Nazismo y metafísica.

11 May

Discutiendo con la estrategia “Emmanuel Faye”.

*Texto presentado en el Seminario Central de la F.C,P.A: “Die Gefahr” o “El peligro”, en torno al texto de Martin Heidegger.
* Dedicado a Rogelio Fernandez Couto.

por Alejandro Lezama.

“Una sociedad que pierde el contacto vivo con su propio ideal de libertad para aceptar las formas degeneradas y que, al no ver lo que este ideal exige por esfuerzo, se regocija en lo que aporta de comodidad; una sociedad en semejante estado recibe el ideal germánico del hombre como una promesa de sinceridad y de autenticidad.”
Emmanuel Levinas, 1934. “Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo”.

-Más de medio siglo después el derrocado “nacionalsocialismo” todavía nos preocupa y nos convoca como cuestión. Incluso, desde una geografía tan alejada como es la Argentina desde donde todo aquello que recientemente probó sostenerse con el nombre de “lo social-nacional”, apenas claro por unos minutos de historia, tuvo que iniciarse en el otro polo de las grandes corporaciones de la industria, entre los hacheros del impenetrable Chaco y junto a las preguntas por la explotación de un cura de barrio norte. O sea, incluso tan lejos de cualquier sueño irredento de una “raza superior” el “socialismo-nacionalista” fue para nosotros apenas un pequeño eclipse frente a los rayos de luz mortífera del imperialismo y nunca el sueño de una humanidad de colosos.

Incluso desde esta aparente distancia léxica, ideológica, programática, el tema es imposible. El Nazismo es imposible. La crueldad que se huele ni bien uno se acerca a una mínima textualidad del mismo lo hace imposible. Pero allí está. Y está, claro, para quedarse.

Leyte, asumiendo el sentir de muchos, dice que el paso de Heidegger por el nacional-socialismo es uno de los obstáculos principales en la comprensión de su obra. No se puede pertenecer a la sensibilidad de nuestra época sin que nos parezcan espeluznantes las imágenes y los relatos en los que ha quedado registrado el movimiento nacional-socialista. Desde su auge, su desarrollo hasta su resolución catastrófica, la apuesta “nacionalsocialista alemana” que representó Hitler y su partido es, seguramente, la mayor tragedia del siglo XX. Tragedia que hemos heredado en más de un sentido. Y que si de algún modo nos inquieta, nos afecta, nos hace hablar, es, en parte, porque nos confronta con lo in-humano y con lo execrable de nuestro propio mundo. Pues lo “abominable” no sólo se sitúa entre el año 1933/1945 sino que lo encontramos entre las crueles condiciones de nuestras cárceles, de nuestros barrios periféricos, en los oscuros fondos de los psiquiátricos, en todos los modos institucionales que de alguna forma –igual al otrora masificado y gran pueblo alemán- sostenemos para promover al dolor como una característica esencial de la configuración de nuestra identidad de época. Lo “atroz” en nuestro mundo pudo haber tenido su momento paradigmático entre los sueños de una “humanidad aria superior” pero, en escala (pos) moderna, o sea, bajo otros modos de relatos y de configuraciones seguramente más epidérmicas y con distinta implicación subjetiva, “es aún”.

Tres cuartas partes de la población mundial con hambre muestran nuestro carácter . Así se manifiesta nuestro “Mittsein”, nuestro deseo y nuestra preocupación por el prójimo, suponiendo que aún se pueda seguir hablando de una entidad tan rara en la actual forma de comprender el mundo .

-El “Nazismo” es una categoría que no se puede aún terminar de definir. No es que no haya muchos buenos libros y escritos sobre la cuestión, sino que bajo el efecto de su dificultad y de los todavía suplicantes gritos de dolor ha sido reducido a un período que abarca desde poco después de la primer guerra mundial hasta 1945 e inventariado bajo un solo supuesto: “barbarie totalitaria armada”. Pero más acá de que ese sayo finalmente le cuadre a todo el asunto, para poder pensar qué le pasó a Occidente será necesario recurrir a definiciones más precisas. Incluso, tratar de pensar algo tan poco simpático –políticamente incorrecto le dicen algunos más jóvenes- como: ¿Cuál fue la ilusión que representó el Partido Nacional Socialista Alemán bajo la instrucción de las S.A. y de Hitler para que se haya conformado una relación de confianza y expectativa en intelectuales de la talla de Ernest Jünger, Thomas Mann o nuestro preciado Martin Heidegger, así como para tantos otros sectores selectos de la inteligencia alemana?

