Knodel, inclusión social

2 Abr

Psicoanálisis de jóvenes con causas penales
Por Griselda Knodel *


Leo tiene 17 años y una causa penal por robo en el que agredió a golpes a un hombre alcoholizado. Desde hace seis meses lo estamos atendiendo en el Servicio de Salud Mental de Acción Social Ecuménica (ASE), en San Fernando, donde recibimos a menores de edad con causas penales derivados por el Ministerio de Desarrollo Social bonaerense. Leo había sido derivado por el Centro de Referencia –a donde llegan los jóvenes que detiene la policía–, luego de pasar por el juez, que en este caso dispuso “libertad condicional”. La entrevista que se transcribe fue realizada por el pastor Sabino Ayala y la autora de esta nota.

Cuando sonó el timbre y abrimos la puerta entró Leo con una gran excitación y mucha furia, no paraba de moverse.

–Me echaron de mi casa, tengo bronca, vine acá porque no sé qué hacer, lo voy a matar al hijo de puta ese…

–Tranquilizate Leo, contanos –dijo la analista.

–Mi vieja me echó, porque mi padrastro estaba borracho y se la agarró conmigo, me peleé con él, me da bronca que no se da cuenta que no puede correr a un pendejo de 17 años, con una cuchilla.

–¿Y ahora dónde estás viviendo? –preguntó el pastor.

–Hace tres días que estoy en la casa de la abuela, la vieja de él, ahí no me quieren, es un desastre ese lugar, estoy con la misma ropa, mi mamá ni siquiera me llamó para ver cómo estoy o para traerme mis cosas. Necesito mis cosas, mi DNI, mi cepillo de dientes, no tengo ni un mango para llamar por teléfono –comenzaba a angustiarse–. Yo tengo que estar cerca de mi mamá, ella sabe decirme lo que tengo que hacer, porque si yo no estoy con ella me pongo remal, me pierdo, y si me pierdo me drogo, salgo a robar, y se va todo a la mierda. Yo voy a volver, ¿por qué yo me tengo que ir de mi casa, por qué no se va él? Mi padrastro ni siquiera trabaja, se agarra de ese accidente que tuvo hace cinco meses, pero el dedo ya está bien, si puede agarrar la jarra de vino también puede trabajar.

–Tal vez este momento no es para volver –dijo la analista–, tal vez tu madre no sabe cómo resolver esto pero se dio cuenta de que los dos, tu padrastro y vos, en la misma casa en este momento significaría que alguien muera. Ahora tenés una casa donde estar, ¿pensaste que tal vez es tiempo de que vos empieces a hacer tu propio camino?

–Pero no tengo laburo.

–¿Podrías salir a buscar? –dijo la analista.

–Sí, pero hay que caminar…

–Eso diría tu padrastro… –observó la analista.

Leo sonrió:

–No quiero hacer lo mismo que él –dijo.

Pegado a la madre, como si fueran uno, está desesperado, enojado, como dice él: “sacado”. Una madre que no puede, no sabe cómo acompañar a su hijo en la separación, lo expulsa brutalmente, lo saca en el mismo acto en que intenta salvarle la vida. Ella tampoco puede separarse del padrastro de Leo, que estuvo preso, es alcohólico y corre a su familia con la cuchilla cada vez que algo no anda. Leo queda arrancado de su casa, “sacado” de un lugar, y se identifica con lo que hay: el aplastamiento del padrastro, el abandono, la furia. De su padre dice: “No sé dónde está el chabón”; los dejó cuando él era chiquito; y también había estado preso. A Leo se le ha instalado la idea de que sólo hay lugar para uno; él y la madre son uno, y del padrastro piensa: “O él o yo”.

Pero Leo está angustiado, le molesta lo que está ocurriendo; podríamos decir: hay un síntoma, que se muestra para ser interrogado, lo despliega con nosotros: Leo viene a contarnos. No es lo mismo contarle, angustiado, a alguien, que permanecer indiferente. Esta posición de Leo marca una diferencia importante para la dirección de nuestro trabajo. Intentamos mostrarle que él se tiene a él; que tiene un nombre, una historia; tiene sus marcas subjetivas, un registro de que algo no anda bien, eso que le hace decir que un padrastro “no puede correr a un pibe con una cuchilla”. Intentamos mostrarle que desde hace un tiempo nos tiene a nosotros para hablar, y que tener diferencias con su madre no implica que la va a perder y que se va a perder él. Esto aparece como lo más difícil a trabajar: el enojo del otro significa para él la desaparición del Otro y por tanto la desaparición de él.

