Gadamer, esa región urbana de Heidegger….

22 Abr
ENTREVISTA CON HANS GEORGE GADAMER
“Será preciso que tomemos conciencia de que
el Otro, también, nos considera como Otro”.
Nacido en 1900 en Marbug, Hans George Gadamer es uno de los filósofos alemanes más importantes del siglo veinte. Después de haber enseñado en Leipzig (1939) y en Frankfurt (1947), fue profesor de la Universidad de Heidelberg desde 1949 hasta su jubilación.
Si el punto de partida de sus reflexiones está ligado profundamente a Heidegger, quien dirigió su tesis de abogado en 1929, el desarrollo de su pensamiento se ha alejado de la inspiración de su primer maestro.
Su obra más importante Verdad y método (“Wartheit und Methode”, 1960, traducida parcialmente al francés y publicada por las Ediciones du Seuil, 1976) se pregunta por esta forma de verdad con la cual cada uno trabaja la experiencia en la obra de arte, independientemente del conocimiento científico. Al explorar lo que llama la hermenéutica, de la cual da una definición de base en la entrevista que aparece a continuación, Gadamer centra su reflexión sobre el tema de la interpretación y sobre la idea de que el lenguaje, lejos de ser un instrumento útil del cual nos valemos, es un elemento constitutivo del mundo humano.
Mientras que en Tübingen (Alemania) sus obras completas se encuentran en vía de publicación desde 1985, las traducciones francesas de sus obras comienzan a proliferar. Luego de los dos volúmenes publicados en las Ediciones Aubier (El arte de comprender, tomos I y II, 1991), La actualidad de lo Bello (Alinéa, 1992) y el fragmento de su autobiografía titulada Los años de aprendizaje filosófico, otras dos obras acaban de aparecer en francés:
La ética dialéctica de Platón (Actes Sud) y La Idea del Bien como postulado platónicoaristotélico (Librairie phiosofique J. Vrin).
En esta entrevista publicada por el periódico Le Monde (enero 2 de 1995), aclara algunos de los puntos esenciales de su recorrido intelectual y elabora un diagnostico portador desesperanza sobre el estado actual de las culturas.
Su obra filosófica está consagrada a lo que llamamos Hermenéutica. Se trata de una noción bastante mal conocida o mal comprendida por el público cultivado, aunque suscite actualmente un interés creciente dentro de la comunidad filosófica internacional.
¿Podría presentarnos aquí su idea de la hermenéutica para aquellos que tienen todavía una concepción bastante imprecisa?
La tarea que me había propuesto era, al comienzo, dilucidar el concepto de hermenéutica.
Había encontrado la expresión en los escritos de los románticos alemanes y después en los diversos usos que le habían dado Husserl y Heidegger, bajo una nueva fórmula. Antes de ellos, la filosofía dominante, el neokantismo, partía de un hecho: la existencia de las ciencias.Era su primer y último argumento. Recuerdo haber aprendido con mi maestro Paul Matrop, profesor en Narbourg, lo siguiente: ¿Qué es el dato? “El dato es lo que la ciencia va a determinar”.
Todo el debate filosófico era restringido y limitado por ello, y después de la Segunda Guerra Mundial se manifestó igualmente en la corriente de pensamiento alemán que se llamó Existencialismo. Esta corriente se constituyó en un pensamiento radicalmente nuevo en lugar de ser una respuesta al neokantismo. Además yo tomaba conciencia de esta situación a medida que avanzaba en mis propias investigaciones y descubría nuevos horizontes.
Recuerdo en particular mi viaje a Mendoza (Argentina) después de la Segunda Guerra Mundial y el encuentro con algunos de mis colegas italianos, franceses e ingleses después del largo período de aislamiento que habíamos en Alemania. Me sentí conmocionado por la cantidad de cosas que no se pueden desarrollar salvo si uno habla con alguien o tiene realmente un intercambio con él. Disfrutar en un diálogo de algo más que la simple y pura transmisión de un saber monológico, sólo puede llegar a alcanzarse imponiendo la verdad. El Otro no me devuelve sino lo que nos preocupa a ambos: el secreto de un intercambio auténtico reside en tal convicción. Esta idea no existía en la Alemania de entonces, con excepción la argumentación católica y judía (pienso en Martin Buber), en la cual aparecía en un estilo más literario que filosófico. Pero en los medios académicos esta idea del diálogo estaba totalmente ausente. La lección magistral era una lectura hecha delante de un auditorio, lo que se conoce exactamente con el término alemán que designa una lección: “Vorlesung”.
