Introducción a una hermenéutica althusseriana

11 Abr

Habían cursado juntos la secundaria bajo el “gobierno militar”. Se habían hecho compañeros en medio de una clase de catecismo que se parecía bastante a la “teología de la liberación”. Ellos compartían cierta sensibilidad por la justicia social que los otros muchachos consideraban rara. Lógica pero rara.

Se anotaron juntos en la Facultad de Filosofía. Tuvieron que vérselas con ese pulpo democrático llamado “Ciclo básico común”. Habían compartido la lectura de, al menos, los primeros capítulos –aparte del sexto, el de la subsunción formal del trabajo en capital, que salió luego- de ese gran libro rojo llamado “Das Kapital”. Creían en lo que decía. Era necesario cambiar el modo de producción para transformar la sociedad, para ir hacia una historia más abierta, más racional. Uno, siguiendo a una pelirroja se metió a militar en un club de pelirrojos y a leer a Gramsci. El otro, que siempre había sido bueno en matemáticas, estuvo a punto casi de seguir el consejo de su vieja docente de matemática –la que por sus grandes anteojos oscuros le apodaban la “Mosca”- e ir a estudiar a Bariloche al Balseiro, Física Nuclear. Había ido a Bariloche de egresados y se hizo, en la tarde libre, una escapada a la zona del Balseiro. Realmente no se animó. No es que no le entusiasmaran los textos de Nietzsche o de Spinoza con los que seguía en paralelo sus lecturas políticas. Simplemente, sabía que tanta belleza natural y en el pensamiento, que tanta incomensurabilidad para el sentido lo herían. No iba a poder soportarlo. Así que, con un grupo de lectores anteojudos, se puso a leer el estructuralismo, Althusser, Spinoza, Canghillem, los axiomas y teorías formales de la teoría social que le hacían sentir en medio de “La Ciencia”.

Estas diferencias teóricas, claro esta, los distanció. Se veían pues compartían además un gusto burgués: correr. Corrían pequeñas carreras organizadas por grandes firmas de ropa o de gaseosas multinacionales. Pero lo importante era correr. No por la salud. Menos aun para cuidar la estética. Lo que compartían era el gusto por sentir el fluir del cuerpo y la conciencia luego de un rato de galope. Los médicos podían llamarlo “endorfinas”…no interesaba. Correr era una actividad espiritual que no entraba en todas esas categorías. Es cierto que cuando se cruzaban en alguna carrera ambos sostenían el paso más allá de lo posible para aventajarse. Casi igual que lo que hacían con artículos y presentaciones donde la “Ciencia”, la “Ideología”, el “Partido”, los “Intelectuales” eran tópicos para ponerse en jaque. Ellos sabían que estaban juntos en ese mar de los sueños llamado “Socialismo” pero sus posiciones teóricas y sus confianzas prácticas se enfrentaban y se enfrentarían aún cuando más se aproximasen en la navegación.

Esa mañana la carrera era de 10 kilómetros. No muy larga para terminar agotado y no muy corta. Se vieron desde la partida. Llamativamente ambos tenían remeras naranjas de una marca nada bolchevique por cierto. Uno de ellos esbozó primero una sonrisa. Y luego no se vieron más hasta la mitad del evento. Allí se iban emparejando los ritmos de los que habían salido entusiasmados por la adrenalina y luego tenían que ir graduando y los que podían mantener un cálculo de propias posibilidades. Uno de ellos estaba mal. Rengueaba. No era muy difícil ganarle esta vez. Ambos se detuvieron y luego de observar el talón, aquel que se había lastimado por primera vez en ese campamento del colegio donde pudo besar a Ana por primera vez, se metieron en un bar.

Correr estaba bien pero sabían, finalmente, que lo único esencial era seguir conversando.

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