Heidegger, reflexión Rectorado

24 Nov


EL RECTORADO, 1933-1934
Hechos y reflexiones
Martin Heidegger
Traducción de Ramón Rodríguez, Tecnos, Salamanca, 1996.



En abril de 1933 fui elegido rector unánimemente por el pleno de la Universidad. Mi predecesor en el cargo, von Möllendorf, había tenido que abandonar su puesto, tras un corto ejercicio, por orden del ministro. El propio von Möllendorf, con el que a menudo había hablado detenidamente sobre su sucesión, deseaba que yo aceptara el rectorado. Igualmente el anterior rector, Sauer, había intentado convencerme de que aceptara el cargo en interés de la Universidad. Todavía durante la mañana del día de la elección vacilaba y quería retirar mi candidatura. Carecía de relaciones con las autoridades competentes del gobierno y del partido; ni siquiera era miembro del partido ni había ejercido actividad política en ninguna de sus formas. Era, pues, dudoso que yo fuera a ser oído, allí donde se concentraba el poder político, acerca de lo que yo imaginaba como una tarea necesaria. Pero era igualmente dudoso en qué medida la Universidad iría por sí misma a encontrar y configurar, de una forma más originaria, su propia esencia, tarea que yo había ya expuesto públicamente en mi conferencia inaugural del verano de 1929.

En las frases introductorias de la conferencia inaugural «Qué es metafísica» se dice: «Nos preguntamos, aquí y ahora, para nosotros. Nuestra existencia -en la comunidad de investigadores, maestros y discípulos- está determinada por la ciencia. ¿Qué esencial cosa nos acontece en el fondo de la existencia cuando la ciencia se ha convertido en nuestra pasión? Los dominios de las ciencias están muy distantes entre sí. El modo de tratar sus objetos es radicalmente diverso. Esta dispersa multiplicidad de disciplinas se mantiene, todavía, unida, gracias tan sólo a la organización técnica de las Universidades y Facultades, y conserva una significación por la finalidad práctica de las especialidades. En cambio, el enraizamiento de las ciencias en su fundamento esencial se ha perdido por completo». En 1933 esta conferencia estaba ya traducida al francés, italiano, español y japonés.

Podía, pues, saberse en cualquier parte cómo pensaba yo sobre la Universidad alemana y qué consideraba su objetivo más urgente. La Universidad debía renovarse desde su fundamento esencial, que es justamente el de las ciencias: la esencia de la verdad misma, y, en lugar de aferrarse a la unidad ilusoria de la organización técnico-institucional, recuperar la viva unidad original de los que cuestionan y saben.

Sobre la esencia de la verdad hablé en 1930 en una conferencia, que fue pronunciada, incluso, en diversos lugares de Alemania hasta 1932, y que era conocida a través de múltiples copias. Apareció impresa por primera ves en 1943. Por la misma época de esa conferencia di, una lección de dos horas sobre el concepto griego de verdad al hilo de una interpretación del mito platónico de la caverna. Esta lección fue repetida durante mi rectorado, en el semestre de invierno de 1933-1934 y completada por un seminario muy concurrido sobre «Pueblo y Ciencia». La interpretación del mito de la caverna apareció impresa en 1942 en el Jahrbuch für die geistige Überlieferung II con el título «La doctrina platónica de la verdad». La cita y la recensión de esta conferencia fueron oficialmente prohibidas por el partido, e igualmente fueron prohibidas la edición de separatas y su venta en librerías.

Lo que hasta el último día me hizo vacilar en aceptar el rectorado era saber que, con mi proyecto, había necesariamente de oponerme, por partida doble, a lo «nuevo» y a lo «viejo». Lo «nuevo» se había presentado, entretanto, bajo la forma de la «ciencia política», cuya idea se funda en un falseamiento de la esencia de la verdad. Lo «viejo» era la aspiración a quedarse en la «especialidad», fomentar su progreso y utilizarla en clase, y rechazar, como abstracta y filosófica, toda reflexión sobre los fundamentos esenciales o, en todo caso, admitirla como mero ornamento externo, pero sin hacerla efectiva como reflexión, y sin basar en este ejercicio el pensamiento y la pertenencia a la Universidad.

Existía así el peligro de que mi intento fuera combatido de igual forma por lo «nuevo» y por lo «viejo» -que entre sí estaban enfrentados-, y convertido en imposible. Lo que desde luego, al aceptar el rectorado, no había visto aún y no podía esperar es lo que ocurrió en el curso del primer semestre: que lo nuevo y lo viejo terminaran, de mutuo acuerdo, por unirse para neutralizar mis esfuerzos y, finalmente, eliminarme.

A pesar del doble peligro que corría mi proyecto de una fundación originaria de la esencia de la Universidad, me decidí por fin a aceptar el cargo en virtud de la presión de muchos colegas de la Universidad, en especial del dimitido rector von Möllendorf y del anterior rector, entonces vicerrector, Sauer. Lo hice atendiendo ante todo a la posibilidad, que K. Sauer hizo valer, de que, si yo renunciaba, alguien sería impuesto como rector desde fuera de la Universidad.

En suma, lo que me llevó a aceptar el rectorado fue una triple consideración:

1. En el movimiento que llegaba al poder vi, entonces, la posibilidad de unir y renovar interiormente al pueblo y una vía para encontrar su destino en la historia de Occidente. Creía que la Universidad, renovándose a sí misma, podía ser llamada a participar, marcando la pauta, en la unión interna del pueblo.

