Hayden White, la imaginación histórica

10 Abr

Por Cecilia Macón

En esta entrevista que otorgó a adn antes de su llegada el historiador habla de sus intereses más recientes.
-Uno de sus conceptos clave -vinculado al debate sobre la representación del Holocausto- es el de “acontecimiento modernista”: aquellos hechos que por inesperados cuestionan los mecanismos tradicionales de representación. ¿Usted cree que los desafíos que representan se deben a las cualidades de los acontecimientos mismos o a un cambio en la conciencia histórica contemporánea?
-A ambas cosas. No estamos hablando sólo de nuevos acontecimientos, sino de una nueva clase de hechos cualitativamente diferentes, hechos que son posibles por las nuevas tecnologías y nuevas formas de organización social que aparecen como inclasificables. Puede parecer nuevo y sorprendente que un Estado vuelque su poder de policía sobre sus ciudadanos para establecer una dictadura, pero no es un tipo de acto inclasificable. En cambio, la utilización del Estado capitalista industrial moderno, burocráticamente gobernado para llevar a cabo la destrucción de pueblos enteros -los judíos, pero también los gitanos y los eslavos-, fue desde el punto de vista cualitativo un tipo de acontecimiento nuevo, vale decir, “modernista”.
-Pero, entonces, ¿usted no estaría de acuerdo en caracterizar estos hechos como indecibles porque cualquier representación sería irrespetuosa de su excepcionalidad?
-El término “acontecimiento indecible” es una metáfora o, más bien una hipérbole. No debe ser tomado en sentido literal porque, desde una perspectiva antropológica, nada que sea conocido o cognoscible es indecible. La indecibilidad es una categoría inherente en las ideas del lenguaje literario. La poesía existe, entre otros hechos, para expresar lo indecible (el amor es indecible, la muerte es indecible). La expresión poética trabaja en el límite entre lo decible y lo indecible. Siempre muestra lo inadecuado del discurso literal para los extremos de la experiencia humana. Lo que es indecible en un tipo de registro resulta bastante decible en otro.
-¿Es en este sentido que usted sostiene que la literatura de la modernidad es la mejor estrategia para representar sucesos como el Holocausto?
-Creo que desde el punto de vista de los historiadores que desean presentar una serie de hechos ocurridos en el pasado como un tipo de relato, la escritura del siglo XX ofrece técnicas -fluir de la conciencia, fragmentos, constelación, comentarios- contrapuestas a la narrativa clásica que permiten la representación moderna de acontecimientos modernistas. Son mejores que las técnicas de la prosa narrativa convencional. Estas nuevas técnicas en la representación de los hechos reales del pasado aparecen en libros como La señora Dalloway, de Virgina Woolf; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; Un viaje, de H. G. Adler; Austerlitz, de W.G. Sebald; o El sistema periódico de Primo Levi. Estas técnicas tienen sus equivalentes en películas y otros géneros modernos, como la novela gráfica (Maus, de Art Spiegelman, por ejemplo). El cine comercial de Hollywood tiende a sentimentalizar todo al pretender construir un relato sobre la totalidad. El montaje y los fundidos otorgan modos de presentar lo siniestro. Noche y niebla, de Alain Resnais, Shoah de Claude Lanzmann y muchos de los trabajos de directores de cine como Pier Paolo Pasolini y Jean-Luc Godard son ejemplos de esto último.
-En años recientes el papel de los testigos de los genocidios se transformó en central para la comprensión de este tipo de acontecimientos. ¿Por qué considera que se ha producido este cambio?
-Esto está relacionado con el hecho de que, a pesar de que cientos de miles de investigaciones sobre el Holocausto nos han dado más y más información, la comprensión del hecho se mantiene incierta. Se ha decidido, creo, volver a la “experiencia” del acontecimiento, cómo fue sentido. Esto es lo que agrega el testimonio del testigo.
-¿Cree que su trabajo teórico ha influido en el modo en que los historiadores hacen historia?
-Hay varios historiadores jóvenes muy influidos por mi idea de pensar la historiografía como un discurso, pero cada uno tiene su propia manera de usarlo. Ése era el espíritu de mi propuesta: abrir la escritura histórica a la experimentación. Para algunos, el libro de Saul Frieländer, Los años del exterminio, constituye un alejamiento de su deseo de producir una narrativa normada de la Shoah y el acercamiento hacia la utilización de técnicas modernas de escritura.