Es una pregunta que no es fácil hacerse. No es ni grata, ni nos hace quedar bien con los otros, ni tampoco pareciera que pudiera reparar algo a primera vista. Pero es una pregunta que no podemos dejar de hacernos si aceptamos considerar a Heidegger como una senda obligada de nuestro caminar pensante.

-En este punto hay algunas consideraciones que nos saltan al cuello. Sabemos que entre los seguidores del pensamiento alemán contemporáneo hay –al menos- tres tipos de lectores:
1. Aquellos a los que no les preocupa la relación pública y política de Heidegger con el nacional-socialismo. Van en busca de su letra, incluso auguran en ella una tremenda oposición contra el “movimiento nacionalista alemán” junto con su desarrollo técnico-militar desde escritos como “La esencia de la técnica”, “El peligro”, las lecciones y ensayos sobre Nietzsche y otras conferencias.

2. Aquellos que consideran que, por más oscura u opaca que pueda ser la actuación pública y política de Heidegger en los años de hierro, es preciso inferir de ellos una posición intelectual, una textualidad al fin. El hombre no es sólo responsable de su letra en sentido gráfico sino de su escritura institucional, social, política, etc…

3. Y en tercer lugar están los que como Emmanuel Faye manifiestan (cito al recientemente traducido libro: “Heidegger. La introducción del Nazismo en la filosofía”, pág. 519): “Valorar en profundidad la perdición humana y la destrucción interior a las que el nacionalsocialismo condujo a tantas personas no es una cosa sencilla. En nuestro caso, no nos habríamos dejado guiar, a medida que tomábamos conciencia de la gravedad del desastre, por la convicción creciente de la necesidad de que la filosofía se libere de la obra de Heidegger. En efecto, sus escritos continúan difundiendo las concepciones radicalmente racistas y destructoras para el ser humano que constituyen los fundamentos del hitlerismo y del nazismo”.

Hoy no nos interesa comentar la posición 1, al parecer muy teñida de “pereza académica” o la problemática de la 2 que pondría en juego reflexiones sobre la opacidad de una acción en una textualidad social, o los tipos de problemas que ha traído intentar fijar qué es aceptado como texto-obra y qué no . Por ejemplo: ¿cómo consideraríamos la correspondencia con su amigo y filósofo Jaspers o con su esposa, o incluso cuál seria el estatus de algunos textos que no estaban “terminados” para su publicación y a los que hemos tenido acceso?

No, hoy nos interesa esta expedición del profesor francés –precedida por el célebre texto de Víctor Farías: “Heidegger y el nazismo” de los años 80. El texto fue publicado en Francia en el 2005 y acá lo publica la editorial Akal (con un águila y una esvástica en el arte de tapa) este mismo año. Pareciera guardar consonancia estratégica con otro texto-incursión publicado, también este año, por el profesor Julio Quesada llamado “Heidegger del camino al Holocausto” (en este caso el arte de tapa de la editorial Biblioteca Nueva nos encanta con una cruz de malta). Les leo una cita confesa del prólogo de este último: “Pretendo demostrar que la cuestión del ser no puede explicarse acudiendo a la pura filosofía al margen de una cuestión histórico-cultural central: el problema de la identidad alemana. “¿Quiénes somos nosotros?” y ¿qué es el ser? transforman lo que es un problema cultural en una cuestión ontológica y política, desde la que se inventa el mito ario de la cultura como “misión espiritual” de un pueblo cuya raza pone las bases del ser frente a la nada…De ahí que la pregunta por el ser sea una cuestión fundamentalmente geopolítica … La revolución nazi y la crítica filosófica de Heidegger a la modernización de Occidente tienen una profunda relación: en uno y otro caso aspiran a la destrucción de la civilización greco-latina-cristiana-moderna. ¿Qué es decadente? ¿Qué es el nihilismo? Todo.”
Bien, creo que queda suficientemente claro en estas dos citas el designio de esas incursiones-especulativas a las tierras del pensar heideggereano.

Nos preguntamos: ¿tiene sentido ocuparse de este ataque contra el pensamiento de Heidegger? Es claro que en él se expresa algo más que el propio odio a un funcionario universitario temporal de un régimen totalitario, por más ambiguas que hayan sido sus acciones en el rectorado del año 33. ¿Qué se expresa entre esas iniciales más de 1000 páginas de interrogatorios? Antes de adelantar una respuesta leamos una cita más de esta expedición-especulativa sobre Heidegger por parte de Faye (del mismo libro, pág 411): “El proyecto supuestamente principal de “Ser y tiempo”, es decir el de una ontología fundamental, deja lugar a lo que verdaderamente está en juego detrás de tanto disfraz verbal. Detrás de la indeterminación de las palabras sobre el ser y la nada surge la determinación más precisa y radical del pueblo alemán como el pueblo metafísico situado en el centro de Europa y considerado el único capaz de salvar a Occidente de su aniquilamiento…La interrogación sobre el ser remite al destino de Europa, donde, a su vez, se va a decidir el destino de la tierra. Una Europa en la existencia histórica del pueblo alemán es concebida como medio atenazado por Rusia y América, que son como Heidegger señala vehementemente en numerosas ocasiones, una misma cosa…Heidegger identificaba, en su mente, la existencia o “Dasein” del hombre histórico con el destino-histórico-metafísico del pueblo alemán.”