El desarrollo de las ciencias en el mundo occidental le ha concedido al monólogo un privilegio prácticamente increíble. Desde que las matemáticas se liberaron del sojuzgamiento que el nuevo racionalismo las obligó a cumplir, para convertirse en un tipo de instrumento de dominio de la naturaleza, esto se ha constituido en un acontecimiento extraordinario. Galileo era eso. La ciencia moderna reside en la convicción de que el lenguaje se ha convertido en un instrumento. Hace, pues, lo contrario de lo que hacíamos mientras nos entreteníamos hablando.
¿Piensa que este compromiso resuelto por la modernidad en favor de la ciencia ha engendrado lo que usted llama «deformaciones» dentro del pensamiento filosófico?
Sí, exactamente. Debemos siempre tener presente que reflexionamos a partir de las concepciones abstractas del lenguaje, adquiridas en el horizonte del concepto de ciencia de los tiempos modernos. Estas concepciones no nos vienen de la palabra y de la vida mismas. Si he volcado mi interés hacia la filosofía griega, es con el fin de reanimar los elementos positivos desaparecidos en el curso de esta destrucción científica de la experiencia de la comunicación. La hermenéutica consiste antes que todo en comprender que jamás encontraremos palabras capaces de expresar algo definitivo. Dejamos así abierto el camino que ha dado curso a nuestro propósito. Es la esencia misma del dialogo. Un diálogo no tiene, en principio, ningún fin. Siempre pueden surgir nuevos elementos, siempre puede aparecer algo nuevo en nuestro espíritu. Cada idea nueva, cada intuición repentina es, en este sentido, una apertura. Esta diferencia entre la concepción instrumental del lenguaje y su concepción hemenéutica es muy profunda.
¿La filosofía analítica que durante mucho tiempo, ha sido indiferente u hostil al pensamiento hermenéutico, está cambiando y ahora está dispuesta a prestar al diálogo toda la atención debida?
Recientemente he tenido una experiencia en la Universidad Queen’s, en Ontario, Canadá. Allí existe un Departamento formado en un comienzo exclusivamente por filósofos analíticos. Uno de mis antiguos estudiantes me invitó un día y sostuvimos un gran debate. Cinco años más tarde me invitó de nuevo. Dadas mi edad y la fatiga que ocasionan este tipo de viajes, le respondí que ya había tenido la oportunidad de conocer a sus colegas. Pero me respondió: “! No, ya no hay ninguno, todos se volvieron hermeneutas en este lapso!”. ¿Por qué? Porque todos simplemente comprendieron que el mismo esfuerzo para liberarse de toda construcción teórica estaba en el punto de vista fenomenológico de ir “a las cosas mismas” y en la orientación que había seguido la filosofía analítica. Además, esta se había restringido increíblemente, hasta el punto de ser incapaz de proyectarse sobre el conjunto de la cultura. Esto no significa que la filosofía analítica no se ocupe de cuestiones serias. Sus asuntos son serios y han persistido hasta hoy, son importados en Alemania y esta importación constituye lo que tiene de novedoso. No tengo nada en contra. Me he dado cuenta de que las fronteras entre las tradiciones terminarán por desaparecer. Pero, desgraciadamente, nosotros, los alemanes, y los franceses tampoco, estamos en condiciones de hacer cambios sutiles para que la lengua inglesa sea objeto de la filosofía. Para llegar a ello, tendríamos que apropiarnos completamente de las expresiones idiomáticas de esa lengua.
¿La frialdad de este tipo de análisis no tiene igualmente como inconveniente dejar de lado la dimensión propiamente poética de la expresión?
Sin duda. Creo, en efecto, que lo que más libera y tiene mayor vitalidad en todas las lenguas, es su capacidad poética, su capacidad para suscitar intuiciones que nos hablen verdaderamente. Lo que he comprendido de la fenomenología, y en primer lugar en Husserl, es lo siguiente: que describe y presenta las cosas más triviales con tal sutileza en el uso del lenguaje, que se tiene de que la impresión lo que se ve literalmente es lo que está sobre el tapete. No se tiene, a decir verdad, ninguna necesidad de palabras.
