Simone Weil. Filósofa.

23 Abr

El horror del trabajo

Bajo la organización social del trabajo, “el deseo se encuentra sujeto a un mal desnudo y sin velo. El alma se encuentra entonces presa de horror”, sostuvo Simone Weil y, en 1942, señaló la “metafísica mentirosa” de una sociedad “que propone a todos, casi día a día, cosas nuevas que esperar y que desear”.

Por Simone Weil *
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La séptima de la izquierda es Simone Weil (1909-1943), autora de La gravedad y la gracia y otras obras de filosofía y política.
Existe en la labor manual y, en general, en todo tipo de tarea de ejecución, que es al fin y al cabo el trabajo propiamente dicho, un elemento irreductible de servidumbre que incluso una perfecta equidad social no conseguiría hacer desaparecer. Este elemento surge como consecuencia del hecho de que la ejecución viene gobernada por la necesidad y no por la finalidad. Se efectúa a causa de la necesidad, no en vistas a hacer un bien “porque hay que ganarse la vida”, como vulgarmente dicen los que pasan su existencia en él. Se aporta un esfuerzo, al término del cual, desde cualquier punto de vista, no se tendrá más de lo que ya se tiene; y, en cambio, sin este esfuerzo se perdería incluso lo poco que se tiene.

Pero en la naturaleza humana no existe para el esfuerzo otra fuente que el deseo. Y no pertenece al hombre desear lo que ya tiene. El deseo es una orientación, un principio de movimiento dirigido hacia alguna cosa, el movimiento hacia un punto en el cual no se está. Si el movimiento, apenas empezado, se desarrolla en torno del punto de partida, al igual que lo hace la ardilla en la jaula, o como lo puede hacer un condenado en su celda, este girar continuamente conduce de manera rápida al agotamiento.
El agotamiento, el cansancio y el fastidio constituyen la gran tentación de todos los que trabajan, sobre todo de los que están en condiciones inhumanas, pero incluso de los otros, que están situados de forma algo mejor y a veces, también, esta misma tentación hiere a los mejores.
Existir no es un fin en sí para el hombre; es solamente el soporte de todos los bienes; tanto da que sean verdaderos o falsos. Los bienes se añaden a la existencia. Cuando desaparecen, cuando la existencia ya no viene adornada por bien alguno, cuando está desnuda, no guarda ya ninguna relación con el bien e incluso es un mal. Y lo es en el momento mismo en que se sustituye a todos los bienes ausentes y se transforma en sí misma, constituyéndose la existencia en el único fin, el único objeto del deseo. El deseo del alma se encuentra, en tal caso, sujeto a un mal desnudo y sin velo. El alma se encuentra entonces presa de horror.
Este horror es aquel mismo que se da en el momento concreto en que una violencia inminente viene a infligir a alguien la muerte. Este momento de horror se prolongaba en otros tiempos, durante toda la vida, para todo aquel que, desarmado por la espada del vencedor, no era muerto como consecuencia de la derrota. A cambio de la vida que se le dejaba mantener, el infeliz debía agotar en la esclavitud sus energías en esfuerzos continuos, a lo largo del día, de todos los días, sin poder esperar nada, sino el no ser muerto ni flagelado. Tampoco podía perseguir otro bien que el de existir. Los antiguos decían que el día en que a un hombre lo habían hecho esclavo le habían quitado la mitad de su alma.
Pero toda condición humana en la cual una persona se encuentra necesariamente en la misma situación el último día de un período de un mes, de unos años, de veinte años de esfuerzos, que el primer día en que se comienza, guarda cierta semejanza con la esclavitud. La semejanza consiste en la imposibilidad de hacer otra cosa distinta de la que ya se hace, de no poder orientar el esfuerzo hacia la adquisición de un bien. Se realizan únicamente esfuerzos para subsistir.
Todo es interminable en esta existencia; su finalidad no se ve por parte alguna: la cosa fabricada es un medio; alguna cosa que será vendida. ¿Quién puede hacer de ella su bien? La materia, la herramienta, el cuerpo del trabajador, su alma, son asimismo medios para la fabricación. La necesidad está por todas partes, el bien no se encuentra en parte alguna.
No hay que buscar en otras partes las causas de la desmoralización del pueblo. La causa está ahí, es permanente, es esencial a la condición del trabajo.
Lo que sí debe hacerse es buscar las causas que, en épocas anteriores, impidieron que la desmoralización se produjese. Veamos: una gran inercia moral, un gran esfuerzo físico que convierte el mismo esfuerzo en algo casi insensible permite soportar este vacío. De otra forma, hacen falta compensaciones. La ambición de otra condición social para uno mismo o para los hijos es, por ejemplo, una de ellas. Los placeres fáciles y violentos constituyen otra compensación: compensación de la misma naturaleza, tanto da que sea el ensueño en lugar de la ambición.
El domingo es el día en que se quiere olvidar que existe una necesidad de trabajo. Para ello hay que gastar dinero. Es preciso estar vestido como si no se trabajara. Es necesario dar una serie de satisfacciones a la vanidad y a las ilusiones de poder que las licencias morales proporcionan con mucha facilidad. El libertinaje tiene, exactamente, una función análoga a la de un estupefaciente y el uso de estupefacientes constituye siempre una tentación para los que sufren. En fin, la revolución incluso es una compensación de la misma naturaleza: es la ambición transportada a lo colectivo, la loca ambición de una asociación de todos los trabajadores a una plataforma situada fuera de la condición de trabajadores.