En el examen de Farías-Faye-Quesada la metafísica, la filosofía como un diálogo crítico a través de los tiempos con las preguntas de Platón, Aristóteles, Agustín, Kant o Nietzsche no tienen más que un solo sentido: el “político”. Quizás finalmente, incluso más acá de la vulgaridad de algunas asociaciones y planteos, representen una actitud propia de nuestra época: el creer que todo pensamiento que no juegue el juego de lo científico no es más que una sola cosa: Política, o a lo sumo políticas. La vieja “voluntad de poder” como explicación última y fallida –al decir de Heidegger- sobre los fenómenos . Para esta línea, paradigmática del pensar moderno, “la política” debiera ocupar el lugar de la “filosofía primera” pues no habría más lugar en el pensar para ninguna otra cosa que para lo urgente. Y lo urgente, como se sabe, no es ni el hambre, ni la carestía espiritual de nuestro mundo, ni tampoco una reflexión que se asoma al preguntar por el sentido de nuestra existencia, sino: el poder. Esa entidad metafísica que adoramos luego de la “muerte de Dios” decretada por Nietzsche y Hegel. Desde allí se pretende entenderlo todo. También aquello, que la astucia heideggereana nos ha ayudado a ver como lo que aparece bajo la forma de la retirada.

Para Faye la recurrencia de Heidegger a la idea de “pueblo”, incluso a la de “comunidad” en Hölderlin no tiene otro sentido más que el de amparar desde la filosofía la decisión de sostener la política de dominación del Führer, cito (del mismo libro, pág. 174): “Heidegger declara que la obra de Hölderlin abre para los alemanes “el comienzo de una nueva historia”, que se “inicia con el combate por la decisión a propósito de la llegada o de la huida de Dios…Por consiguiente, las páginas del curso sobre Hölderlin sirven para reforzar la interpretación que habíamos ido deduciendo progresivamente de las conferencias del 1925 y de “Ser y tiempo”. Heidegger declara sin rodeos que “este ser que es el nuestro” (es decir, el ser del pueblo alemán) “no es el ser de un sujeto aislado, sino el ser en común histórico como ser en un mundo”. Y “que este ser del hombre sea el mío no significa que sea “subjetivado”, o que pueda reducirse al individuo aislado y determinado a partir de él”. En resumen, el “Dasein” no se identifica jamás con un individuo (ni siquiera en la experiencia de ser mío). Además, solo la comunidad histórica del pueblo (y no los individuos) tienen un destino”.

Lo amenazador de esta lectura de tipo “inculpatoria” es que, sin siquiera soportarse nietzscheana, se concibe inocente. Se considera libre de los problemas del pòlemos, o al menos busca mostrarse así. Es una lectura que finalmente concuerda y sostiene el mundo tal como esta. Ha encontrado en el sentido hegemónico de las cosas el verdadero ser de las mismas. Así, pues, no podría confrontar con ninguno de los poderes de nuestro mundo. No es posible traspasar la “somnolencia de la opinión” sosteniendo una pregunta pensante sobre el sentido de ser sin cuestionar la interpretación política que recubre todo con un bastidor de sentido en nuestra actualidad. El sentido último del ser no puede encontrar su posibilidad y su camino en la consideración política del movimiento nazi, pero tampoco podría quedar perdido en ese camino como señero desfiladero mortal del pensar, como lo pretende esta estrategia de desarme de la filosofía heideggereana, más acá de que la llamada “revolución conservadora” de los años 20 haya sido cautivada por un sueño perturbado y brutal.

