Saccomanno, K

1 Nov

K
Por Guillermo Saccomanno

Cabe preguntarse, en este momento de dolor, cuánto le debe la última literatura nacional a la crisis de 2001 y al gobierno de Néstor y Cristina Kirchner. La salida de la convertibilidad significó, aunque parezca una hipótesis poco seria para la teoría literaria ortodoxa, un ingreso tan abrupto como saludable de la realidad. Pero, ¿cómo se le entró a la realidad, desde qué antecedentes? En principio, la recuperación de las búsquedas estéticas y políticas de Walsh y Puig (María Moreno escribió con lucidez de la coincidencia de estas dos marcas por lo general clasificadas por una crítica torpe como estrategias narrativas contrarias, cuando fueron en verdad complementarias). Tanto para Walsh como para Puig de lo que se trataba era de darles voz a quienes no la tienen, o mejor dicho, de que aquellos cuya voz era silenciada, pudieran expresarla. Se trataba, como para Néstor Kirchner, en ambos casos, Walsh y Puig, de escuchar al otro. No es casual, me digo, que en los últimos diez años a la literatura nacional le fuera inevitable, con excepciones, rehuir lo político. Hemos leído novelas que critican los ’70 y, desde la perspectiva cómoda de los niños ricos con tristeza, consideran la militancia de sus antecesores como una aventura pequeñoburguesa. De acuerdo, hubo de eso en los ’70. Pero hubo también la lucha popular por una sociedad más justa. En este tiempo donde algunos escritores de ficción prefieren mirar despectivamente los ’70 o mirar hacia otro lado, surgieron relatos que parecen haber puesto la realidad de moda. Surgieron ficciones y crónicas, escrituras que datan la inmediata contemporaneidad y las contradicciones de lo real, en un gesto que remite a una subterránea y no tanto preocupación setentista por la denuncia.

Así como el peronismo es un fenómeno maldito que apunta en sus mejores vertientes a la lucha de clases, esta lucha se ha reproducido, como en el tiempo de Walsh y Puig, en el campo cultural. Escribir es inscribirse en el presente, un presente que es histórico. Varios ejemplos parecen probar que la literatura no es sólo literatura. Ahí están aquellos que se han propuesto contar, desde la ficción, el registro de su barrio, un territorio personal, las historias de sobrevivencia en territorios expuestos a la violencia política, esa constante de nuestra literatura desde El Matadero hasta aquí. Relatos autobiográficos de hijos que buscan comprender a padres desaparecidos. Historias que narran esta sociedad dura desde diferentes géneros y poéticas: la confesión, el policial, el gótico criollo. También están las crónicas: crónicas sobre pibes suicidas, crónicas sobre narcos, crónicas sobre pibes explotados, crónicas sobre pibes chorros, por citar algunas temáticas, sugieren que las marcas de Walsh y Puig siguen vigentes. Fueron audaces y transgresoras en su tiempo, tal vez no del todo comprendidas en su alcance entonces y ahora, a veces, desde una perspectiva crítica tilinga, suelen ser leídas como mitología setentista (el caso Walsh) o juego experimental de lenguaje (el caso Puig). No obstante, sus textos prueban otra cosa. Para ambos, la escritura era una puesta en acto. Un acto comprometedor. Es decir, el lenguaje no es sólo lenguaje. Los discursos no tienen que ver sólo con los discursos. Y el discurso de esta literatura que hoy se escribe, lo quieran o no sus autores, habla de esto. También de un discurso que no habría sido legitimado de no haber existido un gobierno setentista que lo habilitara al poner la cuestión de los derechos humanos como cuestión de Estado (sin contar una infinidad de logros sociales impensados diez años atrás). Aquellos escritores que se encendieron con su dandismo durante la primavera alfonsinista y gozaron de sus privilegios, se sentirán tocados por este planteo. Aquí, ahora, la literatura parece disparar hacia otra parte. Cero juvenilismo el de estos nuevos autores, más bien cuestión de conciencia, conciencia política no necesariamente explícita. Conciencia de que si la literatura se aparta de la realidad, se aparta de su razón de ser. ¿Por qué escribo? ¿Quién quiero que me lea? ¿Qué modelo de lector apunto a construir? ¿Qué modelo de sociedad pretendo? Preguntas similares se formulaba con respecto a la educación Paulo Freire, el de Pedagogía del oprimido. Preguntas que ningún escritor debería eludir. No estoy proponiendo el realismo como paradigma. Estoy simplemente esbozando una intuición.

Que la literatura, con su cuestionamiento del poder y sus engranajes, haya recuperado potencia en estos últimos diez años, no es casual. Nada casual. Como chicotazo digresivo y rizoma, se me ocurre: no es casual que el fenómeno se produjera bajo el gobierno de una pareja militante cuya gestión haya sido denominada con la letra con la que Kafka hegemonizó un lugar trascendente de crítica al poder: K.

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