Agradecer es pensar

5 Nov



Por mi cercanía a la filosofía y, a veces, a la filosofía política recuerdo hace más de 10 años en un viaje a las pampas de Alain Badiou, en una charla sobre “el acontecimiento y la política” el decía que la muerte nunca era lugar de acontecimiento sino de catástrofe. A mí se me ocurrió preguntar cómo pensaba él la muerte de Arambúru en manos de los Montoneros, pues, al parecer, luego de ese hecho que alberga las complicaciones que todos conocemos, la agrupación creció de modo incontrolable… Él se cobijo en desconocer, por francés, ese fragmento de la realidad argentina en profundidad y prefirió mantenerse en el cuartel de la tesis teórica sin más.

La muerte de Nestor tiene para nosotros, creo, un indudable sentido político novedoso. Abre posiblemente un nuevo ciclo. La “pax” con el fondo y los usureros de la (injusta pero concreta) deuda nacional, los derechos humanos, el modo de re-situar y dignificar a las “locas de la plaza”, la ley de medios y la pelea enorme que ello aún conlleva, el acuerdo fáctico-social con los sindicatos reales del país, el intento de cobrar un impuesto a una clase histórica que esta siendo muy beneficiada y todo el desarrollo ideológico que eso implicó –donde vimos como casi siempre a las izquierdas haciendo el juego a los intereses de siempre-, la atención social a las carencias provocadas por años de liberalismo con epítome en el menemismo, la relación con los movimientos sociales, con los jubilados, con los grupos minoritarios, etc., han sido puntos que se empiezan a escribir desde casi cualquier historia en su página.

Lo que me interesa es el acto y el sentido de ese “desborde”, de ese “gracias” o como lo decía el “maestro de Alemania”: Danke (gracias) tiene mucho de Denken (pensamiento). La cuestión no es sólo lo que se ha jugado como conquista socio-económica y cultural sino la posibilidad de detener en ese “punto de capitón”, un segundo, el rumor de la ambivalencia, de la crítica, de la ensoñación diaria, y “ver”, tener un cuadrito aunque sea mínimo para poder ver por fuera del flujo de tonterías y la alta velocidad de la vida urbana. Me lo imagino como ese instante que tienen de más los grandes –supongo por ejemplo Maradona frente a cualquier marcador- que a veces las películas de Hollywood como “Matrix” lo exageran y lo usan por demás. La muerte de Nestor nos ha dado ese segundo de más. Ese pararse y mirar. Un instante, en medio de una caminata, donde podemos ver el horizonte y el golpeteo incesante del fluir diario.

Es ese punto el que se expresó en la acción concreta de apoyo masivo –yo sólo aguante un rato en la plaza en medio de una columna de la UOM, pero hay señoras con las rodillas hinchadas por el tiempo que estuvieron horas paradas por ese instante por tenerlo sensible frente a sí-. Ese es el tiempo que el odio y las envidias, el rugir desenfrenado de los pragmatismos se detuvo frente, creo, a una cosa: Kirchner (era pragmático según decían todos, a veces, pero) nos mostró que el pragmatismo no era su política y no tenía que ver con la política en serio. No quería al poder por el poder, como nos enseñaron los resignados y nihilistas 90, sino poder para transformar aquellas cosas que ya nadie más que él y un grupo de locos soñaban que se podían transformar desde la política. Los 90 y la incapacidad de los radicales y otros “espíritus bellos”, funcionarios eternos de la queja y de la inacción –actitud típica de las izquierdas argentinas-, no tuvieron el arrojo para dejar caer o perder la intocable causa de los 70. La mantuvieron en un lugar raro de nostalgia siniestra. Ahora, la realidad era el capitalismo mundial integrado y los estados poco podían hacer frente a ello.

La muerte de Nestor Kirchner nos dió un parpadeo en esa creencia, un parpadeo que alcanzó para que la juventud y muchos sectores entendieran o intuyeran, tan sólo, que la política puede estar viva y puede ser un agente real de transformación en la vida de la comunidad. Esa idea es la que “agradecemos-pensamos”, como explicaba alguna vez Heidegger. Hoy, cuando al fin hemos dejado caer la historia desquiciada –y a veces no vivida por muchos de nosotros – del mausoleo de los falsos dioses demonizados, un nuevo nombre sagrado se abre entre nosotros: una nueva causa real para un proyecto colectivo, regional, nacional y popular.

A.L.

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