Friera y Gilberto Noll, la aventura existencialista

15 Sep


“Soy hijo del vacío de referencias éticas”

Por Silvina Friera

“Soy un hombre de la aventura, por eso me gusta el existencialismo”, afirma Noll.
Los dedos de Joao Gilberto Noll pulsan algo en el aire con una intensidad arrebatada, como si estuviera en el preámbulo de un concierto, a punto de tocar una pieza de su amado Bach. El índice se clava en una tecla del mito de origen. “No hay sentimiento más poderoso para la escritura que el de la elevación”, dice el escritor brasileño con una dicción que preserva la modulación sintáctica de su formación en el canto lírico; unas cuerdas vocales que se aceitaron en público, en casamientos y fiestas de colegio, al compás del “Ave María” de Schubert. A la vera del sinuoso camino de la existencia, un muchacho de Porto Alegre, que entonces tenía 18 años, descubrió su vocación después del ramalazo que significó haber leído a Clarice Lispector. Locura, fascinación, convite a la libertad. La necesidad de ser escritor comenzó a flotar en el firmamento. El tiempo, presumido saboteador que procura embarrar la planicie de los sueños, desvió la nave insignia a otros puertos cercanos. “El proceso fue muy lento hasta que me sentí maduro para publicar”, confirma el autor de Lord, la primera novela que tradujo y publicó Adriana Hidalgo en 2006 y que disparó el culto del brasileño por estos pagos. El periodista desempleado que fue a los treinta y pico decidió encerrarse durante siete meses. “Solamente escribía, ni siquiera abría las ventanas; estaba muy concentrado en mi primer libro de cuentos. No pensaba en nada: estaba completamente vacío, escribiendo, escribiendo. Sólo miraba mis manos como si fuera un pianista”, revela Noll a Página/12.

El resultado de esa clausura y escritura frenética fue El ciego y la bailarina, su primer libro de cuentos publicado en 1980. El impacto que generó en la crítica y en los lectores se fue elevando novela tras novela, desde Bandoleros, pasando por Harmada, hasta A cielo abierto (todas publicadas por Adriana Hidalgo). El tópico de la pulverización de la identidad, el viaje y la errancia tan voluntaria como incesante en busca de lo desconocido, un único personaje sin nombre ni atributos, el timón de un lenguaje poético construido con frases largas –un fraseo obsesivamente quebrado por el dolor– atraviesan el universo narrativo de este escritor brasileño que ayer se presentó en el Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba).

–¿El derrotero de sus personajes sería buscar para encontrarse, aunque sea insatisfactorio lo que aparezca en el camino?

–Sí, estoy de acuerdo. Mi protagonista, que es siempre el mismo para mí, está en una búsqueda muy fuerte y encuentra alguna cosa, aunque sea insatisfactoria, pero existe la búsqueda en sí misma y eso es muy alentador para él, que no conseguiría vivir fijado a una dimensión familiar. La propia búsqueda es una manera de encontrar cierta trascendencia que le hace falta, como a cualquier ser humano. La literatura existe porque el sentimiento humano es muy insuficiente, muy parco; por eso es importante esa búsqueda, aunque no encontremos muchas cosas. El ser humano coloca el lenguaje delante del mundo, o sea la invención, los mitos. Para Fernando Pessoa, el mito es “el todo que es nada”. La sensación que tengo es que con la invención estamos construyendo ese vacío pleno. Esta es la esencia de mi ficción: la necesidad de construir mitos para simular una presencia alentadora en este vacío existencial en que todo hombre está agobiado. Soy un escritor metafísico, pero me sentí muy culpable porque vengo de una generación con una fuerte formación marxista. Escribo porque me voy a morir y pienso que eso es una cosa horrorosa (se ríe a carcajadas). Empecé a publicar en la década del ’80, en un momento de la caída de las utopías. Si alguien quisiera analizar mis libros desde el canon político-ideológico, mi protagonista representa ese vacío de referencias éticas. Soy hijo de ese vacío.

–Aunque se defina como un escritor metafísico, no todo es vacío. Hay una idea de “comunión” en los otros en el camino de esa búsqueda. Ese personaje que dice que es el mismo en todas sus novelas intenta estar con los otros o en los otros.

