Koselleck, experiencia y esperanza

5 Jul


Puesto que tanto se habla en contra de las hipótesis, se debiera intentar alguna vez comenzar la historia sin hipótesis. No se puede decir que algo es, sin decir lo que es. Al pensarlos, se refieren los facta a conceptos y no es indiferente a cuáles.1 Con estas frases resumió Friedrich Schlegel un siglo de consideraciones teóricas sobre qué era, cómo se conocía y cómo se debía escribir la historia. Al final de esta Ilustración histórica, provocada por una historia experimentada como progresista, está el descubrimiento de la «historia en y para sí». Dicho brevemente, se trata de una categoría trascendental que reúne las condiciones de una historia posible con las de su conocimiento.2 Desde entonces ya no es conveniente, aunque sea muy corriente, tratar científicamente de la historia sin aclararse respecto a las categorías en virtud de las cuales se va a expresar.El historiador que recurre al pasado, por encima de sus propias vivencias y recuerdos, conducido por preguntas o por deseos, esperanzas e inquietudes, se encuentra en primer lugar ante los llamados restos que aún hoy subsisten en mayor o en menor número. Cuando transforma estos restos en fuentes que dan testimonio de la historia cuyo conocimiento le interesa, entonces el historia- dor se mueve siempre en dos planos. O investiga situaciones que ya han sido articuladas lingüísticamente con anterioridad, o reconstruye circunstancias que anteriormente no han sido articuladas lingüísticamente, pero que extrae de los vestigios con la ayuda de hipótesis y métodos. En el primer caso los conceptos tradicionales de la lengua de las fuentes le sirven como acceso heurístico para comprender la realidad pasada. En el segundo caso, el historiador se sirve de conceptos formados y definidos ex post, es decir, de categorías científicas que se emplean sin que se puedan mostrar en los hallazgos de las fuentes. Tenemos que tratar, pues, de los conceptos ligados a las fuentes y de las categorías científicas del conocimiento, que deben diferenciarse aun pudiendo relacionarse, pero no siendo necesario que lo estén. Con frecuencia, una misma palabra puede cubrir el concepto y la categoría históricos, resultando entonces aún más importante la clarificación de la diferencia de su uso. La historia de los conceptos es la que mide e investiga esta diferencia o convergencia entre conceptos antiguos y categorías actuales del conocimiento. La historia de los conceptos es una especie de propedéutica para una teoría científica de la historia —conduce a la metodología histórica. A continuación, al hablar de espacio de experiencia y de horizonte de expectativa como categorías históricas, diremos de antemano que estas dos expresiones no se investigan como conceptos del lenguaje de las fuentes. Incluso renunciamos conscientemente a derivar de forma histórica el origen de estas dos expresiones, actuando en cierto modo en contra de la pretensión metódica a la que debiera someterse un historiador profesional de los conceptos. Hay situaciones en la investigación en las que el abstenerse de preguntas histórico-genéticas puede agudizar la mirada sobre la historia misma. En todo caso la pretensión sistemática a la que aspira el procedimiento siguiente queda más clara si anteriormente se renuncia a una historización de la propia posición. Ya del uso cotidiano del lenguaje se desprende que, en tanto que expresiones, «experiencia» y «expectativa» no proporcionan una realidad histórica, como lo hacen, por ejemplo, las caracterizaciones o denominaciones históricas. Denominaciones como «el pacto de Postdam», «la antigua economía de esclavos» o «la Reforma» apuntan claramente a los propios acontecimientos, situaciones o procesos históricos. En comparación, «experiencia» y «expectativa» sólo son categorías formales: lo que se ha experimentado y lo que se espera respectivamente, no se puede deducir de esas categorías. La anticipación formal de explicar la historia con estas expresiones polarmente tensas, únicamente puede tener la intención de perfilar y establecer las condiciones de las historias posibles, pero no las historias mismas. Se trata de categorías del conocimiento que ayudan a fundamentar la posibilidad de una historia. O, dicho de