Usted habla de deformaciones fundamentales de la filosofía. ¿Dónde se encuentran? ¿La hermenéutica es una forma de llamar la atención sobre estas deformaciones y, de alguna manera, de liberarse de ellas?
Una de las deformaciones introducidas por la modernidad en la filosofía reside en la separación de principio entre la razón teórica y la razón práctica. Esta apareció para comenzar en Aristóteles, en un Aristóteles comprendido, entiéndase bien, de una manera muy académica. La problemática de Sócrates era todavía neutra en lo que respecta a esta separación de la razón teórica y la razón práctica. Pero si uno se pregunta por aquello que los griegos, y en particular Sócrates, tenían presente en el espíritu cuando se preguntaban por el Bien, resulta forzoso constatar que esta separación no existe. Comprender el orden del mundo, de un lado, y esforzarse, por otra parte, por instaurar un orden en nuestro mundo humano no constituían sino una sola y única tarea. Es la tarea que nos corresponde abordar para trascender todas las deformaciones derivadas de la modernidad. Y he aquí precisamente uno de los puntos sobre los cuales he tenido que aprender algo de Aristóteles, ya que Aristóteles nunca lo abordó directamente. No habló de él sino ocasional y de manera indirecta, por ejemplo cuando se pregunta por lo que hacían “realmente” los dioses. Estos dioses eran para él “seres puramente teóricos”. Pero ¿qué son, para Aristóteles, los “seres puramente teóricos”? Son los que se dedican totalmente a la tarea en la cual se sumergen y que tienen delante de los ojos. Aspecto que reviste una gran importancia práctica. Todos nosotros tenemos esa experiencia, más o menos, cuando nos sentimos investigadores. La expresión de “investigador” también es en sí misma un tanto tramposa, dadas sus connotaciones geográficas y biográficas, de tal forma que nos da la impresión de que existen todavía continentes desconocidos que siempre aún nos están esperando.
Verdaderamente es así; pero la inquietud aparece cuando queremos saber si realmente estamos en capacidad de tomar en serio la opinión del Otro. O no era este asunto que preocupaba a Hegel primero y ante todo cuando intentaba responder la pregunta: ¿“Qué es la cultura”?
La proliferación de encuentros y diálogos entre las culturas en el mundo contemporáneo no crea una situación nueva y unas perspectivas prometedoras para el desarrollo de nuevasformas de pensamiento?
En efecto. Evidentemente que otro piense diferente a mí, es positivo. Así es que se abren nuevos horizontes para unos y otros. Pienso, de igual manera que, la contribución mínima aportada por cada uno a la cultura del mundo reside en fin de cuentas en esto.
Es obvio que no se puede esperar alcanzar este objetivo directamente: Europa tiene todavía mucho que aprender para estar algún día en condiciones de establecer este tipo de comunidad de diálogo. Pero el mundo en su conjunto terminará por hacerlo, estará obligado a hacerlo. Por primera vez, en efecto, todas las grandes culturas del mundo, comprendidas las que son asunto de religiones distintas a la nuestra, se encuentran, por así decirlo, unidas las unas a las otras por la economía mundial. De esta manera debemos aprender a entendernos desde ahora. Nunca había sido así. Hoy admiramos al colega japonés que logra ubicarse en el mundo de nuestros conceptos. Pero no será suficiente sacarnos de nuestra lengua y llevarnos más allá de nuestras propias barreras conceptuales. Probablemente el podrá cuanto mucho, ofrecernos como espectáculo, de forma virtuosa, la manera mediante la cual nos expresamos cuando tratamos de salir de nosotros mismos sin llegar a pensar de un modo productivo. Y esto vale para las dos perspectivas. Salir de esta situación constituirá con seguridad una tarea para el mundo entero, si por suerte, logramos aportar soluciones apropiadas a los problemas ecológicos al igual que aquelllas que plantea la organización del mundo.