2. Por tanto, vi en el rectorado una posibilidad de conducir a todas las fuerzas más capaces -con independencia de su pertenencia al partido y de la doctrina de éste- al proceso de reflexión y renovación, fortaleciendo y asegurando su influjo.

3. De esta forma esperaba poder hacer frente a la penetración de personas inadecuadas y a la amenazadora hegemonía del aparato y de la doctrina del partido.

Es un hecho que por entonces mucha mediocridad e incapacidad, mucho egoísmo y envidia campaban por sus respetos. Pero esto, considerando la situación general de nuestro pueblo, era, para mí, una razón más para intentar poner en juego las fuerzas más capaces y los objetivos esenciales. Ciertamente, habría sido más fácil quedarse al margen, mirar por encima del hombro a esa «gente impresentable» y alabar lo hasta ahora vigente, sin reparar en la situación histórica de Occidente. Un simple dato puede dar a entender cómo veía yo entonces la situación histórica. En 1930 había aparecido el artículo de Ernst Jünger sobre «La movilización total», en el que se anunciaban los rasgos básicos de su libro El trabajador, aparecido en 1932. Estos escritos los había estudiado, con mi ayudante de entonces, Brock, en círculos reducidos y había intentado mostrar cómo en ellos se expresaba una comprensión esencial de la metafísica de Nietzsche, por cuanto en el horizonte de esta metafísica están vistas y previstas la historia y la actualidad de Occidente. Pensando a partir de estos escritos, y más esencialmente aún a partir de sus fundamentos, pensábamos lo que había de venir, es decir, tratábamos de afrontarlo debatiéndolo. En aquel entonces, muchos otros también habían leído estos escritos; pero, junto con otras muchas cosas de interés, que también se leían, se los dejó de lado y no se reparó en su trascendencia. En el invierno de 1939-1940 estudié otra vez, con un grupo de colegas, el libro de Jünger El trabajador y comprobé cuán extraños eran aún entonces estos pensamientos y cómo resultaban chocantes, hasta que fueron ratificados por «los hechos». Lo que Ernst Jünger piensa con las ideas del dominio y la figura del trabajador y lo que ve a la luz de estas ideas es el dominio universal de la voluntad de poder en la historia, vista en su extensión planetaria. Todo se encuentra hoy en esta realidad, llámese comunismo, fascismo o democracia mundial.

Partiendo de esta realidad de la voluntad de poder veía yo, ya entonces, lo que es. Esta realidad de la voluntad de poder se puede enunciar también, en el sentido de Nietzsche, con la frase «Dios ha muerto», frase que, por razones esenciales, introduje en mi discurso rectoral. Nada tiene que ver esta frase con la afirmación de un vulgar ateísmo, sino que significa: el mundo suprasensible, especialmente el mundo del Dios cristiano, ha perdido su vigencia efectiva en la historia (cfr. mi conferencia de 1943 sobre la frase de Nietzsche «Dios ha muerto»). Si esto no hubiera sido así, ¿habría sido posible la Primera Guerra Mundial? Y, sobre todo, si esto no hubiera sido así, ¿habría llegado a ser posible la Segunda Guerra Mundial?

¿No había, pues, razón bastante y suficiente necesidad esencial como para, en una reflexión original sobre la superación de la metafísica de la voluntad de poder, pensar más allá de ella; lo cual quiere decir abrir un debate con el pensamiento occidental, a partir de un retorno a su inicio? ¿No había, pues, razón bastante y suficiente necesidad esencial como para intentar, entre nosotros, los alemanes, despertar y llevar a la palestra a ese lugar que funciona como sede del cultivo del saber y del conocimiento, la Universidad alemana, con vistas a esta reflexión sobre el espíritu de Occidente?

Sin duda, el argumento contra la marcha de la historia que empieza diciendo: «¿Qué habría sucedido, si …y si no …?» es siempre arriesgado. Pero es lícito plantear la cuestión: ¿qué habría sucedido y qué se habría podido prevenir si en 1933 todas las fuerzas más capaces se hubieran puesto en camino, en secreta alianza, para, lentamente, purificar y moderar al «movimiento» que llegaba al poder?

Sin duda, el que los hombres lleven a otros hombres la cuenta de sus culpas y se las apunten, es siempre una arrogancia. Pero si se buscan culpables y se miden las culpas, ¿no existe también la culpa que consiste en una omisión esencial? Aquellos que, ya entonces, estaban tan dotados de capacidad profética que vieron todo lo que había de venir tal y como vino -mi sabiduría no llegaba a tanto-, ¿por qué esperaron casi diez años para actuar contra el desastre? ¿Por qué, en 1933, los que creían saberlo, por qué, justamente ellos, no se pusieron entonces en camino para llevar todo, y desde su raíz, hacia el buen fin?

Sin duda, la reunión de todas las fuerzas más capaces habría sido difícil; difícil también habría sido el paulatino influjo sobre el movimiento en su totalidad y sobre su posición hegemónica; pero no más difícil que lo que luego tuvimos que soportar.

Al aceptar el rectorado me atreví a intentar salvar lo positivo, depurarlo y afirmarlo. Nunca fue mi intención realizar simplemente la doctrina del partido y actuar de acuerdo con la «idea» de una «ciencia política». Pero tampoco estaba yo dispuesto a simplemente defender lo hasta ahora vigente, a poner todo al mismo nivel mediante una labor de mera mediación y equilibrio y a mantenerlo en la mediocridad. Había en juego -estaba plenamente convencido- cosas demasiado esenciales que sobrepasaban con mucho todo lo que afectaba a la Universidad.