otro modo: no existe ninguna historia que no haya sido constituida mediante las experiencias y esperanzas de personas que actúan o sufren. Pero con esto aún no se ha dicho nada acerca de una historia pasada, presente o futura, y, en cada caso, concreta. Esta propiedad de la formalidad la comparten nuestras categorías con otras numerosas expresiones de la ciencia histórica. Recordemos «señor y siervo», «amigo y enemigo», «guerra y paz», «fuerzas productivas y relaciones de producción»; o pensemos en la categoría del trabajo social, de una generación política, en las formas de construir una constitución, en las unidades de acción sociales o políticas, o en la categoría de frontera, en el espacio y el tiempo. Siempre se trata de categorías que todavía no dicen nada sobre una determinada frontera, una determinada constitución, etc. Pero el hecho de que esta frontera, esta constitución o esta experiencia y aquella expectativa hayan sido cuestionadas y expuestas, presupone ya el uso categorial de las expresiones. Ahora bien, casi todas las categorías formales que hemos mencionado se caracterizan por haber sido a la vez conceptos históricos, es decir, conceptos económicos, políticos o sociales, es decir, procedentes del mundo de la vida. En esto comparten la ventaja de aquellos conceptos teóricos que en Aristóteles proporcionaban una visión intuitiva a partir de la comprensión de la palabra, de manera que el mundo cotidiano de la política quedaba superado en su reflexión. Pero, precisamente respecto al mundo de la vida precientífico y a sus conceptos políticos y sociales, resulta evidente que se puede diferenciar y graduar la lista de las categorías formales derivadas de ellos. ¿Quién negará que expresiones tales como «democracia», «guerra o paz», «señorío y servidumbre», están más llenas de vida, son más concretas, más sensibles y más intuiti- vas que nuestras dos categorías «experiencia» y «expectativa»?
Evidentemente, las categorías «experiencia» y «expectativa» reclaman un grado más elevado, ya apenas superable, de generalidad, pero también de absoluta necesidad en su uso. Como categorías históricas equivalen en esto a las de espacio y tiempo. Esto puede fundamentarse semánticamente: los conceptos que se han mencionado, saturados de realidad, se establecen como categorías alternativas o significados que, al excluirse mutuamente, constituyen campos de significación más concretos, delimitados cada vez más estrechamente, aun cuando permanezca su referencia mutua. Así la categoría del trabajo remite al ocio, la de guerra a la paz y viceversa, la de frontera a un espacio interior y a otro exterior, una generación política a otra o a su correlato biológico, las fuerzas productivas a las relaciones de producción, la democracia a una monarquía, etc. Evidente- mente, la pareja de conceptos «experiencia y expectativa» es de otra naturaleza, está entrecruzada internamente, no ofrece una alternativa, más bien no se puede tener un miembro sin el otro. No hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expectativa. Sin el ánimo de establecer aquí una jerarquización estéril, se puede decir que todas las categorías condicionales que se han mencionado para las historias posibles se pueden aplicar individualmente, pero ninguna es concebible sin estar constituida también por la experiencia y la expectativa. Por lo tanto, nuestras dos categorías indican la condición humana universal; si así se quiere, remiten a un dato antropológico previo, sin el cual la historia no es ni posible, ni siquiera concebible. Novalis, uno de los testigos principales de aquel tiempo en el que empezó a tomar alas la teoría de la historia antes de consolidarse en los sistemas idealistas, lo formuló en una ocasión en su Heinrich von Ofterdingen. Ahí opinaba que el auténtico sentido de las historias de los hombres se desarrolla tarde, aludiendo al descubrimiento de la historia en el siglo XVIII. Sólo cuando se es capaz de abarcar una larga serie con una sola ojeada y no se toma todo literalmente ni se confunde petulantemente, sólo entonces se observa la concatenación secreta entre lo antiguo y lo futuro y se aprende a componer la historia a partir de la esperanza y el recuerdo.

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