China, el capitalismo junto a su fármaco

25 Oct


En su nuevo libro Cuando los que escuchan hablan, María Esther Gilio compila excelentes entrevistas que ha hecho con grandes psicoanalistas: el extraordinario Lito Benvenutti que trabaja con chicos autistas, el matrimonio de Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière que trabaja con psicóticos, conversaciones con Miller, Laplanche y Roudinesco sobre el psicoanálisis, entre muchos otros. Una de ellas es Teresa Yuan, una argentina de ascendencia china que trabaja en Pekín introduciendo la práctica del psicoanálisis con apoyo del Estado en el Hospital Anding. Este es un fragmento de esa charla sobre un encuentro cultural inesperado e inevitable.

Por Maria Esther Gilio

Seis meses después del Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis realizado en Montevideo, visité a Teresa Yuan en Buenos Aires, en su muy porteño departamento, situado en una calle tan porteña como Marcelo T. de Alvear. Cuando digo que no parece que fuera china, ríe. “¿Por qué no lo parezco?”, me pregunta, “por el cabello rizado y los ojos color bronce”, le contesto. Teresa vuelve a reír, entrecerrando los ojos y juntando las manos como para convencerme de su origen asiático. Le digo esto y ríe de nuevo. Como la mayoría de los orientales, usa mucho la risa como respuesta.

La entrada del psicoanálisis en la cultura china era difícil de imaginar, sobre todo, si consideramos la presencia de la cultura oriental y el comunismo como elementos preexistentes. Me pregunto si los problemas de los orientales coinciden con los de los occidentales.

–Coinciden bastante. Los orientales, tal como los occidentales, se preguntan con cierta ansiedad cómo se resolverá el futuro. Y en cuanto al psicoanálisis, las expectativas por su desarrollo son, en este momento, enormes.

Eso la alegra. Se nota en su actitud.

–Sí, me alegra, porque, mientras me entristece que disminuya la importancia del psicoanálisis en Occidente, el florecimiento de esta disciplina en China me levanta el ánimo. Sin embargo, el curso de los acontecimientos en torno del psicoanálisis en China no es lo más importante: el hecho que reviste mayor repercusión es que allí se vive la euforia del acceso a nuevas disciplinas del conocimiento. El psicoanálisis es una de ellas. Yo trabajo en un hospital en el que imparto cursos. Mire, le contaré algo: la gente lee en el diario que el hospital necesita personas que quieran prestarse a mantener una sesión psicoanalítica que servirá de ejemplo a psiquiatras y psicólogos sobre cómo se lleva a cabo una entrevista psiquiátrica. Decenas de personas se presentan libremente, nada más que por el hecho de que desean ser entrevistados. Acabada la entrevista, suelen acercarse a los profesionales y preguntarles: “¿Esto es psicoanálisis, no?” (ríe por un buen rato).

Felices con la experiencia. ¿Cuál es concretamente su función en el hospital?

–Soy asesora del Hospital Psiquiátrico Anding, de Pekín. Allí trabajo con un grupo de médicos y psicólogos al que hago supervisión clínica.

¿Se ven resultados concretos?

–Sí, pero aún queda mucho por hacer. Se necesitaría que fueran allí analistas a enseñar, y que se quedaran por tiempo prolongado. Le contaré una anécdota terrorífica, que habla de una práctica que podríamos calificar de “salvaje”. Un compañero me contó que, a una paciente que tenía problemas con su sexualidad, su anterior terapeuta le había aconsejado que se acostara con su hermano.

¡Ay!

–La paciente preguntó al terapeuta cómo podía ser eso, de dónde salía la prescripción que le estaba dando. El le respondió: “Esto es psicoanálisis”. Por lo tanto, creo que es necesario que muchos analistas se acerquen a China. En este momento, en el campo de la salud mental se ha confeccionado una planificación de trabajo que abarca un período de diez años. En las características de ese proyecto se puede ver la gran consideración otorgada a la psicoterapia, tanto psicoanalítica como de otras líneas no psicoanalíticas. De cualquier modo, el psicoanálisis es lo que más atrae.

Usted es la representante de la Asociación Psicoanalítica Internacional allí.

–Sí, pero lo que me da verdadero placer es lo que hago, la clínica. Y en ese sentido trato de seguir los pasos de Freud: “De la clínica a la teoría”. Creo que esta aproximación les permite a los chinos llegar a su propia comprensión y elaboración del psicoanálisis.

Gracias al cine, tengo la impresión de que la familia china tiene, en su país, una importancia que la familia ya no tiene en Occidente.

–En China, la familia es muy importante, y ejerce mucha presión, sobre todo en la vida de los niños y de los adolescentes. La adolescencia es la etapa en que el joven se prepara para ingresar a la universidad, hecho que convierte este trecho de su vida en un período de tremenda exigencia. Tanto es así, que no es un hecho excepcional que un adolescente que no consiga entrar a la universidad llegue a suicidarse. No se cuenta con estadísticas, y China es muy grande, pero en ese país se cometen suicidios por el motivo que he mencionado.

