Martinez Estrada, literatura y vida.

22 May

Yo lamento tener que usar este lenguaje que no era antaño el mío, pero que ahora lo es, en la necesidad de no transigir con los que han labrado consciente o inconscientemente, pero con sumo primor, la desdicha y la penuria de nuestra patria. Entre los causantes de esta desgracia, que para muchos no es importante porque no afecta la pecunia del Fisco, están los escritores, los novelistas y cuentistas en primer término, los dramaturgos y ensayistas después. Si nuestro pueblo y acaso el uruguayo — pero permítanme que ahora nos separemos –. Si mi pueblo hubiera tenido lecturas informativas, leales, honradas, sobre la vida de los suburbios, de los campos, de las ciudades, una literatura desagradable como las mejores literaturas del mundo, la rusa, la inglesa, la francesa, la italiana de nuestros días, la ecuatoriana, la brasileña, la norteamericana (“literatura de removedores de estiércol???, decía el estercolista Teodoro Roosevelt) no habría incurrido en tan graves yerros. Porque esas caídas que a ustedes mismos tienen que haberles dolido como en carne propia, y si así lo evidenciaron, se debieron en gran parte a que mi pueblo ignora en qué país vive, con quiénes convive, cuáles son los altos ideales humanitarios que dan nobleza y valor a la vida, la existencia de un pueblo integrado por otro pueblo oprimido, ignorante, quizá cubierto de oprobio e ignominia, un pueblo de delincuentes, de cortesanas, de huérfanos, de humillados y ofendidos. Pensad en Dostoievski y en cierto modo en Gogol, Dickens, Balzac, Zola, Sherwood Anderson y un millar de otros escritores de literatura desagradable. La que las damas de caridad, los profesores de moral cristiana y cívica, los encubridores de la miseria y del dolor no leen, prohíben que se lea y hacen indecoroso que se escriba. Yo no voy a defender aquí ante ustedes, respetables señoras y señores, la tesis de que en las cárceles está lo mejor de la sociedad, porque eso lo dijo de Siberia y del pueblo ruso Dostoievski y yo no tengo ni su autoridad, ni su genio, ni su coraje. No lo creo en términos absolutos; mas perdónenme que les diga que hay en esa sentencia muchísimo de verdad, y que una verdaderamente grande literatura, como una música verdaderamente grande, tiene que reflejar lo más doloroso y triste de la vida. Pues la felicidad, si existe, la alegría, el gozo de la salud y del confort lo proclaman la naturaleza y hasta los animales. La redención exige la cicuta y la cruz; la conciencia del mal que causamos sin saberlo se despierta con la comisión del delito:

Raskolnikoff se purifica por un doble asesinato, la pobre Sonia, que nos ha hecho llorar cuando leíamos su historia, y que nos hará llorar muchas veces, si no nos hemos pervertido, exhibe como documento de identidad su carnet amarillo.

Les hablo así porque tengo un ineludible deber que cumplir en este último tiempo de mi vida. Antes, no hace mucho, me habría escandalizado de mi propia voz, porque he desdeñado o compadecido simplemente a ese pueblo que sufre en silencio, sin quejarse como los animales heridos, y que es donde está la flor del sacrificio y de la confraternidad. Tengo una triste experiencia del “homo sapiens??? y en cambio otra excelente del animal humano. ¿Para qué poner ejemplos ineficaces? Me bastaría el del pan y los cultivos de flores que abonan con detritus repugnantes; el pan que necesita la levadura. Mas bien, si me consienten esta otra novedad, es de pensar en algún misterio teológico, quiero decir impenetrable o trascendente al saber humano. Tal el que asegura que Job y Cristo fueron elegidos por el Señor para la salvación del individuo y de la especie, respectivamente. Uno sufrió su pasión en un muladar y el otro en la cruz de los ladrones. Puedo citaros por añadidura, y no es esto erudición ni ociosidad, un centenar de casos evangélicos de la vida laica y secular; pero prefiero admitir que los conocen ustedes o que pocas palabras los han puesto ya o los pondrán en la dirección en que les pido que miren conmigo lo que importa: lo que vale y lo que constituye el mérito real de una gran literatura.

Mas ni por un instante imaginen que desprecio el trabajo, la paciencia del artista que labra y pule su obra, de un Cellini, de un Van der Meer, de un Baudelaire, de un Hazlitt, de un Mallarmé, de un Valéry. Yo he procurado durante muchos años y en varios libros, aproximarme al ideal de un arte pulcro y hasta bizantino, aunque jamás de joyería; prefiero otras metáforas: musica y arquitectura ornamentales. Muy tarde me he estremecido con los “Negro spirituals???, con las canciones de borrachos que oí y descubrí grabadas en el archivo folklórico de la Universidad de Chicago. Fueron los libros que allí me enseñaron más. Durante horas escuché como la voz de los ángeles, la de esos pobres cantores que no sabían cantar y aullaban su congoja cantándola. Después he tomado aversión a las sopranos y a los tenores egresados de los conservatorios. No perdería un minuto para escuchar a Beniamino Gigli o a Lilí Pons, pero con una mujerzuela o con un negro changador de Recife o de Santos sí pasaría una hora escuchándolos gemir y cantar. Nuestro gran Hudson, al que ni ustedes ni nosotros queremos, dijo que prefería el canto de la langosta verde a la sonoridad del piano, que caminaría leguas para oírlo y que en cambio no daría un paso para oír a una diva. Todo esto se comprende muy tarde porquel son de las verdades que Chestov ha llamado “revelaciones de la muerte???.

Feliz el pueblo que tiene una literatura como la tuvieron el siglo de Pericles, el Renacimiento italiano, la época isabelina y la Ilustración francesa; pero desdichado el pueblo que no tiene poetas bárbaros como los profetas y sí obras perfectas, mujeres perfectas, hombres y niños perfectos, maestros perfectos, moralistas perfectos. Vean cómo y cuán defectuoso hizo el mundo Dios: lleno de maravillas, es cierto, de milagros inconcebibles de belleza y exactitud, y de miserias, imperfecciones y brutalidades indignantes. Tuvo razón Alfonso el Sabio, si dijo que de haberlo consultado Dios le habría salido mejor. Pero con esa mala caligrafía escribe Dios las obras eternas.

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