado el germen, divino!.. Os hubierais entregado a la pereza, olvidando la verdadera ascensión… Si hubierais ganado estaríais en el fin; ahora estáis ante un nuevo principio…”

Adviértese bien que no sólo permanece el fenómeno denominado revolución conservadora en un plano puramente ideal, sino que ni siquiera podría ser aprehendido en un concepto cualquiera. Precisamente uno de los efectos del hundimiento de la vieja actitud ante el mundo ha sido éste del desprestigio de los conceptos y de la revalorización de las imágenes, que no pretenden descuartizar la realidad para hacerla asequible a nuestra razón, sino darnos una vivencia de ella con ayuda de la intuición. Todos nuestros particularismos desaparecen con esta nueva visión, que aspira a proyectarse sobre la última unidad que los engloba a todos ellos.

Vale decir que la revolución conservadora es, ante todo, un modo de pensar que pretende sustituir todos los viejos conceptos tradicionales de Occidente, a su juicio ya decrépitos y estériles, por una nueva forma de vida. Expresamente hace resaltar Mohler la oposición existente a su juicio entre la ideología revolucionario-conservadora y la cristiana, mencionando como extremo más característico de dicha oposición el de la concepción cíclica de la primera, donde cada instante tiene un valor absoluto de por sí que compendia el pasado, el presente y el futuro, frente al sentido linear del cristianismo, que parte de una creación y se proyecta hacia un juicio final.

En realidad, no parece darse cuenta Mohler de que en esta supuesta antinomia esté planteado todo el problema del ser y el devenir, iluminado, por tantas controversias dentro precisamente, y no fuera, del campo cristiano. Cierto que aquí se bordea la separación entre la concepción cristiana y las del mundo antiguo, y se siente más de una vez la proximidad del extravío panteísta; pero tampoco han fallado razonables intentos de cohonestar lo esencial del principio cristiano con algunas de las interpretaciones cósmicas prevalecientes antes de él, que en definitiva son las mismas redescubiertas ahora por Mohler.

No es preciso, evidentemente, apoyarse en textos de Romano Guardini, como hace Monler, para demostrar que la concepción cristiana del universo presupone un principio y un fin. La idea de la creación, en un extremo, y la de la salvación del hombre en el otro, constituyen los límites fijos e inflexibles del acontecer universal. El proceso cósmico es, efectivamente, rectilíneo y no cíclico, como pensaron los antiguos. Tuvo principio, debido a un acto de la libre voluntad divina, y se dirige hacia un fin, el fin del mundo o la consumación de los tiempos, tras de lo cual se abrirán las puertas de la eternidad para el universo como se abren después de la muerte para el alma humana, igualmente llamada a la existencia por un acto creador individual. Procesos siempre limitados por dos eternidades; este es, en efecto, el fondo de la concepción cristiana. Pero dentro de ella queda margen para el desarrollo de muchos ciclos temporales, aunque naturalmente con un nuevo sentido, que no es, como supone Mohler, el de la fugacidad del momento presente, sino todo lo contrario, ya que lo que aquí se realiza una vez queda inscrito en el libro de la eternidad y, por tanto, no se pierde, sin que, por otra parte, exista anteriormente, puesto que es un acto libre.

Orígenes que, aunque haya visto esta tesis suya condenada en tiempos en que amenazaba por doquier la herejía, es, con todo, un pensador cristiano, admite con la filosofía oriental la eternidad del proceso del Universo, el círculo alternativo de conflagración universal y génesis de un nuevo cosmos. Pero de cada uno de estos mundos y evoluciones sucesivas surgiría un nuevo número de seres libres, purificados y redimidos, dirigiéndose hacia Dios. La periodicidad puede no significar, pues, como tampoco para los modernos evolucionistas ni para el propio Mohler, que puede ver aquí la antigüedad de su pensamiento, el retorno de las mismas cosas, por lo que Cristo sólo tiene que aparecer una vez en el curso de los períodos universales sucesivos.