Claro, pero ¿por qué Leo escucharía esto? En realidad no sabemos si lo va a escuchar, pero esperamos que eso ocurra.

Esperamos algo de él. Nosotros nos ofrecemos para ser tomados en transferencia, en el sentido que Jacques Lacan da a este término: el lugar del sujeto supuesto al saber (Seminario 8, “La transferencia”, ed. Paidós). Hay alguien a quien se le supone un deseo de escuchar. “Si alguien desea saber algo de mí, tal vez importo para ése”, podría suponer Leo. Un lugar al cual poder amarrarse. Hablo de un lugar subjetivo, un lugar en el Otro, que implica también un lugar físico. Martin Heidegger (“Construir, habitar, pensar”, en Conferencias y artículos, ed. Serbal) se pregunta “¿en qué consiste la esencia del habitar? y, apelando a etimologías germánicas, advierte la íntima asociación entre habitar, ser llevado a la paz, ser preservado de daño y amenaza, cuidado y, también, liberado.

Nuestro trabajo es acompañarlos para que puedan cuidar su libertad, que es condicional. ¿Pero qué libertad no lo es?

Le dijimos a Leo que él se metió en un lío por lo cual estuvo preso, perdió su libertad. Eso es grave, hay una sanción por lo que hizo y no es un capricho nuestro, ni del juez: tiene que ver con un orden simbólico que también lo incluye a él. Orden que está desordenado, porque Leo no tiene lugar dónde “habitar” y entonces no está cuidado. Quedar incluido en un orden que lo excluye: ésta es la paradoja con la que trabajamos.

Ahora, hay un proceso que realizar, un camino a recorrer: ¿qué de ese lío en el que se metió tiene que ver con él?, ¿qué de sus marcas lo convocan permanentemente a ese lugar de pelea, de furia, de muerte? En las sesiones con su analista en ASE, Leo está trabajando estas cosas y otras que van apareciendo en el espacio grupal.

Ese camino implica tiempo, aunque, lo sabemos, la desesperación de los pibes nos envuelve y a veces no nos permite soportar la angustia, para ponerla a trabajar y que así se produzca alguna transformación en cada uno; otras veces, sí.

¿Qué es trabajar para Leo? Como dice Silvia Sisto, psicoanalista de este mismo equipo, “hay un trabajo que hacer sobre qué es trabajar”. En algunos casos, son tres generaciones donde el trabajo se ha ido transformando en algo negativo, desvalorizado, “los que laburan son giles”, “laburar es robar”. Por eso en ASE armamos lo que llamamos “Grupo de libertad asistida” para cuidar la libertad. Venimos trabajando en pequeños grupos, donde proponemos el trabajo con otros: cocinamos, pintamos, conversamos. Como escribió Freud: “Ninguna otra técnica de conducción de la vida liga al sujeto tan firmemente como la insistencia en el trabajo, que al menos lo inserta en forma segura en un fragmento de la realidad, que es la comunidad humana” (Malestar en la cultura).

Nosotros venimos pensando que el encuentro en el trabajo con los otros produce cambios en cada uno, es decir, esa creencia necesaria de que podemos sostenernos unos en otros. Esos encuentros pueden ser más o menos saludables. Desde esta idea de encuentros saludables, el trabajo es el recorrido pulsional; es ponerle un tope a la furia, a la salvaje excitación que busca una satisfacción inmediata –la plata fácil, drogarse, matar, matarse–, para convertir eso en una satisfacción con efecto saludable. Es en el trayecto, mientras hago con los otros, mientras transformo algo con mis manos, con mi cuerpo, con mis ideas, que la satisfacción se produce y lo lanza al sujeto a seguir viviendo, deseando, trabajando; en cambio, la inmediatez lo aplasta, lo deja abúlico y lo mata.

Leo volvió a la casa de la madre y del padrastro sólo para buscar sus cosas. Actualmente tiene un trabajo temporario como ayudante de albañil.

* Extractado de un trabajo que se publicará en la revista electrónica Psyche Navegante, Nº 96, en abril.

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