Pero será preciso que tomemos conciencia cada vez más de que el Otro, también, nos considera como Otro. Será preciso que aceptemos probablemente con mayor énfasis la coexistencia real de las diferentes lenguas. Siempre he defendido en mi país la idea de que debería ser posible acceder a una segunda lengua, si se quiere arribar a una comprensión del espacio, en el cual toda traducción fracasa; es decir, en el dominio de la poesía.
¿La comunicación artística es en sí misma, considerada bajo este ángulo, un modelo que busca aproximar toda comunicación?
Pienso que efectivamente así se presenta desde que se vivencie, aunque sea poco, dentro de una lengua. Vista desde este aspecto, la música, por ejemplo, constituye igualmente una de las promesas esenciales del futuro. El mundo asiático y, con él, todo el mundo, se ha abierto a la música clásica occidental y vive dentro de tal universo. Se trata de un fenómeno que no logro comprender en toda su amplitud y quizá no exista ninguna persona que lo logre. Pero todavía hay más. No se contentan con vivirlo. Es evidente que buscan también trascenderlo y lanzarse a las aventuras musicales más audaces. Me parece que el secreto de todo arte reside en lo siguiente: Lo que llamamos “progreso” es siempre una manera de regresar; así se nos revelan constantemente las cosas nuevas. Pensemos, por ejemplo, en la escultura africana que aprendimos a valorar como magnífica a comienzos de este siglo. Si alguien hubiera intentado demostrar admiración por ella un siglo antes, se le hubiera declarado loco y encerrado en un manicomio.
El caso de la música me ha impresionado particularmente, pero admito de buen grado que me ocurre lo mismo con la pintura. París me ha permitido experimentarlo. Después de muchos años, tuve la oportunidad de volver a recorrer los museos. Y, como ocurre a menudo en París, después de haber visitado una colección extremadamente rica, se desemboca en los desarrollos más recientes del arte pictórico. Al comienzo uno se sorprende. Luego se vuelve a las obras para dejarse impregnar de ellas, pero desde luego se regresa al arte anterior que a su vez produce el efecto de dejarnos extraña mente atónitos. Todos estos caminos pueden recorrerse en un sentido u otro. Son los caminos del arte, el verdadero privilegio que tiene el arte. Es la simultaneidad de la experiencia que sabe instaurar en relación consigo misma, todo un nuevo tipo de valoración. Prácticamente el valor que instaura es el de la revelación, propio de la religión. La vida social puede guiar las obras de arte, pero igualmente puede contribuir a los naufragios culturales cuando que se explotan ciegamente las conquistas científicas y tecnológicas contemporáneas con fines contrarios a la ética de la comprensión mutua.
¿La hermenéutica no resulta impotente para detener estos desastres de la
civilización?
El destino propio de nuestra cultura tecnológica y la regulación que se extiende de manera tan poderosa por todo el planeta nos despierta y desde luego nos sensibiliza al mismo tiempo hacia la libertad. Existe al respecto un ejemplo muy bello al cual acudo. Se me ocurrió leyendo el texto de Walter Benjamin titulado La obra de arte en el momento de su reproducción técnica. El autor quiere demostrar que, en el mundo moderno, tendrá lugar una nueva homogeneización social, ligada a un nuevo orden racional del mundo. Este último, nos dice, no podrá producirse sino como reproducción del anterior, pues el aura propia del arte desaparecerá allí. Aquí tenemos una magnífica profecía contraria a lo que ocurre, pues lo que vemos, es una nueva percepción de esta aura. Por todas partes se ve a la gente precipitarse tras los originales, a pesar de la invasión de las reproducciones. Esta aura debe “comprenderse la una en la otra”, he aquí la nueva buena noticia. Por ejemplo miren a los visitantes que se detienen durante un cuarto de hora delante del cuadro Guernica. ¿Por qué permanecen allí durante tanto tiempo si no es porque perciben de nuevo esta aura? ¿Por qué habrían de detenerse si no presintieran que aún lo fragmentario de nuestra vida puede llegar a enunciarse gracias a nuestra facultad de comprensión hermenéutica?
En todos los lugares en donde he estado, he insistido en la extrema importancia de mantener esta apertura. Se mantendrá de verdad en la medida en que seamos concientes de la incapacidad radical de tener la última palabra. En esto consiste finalmente la hermenéutica: en saber algo infinitamente simple: la última palabra, pues bien, no quiero tenerla.
Gracias.
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