Después, según que el pensamiento se sintiera atraído con más fuerza hacia el ser o hacia el devenir, se rechaza o se acepta la doctrina cíclica. San Agustín, Santo Tomás y Alberto Magno se inclinan hacia lo primero, por parecerles más conforme con el sentido que debe de tener el proceso cósmico: el de la salvación individual. El idealismo alemán, hacia lo segundo, por no parecerle concebible ni deseable el reposo ni aún en forma de beatitud eterna. Hoy día la cuestión ha saltado del plano de la filosofía pura al de la ciencia física, que ha venido de modo insospechado a ofrecer un punto de apoyo a la creencia en el principio y fin del Universo.

La revolución conservadora, sin embargo, le da otra interpretación mucho más rigurosa al principio cíclico, haciendo naufragar en él todo vestigio de valor individual humano. Según ella, el pensamiento cristiano coincide con el progresista en atribuir un valor absoluto a la moral. Para el cristianismo, la naturaleza humana está corrompida por el pecado original, pero es redimible por la gracia de Dios. Para el progresismo, el hombre es naturalmente bueno y está sólo corrompido por circunstancias externas, superadas las cuales alcanzará sobre esta tierra la perfección. Para la creencia conservadora, esta distinción entre bueno y malo no tiene sentido: el hombre individual no es ni una cosa ni otra, sino imperfecto en cuanto sólo es parte del total, en el que únicamente puede residir la perfección.

“Estética”, por contraposición a “moral”, es la expresión que mejor definiría esta actitud, para la que todo acontecimiento encuentra su exacto sentido contemplado desde el conjunto, y cuya clave dio Nietzsche en su Amor fati; amor al mundo tal como es, con su eterna alternativa de nacimiento y destrucción; al mundo tal como es ahora, sin esperanza de que mejore aquí ni en el más allá; el mundo como siempre fue y será. Es la actitud que el propio Nietzsche calificó de “visión trágica del mundo”, y Ernst Jünger de “realismo heroico”, queriendo significar que en ella se enfrenta uno con la dura realidad, no con el ánimo de mejorarla, sino de afirmarla tal cual es.

Lo hasta aquí expuesto es lo que pudiera denominarse la imagen del subconsciente de la revolución conservadora, el impulso oculto que se siente latir en su fondo profundo sin llegar a adquirir forma concreta en la superficie. En esta son ya otros temas los que se manifiestan, que Mohler hace encarnar en cinco grupos: racista, neo-conservador, nacional-revolucionario, en sentido restringido, unionista y agrario; no claramente delimitados, por supuesto, sino con numerosos puntos de contacto entre sí y tampoco presididos cada uno por un programa claro y definido.

Los racistas, por ejemplo, discrepan sobre la clase de raza que invocan. Para anos se trataría de una raza nórdica, contrapuesta a una variedad de razas meridionales, o de una raza rubia frente a las morenas. Otros se refieren a la raza germánica, lo que supondría ya una mezcla, o al pueblo alemán, incorporando al concepto el factor histórico. En todos los casos la aspiración sería la de establecer una unidad espiritual partiendo de la presunción de que existe una correspondencia entre las características corpóreas y las espirituales. Los neo-conservadores representan una tendencia intermedia entre los racistas, vueltos hacia el pasado con el problema de los orígenes, y los nacional-revolucionarios, que miran hacía el porvenir. En estas dos alas extremas está más acentuada la nota revolucionaría, ya que unos y otros, para realizar su ideal, no reparan en poner algo bruscamente en movimiento el presente. Los neo-conservadores, que emplean el prefijo para distinguirse de los conservadores a la antigua usanza o reaccionarios, sienten un mayor respecto hacia las formas jurídicas. Su lema es el Reich, esa idea tan típica de la mente germánica, que no se traduce exactamente por Imperio, Nación, Estado ni Commonwealth, especie de construcción superestatal o de principio ordenador bajo la que se articulan diferentes pueblos con vida propia. Ni el Reich de Bismarck ni el de Hitler habrían respondido, según Mohler, a la verdadera concepción del Reich.

