Spivacow, el tercero

12 Abr

Hoy un orgasmo, mañana un rencor
Por Miguel Alejo Spivacow *

Las aventuras amorosas extramatrimoniales tienen diferentes significados en cada situación. La exploración puede revelar que la aventura fue un acto que tuvo poco que ver con el compañero o que, por el contrario, le fue “dedicada” para provocar su interés o enojo, o bien que fue estimulada por el cónyuge. Los motivos individuales y vinculares de las aventuras extramatrimoniales son infinitos y suelen insertarse en la urdimbre de otros problemas, de modo que su significado es siempre múltiple y singular. Para muchas personas, enterarse de una relación extramatrimonial del otro tiene una gravedad enorme. En nuestra cultura, la pareja hace al ser, al tener y al pertenecer, y muchas personas al saber de la relación paralela sienten que no son lo que creían ser, no tienen lo que creían tener y no pertenecen socialmente al grupo al que creían pertenecer.

Desde la dinámica fusional del enamoramiento, el cuerpo del partenaire se vive como una propiedad, una extensión del propio yo. La injuria narcisista es, por ende, enorme y la cultura occidental lo avala: el adulterio es una afrenta grave en el imaginario social. Cuando se quiere hablar de alguien con desprecio se dice: “Es un cornudo/a”, cuando curiosamente esta atribución es válida para una amplia mayoría de hombres y mujeres muy valiosos.

Es siempre difícil evaluar cuándo las relaciones paralelas vehiculizan modos de goce sádico u hostilidades de otro tenor. Por otra parte, cuando se piensa que la relación con un tercero/a conlleva hostilidad hacia la pareja oficial, debe distinguirse si ésta radica en el hecho de tener la relación extramatrimonial o en el hecho de hacérselo saber agresivamente al otro/a. En muchos partenaires, informar abierta o solapadamente al otro de un posible tercero/a es un modo certero de hostilizarlo.

En ocasiones, el que se considera traicionado puede utilizar el hecho para martirizar al cónyuge, y entonces el sadomasoquismo adopta la forma de venganzas, humillaciones interminables, flirteos públicos con otros, maltratos de todo tipo. El comportamiento puede incluso justificarse como un intento de protección ante la posibilidad de ser ofendido nuevamente, y aun exhibir el agregado de una fórmula de inimputabilidad: “Lo que yo hago es nada comparado con lo que vos me hiciste”. En estos casos, la interdeterminación retroalimenta en ambos la hostilidad.

Algunas parejas, después de que el otro se enteró de la aventura, tuvieron una relación sexual como nunca antes la habían tenido; un hombre con episodios de impotencia se sintió inusualmente potente después de conocer la aventura de su mujer, una esposa frígida tuvo orgasmo. Este tipo de datos confirma que el inconsciente, el masoquismo, el superyó, la problemática edípica y otras cuestiones de esta índole existen y tienen efectos sorprendentes y cotidianos. Pero la reacción inicial de los partenaires puede ser muy distinta de la que se instala luego de un tiempo: lo que hoy produjo un orgasmo mañana puede alimentar rencores, venganzas y hostilidades reiteradas.

Hay parejas que realizan un tratamiento por otras cuestiones y en las que las alianzas inconscientes suponen aventuras con terceros/as, periódicas y necesarias; son matrimonios en los cuales estas relaciones paralelas están estipuladas inconscientemente, pero conscientemente son desconocidas. El analista debe tener esto presente para no descalibrar con intervenciones “reveladoras” equilibrios sobre los cuales los pacientes no están pidiendo una intervención, aunque el tema se insinúe en sesión. Se trata de parejas en las que la relación con terceros ocupa un lugar, pero no es el motivo de consulta; es un tema que no interesa fundamentalmente en la conflictiva por la que consultan los pacientes.