Pero también estaba para mí muy claro que, ante todo, habían de acentuarse y afirmarse las posibilidades positivas que yo veía entonces en el movimiento, con el fin de preparar una unión de todas las fuerzas más capaces que estuviera fundada objetivamente y no de forma puramente fáctica. La simple e inmediata oposición no habría estado de acuerdo con mi convicción de entonces -que nunca fue la de un creyente en el partido- ni habría sido prudente.

Para caracterizar mi actitud fundamental durante el rectorado hay que establecer firmemente lo siguiente:

1. No fui nunca llamado por ninguna instancia del partido a ningún tipo de deliberación política; ni nunca busqué tampoco una tal colaboración.

2. Tampoco mantuve ninguna clase de relación personal o política con funcionarios del partido.

El propósito y la actitud de mi rectorado se encuentran expresados en el discurso rectoral de mayo de 1933.

Sin embargo, en él, como en cualquier palabra hablada, todo depende de la interpretación y de que se tenga la disposición de acogerse a lo esencial y de ponerlo ante la mirada. El núcleo del discurso del rectorado, que ya sólo por su extensión se hace perceptible, es la exposición de la esencia del saber y de la ciencia, en la que se basa la Universidad, y que es el fundamento sobre el que debe afirmarse en su esencia también como Universidad alemana. El servicio del saber no es mencionado en tercer lugar, junto con el servicio del trabajo y el servicio de las armas, porque se subordine a ellos, sino porque el saber es lo que auténtica y primordialmente concentra la esencia de la Universidad y, por ende, la reflexión. En lo que toca al mencionado servicio del trabajo, permítaseme recordar que este «servicio» surgió y tomó forma, por exigencias de la época y por voluntad de la juventud, mucho antes de 1933. Y el «servicio de las armas» no lo mencioné en un sentido militarista ni en un sentido agresivo, sino que lo pensé como legítima defensa.

El núcleo del discurso se propone la explicación de la esencia del saber, de la ciencia y de las profesiones, cuya preparación se basa en la ciencia. En su contenido son de destacar cuatro momentos principales:

1. La fundamentación de las ciencias en la experiencia del ámbito esencial de su campo de objetos.

2. La esencia de la verdad entendida como dejar ser al ente como es.

3. El mantenimiento de la tradición del inicio del saber occidental en el mundo griego (cfr. mi curso de dos horas semanales, «El inicio de la filosofía occidental», en el semestre de verano de 1932).

4. De acuerdo con ello, la responsabilidad de Occidente.

En todo ello hay un decidido rechazo de la idea de «ciencia política», propagada por el nacionalsocialismo como grosera simplificación de la concepción de la verdad y del conocimiento de Nietzsche. La recusación de la idea de ciencia política está, además, claramente expresada en el texto.

La actitud del reflexionar y del cuestionar está orientada a la «lucha». Pero, ¿qué significa «lucha» en el discurso? Si lo esencial de la reflexión se retrotrae a la epist®mh griega, esto es, a la Žl®yeia, puede fácilmente suponerse que la esencia de la «lucha» no está concebida a capricho. La «lucha» está pensada en el sentido del fragmento 53 de Heráclito. Pero, para comprender esa sentencia -tan frecuentemente citada y con la misma frecuencia malentendida-, hay que atender previamente a dos cosas, a las que a menudo ya me refería en mis cursos y seminarios:

I . La palabra pñlemow, con la que empieza el fragmento, no significa «guerra», sino lo mismo que la palabra ¡riw, que Heráclito usa con el mismo sentido. Pero ésta significa «disputa», pero no disputa en el sentido de riña, altercado o mero desacuerdo, y menos aún de empleo de la fuerza y derrota del enemigo, sino posición-de-uno-frente-a-otro [Aus-einander-setzung], de tal manera que en ella la esencia de los que se ponen en frente se expone al otro y, así, se muestra y sale a la luz, lo que en griego significa: salir a lo desoculto y verdadero. Puesto que la lucha es el exponerse a lo esencial, reconociéndose mutuamente, se habla siempre en el discurso, que coloca este cuestionar y reflexionar en la «lucha», del «estar expuesto». Que esta expresión está en la dirección de la sentencia heraclítea lo atestigua la propia sentencia con toda claridad. Pero hay que atender aún a un segundo punto.

2. No sólo no podemos pensar pñlemow como guerra ni tampoco emplear la frase -que se supone de Heráclito- «la guerra es el padre de todas las cosas» para invocar la guerra y el combate como el supremo principio del ser y, de esta forma, justificar filosóficamente la guerra:

Tenemos sobre todo que, a la vez, darnos cuenta de que la sentencia de Heráclito -citada de la forma habitual- todo lo falsea, porque así desaparece la totalidad de la sentencia y, con ello, lo esencial. Dice íntegramente:

«La disputa es en efecto la siembra de todo, pero también (y sobre todo) es lo supremo de todo -lo que todo mantiene-, pues permite a los unos aparecer como dioses, a los otros como hombres, pues a los unos les permite salir a lo abierto como esclavos, a los otros como libres.»

La esencia del pñlemow radica en el deiknênai (aparecer) y en el poieÝn (pro-ducir), que en griego significa: colocar delante, abierto a la vista. Esta es la esencia de la «lucha» filosóficamente pensada, y lo que se dice en el discurso está pensado de manera puramente filosófica.