-Usted ha señalado que la historia es, y debe ser, constantemente reescrita. Como consecuencia de esto, ¿qué tipo de relación se establece entre historia y política?
-Esto está relacionado con la disyunción de si uno investiga el pasado por razones científicas o por razones prácticas. Si uno está tratando de determinar los hechos de una materia dada, la investigación es en principio científica. Si uno está tratando de derivar lecciones del pasado para aplicarlas a la escena política presente, la investigación es práctica. Sin embargo, desde el momento en que la investigación histórica no es en realidad una ciencia, a menudo es dificil decir si una determinada investigación está políticamente motivada o no. Pero el ‘pasado’ práctico es el pasado al que nos aproximamos para aprehender un problema del día de hoy. Y es esta estrategia la que creo resulta relevante, no la de pretensiones científicas que busca disolver la relación inevitable entre literatura e historia. Por lo general pensamos este pasado como ‘histórico’ pero el pasado histórico existe sólo en los libros de historia.
-¿Cuál es entonces el papel de la historia para el modo en que imaginamos nuestro futuro?
-Es un problema complejo sobre el que reflexionaron mejor los filósofos, los novelistas y los poetas que los historiadores profesionales. Es necesario que el futuro histórico se perfile como una visión más que como el tipo de predicción, pronóstico o proyecciones hechos por las ciencias sociales. Aun los economistas, que se proclaman científicos, son malos a la hora de predecir el futuro. Lo mejor que pueden hacer son enunciados probabilísticos. Noto que usted pregunta sobre cómo imaginamos nuestro futuro. La imaginación es poética. Ésta es la razón por la cual todo gran trabajo histórico que implica algún tipo de futuro tiene elementos de poiesis en ellos. La poiesis imagina las simbolizaciones que están latentes en el propio presente del historiador.
ADN HAYDEN WHITE
Nacido en 1928, el historiador estadounidense trabaja actualmente en la prestigiosa Universidad de Stanford. Especializado en historia medieval, a partir de los años sesenta centró su atención en el trabajo del historiador. En Metahistoria (1973) desarrolló una lectura sobre el discurso histórico de inspiración estructuralista que aplicó a figuras tan disímiles como Karl Marx, Alexis de Tocqueville y Jules Michelet.
EL DEBATE POSMODERNO
Una de las características distintivas de Hayden White es que durante los últimos años optó por la escritura de ensayos. Ya no se trata de artículos clásicamente académicos ni de libros dedicados a acumular argumentos alrededor de un eje, sino del uso de una estrategia en la que la retórica, las digresiones y los ejemplos destemperados forman parte de la misma hipótesis.
Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica compila diez de los más recientes trabajos de White. En la primera parte del volumen se reúnen textos dedicados a analizar la relación entre historiografía y narrativa: el problema del realismo histórico a partir de una lectura de La guerra y la paz, un recorrido por la historia literaria según Erich Auerbach o la inevitabilidad de la narrativa en la reconstrucción histórica.
La segunda parte incluye artículos centrados en el concepto de “acontecimiento modernista”, empleado para explicar acontecimientos inesperados tales como el Holocausto, la caída de las Torres Gemelas o la explosión del Challenger. White aborda allí el problema de la representación tanto para la historia académica como para el cine, la literatura o la discusión sobre el papel del testimonio en la representación del pasado. Sus energías se focalizan no sólo en mostrar las consecuencias ético-políticas de las elecciones formales de los historiadores, sino también en proponer una complejización de las nociones mismas de realidad y verdad.
White ha sido frecuentemente presentado como un vocero del posmodernismo. Lejos de desmentirlo, en estos trabajos muestra que pertenece a una tradición con vocación por el debate ético capaz de profundizar cada una de las discusiones en las que interviene.

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