En las situaciones clínicas en las que se trata una relación con terceros/as (no sólo en ellas), vale la pena discutir si la sinceridad y la franqueza son acertadas o “terapéuticas”, y en qué márgenes y qué contextos; dicho de otra manera, cuál es nuestra actitud respecto de “la verdad”, si corresponde el término. Algunos matrimonios dicen que la revelación de la aventura les resultó positiva. Muchas personas, sin embargo, no pueden elaborar esta clase de información o trauma y la relación extramatrimonial es una noticia que les produce ansiedades de imposible manejo. También están los/las que no quieren saber: “Yo no quiero enterarme, y si me entero es porque quiso joderme”. La cuestión en este tipo de pacientes es si se enteran o no, y no tanto lo que sucede.

Hay sesiones en las que, luego de conocerse una aventura extramatrimonial, uno de los miembros acosa desesperadamente al otro para saber “toda la verdad”. Entre la culpa de uno y el acoso del otro, el analista se encuentra frente al peligro de un “sincericidio” que conviene evitar, o por lo menos postergar. Con pocas excepciones, los detalles de la relación caen muy mal al engañado/a y agregan traumas que no tendrán una elaboración fácil. Algunos partenaires ignoran que hay confesiones que hacen un daño innecesario y de las que no puede volverse atrás. Los secretos, la intimidad y la privacidad forman parte del funcionamiento psíquico adulto y los “cómo” de una relación con un tercero, incluidos en el fervor de una discusión, no suelen ayudar a un posterior bienestar de la pareja. Los “porqué”, en cambio, suelen entrar más fácilmente en un intercambio productivo.

Aunque las relaciones extramatrimoniales traen a veces sufrimiento u otros efectos perjudiciales, en muchas situaciones parecen ser el mejor arreglo posible. Esto, a mi juicio, suele ser claro para los psicoanalistas que han pasado por la experiencia de atender pacientes que quieren enriquecer y variar su vida sexual y afectiva, pero también mantener su estructura familiar y de pareja. Sin entrar en el terreno moral, la monogamia a rajatabla se ve muy poco en los consultorios. Hay casos de sexo extramatrimonial que ocurren debido a diferencias muy marcadas en las necesidades sexuales de los dos cónyuges. Hay individuos que buscan afanosamente relaciones sexuales con otros, incluso cuando dicen estar bastante satisfechos de la relación sexual con su pareja matrimonial. Lo que ellos plantean ubica la cuestión en un nivel casi biológico: están satisfechos con el otro/a pero les queda un remanente de avidez sexual que el partenaire no está disponible para satisfacer. “No le gusta tener relaciones sexuales tanto como a mí”, dicen de su partenaire.

En algunas parejas, ambos tienen aventuras con terceros, pero las mantienen exclusivamente sobre bases sexuales, y lo que sería percibido como deslealtad y/o infidelidad al compañero es una unión emocional profunda. Los cónyuges en estas condiciones mantienen generalmente sus responsabilidades como padres y esposos y las relaciones extramatrimoniales se llevan con discreción y sin compromiso emocional importante con el tercero.

Dos divorcios

El divorcio es una experiencia que la gente atraviesa de maneras muy diferentes. Para algunos es sumamente doloroso y afecta los nudos más significativos del equilibrio personal. Otros, por el contrario, se divorcian sin gran costo emocional. Así como toda pareja es única, también los procesos de divorcio son singulares para cada uno de sus integrantes. Esto quiere decir que, en una pareja que se está divorciando, en realidad se trata de dos divorcios, uno para cada uno de los protagonistas.

En los procesos de separación, los partenaires suelen “descubrir” características del otro y del vínculo que habían desconocido. Rota la homeostasis vincular, emergen con mayor virulencia tendencias hostiles y se registran rasgos del otro que aparentemente no habían sido registrados. Así, un partenaire “descubre” que el otro es un “monstruo”, en una suerte de decepción mayúscula. Este tipo de procesamiento psíquico se opone a la realización de un duelo y va en contra del reconocimiento de la propia participación en las represiones, desmentidas y alianzas inconscientes que velaban lo que ahora aparece en la superficie.

Cuanto más ausente está el duelo en este proceso, mayor puede ser la violencia y más prevalece en la vida cotidiana la guerra sin cuartel. Aparece en el horizonte la posibilidad de un divorcio con un alto despliegue de destructividad, lo cual en la mayor parte de los casos es perjudicial para los hijos, si los hay, y para el futuro de los ex cónyuges. La posibilidad de hacer un duelo es un factor de pacificación. Por el contrario, si la separación se configura con una elaboración persecutoria, será mucho menor la posibilidad de una separación efectiva.