Ejerciéndose como disputa, esta reflexión sobre su ámbito esencial tiene que realizarse en todas las ciencias, de lo contrario se quedan en «ciencia» [Wissenschaft] sin saber [Wissen]. A partir de tal reflexión sobre el todo de las ciencias, la propia Universidad se pone a sí misma sobre su fundamento esencial, que sólo es accesible para el saber que ella cultiva; por ello su esencia no puede ser determinada desde ningún otro lugar, la «política» o cualquier otra instancia.

De acuerdo con esta concepción y con esta actitud básicas el discurso lleva el título de La autoafirmación de la Universidad alemana. Muy pocos se dieron claramente cuenta de lo que ya este título de por sí significaba en el año 1933, pues sólo pocos de aquellos a los que iba dirigido se tomaron el trabajo de, sin ideas preconcebidas y sin ofuscarse por habladurías, pensar con claridad lo que se dijo.

También se puede, evidentemente, proceder de otro modo. Puede uno dispensarse de la reflexión y atenerse a la fácil idea de que, inmediatamente después de la toma del poder por el nacionalsocialismo, un rector recién elegido pronunció un discurso sobre la Universidad, que defiende «el» nacionalsocialismo, es decir, que propaga la idea de «ciencia política», idea que significa, toscamente entendida, «verdadero es lo que sirve al pueblo». De donde se deduce, desde luego con razón, que así se niega la esencia de la Universidad alemana en su mismo centro y se trabaja por su destrucción, con lo que el título habría más bien de decir: «La autonegación de la universidad alemana». Puede procederse así, cuando se tiene la suficiente falta de juicio e incapacidad para la reflexión, cuando se tiene la suficiente comodidad para dejarse llevar por las habladurías, cuando se tiene la suficiente dosis de malevolencia.

Puede procederse tan irresponsablemente en la interpretación del discurso; pero no es lícito entonces pretender pasar por alguien que se dice responsable del espíritu y de la salvación de la Universidad alemana. Pues pensar con tal superficialidad, y con tal superficialidad parlotear en público, corresponde quizá a métodos políticos, pero contradice el espíritu de objetividad que es intrínseco al pensamiento y que, sin embargo, se pretende salvar.

El discurso no fue entendido por aquellos a quienes iba dirigido; no fue entendido su contenido ni tampoco el punto de vista desde el que decía lo que iba a ser, durante mi actividad en el cargo, la clave para distinguir lo esencial de lo menos esencial y de lo puramente superficial.

El discurso, y con él mi actitud, fue aún menos comprendido por el partido y las instancias dirigentes, pero, sin embargo, fue «entendido», en la medida en que enseguida se intuyó su oposición. El ministro Wacker me dijo ya el mismo día, tras la comida ofrecida por el rectorado en el «Kopf», cuál era su «opinión» sobre el discurso que acababa de oír.

1. Se trataba de una especie de «nacionalsocialismo privado», que eludía las perspectivas del programa del partido.

2. Sobre todo: el conjunto del discurso no estaba construido sobre la idea de raza.

3. No podía aceptar el rechazo de la idea de «ciencia política», aunque podía comprender que dicha idea no estaba aún suficientemente fundada.

Esta toma de posición del ministro no era indiferente, puesto que enseguida fue dada a conocer al entonces jefe estudiantil de la región, Scheel, al profesor de medicina Dr. Stein y a Krieck en Francfort. Estos tres dominaban, por lo demás, desde el principio, el ministerio de cultura en Karlsruhe y tenían completamente en sus manos al de por sí inocente y bondadoso encargado de asuntos universitarios, el consejero ministerial Fehrle.

Poco tiempo después de la fiesta de toma de posesión del rectorado me fue dado a entender, estando personalmente en el ministerio, lo siguiente: 1. Que en el futuro no era deseable la presencia del arzobispo en tales celebraciones; 2. Que mi discurso en la sobremesa de la fiesta del rectorado cometía un desliz al destacar de la Facultad de Teología al colega Sauer y acentuar lo que yo le debía en mi formación científica y académica.

Que el ministerio pusiera sobre el tapete cosas tales no era sólo significativo de su actitud general, sino que ponía de manifiesto que en absoluto se estaba dispuesto a acoger lo que yo, por encima de toda disputa o querella, pretendía para la renovación de la Universidad.

Ya antes llevaba algunas semanas en el cargo. Mi primera disposición oficial fue, en el segundo día de mi rectorado, prohibir que se colgara el «cartel de judío» en ningún lugar de la Universidad. El cartel colgaba ya en todas las Universidades alemanas. Le expliqué al jefe estudiantil que, mientras yo fuera rector, ese cartel no tendría sitio dentro de la Universidad. Tras lo cual se marchó con sus dos acompañantes, advirtiendo que comunicaría esta prohibición a la jefatura de estudiantes del Reich. Aproximadamente ocho días después recibí una llamada telefónica de la oficina universitaria de la jefatura suprema de las SA, por medio del jefe de grupo Dr. Baumann. Exigía que se colgara el cartel de judío; en caso contrario, podía contar con mi destitución, si no con el cierre de la Universidad. Me negué de nuevo. El ministro Wacker explicó que no podía hacer nada contra las SA, que adoptaban entonces el papel que luego tomaron las SS.

El referido suceso era sólo el primer indicio de una situación que, a lo largo del año de mi rectorado, apareció cada vez con mayor nitidez: los más diversos grupos de presión políticos y las más diversas comunidades de interés tomaban a la Universidad como campo de sus exigencias y reclamaciones; el ministerio desempeñaba a menudo un papel secundario y estaba además ocupado en asegurar una autonomía frente a Berlín. Lo único que por doquier estaba en juego eran luchas de poder, cuyos contendientes se interesaban por la Universidad sólo porque, como institución -como estudiantado y profesorado-, representaba un factor de poder. Además, los grupos profesionales de médicos, jueces y profesores declaraban sus pretensiones políticas y reclamaban la eliminación de los catedráticos que les resultaban incómodos o sospechosos.