–Es una comunión tensa y muchas veces efímera, pero está. Y se da a través del sexo o de una gratuita simpatía. En Lord, él encuentra a un hombre en la calle, en Londres, un hombre que está muriendo, y le sirve de enfermero. El se transforma en un ser piadoso para aquel hombre que está muriendo en la calle; siente una atracción por lo desconocido. No le gustan los asuntos familiares, pero sí tiene disponibilidad para el desconocido. Yo puedo, dice, quedarme aquí por dos o tres meses como enfermero. El ama profundamente al desconocido; la condición del desconocimiento es excitante. Sé también por qué este protagonista busca tanto, los motivos de esa búsqueda: él quiere la dimensión de la aventura. Otra esencia de mis libros es la aventura de no saber dónde va a terminar esta vida endeble. El está disponible para la imprevisibilidad y ésta es la razón por la cual mi personaje se empeña tanto en la búsqueda. Sabe que dentro del cuadro de lo cotidiano no va a encontrar clímax, apogeos; es un hombre que no soporta más la falta de intensidad.

–En Bandoleros, el personaje se encuentra en Estados Unidos con un proyecto de una sociedad minimalista, una pequeña comunidad de mujeres que termina bastante mal, psiquiátrico mediante. Sin embargo, por momentos, en sus novelas se despliega una visión más “optimista” sobre las mujeres. ¿Coincide?

–Las mujeres son más activas en este universo de Bandoleros, por lo menos formulan nuevas posibilidades de vida, equivocadamente o no. Las mujeres son seres más efectivos ante la realidad; los hombres son más pasivos, inoperantes. Tal vez esto que se percibe en mis novelas se pueda explicar porque viví en un mundo femenino en mi tiempo de chico, cuatro hermanas y un hermano, con una madre muy fuerte. Para mí, como para el protagonista de mis libros, el universo más natural es el femenino. El universo masculino, en cambio, es más opaco; creo que este es un camino posible de mis ficciones, si hablamos de géneros.

–Su universo ficcional está signado por una suerte de “programa” articulado a través del lenguaje: sintaxis experimental, poética y muy clara al mismo tiempo, ¿no?

–Es cierto, pero no tengo un programa literario porque escribo con el inconsciente. Nunca sé cómo van a terminar mis libros. Si lo supiera, no escribiría. ¿Para qué? Es el lenguaje que me guía; tiene un valor estructurante, produce el sentido y un tema. Comienzo a estructurar mis novelas a partir del lenguaje. Por eso no tenía programado hacer una obra que tratase de un mismo personaje. Las cosas fueron sucediendo así, porque es mi existencia la que está presente en mis libros. No soy un escritor que se basa en una historia previa. Los dramas se hacen en el momento en que escribo. Escribo porque tengo una dificultad muy grande con la comunicación; mi literatura se hace desde esa dificultad. Mi estilo viene justamente de esta imposibilidad de la comunicación; es un estilo con una sintaxis muy dolorida.

–Y esa sintaxis dolorida, balbuceante, le permite además dar cuenta de la soledad de ese protagonista.

–Hablo de los seres solitarios, de esos seres de las grandes ciudades que tienen un imaginario interno muy agudo. Los esquizoides urbanos tienen muchos problemas para convivir en la sociedad. Este tiene que ser un tema de la literatura como cualquier otro que dramatice el ser humano. ¿Por qué jerarquizar los temas? Vengo de una generación que se sentía muy culpable por no tener una visión sociológica de la literatura; por eso me gusta El escritor y sus fantasmas, de Sabato, aunque sé que acá no es muy querido, que tienen una relación muy compleja con él.

–¿Qué encontró en los autores del existencialismo?

–Ah, mis ídolos culturales fueron los hombres y las mujeres del existencialismo. Soy un hombre de la aventura, por eso me gusta el existencialismo. La existencia precede, viene antes que la esencia. La formulación de la esencia humana se hace al caminar. La propia Simone de Beauvoir lo decía en relación con la mujer: no se nace mujer, se hace mujer. Esto me encanta; que no haya una rigidez existencial. Pero la sociedad lucha por la rigidez, por los papeles definidos, y esa insatisfacción de mi protagonista es porque precisa la dimensión de la aventura. Hay muy poco margen para la aventura porque la cristalización social sigue siendo muy fuerte; por eso mis personajes están destituidos de atributos y de identidades. Para bien o para mal…

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