El sentimiento revolucionario es –en una fase primera, en la mayoría– una rebelión contra la injusticia, pero llega a ser, también en la mayoría, tal como ha ocurrido históricamente, un imperialismo obrero absolutamente análogo al imperialismo nacional. Tiene por objeto la dominación realmente ilimitada de cierta colectividad sobre la humanidad entera y sobre todos los aspectos de la vida humana. El absurdo de este hecho se encuentra en que, en este ensueño, la dominación estaría en manos de los que ejecutan el trabajo, los cuales, por consiguiente, no pueden dominar.
En cuanto que constituye una rebelión contra la injusticia social, la idea revolucionaria es buena y sana. En tanto que constituye una rebelión contra la desgracia esencial a la condición misma de los trabajadores, es una mentira. Ya que ninguna revolución suprimirá esta desgracia. Pero la mentira –como evasión– es lo que tiene mayor éxito, ya que esta desgracia esencial de la condición del trabajo se siente mucho más vivamente, más dolorosamente que la injusticia misma. Por otro lado, sin embargo, dicha rebelión conviene esencialmente a la revolución, al tiempo que, en otra línea, la esperanza de la revolución es siempre un estupefaciente.
La revolución satisface asimismo el deseo de aventura, que es la cosa más opuesta a la necesidad y que es incluso una reacción contra la misma desgracia. El gusto por las novelas y los films policiales y la tendencia a la criminalidad que aparece en los adolescentes corresponde también a esta necesidad.
Los burgueses han sido muy inocentes al creer que la buena receta para librarse de preocupaciones consiste en transmitir al pueblo el fin que gobierna su propia vida burguesa; es decir, posibilitar la adquisición del dinero. Han llegado en esta línea hasta el límite de lo que les parecía posible a través del trabajo a destajo y la extensión de los cambios entre las ciudades y el campo. Pero con ello no han hecho más que llevar la insatisfacción hasta un grado de exasperación muy peligroso. La causa es simple. El dinero, en tanto que es finalidad de los deseos y de los esfuerzos, no puede tener en su ámbito condiciones en cuyo interior sea imposible enriquecerse. Un pequeño industrial, un pequeño comerciante, pueden enriquecerse y llegar a ser un gran industrial o un gran comerciante. Un profesor, un escritor, son indiferentemente ricos o pobres. Pero un obrero que llega a ser muy rico deja de ser un obrero y poco más o menos lo mismo ocurre con un campesino. Un obrero no puede ser mordido por el deseo del dinero sin desear salir, solo o con sus camaradas, de la condición obrera.
El universo en que viven los trabajadores rehúsa la finalidad. Es imposible que dicho mundo se penetre de fines, a no ser que ello ocurra en breves períodos que corresponden a situaciones excepcionales. El rápido equipamiento industrial de los países nuevos, tal como ha ocurrido en América o Rusia, produce cambios sobre cambios a un ritmo tan risueño que propone a todos, casi día a día, cosas nuevas que esperar y que desear; esta fiebre de construcción ha sido el gran instrumento de seducción del comunismo ruso, por efecto de una coincidencia que se refería al estado económico del país y no a la revolución ni a la doctrina marxista. Cuando se elaboran metafísicas a base de estas situaciones excepcionales, pasajeras y breves, como lo han hecho los americanos y los rusos, son metafísicas mentirosas.
La familia se procura sus propios fines en forma de niños a los cuales educa. Pero a menos que se espere para ellos otra condición –y por la naturaleza de las cosas, tales ascensos sociales son necesariamente excepcionales–, el espectáculo de ver a unos niños condenados a la misma triste existencia no impide el sentir dolorosamente el vacío y el peso, al mismo tiempo, de esta existencia.
Este vacío paradójicamente pesado hace sufrir mucho. Es sensible, incluso, a muchos de estos hombres, cuya cultura es casi nula y cuya inteligencia es muy pequeña. Aquellas personas privilegiadas que por su condición no saben lo que es esto, no pueden juzgar con equidad las acciones de los que soportan dicho vacío durante toda su vida. No hace morir; pero es quizá mucho más doloroso que el hambre. Mucho más. Quizá sería literalmente verdadero decir que el pan es menos necesario que el remedio a este dolor.
No existe elección de remedios. Solamente existe uno, uno solo. Una sola cosa hace soportable la monotonía, una luz de eternidad: es la belleza.
Existe un único caso en el cual la naturaleza humana soporta que el deseo del alma se dirija no hacia lo que podría ser o lo que será, sino hacia lo que existe. Este caso es la belleza. Todo cuanto es bello es objeto de deseo, pero no se desea que el objeto sea otro, no se desea cambiarle nada, se desea el objeto bello tal y como es. Se mira con deseo el cielo estrellado de una noche clara, y lo que se desea es, únicamente, el espectáculo que se posee.
Ya que el pueblo está obligado a dirigir todo su deseo a lo que ya posee, la belleza está hecha para él, y él para la belleza. La poesía es quizás un lujo para las otras condiciones sociales. Pero el pueblo, en cambio, tiene necesidad de poesía tanto como de pan. No de poesía encerrada en meras palabras; ésta, por propia naturaleza, por abstracta y evasiva, no le sirve de nada. El trabajador tiene necesidad de que la sustancia misma de su vida cotidiana sea ya poesía.
* Fragmento de “Condición primera de un trabajo no servil”, publicado originalmente en 1942 e incluido en La condición obrera, recientemente publicado en la Argentina (Ed. El Cuenco de Plata). El libro se vincula con la experiencia de trabajo de la autora en las fábricas Alsthom y Renault, entre 1934 y 1935.

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