Es frecuente que la gente sienta el divorcio como un fracaso, lo cual es entendible pero constituye un error. El amor, como todos los hechos de la vida, nace y muere; no es eterno, pese a la muy extendida fantasía de eternidad.

En los procesos de divorcio no sólo tienen importancia problemáticas emocionales, sino que también se debe prestar atención a cuestiones prácticas de los hijos, el entorno familiar, problemas patrimoniales, etcétera. Una función del analista en estos casos es ayudar a pensar y encontrar soluciones y nuevas ideas, lo que Ulloa (Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica) llama “producir inteligencia”. Esta tarea es enormemente útil para los pacientes y no coincide con el formato más habitual de una intervención psicoanalítica. Por ejemplo, es ayudar a pensar una nueva cotidianidad entre hijos y padres, lo que se llama legalmente un régimen de visitas, que se adapte a la singularidad de la familia y permita que lo atinente a la parentalidad sufra el menor daño posible. Otro ejemplo: ayudar a pensar y discutir en qué terrenos se les puede pedir la opinión a los hijos y en cuáles no.

Si el divorcio puede ser pensado como un proceso de duelo, su elaboración no sólo implica a los partenaires, sino a todo el entorno social y también a las instancias judiciales de la comunidad –jueces, abogados, legislaciones–. Ahora bien, algunos abogados opinan que el futuro ex cónyuge es un enemigo mientras no se demuestre lo contrario. Muchos abogados tienden a plantear las cosas en términos de “buenos” y “malos”, y lo mismo ocurre con muchos analistas y muchos pacientes, lo que impulsa un clima de ángeles y demonios de tinte persecutorio. En este terreno, una vez que se inicia un proceso de divorcio, el terapeuta individual, el de pareja y los abogados que intervengan deberían estar dispuestos a intercambiar entre ellos y estar advertidos de no recrear entre los profesionales el clima cismático que puede imperar en la pareja que se divorcia.

Es frecuente que, en un proceso de divorcio, en uno o ambos sujetos aparezcan síntomas orgánicos u accidentes de alguna gravedad. Los divorcios están entre las situaciones que mejor ejemplifican una cuestión en la que insistía Sami

Ali: cuando no puede soñarse la salida de una crisis, debe temerse seriamente una enfermedad orgánica. Los procesos de divorcio, en muchos momentos, aparecen como callejones sin salida, situaciones desesperantes que predisponen a pasajes al cuerpo en los cuales lo que no entra en la simbolización, se instala en lo real.

Son muchos los varones que al separarse de la mujer abandonan a sus hijos. Por otra parte, es frecuente encontrarse con madres que usan a sus hijos como rehenes, y los manejan como posesiones personales en planteos extorsivos contra el ex marido. Con frecuencia los sentimientos de culpa por el divorcio activan mecanismos destructivos o autopunitivos.

“Familia normal”

Se habla de “segundo matrimonio” cuando de un vínculo conyugal anterior quedan hijos, lo que ubica el nuevo matrimonio en la problemática de ensamblar en una única unidad familiar al partenaire actual con hijos de una pareja previa. En estos matrimonios pasan cosas semejantes a las que suceden en otros, pero cuando se habla de “segundo matrimonio” se quiere poner el acento en que el vínculo previo o bien las cicatrices de su ruptura, al menos en lo manifiesto, determinan mucho de lo que sucede en la pareja y la familia actual; la problemática más frecuente es la integración de hijos y cónyuges en la nueva unidad familiar.

Es frecuente que el cónyuge del primer matrimonio funcione como un objeto que es alucinado y proyectado sobre el partenaire actual, en quien se depositan cuestiones que tienen más relación con el primer matrimonio que con el presente. Es común, por ejemplo, que se acuse al partenaire de no colaborar y ser egoísta con una intensidad desproporcionada y con argumentos muy semejantes a los que se utilizaban en el matrimonio anterior.