Toda esta atmósfera de confusión dominante no ofrecía posibilidad alguna de poner en práctica, ni siquiera de dar a conocer, aquellos esfuerzos a los que únicamente me apliqué y que fueron la razón de que aceptara el cargo: la reflexión sobre la actitud científica y sobre la esencia de la enseñanza. El semestre de verano pasó y se malgastó en discusiones personales e institucionales.

Lo único fructífero, aunque sólo en un sentido negativo, consistió en que pude impedir, en la «purga» que, con frecuencia, amenazaba sobrepasar toda finalidad y todo límite, injusticias y daños a la Universidad y a mis colegas.

Los resultados de esta labor meramente preventiva no aparecían públicamente, e incluso era innecesario que los colegas supieran de ella. Colegas considerados y meritorios de las Facultades de Derecho, Medicina y Ciencias se asombrarían si supieran lo que entonces se reservaba para ellos.

En las primeras semanas de actividad en el cargo se me hizo saber que el ministro tenía interés en que los rectores pertenecieran al partido. Un día se personaron en el rectorado el entonces jefe del distrito, Dr. Kerber, el subjefe y un tercer miembro de la dirección del distrito para invitarme a entrar en el partido. Aunque nunca antes había pertenecido a ningún partido, acepté la invitación únicamente en interés de la Universidad -que en el juego de fuerzas políticas no tenía ningún peso-, pero sólo con la condición, expresamente reconocida, de que nunca aceptaría para mi persona, y mucho menos como rector, un cargo en el partido ni ejercería ningún tipo de actividad en él. He mantenido siempre esta condición, lo cual no ha sido difícil, puesto que desde que dimití en febrero de 1934 (cfr. después) se me consideraba políticamente dudoso y era vigilado de manera creciente cada año.

El ingreso en el partido fue una pura formalidad, dado que sus dirigentes no pensaron atribuirme papel alguno en sus deliberaciones sobre cuestiones universitarias, culturales o de educación. Durante todo mi rectorado nunca participé en ningún tipo de deliberación, diálogo o toma de decisión de la dirección del partido o de cualquiera de sus diversos órganos. La Universidad seguía siendo sospechosa, pero al mismo tiempo se la quería utilizar para los fines de la propaganda cultural.

Yo mismo estaba cada día más ocupado con cosas que, respecto de mis verdaderos proyectos, no podía por menos que considerarlas carentes de importancia. No sólo no estaba interesado en la gestión formal de esos vacíos asuntos burocráticos, sino que carecía de experiencia, pues siempre hasta entonces había rechazado todo cargo académico y era, por tanto, un principiante. A ello se añadía la desafortunada circunstancia de que el jefe de la secretaría estaba sólo desde hacía poco en el cargo y era igualmente inexperto en las cosas de la Universidad. De esta manera, se produjeron algunas insuficiencias, incorrecciones y faltas de precaución que, al parecer, fueron lo único que ocupó a los colegas. El discurso del rectorado fue en vano y se olvidó al día siguiente de la fiesta; durante todo el tiempo que duró el rectorado ni uno solo de los colegas hizo ningún tipo de pronunciamiento sobre el discurso. Seguían moviéndose en las, desde décadas, trilladas sendas de la política universitaria.

Toda esta confusión y la preponderancia que en ella tomaba lo inesencial habrían sido soportables si en el curso del semestre de verano del 33 no se anunciaran, cada vez más nítidamente, dos peligros para la Universidad.

Con ocasión de una conferencia en la Universidad de Heidelberg sobre la esencia de la ciencia, supe por el Dr. Stein y Scheel de la existencia de planes para cambiar varias cátedras en Friburgo. Había que situar en los puestos clave de la Universidad a miembros de confianza del partido, con lo que se abría la posibilidad de, sobre todo, ocupar los decanatos con miembros del partido. Se afirmaba que ahora, de momento, para ocupar esos puestos no importaba tanto el rango científico y la aptitud como profesor, cuanto la confianza política y la eficacia activista. También en estas manifestaciones y propósitos se mostraba de nuevo que la influencia de Krieck aumentaba desde Francfort en Heidelberg y Karlsruhe. Se me dio a entender en Karlsruhe que no sería tolerable mantener en su puesto a los hasta ahora decanos: las Facultades necesitaban una dirección nacionalsocialista. Era, pues, necesario, para precaverse contra esta amenaza a la esencia de la Universidad, actuar de forma adecuada.

El segundo peligro venía de fuera, y pudo conocerse en la conferencia de rectores que tuvo lugar en el semestre de verano en Erfurt. Consistía en el intento de que la entera actividad académica de las Facultades fuera determinada por las exigencias y necesidades de las corporaciones profesionales de médicos, jueces y maestros, con lo que la Universidad se desharía en escuelas técnicas. No sólo se hallaba amenazada la unidad interna de la Universidad, sino también el tipo fundamental de la enseñanza académica, es decir, aquello que yo intentaba salvar mediante su renovación y que fue la única razón de que aceptara el rectorado.