Eso pasa con los adolescentes, pero ¿por qué también sufren los niños?

–Las razones son las mismas, las exigencias paternas.

¿El adolescente comparte la exigencia de los padres, la hace suya o, simplemente, tiene dificultad de enfrentarlos?

–En algún sentido, sí, tiene esa dificultad, pero, además, el joven vive el fracaso como una tremenda humillación, a causa de la valoración que la sociedad china hace del estudio. Usted, en China, difícilmente vea jóvenes estarse sin hacer nada por las calles.

Todos están zambullidos en los libros. ¿No estará relacionado todo esto con el hecho del hijo único?

–En parte. Al hijo único se le llama “el pequeño emperador”.

¿Y lo es?

–Es un pequeño emperador, porque está sobreprotegido, pero, como contrapartida, sufre numerosos problemas emocionales.

Como por ejemplo.

–Desarrolla agresividades y fobias que están relacionadas con las obsesiones de los padres.

¿En China se ha prolongado, como ha ocurrido aquí, el período de la vida en que se es adolescente?

–Allí, la carrera, en el caso del universitario, no termina con el título de licenciado o de doctor: le sigue el master y luego, la tesis. El período de estudios termina alrededor de los 30 años. Estas personas ya no son adolescentes, pero tampoco son independientes, si bien, mientras estudian, no viven en su casa, sino en viviendas que les proporciona la universidad.

Podemos decir, por tanto, que la familia es fuerte y que el futuro del hijo preocupa a los padres de manera obsesiva. ¿Cómo se representa esto en la vida cotidiana?

Cuando los que escuchan hablan. María Esther Gilio Libros del Zorzal 254 páginas
–Los integrantes de la familia sufren muchos problemas vinculares, afectivos y emocionales. Los padres están muy atentos al hijo, pero no le brindan amor.

¿Quiere decir usted que aman poco a sus hijos o que no expresan su amor?

–Quiero decir que no expresan su amor. Son padres que jamás soltarán un “te quiero” a su hijo. Las generaciones anteriores no comunicaban sus emociones. En cambio, hoy en día, la situación va comenzando a ser diferente: la gente joven se expresa más, busca expresarse.

¿Piensa usted, como el resto de los en tendidos en el tema, que las patologías del ser humano se repiten en las diferentes culturas?

–Para el psicoanálisis, la estructura mental del hombre es universal. Sin embargo, pienso que la estructura psíquica y las patologías adquieren las características de la cultura en cuestión; es decir, que no es igual un padre autoritario de China que otro de Europa, de América latina o de Africa. La estructura de las patologías… no sé cómo decirlo para que no se produzcan confusiones.

Digamos con cierta frivolidad que la patología toma los colores de la cultura (Teresa Yuan menea la cabeza y, entornando los ojos, acepta, con risas, mi propuesta).

–Está bien.

Sería interesante que señalara las diferencias culturales a las que tiene que prestar mayor atención, sobre todo, las que no puede pasar por alto, ya sea en la enseñanza o en la práctica clínica.

–Para empezar, debo contar con un profundo conocimiento de todo lo relacionado con su cultura social actual y de lo que ellos traen consigo como milenario bagaje filosófico. Este le da al chino una capacidad de pensar por sí mismo, una gran posibilidad de introspección.

Hemos hablado de las características de la familia china, que la diferencian de la occidental. ¿Podría, por favor, ampliar un poco este tema?

–Para empezar, debemos señalar el hecho de la firme cohesión familiar en China. En Occidente, en cambio, la familia como institución está atravesando una crisis. Sin embargo, ya se empiezan a notar algunos signos de aflojamiento de los lazos familiares desde que comenzó la apertura china hacia Occidente. La apertura ha sido importante. El respeto a los padres no ha desaparecido, pero ha disminuido la dependencia de ellos.

¿En qué podemos apreciar ese aflojamiento?

–Las relaciones de dependencia, muy fuertes en el pasado, están siendo cuestionadas hoy en día. Veamos un ejemplo. Los hijos tenían la obligación moral de cuidar a sus padres en su vejez. Esta obligación era uno de los valores familiares. Es decir, que el tener hijos aseguraba la vejez. La situación suprema que podía alcanzar una pareja era tener un hijo que tuviera éxito en la vida, pero que, además, se ocupara de sus padres hasta el final.

¿El Estado queda liberado, por tanto, de cualquier obligación respecto de los mayores?

–No, no, se ocupa de ellos. Existen la jubilación, los servicios médicos, etc. Hablo de otras responsabilidades, que difieren según el lugar que ocupa el hijo en la familia. El primer hijo es el que tiene las mayores responsabilidades y, si es varón, más aún.

¿Qué lugar ocupa la mujer en la familia?

–En apariencia, es un ser sometido, que marcha detrás del hombre. Pero en la realidad, la mujer maneja todo (riendo con ganas), la mujer es quien decide en la familia. Su papel es fundamental: decide en la educación de los hijos, señala el camino, enseña, se ocupa de la casa, trabaja fuera.