Los nacional-revolucionarios, stricto sensu, llevan en el alma más vivamente que ningún otro grupo el convencimiento del fracaso del mundo occidental y dirigen su mirada hacia Rusia. Las oleadas del nacional-bolchevismo, de que se ha hecho mención, fueron provocadas por ellos, con algún apoyo en la Prusia luterana. Este sector no perdonó nunca la guerra contra Rusia, y desde que apuntó en el horizonte como posibilidad declaró implacable hostilidad al austriaco Hitler, su impulsor.

El cuarto y quinto grupos, unionistas y agrarios, encarnados en una serie de organizaciones de juventudes el primero y de campesinos el segundo, tratan por otros caminos de encontrar nuevas formas de vida que sustituyan a las caducas del mundo burgués.

Deliberadamente detiene Mohler su exposición ante la subida al Poder del nacional-socialismo y los acontecimientos que le siguieron hasta el momento presente, todo ello demasiado cercano, a su juicio, para ser analizado con objetividad. Pero aunque, en efecto, no pueda decirse sobre él la palabra definitiva hasta que pasen los efectos de la explosión de la última bomba atómica y se sepa qué bando la ha lanzado en la tercer guerra mundial, aparentemente inevitable dada la forma de plantearse y resolverse la segunda, son demasiadas las flechas que deja apuntadas Mohler para que no quepa recoger alguna.

Que el fenómeno histórico nacional-socialista no ha obedecido de modo exclusivo, con relación de causa a efecto, al fenómeno espiritual revolucionario-conservador, es admisible. En ningún tipo de acontecimiento cabría establecer con tal precisión su causa, y menos aún en los acontecimientos históricos.

Que ha existido, por lo menos, una relación o influencia entre ambos fenómenos es, en cambio, innegable, aunque después de la subida al Poder del nacional-socialismo la mayor parte de las individualidades influidas por la ideología conservadora-revolucionaría, que tanto había contribuido a aquel acontecimiento, se fueron apartando y aún influyeron decisivamente en la conspiración que desembocó en el atentado del 20 de julio de 1944, compartiendo con ello una común responsabilidad en la génesis del actual momento histórico los principios de la Revolución Francesa, por un lado, mantenidos por las potencias occidentales y llevados a sus ultimas conclusiones por el bolchevismo soviético, y, por otro lado, la revolución conservadora, la cual, después de haber contribuido a engendrar el nacional-socialismo para tratar de oponer un dique a aquella evolución, acabó favoreciéndola por estimar tal cosa preferible a lo que juzgó una intolerable deformación de su propia doctrina, sin perjuicio de continuar en la actualidad, aparentemente indemne tras la catástrofe provocada, laborando por el triunfo de sus auténticos ideales.

A numerosas reflexiones se presta la contemplación de este proceso. Mas como no parece lógico que su sesgo actual haya sido el expresamente deseado por sus promotores, habría que pensar en la realidad de ciertas ineluctables trayectorias históricas desarrolladas a favor de una serie de actos humanos encaminados, en el plano de las intenciones, hacia otros objetivos enteramente distintos. Bien es cierto que nunca faltan, y ciertamente que aún menos han faltado en nuestra época, mentes capaces de percibir con toda evidencia las inevitables consecuencias de ciertas determinaciones y traten desesperada, pero inútilmente, de influir sobre los que llevan en su mano el timón de los acontecimientos. Sobre la ley misteriosa, que hace sean más desoídos los profetas cuanto, como en el caso actual, más se inspiren sus voces en el sentido común, no es cosa de hacer en este lugar una digresión. Baste con recordar algunos de los jalones más destacados de la ruta por la que se ha llegado a la actual situación.