Traté de hacer frente a los dos peligros que amenazaban, el de Heidelberg y el de la tendencia a escuelas técnicas, mediante la propuesta de un cambio en la constitución de la Universidad; cambio que debía permitir que los decanatos se ocuparan de forma que pudiera salvarse la esencia de las Facultades y la unidad de la Universidad. El motivo del cambio de constitución no era en absoluto un afán de activismo revolucionario y ansioso de novedad, sino la evidencia de los referidos peligros, que, si se miraba a la distribución y al juego de las fuerzas políticas, no eran, en modo alguno, imaginarios.

En el interior de la Universidad, donde siempre se permanecía exclusiva y unilateralmente aferrado a lo hasta ahora vigente, el cambio de constitución se miró de modo únicamente institucional y jurídico; al mismo tiempo, el nombramiento de los nuevos decanos se valoró sólo desde el punto de vista de la promoción o la postergación personales.

Como decanos para el semestre de invierno de 1933-1934 nombré a colegas que, no sólo a mi personal parecer, sino de acuerdo con el parecer general, tenían un nombre en su especialidad y en el mundo científico y ofrecían la garantía de que, cada uno a su manera, pondrían el espíritu de la ciencia en el centro de su trabajo en la Facultad. Ninguno de ellos era miembro del partido. La influencia de los funcionarios del partido fue excluida. Existía la esperanza de mantener y reavivar la tradición del espíritu científico en las Facultades.

Pero las cosas sucedieron de otra manera. Todas las esperanzas fueron defraudadas. Todo esfuerzo por lo auténtico fue en vano.

Un indicio curioso que presagiaba el desarrollo del semestre de invierno del 33-34 fue el «Campamento de Todnauberg», que debía preparar a profesores y estudiantes con vistas al verdadero trabajo del semestre y esclarecer mi concepción de la esencia de la ciencia y del trabajo científico, sometiéndola a discusión y diálogo.

La elección de los participantes en el campamento no se llevó a cabo en función de que pertenecieran al partido ni de que actuaran de conformidad con el nacionalsocialismo. En cuanto el plan del campamento fue conocido en Karlsruhe, llegó de Heidelberg el expreso deseo de que se les permitiera enviar algunos participantes. Inmediatamente Heidelberg se puso de acuerdo con Kiel.

Con una conferencia sobre Universidad y ciencia, intenté aclarar el núcleo esencial del discurso del rectorado y presentar más rigurosamente la tarea de la Universidad, refiriéndola a los mencionados principios. Surgieron enseguida, en grupos aislados, fructíferos diálogos sobre el saber y la ciencia, saber y creer, fe y concepción del mundo. Por la mañana del segundo día aparecieron en coche -de repente y sin previo aviso- el jefe estudiantil de la región, Scheel, y el Dr. Stein, y se pusieron a hablar vehementemente con los participantes de Heidelberg en el campamento, cuya «función» se hizo poco a poco patente. El Dr. Stein pidió dar también él una conferencia. Habló sobre la raza y el principio de la raza. La conferencia fue escuchada por los participantes en el campamento, pero no la debatieron después. El grupo de Heidelberg tenía la misión de hacer saltar el campamento. Pero no se trataba en realidad del campamento, sino de la Universidad de Friburgo, cuyas Facultades no podían ser dirigidas por miembros del partido. Fueron hechos desagradables, en parte dolorosos, pero que tuve que aceptar, si no quería que se echara a perder de antemano el ya inminente semestre de invierno. Quizá habría sido mejor dimitir ya en ese momento. Pero entonces no contaba aún con lo que pronto salió a la luz: la agudización de la oposición por parte tanto del ministerio y del grupo de Heidelberg, que en él mandaba, como de los colegas.

Aunque el ministro estaba formalmente de acuerdo con el nombramiento de los nuevos decanos, encontraba sin embargo extraño no sólo que ningún puesto fuera ocupado por miembros del partido, sino que incluso me hubiera atrevido a nombrar decano de la Facultad de Medicina precisamente al hombre que, seis meses antes, el ministro había rechazado por considerar intolerable que ocupara el cargo de rector. Además, del ministerio llegaba cada vez más nítidamente el deseo de que la idea de ciencia política había de ponerse en práctica en la Universidad de Friburgo con mucha más seriedad de lo que hasta ahora se había hecho.

Fue, sin embargo, sorprendente que en el curso del semestre de invierno se me aconsejara repetidas veces, desde círculos de la Facultad de Medicina y de la Facultad de Derecho, que procediera a un cambio en los decanatos y que sustituyera por otros a los colegas von Möllendorf y Wolf. Yo había atribuido estos deseos a disputas y rivalidades dentro de ambas Facultades y no les había prestado mayor atención. Hasta que, al acabar el invierno, hacia el final del semestre del 33-34, fui llamado a Karlsruhe, donde el consejero ministerial Fehrle, en presencia del jefe estudiantil de la región, Scheel, me manifestó que el ministro deseaba que relevara de sus puestos a estos decanos, von Möllendorf y Wolf.

Inmediatamente le expliqué que en ningún caso lo haría y que no podía responder, ni personal ni objetivamente, de un tal cambio. En caso de que el ministro insistiera en su deseo, no me quedaba más remedio que dimitir de mi cargo como protesta contra esta exigencia. El señor Fehrle me dijo entonces que, especialmente respecto del colega Wolf, era también deseo de la Facultad de Derecho que el decanato fuera ocupado por otro. A lo cual repliqué que dimitía y que solicitaba una entrevista con el ministro. Mientras lo decía, una sonrisa pasó por el rostro de Scheel, el jefe estudiantil de la región: se había logrado por esta vía lo que se buscaba. Pero también se había puesto de manifiesto inequívocamente que círculos de la Universidad, que se irritaban con todo lo que pareciera nacionalsocialismo, no temieron conspirar con el ministerio y con el grupo que en él dominaba para apartarme del cargo.