En ocasiones, la pareja atribuye el origen de las desavenencias a los hijos. Una situación típica es la de la hija adolescente celosa que le hace la vida imposible al padre en su nueva relación. En estos casos, hay que buscar un casi seguro conflicto de lealtades en el padre, por el cual éste no puede ponerle límites claros a la hija. Por otra parte, es posible que la nueva esposa funcione de manera especular con la hija adolescente. Cuando los padres se presentan como víctimas de los hijos, conviene siempre investigar la complicidad inconsciente del progenitor con el hijo/a; deben investigarse tanto las alianzas inconscientes de la nueva pareja como las alianzas inconscientes entre hijos y padres y las lealtades secretas que entre ellos funcionan. Es común que, en las alianzas inconscientes de la nueva pareja, se establezcan áreas de desconocimiento y negativización en las que quedan aspectos de la relación con los hijos de la pareja anterior junto con modos de relación con la ex pareja.

Otra situación parecida es que haya con los hijos culpa por el divorcio, lo que dificulta la inclusión del nuevo partenaire y la estabilización de la familia recompuesta. ¿Cómo se organiza una actividad que integre a los hijos del primer matrimonio y al compañero/a del presente si se siente que esto es algo tan dañino como darle un lugar protagónico a la prenda de la discordia, a el/la instigador/a del divorcio criminal? Puede suceder también que lo temido sea avanzar en la disolución del viejo vínculo y en la estabilización del nuevo. Uno o ambos partenaires no pueden avanzar en la elaboración de un duelo por la primera familia, los modos de relación con los hijos que allí se daban, los goces que en ella circulaban.

Muchos sufrimientos en las familias recompuestas derivan en parte de la pretensión de ser “una familia normal”, lo que generalmente quiere decir ser una familia organizada alrededor de un primer matrimonio, y que “no tiene conflictos”. Conviene recordar que una pareja o una familia “sin conflictos” constituye siempre, absolutamente siempre, una fachada engañosa. Cuando los cónyuges elaboran que “ser normal” es una pretensión imposible y que serán inevitablemente una familia distinta, muchos de los conflictos se alivianan. Si las cosas van bien, con el tiempo entenderán que todas las familias son distintas y originales, y que las familias “normales” no existen, como tampoco los sujetos “normales”. Los que sí existen son lo que el psicoanalista David Liberman llamaba “normópatas”, las gentes que padecen de normalidad psíquica y viven en un mundo de plástico.

Cuando los hijos del matrimonio anterior son pequeños y/o tienen problemas, la relación con el progenitor, o sea, el ex cónyuge, tiene una intensidad que puede constituirse en fuente de conflictos con el actual compañero y despertar celos y competencias. Dicen Aguiar y Nusimovich (“Separación matrimonial y segundos matrimonios”, en La pareja. Encuentros, desencuentros, reencuentros, comp. J. Puget): “La presencia de los hijos determina que una de las vertientes del vínculo de alianza no se rompa entre los ex cónyuges: la parentalidad. Esta indisolubilidad es una paradoja para la pareja que se divorcia: separarse del cónyuge del que en un aspecto no se podrá desprender nunca. El progenitor deberá dejar la cotidianidad con su ex cónyuge mientras que, a través de los hijos, experimenta una presencia cotidiana de éste”.

Cuando el divorcio asume una elaboración patológica, ocurre a veces que los conflictos llevan a ex cónyuges a ser también ex padres –o ex madres– y justificar su alejamiento de los hijos con un argumento de sometimiento a los celos y/o posesividad del compañero/a actual. El abandono de los hijos lo fundamentan en la necesidad de estar bien con la pareja actual.

Los segundos matrimonios tienen a veces un trabajo doble en la elaboración de posesividades, celos, aspiraciones fusionales y este tipo de problemáticas, ya que en ellos la imposibilidad de generar un espacio imaginario de completud suele presentificarse de una manera bastante inmediata. Por el contrario, tienen a su favor, aunque no siempre, que los partenaires suelen no ser muy jóvenes y sus aspiraciones a la completud, al menos en la pareja, son menos virulentas y están algo atemperadas.

* Texto extractado de La pareja en conflicto. Aportes psicoanalíticos, que distribuye en estos días editorial Paidós.

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