Al final de la primera guerra mundial, el primer cuidado de los vencedores fue la desmembración de la católica Austria, destruyendo con ello un importante factor de equilibrio europeo. El movimiento nacional-socialista surge después en Munich, zona meridional y católica, impulsado por un austriaco, Hitler, y en son de guerra contra el bolchevismo asiático. Sus primeros enemigos surgen en el campo de la otra Alemania, la que tiene considerablemente debilitada su fe en Occidente y predica la inteligencia con el Este. Las primeras depuraciones hitlerianas se dirigen contra estas tendencias (Roehm, los hermanos Strasser, etc.). Las primeras llamadas de auxilio al mundo occidental tienen la misma procedencia; por ejemplo, la del prusiano oriental Rauschning, que comparó el movimiento nacional-socialista, “dirigido por bávaros, austríacos, sudetes y renanos”, con una “cruzada católico-barroca estilo Carlos V, dominada por la Inquisición y alentada por el fanatismo español, o sea lo más contrario al estilo austero y objetivo de la Prusia nórdica .

Las llamadas son oídas y el nacional-socialismo aniquilado por el Occidente, produciéndose, en su consecuencia, una expansión rusa que rebasa Viena y Berlín. La actitud de los soviéticos en ambas capitales es significativa por contraste. En Postdam colocan una guardia de honor ante la tumba de Federico el Grande. En Viena clausuran el panteón imperial, en que yacen los restos de los últimos emperadores de Occidente. Mientras los rusos saben cuál es la Alemania que tienen que atraerse, los occidentales no escatiman medio de enajenarse a las dos. El monstruoso proceso de Nüremberg, sin precedentes en la historia de ninguna civilización conocida, ya que, aún en las más primitivas y sangrientas se pasaba a cuchillo a los vencidos sin el refinamiento de crueldad de una parodia de proceso para darle apariencias jurídicas a la venganza, es seguido cinco años después por los patíbulos de Landsberg.

Consecuencia directa de todo ello es la liberación y vigorización actual de este movimiento denominado revolucionario-conservador, de signo, como afirma Mohler, netamente contrario al de nuestra cultura occidental, no sólo en cuanto se funda en una serie de concepciones ideológicas distintas a las cristianas, sino en cuanto parte precisamente del punto de vista de que el mundo surgido de la fusión de los elementos griego, romano y cristiano ha periclitado y estamos esperando la aurora de otro nuevo que puede no tener nada en común con aquel.

Es lógico, en suma, que en la zona nórdica de Alemania; adonde no llegaron las pisadas de las legiones romanas y no se sintió nunca, por tanto, la misma compenetración con Occidente que en la Alemania meridional y occidental, se crea en las actuales circunstancias llegada la hora de afirmar una nueva concepción del mundo. Esa tendencia, manifiesta cada vez más perceptiblemente desde el final de la guerra del 14-18, es la que intentó adaptar Hitler a lo que consideró una posible nueva trayectoria de la vieja cultura occidental a la que él se sentía hondamente ligado, pese a los numerosos errores y excesos de su conducta; pero la unión contra él de elementos envejecidos, que no tuvieron el más leve palpito de la significación de la hora, con los que en realidad aguardaban impacientes la campanada anunciadora del final de un ciclo de cultura y del comienzo de otro, dio al traste con su intento, tras de lo cual, disuelta ya la circunstancial amalgama en Naciones Unidas, U . N . E. S. C. O. S., Beneluxes, Pactos del Atlántico y Uniones europeas por un lado, y comunismo soviético por el otro, empiezan a definirse, en contraste con la pobreza espiritual, vanamente intentada disimular con aquella proliferación de organizaciones o estructuras materiales, concepciones bastante más irreconciliables con nuestra cultura que las aniquiladas en la pasada contienda”.