En la entrevista con el ministro -que aceptó enseguida mi dimisión- se mostró con claridad que existía una divergencia insuperable entre la concepción nacionalsocialista de la Universidad y de la ciencia, y la mía. El ministro declaró que no deseaba, sin embargo, que esta oposición, que para él descansaba en la incompatibilidad de mi filosofía con la visión nacionalsocialista del mundo, trascendiera públicamente como un conflicto entre la Universidad friburguesa y el ministerio. Respondí que yo no podía tener ya ningún interés en ello, puesto que la Universidad y el ministerio marchaban al unísono y a mí no me interesaba, por un conflicto, exponer mi persona a las habladurías. El ministro respondió que, si la dimisión no era muy llamativa, era muy dueño de hacer lo que creyera necesario.

Y algo hice, dado que, en la ceremonia de transmisión del rectorado, me negué a participar de la forma habitual como rector saliente y a dar el correspondiente informe. En la Universidad se entendió este rechazo y, por supuesto, no se me invitó a las deliberaciones ulteriores, como habitualmente se hacía y, después de mí, se siguió haciendo con el rector saliente.

Desde abril de 1934 viví fuera de la Universidad, por cuanto ya no me ocupaba de los «acontecimientos», sino que intentaba cumplir, de acuerdo con mis fuerzas, lo más necesario de mis deberes de profesor. Pero incluso la enseñanza fue, en los años siguientes, más que nada un diálogo del pensamiento esencial consigo mismo. Quizá lograba todavía encontrar y despertar, aquí y allá, a algunas personas, pero no se plasmaba en una estructura que, desarrollándose a partir de un comportamiento definido, pudiera dar lugar de nuevo a algo original.

El caso, en sí mismo insignificante, del rectorado de 1933/1934 es un signo del estado metafísico esencial en que se encuentra la ciencia, que ya no puede ser dominada por intentos de renovación y que no puede ser detenida en su transformación esencial en pura técnica. No llegué a comprender esto hasta los años siguientes (cfr. «La fundación de la imagen moderna del mundo por la metafísica»). El rectorado fue un intento de ver en el «movimiento» llegado al poder, por encima de sus insuficiencias y tosquedades, lo que apuntaba más allá y que podía quizá llevar un día a una concentración en torno a la esencia histórica occidental de lo alemán. En manera alguna debe negarse que yo creía entonces en tales posibilidades y que para ello renuncié, en pos de una acción administrativa, a lo más propio del oficio del pensamiento. En manera alguna se debe quitar importancia a lo que mi propia insuficiencia en el cargo produjo. Sólo que desde esta perspectiva no se alcanza lo esencial, que fue lo que me llevó a aceptar el cargo. Los diversos juicios sobre este rectorado, hechos en el horizonte de un ejercicio académico normal, pueden, a su modo, ser correctos y tener razón, pero no afectan a lo esencial. Y hoy la posibilidad de abrir los ofuscados ojos al horizonte de lo que es esencial es aún menor que entonces.

Lo esencial es que estamos en medio de la consumación del nihilismo, que «Dios ha muerto» y que todo espacio-tiempo para la divinidad está cerrado. Que, sin embargo, la superación del nihilismo se anuncia en el pensar poético y en el cantar de lo alemán; lo cual, evidentemente, no es percibido todavía, en lo más mínimo, por los alemanes, pues se afanan en organizarse según las pautas del nihilismo circundante y no conocen la esencia de una autoafirmación histórica.

La época posterior al rectorado

Lo que sigue se detalla para aquellos, y sólo para aquellos, que encuentran un placer en fijarse en lo que, a su modo de ver, son los fallos de mi rectorado. En sí mismo, tiene tan poca importancia, como el estéril escarbar en pasados intentos y disposiciones que, dentro del movimiento universal de la planetaria voluntad de poder, son tan insignificantes que ni siquiera pueden ser llamados minucias.

A comienzos de 1934 estaban para mí muy claras las posibles consecuencias de mi dimisión; lo estuvieron del todo tras el 30 de junio del mismo año. Quien, tras esa fecha, aceptara un cargo en la dirección de la Universidad podía saber exactamente con quién se comprometía.

Cómo el partido y el ministerio, el profesorado y el estudiantado juzgaron después mi rectorado, queda establecido en lo que difundió la prensa cuando la toma de posesión de mi sucesor. Según ella, mi sucesor era el primer rector nacionalsocialista de la Universidad de Friburgo, que, como un soldado en el frente, ofrecía la garantía de un espíritu militar y guerrero y de su difusión en la Universidad.

A partir de este momento comenzó contra mí la sospecha, que degeneró en denostación grosera. Baste como prueba la referencia a los números anuales de la revista de E. Krieck, que surgió entonces, Volk im Werden. Apenas apareció un ejemplar de esta revista en que, abierta o encubiertamente, no se denigrara mi filosofía con una polémica sin base. Como nunca hasta hoy me di por enterado de esos manejos ni jamás me dediqué a refutarlos, aumentaba la rabia de los que, por su penuria, nunca había atacado personalmente. De forma algo diferente ejercía el mismo oficio de denuncia A. Baeumler en su revista de pedagogía por encargo de la Oficina de Rosemberg. Servía de vanguardia la revista de las Juventudes Hitlerianas Wille und Macht. Mi discurso rectoral, que entretanto había aparecido impreso, era el objeto preferido de la polémica en los campamentos de profesores (atestiguado por H. G. Gadamer, Gerh. Krüger , W. Brökker).

