Koselleck, historia y horizonte

4 Jul

Koselleck y la escritura del tiempo
Ilán Semo

Carlyle, que imaginó tantas hipérboles, observó que la historia era un libro interminable que los seres humanos leían y escribían, y en el que acaso los escribían. En 1952 Borges quiso precisar esta imagen y sugirió, en ese conspicuo texto que es La esfera de Pascal, que quizá la historia universal no es más que la historia de unas cuantas metáforas. Reinhart Koselleck, quien murió el pasado 9 de febrero, dedicó a la figuración de estas dos hipótesis la mayor parte de su vida y la mejor parte de su obra. Lo que sigue son unas notas (apenas hilvanadas) sobre esta dedicación.

Koselleck nació en 1923 y creció en la disciplinada tranquilidad de la ciudad de Görlitz. En 1941 ingresó al ejército, en plena guerra. Contaba con 17 años. La versión francesa de su biografía asegura que se enroló voluntariamente; la alemana, más probable acaso, omite ese gesto enjundioso y militante. Aunque el pasado de cualquier hombre es impredecible, las noticias hablan de un joven que fue reclutado por la Wehrmacht (el ejército regular y raso) más que de un patriota ingenuo (como Gunther Grass, por ejemplo). Como muchos otros intelectuales de su generación, se educó en esa atmósfera liberal tan distintiva de la academia alemana en los años 20 y principios de los 30 sus padres fueron universitarios , que el nazismo acabó haciendo a un lado o que simplemente destruyó. Karl Kraus la describe no sin cierto candor: “El típico docente liberal llevaba por uniforme la skepsis, y a la dignidad le llamaba apartidismo; así que era redondamente inútil o más bien un lastre para los cantos de guerra.” El liberalismo de Koselleck fue un auténtico sinónimo de esta skepsis (“un mínimo de escepticismo es, por así decirlo, la enfermedad profesional que un historiador debe padecer”, escribiría más tarde), que él tradujo en una ruptura historiográfica sólo comparable a la que propició la escuela de los Anales en Francia.

En 1945 fue hecho prisionero por los tropas soviéticas y enviado, primero a Auschwitz para desmantelar la fábrica IG-Farben-Werke y, después, a un campo de trabajo en Kazakstán, donde permaneció hasta 1946. No es difícil advertir el trazo de esta huella en sus primeros trabajos, que datan del periodo que va de 1951 a 1954, y que se encuentran desplegados en su tesis de doctorado (Crítica y crisis. Un estudio de la patogénesis de la sociedad burguesa), confeccionada bajo la tutela de Has-Georg Gadamer. La hipótesis central proviene de los textos de Carl Schmitt, con el que mantuvo una estrecha y nada vergonzante relación: la modernidad no puede prescindir, por más que se lo proponga, de un sesgo o una pulsión metafísica, que se expresa esencialmente en la esfera de lo político, ahí donde la política se convierte irremediablemente en un acto de fe, tal y como lo pudo observar tanto en la experiencia del nazismo como en su cautiverio soviético, en la era del estalinismo.

Conocí a Koselleck en 1984, en el seminario que dictaba en la Universidad de Chicago sobre Historiografía clásica. Alguna vez recibió un premio en Alemania por la obra mejor escrita, pero era mucho mejor al habla. Tenía chispa, humor y una erudición inagotable. El seminario se organizaba de manera espontánea: Koselleck lanzaba una palabra, por ejemplo: “historia”, y algún estudiante contestaba con otra cercana. Recuerdo que Gupta, un hindú más tarde célebre, respondió: “tristeza”. Y la discusión giraba en torno a las posibles relaciones entre los dos términos. Alguien sugirió que los estudiantes deberían lanzar la primera pedrada. Y sonó la palabra: “política”. Koselleck respondió: “cada vez que escucho la palabra política, pienso irremediablemente en teología”.

En rigor, se puede afirmar que su obra posterior gira en torno de la reflexión sobre un historema formulado por Epicteto: “No son los hechos los que conmueven a los hombres, son las palabras sobre esos hechos.” Nietzche lo radicalizaría de esta manera: “no hay hechos, sólo interpretaciones.” Koselleck emprende una ruptura (o un abandono, si se quiere) del positivismo histórico partiendo de la idea de que eso que llamamos historia no es (como lo sugieren Carlyle y Borges) más que una forma del lenguaje. Y es en la semántica de ese lenguaje donde se halla inscrito uno de los misterios de la postulación del pasado. En Pasado-futuro (Paidós, 1993) diría: “A una sociedad se le conoce no tanto por su pasado, sino por la forma en como lo narra.” La labor de descifrar la forma como las sociedades europeas han formulado su pasado lo llevó a concebir un nuevo género hstoriográfico: la historia conceptual, que reanimó ideas de los años 20 tanto de Carl Schmitt (El concepto de lo político) como de Walter Benjamin (El concepto de la historia). Labor que quedó cifrada en nueve extensos volúmenes. La pregunta central de la historia conceptual es cómo descifrar el “espacio de experiencia” que codifica las miradas y las acciones de los individuos desde la perspectiva de un “horizonte de expectativas”, que no es otra cosa más que la singular manera que cada época tienen de postular el tiempo.

Cuando el gobierno alemán decidió erigir un símil de la estatua de La Piedad en la Neue Wache para venerar a las víctimas de las guerras producidas por Alemania, Koselleck levantó su voz crítica para advertir que un momento de connotación cristiana resultaba una “aporía de la memoria” frente a los millones de judíos caídos en ese trance. También en 1997, cuando el ayuntamiento de Berlín decidió erigir un monumento para recordar el Holocausto judío, volvió a la palestra para recordar que los alemanes habían matado por igual a cristianos, comunistas, soviéticos, gitanos y gays. Nadie como él, entre los historiadores, hizo tanto para desembarazar a la escritura y a las representaciones de la historia de la jaula que le imponen las fábricas de la identidad.

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