Modernidad cansada, el fin de los relatos identitarios

8 Jul


Vivimos en una sociedad cuyos objetos duran cada vez menos, pues su acelerada obsolescencia es planificada por un sistema cuyo funcionamiento depende de que ella se cumpla. Frente a la memoria que en otros tiempos acumulaban los objetos y las viviendas, y a través de la cual conversaban diversas generaciones, hoy buena parte de los objetos con que vivimos a diario son desechables y las casas que habitamos ostantan como valor la más completa asepsia temporal. Es esa misma amnesia la que se ve reforzada por las “máquinas de producir presente” en que se han convertido los medios de comunicación: un presente cada vez más delgado,o como dirian los tecnólogos más comprimido. Pero un tiempo cada vez más comprimido es una nueva enfermedad de las metrópolis, ya que ni nuestra psiquis ni nuestros sentidos estan preparados para afrontar la sobrecarga de información y la velocidad que las tecnologías nos imponen, de ahí que “nuestras modernísimas máquinas del tiempo nos devoran el tiempo que tenemos para vivir”. Extraña economía la de la información, según la cual el presente convertido en actualidad dura cada vez menos. Hasta hace no mucho “lo actual” se medía en tiempos largos, pues nombraba lo que permenecía vigente durante años, la duración en este siglo se ha ido acortando, estrechando, hasta darse como parámetro la semana, despues el dia, y ahora el instante, ese en que coinciden el suceso y la cámara o el micrófono.

El autista presente que los medios fabrican sólo puede venir del debilitamiento del pasado, de la conciencia histórica. El pasado en los medios tiene cada vez más la función de cita, una cita que en la mayoria de los casos no es más que un adorno con el colorear el presente siguiendo ‘las modas de la nostalgia’. El pasado deja de ser entonces parte de la memoria, y se convierte en ingrediente del pastiche, esa operación que nos permite mezclar los hechos, las sensibilidades y estilos, los textos de cualquier época, sin la menor articulación con los contextos y movimientos de fondo de esa época. Y un pasado asi no puede iluminar el presente, ni relativizarlo, ya que no nos permite tomar distancia de la inmediatez que estamos viviendo, contribuyendo asi a hundirnos en un presente sin fondo, sin piso, y sin horizonte. La fabricación de presente, implica tambien una flagrante ausencia de futuro. Catalizando la sensación de “estar de vuelta” de las grandes utopías, los medios se han constituido en un dispositivo fundamental de instalación en un presente contínuo, en “una secuencia de acontecimientos, que, como afirma Norbert Lechner, no alcanza cristalizar en duración, y sin la cual ninguna experiencia logra crearse, más allá de la retórica del momento, un horizonte de futuro”. La trabazón de los acontecimientos es sustituida por una sucesión de sucesos en la que cada hecho borra el anterior. Y sin un mínimo horizonte de futuro no hay posibilidad de pensar cambios, con lo que la sociedad patina sobre una sensación de sin-salida. Asistimos a una forma de regresión que nos saca de la historia y nos devuelve al tiempo de los constantes retornos, ese en el que el único futuro posible es el que viene del mas allá. Un siglo que parecía hecho de revoluciones -sociales, culturales- termina dominado por las religiones y los salvadores: “el mesianismo es la otra cara del ensimismamiento de esta época”, concluye Lechner.

Atrapado por la entropía informacional, y desestabilizado por la velocidad creciente de la innovaciones tecnológicas, nuestro tiempo, o mejor nuestra experiencia del tiempo, resulta radicalmente transtornada: a mayor expansión del presente más debil es nuestro dominio sobre él, mayores la tensiones que desgarran nuestras “estructuras del sentimiento” y menor la estabilidad e identidad de los sujetos contemporáneos. Pero atención! nos advierte A. Huyssen, develando la acción del mercado y los medios no hemos tocado fondo, hay algo aun detrás: la obsolescencia acelerada y el debilitamiento de nuestros asideros identitarios nos estan generando un incontenible deseo de pasado que no se agota en la evasión. Aunque moldeado por el mercado ese deseo existe y debe ser tomado en serio como síntoma de una profunda desazón cultural , en la que se expresa la ansiosa indigencia que padecemos de tiempos más largos y la materialidad de nuestros cuerpos reclamando menos espacio y más lugar. Todo lo cual nos plantea un desafio radical: no oponer maniqueamente la memoria y la amnesia sino pensarlas juntas. Si la “fiebre de historia” que denunciara Nietzsche en el siglo XIX funcionaba inventando tradiciones nacionales e imperiales, esto es dando cohesión cultural a sociedades desgarradas por las convulsiones de la revolución industrial, nuestra “fiebre de memoria” es expresión de la necesidad de anclaje temporal que sufren unas sociedades cuya temporalidad es sacudida brutalmente por la revolución informacional que disuelve las coordenadas espacio-territoriales de nuestras vidas. Y en la que se hace manifiesta la transformación profunda de la “estructura de temporalidad” que nos legó la modernidad.

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