Incluso las raras conferencias que, después de 1934, di en ámbitos estrictamente científicos fueron denostadas en cada ocasión de forma repugnante por la prensa local del partido, y los rectorados universitarios de entonces sólo con dificultad se decidían a tomar medidas contra esta agitación. Las conferencias pronunciadas fueron: 1935: «Del origen de la obra de arte», 1938: «La fundación de la imagen moderna del mundo por la metafísica», 1941: «El himno de Hölderlin: Como cuando en un día de fiesta…» y 1943: «Conmemoración de Hölderlin»

Esta campaña persecutoria, que llegó hasta mis cursos, dio lentamente el resultado apetecido. En el semestre de verano de 1937 apareció en mi seminario un tal Dr. Hankke, de Berlín, que, muy dotado e interesado, colaboró conmigo. Pronto me confesó que no podía ocultarme por más tiempo que trabajaba para el Dr. Scheel, que a la sazón dirigía la sección principal en el Suroeste del SD. El Dr. Scheel le había hecho notar que mi rectorado era el verdadero fundamento del aspecto no nacionalsocialista y de la actitud tibia que ofrecía la Universidad de Friburgo. No quiero con esto atribuirme ningún mérito. Lo menciono tan sólo para indicar que la oposición que se instituyó en 1933 se mantuvo y fortaleció.

El mismo Dr. Hancke me dijo también que en el SD dominaba la idea de que yo trabajaba en connivencia con los jesuitas. De hecho, en mis cursos y seminarios hubo hasta el final miembros de órdenes católicas (especialmente jesuitas y franciscanos establecidos en Friburgo). Estas personas tenían la posibilidad de trabajar y promoverse con mis seminarios exactamente igual que cualquier otro estudiante. A lo largo de una serie de semestres fueron miembros de mi seminario los padres jesuitas profesores Lotz, Rahner, Huidobro, que a menudo estuvieron en nuestra casa. Basta con leer sus escritos para reconocer en el acto el influjo de mi pensamiento, que tampoco es negado.

Más tarde, también las investigaciones que la Gestapo hacía en mi entorno se extendieron exclusivamente a los miembros católicos de mi seminario: P. Schumacher, Dr. Guggenberger, Dr. Bollinger (en conexión con la acción estudiantil Scholl, de Munich, para la cual se buscaba un centro en Friburgo y en mis cursos).

Ya antes, después de mi dimisión, se pusieron reparos a que permitiera a antiguos alumnos no arios la visita a mis cursos.

Es, además, conocido que mis tres alumnos más capaces, que descollaron notablemente sobre el nivel medio de su generación filosófica, fueron largo tiempo postergados porque eran discípulos de Heidegger (Gadamer, G. Krüger, Brökker). Sólo fueron llamados a una cátedra cuando ya finalmente no se pudieron cerrar los ojos a su cualificación y el escándalo era patente.

A partir de 1938 estuvo prohibida la mención de mi nombre en periódicos y revistas, incluida la recensión de mis escritos, dado que éstos todavía podían ser reeditados. Por último, fue prohibida la aparición de nuevas ediciones de Ser y Tiempo y del libro sobre Kant, pese a que los editores disponían del papel necesario.

A pesar de que se me silenciaba en mi propio país, se intentó hacer en el extranjero propaganda cultural con mi nombre y moverme a dar conferencias. Rechacé todos los viajes como conferenciante a España, Portugal, Italia, Hungría y Rumanía; tampoco participé nunca en las conferencias para el ejército que la Facultad daba en Francia.

Los siguientes hechos pueden ser ilustrativos de cómo se enjuició mi trabajo filosófico y cómo se intentó marginarlo:

1. No formé parte de la delegación alemana, y ni siquiera fui invitado a participar en el Congreso Internacional de Filosofía de Praga en 1935.

2. De igual forma, seguí siendo excluido con ocasión del Congreso de Descartes de Paris, en 1937. Este modo de proceder contra mí resultó en París tan extraño que la dirección del Congreso en París se dirigió a mí por su cuenta, a través del profesor Bréhier, de la Sorbona, para preguntarme por qué yo no formaba parte de la delegación alemana. El Congreso quería invitarme por su cuenta a pronunciar una conferencia. Contesté que podían informarse de este caso en el ministerio de Educación del Reich, en Berlín. Algún tiempo después me llegó de Berlín el requerimiento de que, con posterioridad, me integrara en la delegación. Todo el asunto se llevó a cabo de tal forma que me resultaba imposible ir a París con la delegación alemana.

Durante la guerra se preparó la publicación de una serie de exposiciones sobre las ciencias del espíritu en Alemania. La sección «Filosofía sistemática» estaba dirigida por Nicolai Hartmann. Con el fin de planificar esta empresa tuvo lugar en Berlín un encuentro de tres días, al cual fueron invitados todos los profesores de Filosofía, excepto Jaspers y yo. No servíamos, porque, en el contexto de esta publicación, se había planificado un ataque contra la «filosofía de la existencia», que luego, además, se llevó efectivamente a cabo.

También aquí se puso de manifiesto, como ya durante mi rectorado, la extraña propensión de los enemigos a unirse, pese a su enemistad, contra todo lo que les hacía sentirse espiritualmente amenazados y puestos en cuestión.

Pero estos hechos son sólo un reflejo efímero sobre las ondas de un movimiento de nuestra historia, cuyas dimensiones los alemanes ahora ni siquiera sospechan, después de la catástrofe que se ha abatido sobre ellos.

Martin Heidegger

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