Jünger, miedo y número

27 Sep


La pregunta básica en estos remolinos dice así: ¿es posible librar del miedo al ser humano? Tal cosa es mucho más importante que proporcionarle armas o que proveerle de medicamentos. El poder y la salud están en quien no siente miedo.

Por otro lado, el miedo pone cerco también a quienes van
armados hasta los dientes – es precisamente a ellos a quienes pone cerco. Y esto mismo puede decirse de quienes nadan en la abundancia. Ni con las armas ni con los tesoros se conjuran las amenazas; armas y riquezas son únicamente medios auxiliares.

Es tan estrecha la conexión que hay entre el miedo y los peligros amenazadores que resulta muy difícil decir cuál de esos dos poderes es el que engendra al otro.
El miedo es más importante; de ahí que haya que empezar por él si se quiere desatar el nudo.

Es menester prevenir de lo contrario, es decir, del intento de comenzar por los peligros que nos amenazan. Si tratásemos de hacernos más peligrosos que aquéllos a quienes tememos no contribuiríamos a la solución. Es la relación clásica que se da entre los rojos y los blancos, entre los rojos y los rojos, y tal vez, mañana, entre los blancos y los negros. El terror es semejante a un fuego que se dispone a devorar el mundo entero.

A la vez se multiplica el miedo. Quien pone fin al terror se legitima como llamado a ejercer el dominio. Y quien pone fin al terror es el mismo que antes ha vencido al miedo.
Es importante, además, saber que no es posible expulsar por completo el miedo.

Tal cosa no llevaría tampoco allende el automatismo – al contrario, lo introduciría en el interior del ser humano. Siempre que éste delibere consigo mismo continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo. En esa operación el miedo aspira al monólogo, a ser él el único en hablar; el miedo se reserva la última palabra tan sólo cuando representa ese papel.

Si, en cambio, se reconduce el miedo al diálogo, entonces también puede el ser humano tomar la palabra. Con ello deja de imaginarse que está batido. Además de la solución del automatismo se deja ver también en todo momento otra solución que es distinta de aquélla. Es decir, ahora hay dos caminos; o expresado con otras palabras: ahora queda restablecida la libre decisión.

Aun en el supuesto de la peor de las catástrofes, siempre subsiste una diferencia, como la que se da entre la luz y las tinieblas. En el primer caso, el de la luz, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano; en el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia los hondones de los campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. En este último caso no hay destino, lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número: ésa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta a todos y cada uno de
nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero el decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo. La persona singular es hoy exactamente igual de soberana que en cualquier otro período de la historia y aun
es probable que sea más fuerte que nunca. Pues a medida que van ganando terreno los grandes poderes colectivos va también el ser humano quedando aislado de sus viejas asociaciones, de aquellas asociaciones que habían crecido de una manera espontánea; de lo único de que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. y es ahora cuando se convierte en el antagonista de Leviatán, más aún, en su domeñador, en su vencedor .

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