A partir de los años ‘60, Occidente comenzó a abrirse en su mirada hacia la sexualidad, ¿qué pasa en China con respecto a este tema?

–En este momento se advierten en China dificultades en lo que atañe a la sexualidad, a causa de que se ha producido una especie de destape. Como consecuencia de tanta represión sexual en el pasado, dicho destape no se desenvuelve en armonía.

¿Son aceptadas las relaciones sexuales prematrimoniales?

–Hasta no hace mucho tiempo –como ocurría aquí hace 60 años– en China se imponía que la mujer llegara virgen al matrimonio. Actualmente, eso ya no es así.

Hace un momento, hemos hablado de la enorme dependencia, en el pasado, de los hijos con respecto a los padres. Según usted, actualmente, esos lazos tan fuertes se han ido aflojando. ¿Qué consecuencias ha traído consigo la existencia de estos dos tipos de relacionamiento entre padres e hijos?

–La fuerte dependencia en el pasado producía mucha patología. Una paciente china me contó que ella, como hacen casi todos los hijos, entregaba a su madre todos sus ahorros para que esta se lo guardara. Yo le pregunté: “¿Le agrada a usted que sea su mamá quien guarda su dinero?”. “No –me dijo– No me agrada, pero ¿cómo podría no hacerlo?, sería ofensivo que no lo hiciera.” Un tiempo después, la misma paciente llegó muy contenta a la consulta y me contó que había comprado con su marido otro departamento.

Era casada.

–Sí, casada. Estaba contenta porque, con motivo de la compra del nuevo departamento, había podido pedir el dinero de sus ahorros a su madre. Sólo así pudo pedirle su dinero sin hacerla sufrir.

¿Continúa la tradición de que los padres arreglan los matrimonios de sus hijos?

–Eso hoy día ya no se estila, sin embargo, la pareja elegida tiene que gustarle a los padres. En caso contrario, los enamorados pueden renunciar a su pareja, o no. Si no renuncian, se sienten muy mal. Debo aclarar que la posibilidad de elegir la pareja con mayor libertad no ha hecho disminuir el número de las separaciones, las cuales, como entre nosotros, son frecuentes.

¿Sigue en pie la política del hijo único?

–Sí, sigue. y no hay muchas posibilidades de que eso cambie; el crecimiento demográfico, de otra manera, se convertiría en un hecho inmanejable. Sólo en las zonas rurales no rige esta disposición.

¿Qué cambios se han producido a causa de las privatizaciones de empresas?

–¿Cuáles le parece?

No sé.

–Hoy en día, en China, nos enfrentamos a un fenómeno que antes se desconocía: la indigencia. China, hoy en día, alberga indigentes. No podemos negar que las privatizaciones están haciendo crecer económicamente al país, lo cual es bueno, pero consecuencias como ésta que le señalo no hay duda de que no son buenas.

Volviendo a la psicología, hemos quedado en que los problemas que afectan a las personas son semejantes en todas partes del mundo. ¿Aparece en China la depresión con la misma frecuencia que en Occidente?

–En el plano de las afecciones emocionales, China maneja estadísticas de cifras similares a las de Occidente. La depresión y las crisis de angustia son tan frecuentes allí como aquí.

Tal vez las causas de tales afecciones no sean las mismas aquí que allí.

–No, no lo son. En cada cultura difieren las causas de las afecciones. En Occidente, la persecución de metas como la de ganar mucho dinero, dar una determinada imagen, mantener cierto estatus, puede enfermar a la gente. En China, este tipo de deseos materialistas comienzan lentamente a hacerse sentir entre la población. El chino, sin embargo, tiene internalizados otros valores, que lo sostienen y lo salvan de frustrarse y de enfermar por no haber alcanzado la concreción de las metas que he mencionado. La depresión y las crisis de angustia tienen causas que hay que buscar en el sumamente rápido cambio social que se vive en China actualmente. Se está pasando de un comunismo cerrado y opresivo, de valores muy tradicionales, a una situación tan moderna y abierta, que ha dado paso a un fenómeno inimaginable hace algunos años: las confrontaciones generacionales. Por otra parte, la pérdida de los viejos ideales deja a mucha gente…

Flotando en el vacío.

–Sí, preguntándose: “¿Y ahora qué?”, “¿hacia dónde seguir?”. Están saliendo de la opresión.

¿En China, la consideran a usted una extranjera?

–La Embajada de China en la Argentina fue la que promovió en 1995 mi contacto con ese país. El gobierno chino pagó mi primer viaje que, en aquel momento, para mí era muy difícil de costear, y propició mi contrato con la Asociación de Médicos de Salud Mental. Así, cuando llegué allí, fui recibida como una hija que regresa a casa. Allí hay una frase para referirse a chinos o hijos de chinos que retornan a casa, chinest over sea, es decir, que yo soy una china que el mar ha traído de vuelta.

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