En este sentido, Heidegger apoyó algo que tenemos que entender todavía de que se trató. Entender más acá de las denuncias e indignaciones morales que pueden provocar todas las guerras, y que nos provoca especialmente esta. Entender no es apoyar, ni estar de acuerdo, sino abrir un horizonte para poder dejar atrás algunos supuestos. Entender es fusionar dos horizontes nos recordaba Gadamer. Pero eso sería en el caso que hubiera distancia y espacio para dos horizontes. Es indudable que lo que él vio, como un “movimiento nacional y popular” que intentaba diferenciarse del “sovietismo” encarnado ya para esos años en la figura de Stalin, y del tristemente hegemónico “american way of life” como condición de espiritualización barata y consumista de la vida, sin embargo fue parte de un sueño moderno y desquiciado, que no ha dejado de ser una pesadilla para filósofos y políticos. Es el sueño de que un pueblo se haga cargo de su propia historia de una forma privilegiada en la conformación de un proyecto histórico que pueda concertar las fuerzas en juego. Proyecto, que sólo sea quizás un sueño traumático de elaboración fallida que ser repite en distintos caracteres desde la “Republica” de Platón, pasando por la “Política” de Aristóteles, la “Ciudad de Dios” de Agustín, los “Principios de la filosofía del Derecho” de Hegel, “El Capital” de Carlos Marx hasta el mismísimo “Concepto de lo político” de Schmitt. Un sueño que se escribe entre las prístinas páginas sobre el “Cristianismo primitivo”, en “Ser y tiempo” como gran hito acumulador de los seminarios de los años 20, así como en las conferencias “La pobreza”, “La esencia de la técnica”, el seminario del año 1935 sobre “Hegel y el Estado” o el trabajo de Heidegger sobre “Schelling”, para nombrar algunos textos tangibles.

Claro, que cuando hablamos de que ciertos aspectos del pensamiento filosófico y político puede ser cautivo de un “sueño traumático” no nos referimos ni al “Lebensraum” o conquista del espacio vital bajo el modo de invasión armada o guerra relámpago, ni al hecho de poder llevar adelante una guerra contra 17 naciones a la vez, ni a organizar unos de los más importantes genocidios en masa de la historia humana, ni tampoco a despreciar la vida y los valores como han sido despreciados en todos los niveles en esos años crueles. No, no creemos aludir a lo que conllevó realmente el nacionalsocialismo alemán en la historia de Occidente, sino, a lo que fue necesario pensar para la filosofía en los años 30 y que aún es preciso pensar más acá de la legitimidad del hombre del mundo liberal propuesta complacientemente por esta “lectura estratégica” trazada por el texto de Faye.

No alcanza con denunciar a los gritos la tragedia, ni –menos aún- con negarla. Debemos pensar en el fundamento de la misma. La objeción moral e incluso política que tengamos sobre las guerras de dominio, sobre la marginalización o el racismo de nuestro mundo, podrían llegar a ser muy valiosas a nivel subjetivo, nos puede hacer ver como “buenas personas”. Por ejemplo cuando Jinkis –tenemos también representantes nacionales, claro- pone en pie de igualdad a Videla y a Heidegger por cuestionar la existencia de la muerte en una época de dominación técnica y establece una analogía con lo que Videla afirma sobre la desapariciones nos muestra que es un gran hombre de nuestra época. Un hombre que se preocupa por las palabras que se usan, pues “ellas –es una cita- deciden la suerte del sujeto”. Un hombre con su conciencia política limpia, con el hablar correcto. Pero si acaso le creemos como al mismo Faye, con el que comparte explícitamente “el nervio crítico” y al parecer la concepción del Poder sobre los posibles sentidos de los pensamientos sólo podemos decir que nos encontramos ante la incapacidad de pensar en el pensar, esto es en el fundamento originario de los fenómenos. Descontruirlo como Heidegger nos enseño es la única tarea seria de la filosofía. El resto es jugar a pasarse la palabra como una moneda romana para sostener el imperio. Pero ello requiere reconocer propiamente que el aparentemente legítimo hombre del liberalismo que niega su gravedad histórica y que sólo cree que es una serena razón con la que puede tomar distancias y así fundar una sociedad a través de acuerdos libres y voluntarios, no es sólo una ficción frágil que ordena nuestra más característica forma de ser, sino el suelo mismo de la barbarie que nos toca aún como modernos.

Para ello, es una exigencia reconocer que aún no le hemos encontrado salida al sueño filosófico de fundar en algo legítimo nuestra vida en comunidad. Así como también aceptar amargamente que no son muy distintas, por más que cambien los actores y la geopolítica, las fauces del poder que engendraron la segunda guerra mundial de las que fundan nuestra vida histórica. Y, sobre todo, que la apuesta de Heidegger, en este sentido sigue estando en pie: pensar al hombre pero no desde las respuestas fallidas de las antropologías vigentes sino desde un fondo más radiado que no por excéntrico deja de ser lo más propio del “Dasein”. Pues, tal como sostenía Heidegger desde 1927 (en “Ser y tiempo”, pág. 27 d FCE) “El “Dasein” es en el modo de siendo comprender lo que se dice ser” .

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: