Lucian Freud

24 Jul


Alicia De Arteaga
Renovador absoluto del retrato, pintor descarnado y realista, Lucian Freud murió anteayer en Londres, a los 88 años, tras una breve enfermedad. Su obra se empinó con los mejores argumentos por encima de las de sus contemporáneos, hasta lograr el reconocimiento de la crítica, los museos, el alto coleccionismo y el mercado, que lo consagró como el artista vivo más cotizado al subastar un retrato con su firma en 33,6 millones de dólares.
Le tocó a Freud disfrutar de la fama de su maestro e inspirador, el gran Francis Bacon, de quien heredó esa manera rabiosa de tomar en sus manos el pincel y desarticular la figura para darle nuevos contornos.
El retrato fue, sin duda, su fuerte y así se lo vio en el esplendor de su carrera en una recordada muestra en el Metropolitan de Nueva York y en el Museo Correr, de Venecia. En la National Portrait de Londres, estuvo colgado el retrato del barón Heinrich Thyssen-Bornemisza, el magnate alemán y gran coleccionista de arte, cuya pinacoteca es hoy un orgullo para Madrid en el museo que lleva su nombre, está sentado, vestido de gris, y tiene las manos aferradas a sus rodillas con llamativa violencia.
Lucian Freud era nieto de Sigmund, el fundador del psicoanálisis y padre de Bella, una exitosa diseñadora de moda, elegida por la alta sociedad londinense.
Casi se podría decir que su pintura era “freudiana”, que el trazo relataba la interioridad del retratado, sus expresiones y angustias, y que hacía gala de una destreza única para pintar la carne, dicho deliberadamente porque lo suyo no era la piel, sino una materia inerme, en muchos casos de mujeres maduras, ajenas al canon de belleza tradicional.
El legado de Lucian Freud incluye dos retratos que fueron noticia en Gran Bretaña: el de Kate Moss y el de Isabel II. La modelo se entregó a la voluntad pictórica y nada complaciente del maestro, embarazada de su primer hijo, en 2001. El cuadro fue subastado cuatro años más tarde por 5,9 millones de dólares. La reina esperaba un fastuoso e imponente retrato que la inmortalizara frente a sus súbditos y recibió de manos de Freud un óleo casi tan pequeño como una estampilla que fue en sí mismo un mensaje cargado de sentido.
Lucian Freud nació en Berlín en 1922, pero como tantos emigrados de entreguerras -se nacionalizó británico en 1939- encontró en Londres un lugar fecundo y receptivo para su vocación de artista.
Curiosamente, en un país tan afecto al retrato, aunque se diga como chanza que para un inglés es mucho más importante el retrato de su perro que el de su mujer, Freud hizo del retrato un campo de batalla; reinventó la figura con armas nuevas; fue hiperrealista hasta el dolor.
En su obra, tomó distancia de los pintores románticos y de los maestros realistas; prefirió trabajar en los bordes, con seres anónimos marginales, como la mujer recostada en el sofá que le dio el espaldarazo de un récord cuando ya era, sin duda, el pintor más importante de Gran Bretaña.
Su naturaleza huraña y agresiva, dicen que su único gran interlocutor fue Bacon, le costó peleas y aislamiento. Pintaba de noche y de pie, sin escuchar otra voz que la suya propia y la de sus gruesos pinceles cargados de humanidad.
Ha muerto en Londres el gran pintor del siglo XX, que junto con Bacon reinventó la figuración.

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