La marcha del nacional-bolchevismo fue definida en una ocasión por uno de sus adeptos en la forma siguiente: contra el Occidente civilizador-capitalista, contra el Sur católico-romano, por y con el Norte campesino-germánico y el Este bárbaro-bolchevista. Con variaciones de matiz en cuanto al Este y al Sur, cree Mohler que podría también la revolución-conservadora hacer suya esta rosa de los vientos. Y tan poco agradable tendencia es la que el mundo occidental ha liberado, a costa de grandes esfuerzos y sufrimientos.

Sería curioso seguir a este respecto el curso de la evolución del nacional-socialismo junto con las reacciones que despertó, tanto en Occidente como en Oriente, en cada una de sus fases. Dejando para otra ocasión el hacerlo más detenidamente —la verdadera historia del nacional-socialismo aun no ha sido iniciada, y la mayor parte de sus determinantes más esenciales está rodeada de una espesa capa tabú—, cabe, sin embargo, hacer aquí referencia al giro realizado en la historia alemana de estos últimos años, desde la época del acercamiento a Rusia, que desembocó en Rapallo y fue precedida por los acuerdos militares de von Seeckt y por los diplomáticos del llamado “conde rojo” von Brockdorff Rantzau, así como del secretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, von Maltzan, hasta el advenimiento del nacional-socialismo.

Aún en los primeros tiempos de éste la atmósfera es confusa y todas las soluciones parecen posibles: la unión con la Italia fascista para la cruzada contra el bolchevismo tanto como la unión de los jóvenes pueblos nórdicos para sojuzgar a los meridionales con alma de “fellah”. Cierto que hay una actitud clara en la declaración de guerra contra judíos y masones, pero tampoco se excluye la eventualidad de una alianza final entre los pueblos proletarios—alemanes y rusos en primera línea— contra los pueblos capitalistas. Esta nebulosidad en cuanto a los últimos objetivos, mantenida siempre de modo deliberado por Hitler con objeto de reclutar el mayor número de adeptos, desorientó por supuesto, durante algún tiempo, a la revolución conservadora y explica sus vacilaciones en cuanto al apoyo que debía prestarse al nacional-socialismo. Es significativo, sin embargo, que precisamente a partir de 1932, cuando el grupo de Munich —Hitler, Rosenberg, etc.— desautorizó las directrices rusófilas —los hermanos Strasser, Reventlov, Stöhr, Koch, en parte el propio Goebbels—, fue cuando la revolución conservadora inició también su alejamiento del nacional-socialismo y estableció sus primeros contactos con el mundo occidental.

No quiere decirse con ello que la revolución conservadora actuara como un todo homogéneo ni en una dirección claramente determinada. Esto —valga la repetición— sería contrario a su verdadera esencia. Fueron determinadas individualidades pertenecientes a su campo las que adoptaron esa actitud, mientras otros siguieron fieles al nacional-socialismo hasta el final; pero análogamente a lo que sucede en el orden de las relaciones con el cristianismo, donde, sin perjuicio de que algunos cristianos convencidos y hasta teólogos militen en el campo revolucionario-conservador, es innegable un radical alejamiento entre unas y otras doctrinas, también es lo cierto que el núcleo o meollo de la revolución conservadora contribuyó a formar un ambiente bastante hostil al nacional-socialismo desde la subida de este partido al Poder. Ya se ha indicado, sin embargo, que la revolución conservadora no es un fenómeno exclusivo de Alemania, aunque haya tenido en este país su manifestación más visible, acusándose también su presencia en otros países en formas más o menos variadas, formas que sería interesante observar y analizar, tanto como la actitud que en cada uno de dichos países ha adoptado en relación con los regímenes nacidos, al igual que ella, de la aguda necesidad sentida por los pueblos de defender su existencia contra la tremenda amenaza hecha visible al llegar a sus últimas consecuencias los principios de la Revolución Francesa. Para un juicio acabado sobre la verdadera esencia de la revolución conservadora sería indispensable este estudio total.

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