Línea de demarcación

16 Oct


Hoy pueden reconocerse dos tendencias divergentes en filosofía. Por un lado, los filósofos del giro lingüístico consideran que la “era metafísica” ha llegado a su fin, y le dan ese título a toda filosofía que no se proponga como una crítica (lógica, deconstructiva o hermenéutica) de los lenguajes sociales. La apreciación de Vattimo resulta acertada en este aspecto: estas posiciones forman una suerte de koiné filosófica de fin de siglo, una tendencia, podríamos decir, mayoritaria o hegemónica. Por el otro, sin embargo, están quienes no se identifican con esta propuesta y que constituyen un grupo heterogéneo y difícil de identificar. Un denominador común, sin embargo, pareciera emparentarlos: para ellos se trata de seguir haciendo lo que la filosofía hizo desde siempre, se lo llame metafísica o no, y donde la sistematicidad resulta insoslayable, a riesgo de caer en la vaguedad de las opiniones o los simples pareceres. Su problema, en efecto, consiste en desembarazarse de ciertos obstáculos, de ciertas figuras heredadas, de ciertas opiniones establecidas, para continuar haciendo eso que la filosofía, aparentemente, nunca dejó de hacer: crear conceptos, formular problemas o construir sistemas.

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